Fascismo, control y marginalización

Amir Valle

UN BUCHITO NADA MÁS... (La Libertad Es Una Adicción Incurable.)

UN BUCHITO NADA MÁS… (La Libertad Es Una Adicción Incurable.)

En uno de sus comentarios egocéntricos sobre sus métodos de control de la población, el ministro de propaganda de Hitler, Joseph Goebbels le comentó a Martín Borman: “obligar a la población a luchar por la supervivencia permite un control severo de la libertad personal (…) cuando la gente se ve obligada a buscar cómo sobrevivir se animaliza, pierde la capacidad de pensar (…)”. ¿Casualmente?, quien fuera uno de los jefes de la Stasi (Ministerium für Staatssicherheit, Ministerio para la Seguridad del Estado) de la extinta RDA, Erich Mielke, dijo en una de sus intervenciones públicas: “no se puede pensar cuando se tiene hambre, es una simple cuestión biológica”. ¿Puede ser entonces considerado un fatalismo, como dicen algunos ilusos, el hecho de que la Revolución, con todos los recursos que le fueron enviados por el campo socialista primero, y luego (y hasta hoy) con todos los apoyos recibidos, no haya logrado desarrollar el país? Bajo la experiencia de manipulación fascista a la que hemos hecho referencia al inicio de este párrafo ¿no es conveniente para el poder político que el pueblo esté sumido hora tras hora en la lucha por la supervivencia, como ha sucedido en los últimos 50 años con la población cubana? Si la dictadura cubana aprovechó la experiencia de la KGB y la Stasi Alemana en todo tipo de control de la población (como quedó demostrado cuando se recuperaron los archivos de la Stasi en Berlín), ¿qué puede hacer pensar a alguien que no se ha utilizado en la isla también este tipo de control basado en la aniquilación del pensamiento humano mediante la marginalización de su vida?

Debemos partir de un concepto. Todas las definiciones de la condición de marginal coinciden: una persona puede ser considerada marginal cuando tiene que romper normas establecidas social y legalmente para poder sobrevivir; cuando, también para sobrevivir, tiene que apelar a un pensamiento que no es el suyo, como medida de protección ante leyes y condiciones sociopolíticas que no comparte; o, todavía peor, cuando su modo de pensar no se corresponde con el del poder oficial. He dicho en otras ocasiones que, bajo esa definición, todo cubano es marginal. Nadie se salva. Y eso convierte a Cuba en otra más de esas naciones latinoamericanas que se han visto lanzadas, por sus depauperadas circunstancias económicas, políticas y sociales a un proceso que los investigadores han llamado “marginalización de la sociedad”.

Como bien sabían los ideólogos del pensamiento nazi y de los totalitarismos que hasta hoy han existido, la caída en la marginalidad, en las condiciones extremas de vida de la marginalidad es un proceso que tiene lugar conjuntamente con la aniquilación instantánea o paulatina de los sueños de realización del ser humano, con la desaparición de una gran parte de los valores morales y de resistencia ética individual, y con un cambio de cualidad en el pensamiento social que apunta hacia la preponderancia del credo de supervivencia por encima del credo de la activa participación social, lo cual, en todos los casos, ha derivado en esa abulia, en esa inopia, en esa mansedumbre con la que los pueblos sometidos por estos sistemas han soportado sus designios.

En el caso cubano, aplicable a otros “socialismos” anteriores, la premisa socialista (humana e incluso cristiana) de poner la individualidad al servicio del bien colectivo, al ser implantado como monolito de adoración y estricto cumplimiento por cada uno de los miembros de la población, esté o no de acuerdo con el modo en que esta premisa es concebida y aplicada por los gobernantes, se convirtió en una ley antinatural, que atacaba las más mínimas libertades individuales, por lo cual se repitió el mismo mecanismo de defensa que tuvo lugar en los socialismos hoy desaparecidos: el individuo se vio obligado a mentir, a fingir, a utilizar máscaras ante las imposiciones indiscutibles, irrevocables de quienes detentan el poder. La sociedad cubana hoy, por ello, es una sociedad de máscaras a todos los niveles, lo que hace irrebatible, al menos, uno de los preceptos (antes explicados) que determinan la marginalización de nuestra gente. En fin, una sociedad de máscaras de la marginalidad más cruda.

Los historiadores y sociólogos resaltan otro detalle básico para el análisis histórico de lo sucedido en nuestro país: en la historia de la humanidad ninguna revolución social que ha sobrepasado el período objetivo de duración de un proceso revolucionario (período que es condicionado únicamente por esa coincidencia de circunstancias objetivas y subjetivas que, al romperse, dictan el fin) ha evitado traicionarse a sí misma. No es nuevo decir que eso ha sucedido en el caso de Cuba, y que aquella Revolución, que se iniciara años antes de 1959 contra una dictadura indiscutiblemente sangrienta, fue traicionada por los mismos políticos que la encabezaron. Su error de perspectiva política radica en no haber sabido (o querido) marcar los límites entre el desarrollo de la Revolución que ellos idearon y el desarrollo del nuevo proceso social que requerían las condiciones objetivas que Cuba tenía creadas. Con esa ceguera revolucionaria colocaron su ideario político por encima de las necesidades y condiciones reales del país, estableciendo estrategias políticas y económicas que hoy ellos mismos reconocen erróneas (aunque siempre achacan las culpas a terceros, es decir, al famoso “totí” sobre el que los cubanos lanzamos todas nuestras meteduras de pata, siendo el “bloqueo” o “embargo” el totí más mencionado). No tuvieron la lucidez suficiente para entender que la Revolución debía haber terminado en un momento y dado paso a un proceso de reformas, estrategias y convenios que priorizaran el desarrollo económico-social por encima del credo político y las alianzas políticas de quienes encabezaban ese proceso. Esos errores han convertido hoy a Cuba en una de las naciones más pobres del continente americano y han propiciado la marginalización acelerada de nuestra sociedad.

La incapacidad del Estado y el Gobierno de garantizar la alimentación básica de la población (bien se sabe que ni los racionamientos actuales ni las “aperturas económicas raulistas” lo han logrado); los graves problemas habitacionales y los incumplimientos de los programas de construcción de viviendas; la falta de sanidad social y comunitaria; los cada vez más bajos niveles de la calidad de la asistencia médica y de seguridad social; el subempleo en que está sumido el mayor por ciento de la clase trabajadora cubana; la hasta hoy errada política financiera que ha rescatado, entre otros males “del pasado capitalista”, la división en clases sociales; la falta de libertades individuales y de asociación; la imposibilidad legalizada de que la población pueda establecerse metas individuales a partir de la iniciativa privada en las esferas económica y social que realmente son importantes en una sociedad; el pésimo estado de los servicios públicos controlados por el Estado; las fatales consecuencias del apartheid contra el “nacional” en muchas esferas de la vida social, y la ceguera (por conveniencia o descontrol) ante los males sociales generados por las nuevas condiciones de “capitalismo a la cubana” impuestas por Raúl en el país, y la práctica oficial de los gobernantes de no aceptar su responsabilidad en los errores y desastres ocurridos en la isla, en todos los niveles (otra vez priorizando las explicaciones políticas, entre ellas el eterno diferendo con Estados Unidos), dan fe de la profundidad a la cual ha llegado esa marginalización.

El inspector general de los campos de concentración de la Alemania nazi, Rudolph Höss, se jactaba de la perfección de tal sistema, que permitía “colocar a los enemigos del Führer en el límite mínimo de sus condiciones de vida, de modo que no puedan pensar en sublevarse”, convirtiéndolos en “ratas sin dientes, animalejos de laboratorio, que sólo piensan en comer, incluso comiéndose entre ellos mismos”. El silencio del ser humano, esta vez impuesto por el proceso de marginalización en la que hoy viven los cubanos, resulta conveniente al gobierno actual. No cabe dudas