La fantasmal condición del escritor dominicano

Carlos Enrique Cabrera

escritor-columna-carlos-enrique-cabrera-otrolunes28Escribió Mariano José de Larra en el siglo XIX: “Escribir en España es llorar.” Ya en el siglo XX, yendo aún más lejos, Luis Cernuda enfatizó: “Escribir en España es morir.” Hacerlo en la República Dominicana de hoy es morir –como mínimo– dos veces. Todo es sin duda duro, escarpado y difícil en nuestro país, cualquier actividad creadora o no, sobre todo si ésta se ejerce con independencia, seriedad, honestidad y coherencia.

Si usted es escritor en la República Dominicana de hoy debe tener un férreo, decidido temple de héroe, una clara vocación de Hércules redivivo, a la par que debe ser (debería ser) tremendamente humilde y modesto, practicar como un santo varón la dolorosa resignación, y esto aun cuando entienda que le está yendo muy bien, que la fortuna le sonríe y que ha logrado el éxito mayor que es posible alcanzar en las lides literarias en este país.

No hay duda de que cobijado bajo el manto protector de la poderosa maquinaria de ascensión, distribución y reparto gubernamental (son muchos los que se acogen a ella y ya no viven de otro modo, ya no conciben la existencia fuera de estas esferas concéntricas de poder) le irá a usted bastante mejor que al esforzado escritor solitario que no pertenece a capilla alguna ni a ningún anillo de poder y se auto publica sus libros en pírricas tiradas de 500 ejemplares que deberá repartir obsequioso entre familiares, amigos y conocidos (el grueso sobrante permanecerá durante años acumulando polvo bajo su cama en cajas de cartón) y del que con toda certeza no aparecerá una sola reseña en la prensa local.

A usted por el contrario le publicarán sus obras, le otorgarán premios y reconocimientos, lo invitarán a la Feria Internacional del Libro año tras año (charla aquí, charla allá, taller viene, taller va y los homenajes se sucederán…), viajará al extranjero a dictar charlas y conferencias, algunos intelectuales (siempre “amigos”, claro está, sabe usted de sobra que aquí no se puede contar con nadie más…) escribirán sobre sus trabajos, algún estudiante universitario de una remota academia extranjera realizará una tesis de grado o doctoral sobre tal o cual aspecto relevante de su obra y hasta una prestigiosa editorial foránea radicada en el país (hay unas tres) acogerá su manuscrito para evaluación y, ¡oh inefable júbilo!, lo publicará.

A pesar de todo ello querido escritor “ilustre” no deje que se le suban los humos a la cabeza, mantenga (¡por Dios!) a toda costa los pies sobre la tierra. Usted se ve, se percibe y se siente “laureado escritor”, y en su vuelo soñador, romántico, henchido de optimismo, se llega a creer alguien importante, piensa que su merecido y bien ganado prestigio existe, es real, que tanto usted como su prolífica (o parva, para el caso da igual) obra cuentan para algo, cuando en realidad todo absolutamente todo es sólo una ensoñación, un peligroso, penoso espejismo (ya adscrito como férrea marca de identidad al escritor nacional) que se viene prolongando, idéntico a sí mismo, por años y años sin conseguir materializarse nunca en nada, y del que alguna vez convendrá o convendría (digo yo) despertar.

Sí, despertar. Esto es, asumir valientemente de una vez por todas la realidad: usted no existe, no es más que una simple fantasmagoría, una sombra de sombra. Nadie sabe aquí de su existencia, ningún mortal puede repetir su nombre ni el título de una de sus obras y mucho menos aún un fragmento significativo o particularmente bien logrado de las mismas, nadie lo lee ni lo ha leído nunca y probablemente no lo leerá jamás. Y desde luego nadie se lamenta de ello. Nadie sufre por ello. Por no leerlo no lo leen aquí ni siquiera los pocos que leen con asiduidad y saben hacerlo, sus propios compañeros de oficio que aun cuando usted les regale el libro (ya sabe usted que ellos no lo comprarán jamás…) lo dejarán a un lado para no volverlo a mencionar en toda la vida.

Usted lo sabe, pero no quiere verlo, no quiere aceptarlo. Aun cuando en los actos culturales en los que participa como autor se hace notorio y notable su situación real: se hagan donde se hagan y los organice quien los organice el público es escaso allí y por lo general no de la mejor calidad. Aquí entre nosotros. ¿Cuántas veces en una puesta en circulación de una de sus obras no han tenido los organizadores que llenarle el salón artificialmente con un público artificial de muchachos secuestrado de escuelas públicas, de secundaria y aun de primaria que alborotan sin cesar sin el menor interés por usted ni por su discurso ni mucho menos, claro está, por su “rica producción literaria”.

¡Para qué engañarnos! No hay en el país el menor interés por la cultura y mucho menos por la lectura como actividad de ocio creativo que supone un trascendental impulso para el desarrollo integral de la persona. Y si bien se mira y analiza, dada las circunstancias, no puede ser de otra manera, es perfectamente normal y lógico que así sea.
En el país no existe un sistema nacional de bibliotecas públicas cuya cabecera debería ser la Biblioteca Nacional. No hay por tanto posibilidad alguna de hacer efectivas políticas de promoción de la lectura pública, dada la prácticamente nula accesibilidad que tiene el grueso de la población a libros y otros documentos, tales como revistas, folletos y materiales audiovisuales y digitales que ya sirven (se ponen a disposición del público) desde hace ya largos años en las modernas bibliotecas de todo el ancho mundo.

Las librerías por su parte son muy escasas y buena parte de las pocas existentes han ido desapareciendo (pienso en Thesaurus) y otras sin duda alguna deben tener los días contados. Añádase a esto que a las mejores de las existentes (digamos Librería Cuesta) no traen todos los títulos de los catálogos de las editoriales extranjeras y los precios de los mismos son exorbitantemente caros, a lo que contribuye de manera decidida el propio Estado grabando los libros con un oneroso impuesto sobre el precio de venta al público de nada más y nada menos que del ocho por ciento. (*)

Por otra parte, la televisión, la radio AM y FM no destinan espacios a la promoción y difusión de la cultura y de igual modo los diarios nacionales se han ido despojando (o se despojaron bruscamente un día) de sus suplementos culturales y sus secciones de cultura, o éstos fueron achicados hasta hacerlos absolutamente irrelevantes. Sólo el diario Hoy ha mantenido a lo largo de los años el suplemento cultural “Areito”, que acoge en sus páginas, sin demasiado criterio editorial, una mezcla heterogénea en la que (eso sí) nunca tiene cabida la literatura de creación.

Tampoco existen, lo cual es muy grave, historias generales de la literatura, ni parciales por siglos, épocas, escuelas, grupos o generaciones, o tendencias…; ni estudios monográficos que aborden estilos, grupos, o el trabajo de un autor particular. Atlas, compendios, diccionarios especializados, etc., brillan igualmente por su ausencia…
El caso de las antologías, que sí existen, sabemos penosamente cómo operan, lo arbitrarias, poco serias y nada coherentes que son casi en su totalidad en cuanto a su elaboración, en tanto en cuanto son improvisadas, y sus compiladores trabajan sobre todo en base a la comodidad, a través de una simple llamada (“mándame algo”), al más temerario desconocimiento, el beneficio o el simple amiguismo o pago de favores. De ahí que relevantes figuras de nuestras letras puedan quedar fuera de ellas y verdaderos enanos literarios de obra absolutamente irrelevante e insustancial ocupen en las mismas cuantiosas páginas. (**)

He hablado de suplementos culturales y de secciones de cultura en los diarios de circulación nacional. He hablado de manuales, tratados, monografías, diccionarios, atlas. He hablado de antologías y recopilaciones generales y parciales. Pero se hace asimismo indispensable señalar la inexistencia de un tipo de publicaciones de extraordinaria relevancia en la vida cultural de una nación: las revistas científicas y académicas. De éstas no hay una sola activa en estos momentos en ninguna de nuestras numerosas universidades que aborden con rigor, sistematicidad y la adecuada metodología científica el estudio y análisis del fenómeno literario en el país.

Significa esto que no existe entre nosotros una sola producción académica de estudio y análisis de la literatura nacional en sus diferentes aspectos. Pero asimismo (y esto es reflejo de lo primero o a la inversa) tampoco existen cátedras de literatura (ni de Filología ni de Lingüística, a no ser, claro está, alguna maestría de Lingüística Aplicada u otra denominación por el estilo que, como bien su nombre indica, se desenvuelve por muy diferente camino del que aquí nos interesa) (***)

En estas condiciones lo que prima y prevalece y termina imponiéndose en la vida cultural y literaria nacional es la arbitrariedad de criterio, el improvisado análisis y la interesada crítica de auténticos usurpadores de las funciones de un oficio que no les corresponden y para el que de ningún modo se han preparado. Porque en el país no hay (no puede haberlos) críticos literarios propiamente dichos con la debida formación académica, y los pocos con los que hemos contado (desde los tiempos de Pedro Henríquez Ureña hasta hoy) han terminado claudicando por falta en definitiva (entiendo yo) de motivación, de alicientes y de espacios adecuados en los que ejercer su digno y necesario oficio de sistematización y análisis del fenómeno literario, y, en otro nivel (ya más divulgativo) de hábil y valiente y certero desbrozamiento del trigo de la paja y de orientación y guía de los lectores. (****)

Se impone aquí de forma obligada hacer una referencia –así sea de pasada– a las revistas culturales y literarias, escasísimas –nunca han convivido en el tiempo más de tres en el país–, por lo general de confección paupérrima tanto en contenido como en presentación y de más que pírrica difusión, promoción y comercialización. Caudal, que yo dirigí durante 29 números, intentó romper con este estado de cosas sin encontrar demasiado apoyo de la intelectualidad y la clase culta del país y asimismo desapareció sin que nadie pareciera notarlo ni lamentarlo demasiado.

Por si todo esto no fuera suficiente tampoco contamos aquí con editoriales que definan políticas serias de edición buscando captar cada vez más lectores, en su doble función de institución cultural atenta a la promoción de la lectura pública y empresa que debe velar por obtener unos beneficios que la hagan viable y sustentable. Ni empresas formales que se encarguen de la distribución, circulación y colocación en los diferentes puntos de venta del libro a lo largo y ancho del país. Contamos, eso sí, con algunas imprentas que hacen lo que pueden, pero que desde luego de ninguna manera pueden definir políticas y criterios editoriales propiamente dichos que implican y suponen una conceptualización y concepción específicas del objeto cultural libro y la definición y diseño de series, monografías y colecciones, etcétera.

Pero además de todo lo hasta aquí expuesto debemos señalar todavía, y ya para concluir, un aspecto altamente significativo y en extremo penoso e irritante que impacta de manera tremendamente negativa la creación literaria y la cultura general de la República Dominicana de hoy: la mediocridad probada de nuestro sistema educativo (estatal y privado) y los altísimos índices de analfabetismo funcional que padecemos. Según un reciente estudio realizado por ENDESA (Encuesta Demográfica y de Salud) uno de cada cuatro habitantes del país es analfabeto funcional y más de uno de cada tres no ha ido a la escuela. Hablamos de un 25 a 27 por ciento de la población. Pero en provincias del sur como Bahoruco y Elías Piña los niveles de analfabetización funcional son todavía más altos: más de un 50%.

Usted los ve, pues, creyéndose alguien, pensando que existen, que cuentan para algo, que su obra es relevante y leída y buscada y altamente valorada, cuando en realidad todo es sólo una ensoñación, un peligroso, penoso, irresponsable espejismo.

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NOTAS
(*) ¿En cuántos hogares dominicanos de clase media y clase media alta y clase alta hay un espacio destinado a los libros, un rincón destinado a la lectura recreativa?
(**) Joaquín Balaguer, autor infame, aparece en todas, siempre; un autor de la relevancia de Fernando Valerio-Holguín se lo saltan en muchas con las más reprochable, descarada irresponsabilidad –si no con la más inaceptable mala voluntad.
(***) Tan sólo la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD) cuenta con una licenciatura en Letras impartida en la facultad de Humanidades.
(****) Así Manuel Matos Moquete o Diógenes Céspedes han desempeñado con sistematización, rigor y método la crítica literaria y cultural en el país. Éste último mantuvo durante algunos años una revista: Cuadernos de poética y posteriormente un suplemento cultural en el desaparecido diario El Siglo

Notas del artículo

  1. ¿En cuántos hogares dominicanos de clase media y clase media alta y clase alta hay un espacio destinado a los libros, un rincón destinado a la lectura recreativa?
  2. Joaquín Balaguer, autor infame, aparece en todas, siempre; un autor de la relevancia de Fernando Valerio-Holguín se lo saltan en muchas con las más reprochable, descarada irresponsabilidad –si no con la más inaceptable mala voluntad.
  3. Tan sólo la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD) cuenta con una licenciatura en Letras impartida en la facultad de Humanidades.
  4. Así Manuel Matos Moquete o Diógenes Céspedes han desempeñado con sistematización, rigor y método la crítica literaria y cultural en el país. Éste último mantuvo durante algunos años una revista: Cuadernos de poética y posteriormente un suplemento cultural en el desaparecido diario El Siglo