Lo que son las cosas: Soñando en ruso se escribe en inglés
En estos días he pensado mucho en Rusia, o más bien, en las relaciones entre el pueblo cubano y aquellos que en su momento integraron la antigua Unión Soviética. Y me he detenido, sobre todo y por razones obvias, en el controvertido pueblo ruso. Estos pensamientos son el “efecto colateral” de la entrevista que acabo de realizar a la ensayista y profesora norteamericana Jacqueline Loss, autora del libro de reciente aparición titulado Dreaming in Russian y coeditora –junto al escritor cubano José Manuel Prieto- de Caviar with Rum, un volumen que recoge, entre otros ensayos, las ponencias del simposio realizado en 2007 en la Universidad de Connecticut para hablar de la experiencia postsoviética en la Isla. A propósito de ello quisiera compartir aquí algunas ideas.
Es innegable que el paso de los rusos por Cuba es parte de nuestra historia nacional. Lo es también que su presencia en diversos sectores de la vida cubana es recordada por mucha gente en el país. Y hay motivos. Aparte de los cubanos que trabajaron o estudiaron con ellos, hay matrimonios mixtos, migraciones en ambos sentidos, niños que se han convertido en hombres y mujeres hablando fluidamente las dos lenguas, moviéndose entre culturas aparentemente muy distantes. No deja de ser curioso el hecho de que un país que ya no existe siga ocupando un sitio en el corazón de tanta gente en Cuba. Y esto nos dice algo: Mírese como se mire, la estancia de los rusos en la Isla –o de los cubanos en Rusia- dejó una firme huella en la vida cubana de la segunda mitad del siglo XX. A veces esa huella se manifiesta en forma de vínculos de sangre que perduran hasta el día de hoy. Este intercambio humano aportó un ingrediente externo nuevo a la mezcla nacional de razas, algo que no suele ocurrir con frecuencia en un país como es el nuestro.
La experiencia de miles de jóvenes cubanos que estudiaron sus carreras en los países de Europa del este sirvió para mostrarle a la gente sencilla del pueblo que allende el mar, y más allá de nuestro entorno inmediato, había países donde se hablaban otras lenguas, se comía de otra manera y se vivía una vida que de muchas formas era más rica que la vida conocida hasta entonces por cualquier hijo de vecino en los pueblos de Cuba. Y esto enriqueció el universo del cubano con historias, costumbres y tradiciones nuevas. Dicho en otras palabras, amplió su campo de miras y elevó sensiblemente su nivel cultural. Algunas de esas tradiciones y costumbres prendieron incluso en nuestra tierra. Muchos cubanos supieron aprovechar este intercambio para crecer como individuos. Los contactos personales entre quienes estudiamos en Europa del este y los ciudadanos de los respectivos países nos permitieron ver que el mundo era más ancho de lo que habíamos imaginado cuando vivíamos en la Isla, por muy grandes y magníficos que sus pueblos y ciudades nos hubieran parecido antes.
Apostaría a que la mayoría de aquellos estudiantes cubanos vivieron alguna historia de amor que alegró su vida en tierra extraña. Unos fundaron familia y mezclaron su sangre con la gente del país; otros regresaron solteros a la patria. Pero seguramente todos conservan en la memoria el recuerdo de un beso en un parque nevado o de una mano en alto que les dice adiós. Imágenes como estas entretejen la urdimbre existencial de muchos cubanos que estudiaron en Rusia o en otros países de la región. Y puesto que están grabados en la memoria de varias generaciones, esos recuerdos y esos vínculos también son parte del patrimonio nacional cubano.
La impronta de ese encuentro entre culturas pervive fundamentalmente en la conciencia de quienes tuvieron parte activa en él. Pero también, por causas naturales, puede borrarse con el paso del tiempo. Por eso son tan importantes los textos como Dreaming in Russian y Caviar with Rum, o los documentales que Jacqueline Loss cita en la entrevista. Hablo de 9550, realizado por Ernesto René Rodríguez y Jorge Enrique Betancourt y de Todas iban a ser reinas de Gustavo Pérez y Oneyda González, sobre las mujeres “soviéticas” en Camagüey. Por cierto, hace unos días vimos este último en casa. Éramos seis adultos nacidos en tres países diferentes; pero todos nos emocionamos por igual con los dramas humanos que se exponen allí.
Tanto Dreaming in Russian como Caviar with Rum demuestran que hay una huella viva de la cultura rusa en Cuba. Dicho esto, querría ahora poner los pies sobre la tierra y decir también que el territorio de la memoria pertenece al pasado. La cuestión, a mi juicio, sería dilucidar hasta qué punto esa memoria podría seguir regenerándose en la Isla y qué será de ella al cabo de unos años. Y en este punto las cosas ya no están tan claras. Es verdad que los testimonios de los hombres y las mujeres que hablan en el libro de Jacqueline ayudan a reconstruir los hechos, a mantener fresco el recuerdo de un pasado reciente; pero no es menos cierto que ese pasado tiene cierta pátina de cosa perdida para siempre. Por mucho que nos pese, los vestigios de la cultura rusa en Cuba podrían irse borrando poco a poco, hasta perderse definitivamente en la bruma del tiempo.
Superada esta etapa de la vida cubana, hoy aparecen nuevos sitios adonde mirar, nuevas fuentes de las que beber y nuevos destinos que añorar. Estudiar el paso de los rusos por Cuba, la impronta de su legado en la Isla, debería ser parte del trabajo de los estudiosos cubanos de la cultura nacional. Por otro lado, uno podría preguntarse si la imagen dejada en Cuba por los técnicos soviéticos se acerca mucho a la ideal. Cualquier cubano contestaría con un rotundo “no” a esta interrogación. Esa imagen, además, está asociada a muchas de las peores realidades que el pueblo de la Isla ha debido sufrir durante los últimos decenios.
Pero incluso en este orden hay momentos que matizar. ¿No sería procedente formularse la misma pregunta con relación a los cubanos que estudiamos o vivimos en Rusia? ¿Se correspondía la acogida de los cubanos a los rusos en Cuba con la que recibíamos los cubanos en aquel país? ¿Fueron recíprocos estos sentimientos? Y por último, ¿cómo fueron las relaciones entre los gobiernos? ¿Hasta qué punto la luna de miel entre Fidel Castro y los diferentes jefes del estado soviético fue un matrimonio de conveniencia y cuánto beneficio –o perjuicio- le trajo a nuestro pueblo la entrega casi total del país a los gobiernos de la entonces tan firme potencia mundial?
Es evidente que todavía hay mucho que decir sobre la huella soviética en la vida cubana de estos años. El cubano y el ruso son dos pueblos muy diferentes en su esencia. Cuando se encontraron, apenas se conocían mutuamente. Hoy, tras varios decenios de estrechas relaciones, transitan caminos divergentes, caminos que, presumo, no volverán a coincidir jamás. Por eso se agradece tanto la memoria escrita sobre su convivencia. Quizás, como sugiere Jacqueline en la entrevista, otros especialistas deban investigar y escribir acerca de sus parcelas respectivas. En cualquier caso, reconforta mucho leer libros como Dreaming in Russian, un texto escrito con rigor académico y lucidez, un conjunto de ensayos que desempolvan y ponen en su justo lugar la indiscutible impronta de la cultura rusa en la Isla.