«La literatura no es otra cosa que un sueño dirigido».
Jorge Luis Borges“Sólo una parte ínfima del público que habla hoy en día de literatura la conoce de verdad”.
Julien Gracq
Es sin duda variado el conjunto de tareas y actividades que convergen para hacer posible el prodigio de la literatura. La verdad es que no solemos pensar en ello y asistimos al surgimiento de sus manifestaciones concretas (la publicación puntual de tal o cual obra particular) como si tan extraordinario fenómeno se produjera por generación espontánea. O dejamos que la palabra (o el término o el concepto) vibre en el aire con todo su poder de sugestión sin preguntarnos si de verdad entendemos a cabalidad su significado.
¿De qué hablamos cuando hablamos de literatura, a qué nos estamos refiriendo, a qué fenómeno u objeto de la realidad estamos aludiendo? Desde luego tenemos que concordar que nos referimos a un fenómeno poliédrico que recoge una infinidad de aspectos, acciones y visiones y puntos de vista, que puede ser abordado desde muy diferentes ángulos y que se manifiesta en el espacio-tiempo tanto de forma diacrónica como sincrónica. Está la literatura de nuestro aquí y ahora y la vasta lista de obras que nos llegan desde el fondo mismo de los tiempos, como los poemas épicos Hilgamesh (III milenio antes de Cristo) o el de Mío Cid (S. XI).
Que alguien genera el producto literario está claro, meridianamente claro por lo menos a partir del Renacimiento (siglo XV); ese alguien es el autor, que pone (con gran esfuerzo, enorme sacrificio personal y sumido a menudo en la más extrema soledad y aislamiento) en la realidad del mundo sus cuentos, novelas, ensayos, poemas, dramas o comedias. La literatura se produce o genera gracias al talento, la imaginación y creatividad del autor, manifestándose como un producto concreto con un título que lo individualiza, un lenguaje y estilo claramente diferenciados y adscritos a un tiempo y una época y a una determina tendencia o corriente artísticas.
Pero para que esa obra, original y única, llegue a manos de los lectores, hay que necesariamente darle forma, ponerla en un formato o soporte específicos (libro digital o libro impreso o audiolibro…), lo que supone un amplísimo conjunto de acciones y actividades (lectura y corrección de originales, diagramación, impresión…) de los que habrá de hacerse cargo el editor o la firma editorial a la que se llega muchas veces (y es claramente la forma óptima) a través de los agentes literarios –algunos como Carmen Balcells o Andrew Wylie (“El Chacal”) auténticamente míticos.
La literatura es creada por el autor, se la acoge en un particular formato o soporte, y todavía no terminan aquí las acciones que le permiten “nacer” a la vida. Se impone ahora la ejecución (minuciosa, esforzada, intensa, sabia y bien programada si se quiere exitosa) de una vasta campaña de difusión y distribución que garantice a la obra recién nacida un hueco en los numerosos puntos de venta: en las librerías tradicionales, en los quioscos, en los supermercados, en las grandes superficies comerciales y en los ubicuos espacios de venta online. Se trata, claro está, de hacer visible la nueva obra, de llamar la atención de los posibles lectores sobre su existencia, sus bondades y virtudes…
El producto literario, pues, al tener un necesario y obligado intermediario, el editor o la firma editorial que convierte el resultado (la obra literaria como ejemplar único ya digitado o ya manuscrito) de la sensibilidad y la capacidad intelectual y creativa de una persona concreta (el autor) en un producto comercial, en una mercancía en suma (por más que tenga sus particularidades y especificidades), que está inscrita en un proceso industrial (la industria editorial y del libro), se ve sujeto a procesos de intermediación de gran relieve e importancia antes de materializar la asunción y creación del tal producto por parte de la firma editorial.
Surgen así las figuras de los “lectores profesionales”, que se encargan de evaluar tanto desde el punto de vista artístico como comercial los originales de las obras que llegan o son enviadas a la editorial… y la de los llamados “ghostwriter” o negros a sueldo, que pulen y mejoran la obra original del autor para hacerla más “potable” para el mercado, más aceptable y accesible y, por tanto, más fácilmente vendible…
Claro está, hay que garantizarse la inversión al entrar el producto literario en el duro e implacable juego que rige toda mercancía: el de la oferta y la demanda… por lo que asimismo se debe ser rigurosamente estricto con el establecimiento (y cabal cumplimiento) de los aspectos legales y jurídicos que se materializan en el establecimiento de los Derechos de autor (el copyright en el mundo anglosajón) acorde con la legislación establecida al respecto en el ámbito internacional y en cada país en concreto. Supone todo ello la firma de contratos y la puesta en marcha o ejecución de un sinnúmero de procesos legales garantistas y de protección de las partes y/o entidades implicadas en la operación comercial y contractual de difusión y venta de la obra.
Pero además de editoriales y distribuidoras y librerías resulta notorio cómo se aglutinan en torno a la literatura otras relevantes instituciones, organismos y entidades oficiales y privadas que la favorecen, promueven, realzan y aun incluso moldean su fisonomía, y esto de forma constante y eficaz y de muy diferentes maneras y con intencionalidades e intereses diversos y variables, disimiles. Se trata de fundaciones, Institutos, universidades, Ministerios y Consejerías de Cultura, bibliotecas públicas, municipales, nacionales, regionales, académicas, etcétera., las cuales organizan, promocionan o patrocinan festivales, lecturas públicas, exposiciones, encuentros o conversatorios con los autores, talleres y seminarios, mesas redondas, congresos y simposios en torno a una obra concreta o a un autor determinado o a una época particular o género específico. Pero asimismo (y esto es sin duda muy relevante) proveen a los autores de becas para la creación, les organizan atractivas homenajes y reconocimientos, les otorgan premios y galardones. Estos últimos, además de estar en muchas ocasiones muy bien dotados económicamente, favorecen de forma notable la promoción y venta de las obras del autor premiado dado que su rutilante prestigio se transfiere tanto a su figura como a las obras que éste ha producido. Todos conocemos la relevancia y trascendencia (¿o es necesario recordarlos aquí?) de premios nacionales e internacionales tales como el Nobel, el Cervantes, el Pulitzer, Booker Prize, el Princesa de Asturias de las Letras, el Goncourt (Prix Goncourt, en francés), el Premio Feria Internacional del Libro de Guadalajara de Lenguas Romances, El Planeta o el Premio Alfaguara de Novela…
En nuestro tiempo el escritor no puede ser ya una figura pasiva que se limita o circunscribe a escribir o producir su obra en soledad esperando que gracias a su valor y calidad se la publiquen y le lleguen los premios y reconocimientos a raudales y los grandes éxitos de venta. No, hoy en día el escritor tienen que salir de su recogimiento ante su mesa de trabajo y lanzarse al ruedo a promocionar su obra con todos sus recursos y habilidades en ristre, poniendo en acción todo su encanto y capacidad de seducción personales, arropado y sustentado por la casa editorial que cubre sus gastos de desplazamiento y de manutención durante el tiempo que dura el evento (firmas de ejemplares en una feria del libro), la actividad o la gira. Así, por ejemplo, el premio Alfaguara de Novela incluye una peregrinación de meses del autor galardonado por las principales capitales latinoamericanas programada y financiada por la reputada editorial.
Hoy asimismo el autor puede convertirse en autor editor gracias a mil y un mecanismos, dentro de los que los más notables y eficientes se encuentran en Internet. Hay numerosas empresas (Amazon, Google, Lulu, Bubok…) que acompañan y o apoyan o sirven de sostén al autor en esta aventura. La obra se puede difundir en formato digital o hacerse en papel acogiéndose a lo que se denomina impresión bajo demanda. La pertinencia y validez o necesidad de este camino viene señalado por las escasas posibilidades que tienen un autor novel de ver publicada su obra.
La literatura es una actividad artística, es una fruición, un gozo, un placer auténticos, un entretenimiento enriquecedor que promueve y facilita el ocium cum dignitatem al que tanto valor le otorgaban los antiguos romanos, forma parte de las actividades (o es el objeto del que se ocupa con mayor o menor intensidad y o acierto) el periodismo cultural en radio, prensa y televisión y en Internet, es una disciplina que se enseña en escuelas, colegios e institutos y en talleres y clubes literarios y es asimismo una ciencia. El objeto literario se comenta y se critica, se estudia y se analiza y compara con rigor, sistematización y objetividad. Hablamos entonces de la Ciencia de la Literatura, que (mostrando su riqueza y complejidad conceptual y metodológica) se ramifica en diversas subdisciplinas (Historia de la literatura, Teoría de la literatura y Crítica literaria, la Comparatística o Literatura comparada, y la Ecdótica o Crítica textual), cada una de ellas con sus marcadas especificidades en los modos de abordar el fenómeno literario. Todas estas ramas quedan englobadas, con las ciencias del lenguaje o Lingüística, en la Filología y con ésta en el ámbito más amplio de las Humanidades.
Son pues como vemos numerosos los circuitos por los que se mueve y circula la literatura (y que sin duda, no nos engañemos, la hacen posible). Los circuitos de los autores (que manejan con su propia jerga y sus propias visiones a veces bastante obtusas y cerradas y desrealizadas, sus propias filias y fobias…), los circuitos empresariales, comerciales y de producción (librerías, editoriales, distribuidoras, agentes, libreros, impresores, diagramadores, ilustradores, diseñadores, traductores, y un larguísimo etcétera), el de la crítica y reseña divulgativa y periodística (periodismo cultural de radio, prensa y televisión y en la Red), la de los lectores, que por lo general trabajan desde la apreciación subjetiva y estrictamente emocional y empática pero que también muchas veces se organizan en clubes de lectura en bibliotecas públicas u otras instituciones o interactúan de forma notablemente eficaz a través de las más diversas herramientas digitales asentadas en el ciberespacio, y la de la Ciencia de la Literatura o el análisis y estudio estricta y rigurosamente académico de la misma.
Pero la literatura, que tiene claramente una dimensión espiritual en tanto se impone la búsqueda de la belleza y de la verdad, tiene asimismo una dimensión social que queda regida por la vanidad.
Como escribe Witold Gombrowicz en su Diario (1953-1969):
Es un asunto que madura en soledad, es un crear por crear; pero al mismo tiempo también es un asunto social, un imponerse a la gente, más aún, es crearse públicamente a sí mismo a través de la gente. Nace de la necesidad de la Belleza, del Bien, de la Verdad; pero también es deseo de la fama, de la importancia, de la popularidad, del triunfo.
Es por ello por lo que tantos personajes y personajillos de la vida cultural –y otros muchos advenedizos, entre los que quiero destacar a faranduleros y políticos– se vean compelidos a hacer cualquier cosa por dotarse de los Derechos de autor o de la “autoría” de una obra “lograda”. Unos (los serios), la trabajan de forma obsesiva en la más extrema soledad y en el más absoluto olvido de sí mismos durante larguísimos años; otros la compran ya hecha o por encargo; otros más se despeñan, con la más absoluta cara dura y falta de escrúpulos, por las ignominiosas pendientes del plagio.
Incluso escritores de renombre han sido incapaces de resistir esa oscura tentación.
