Gaza con prejuicios

Antonio Cienfuegos

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Ahora que han pasado ya varios meses y ha dejado de ocupar todos los titulares del mundo, me gustaría hablar sobre el conflicto más importante del año pasado, el ataque israelí a los palestinos en la franja de Gaza. Hay que partir del entendido que decir algo inteligente sobre el conflicto en Gaza presupone dos retos; primero, asumir que se puede decir algo, cualquier cosa, fuera de parcialidades y falacias; segundo, pensar que lo que se diga puede cambiar mínimamente la realidad que viven miles de palestinos desplazados y sin hogar a partir de un conflicto con más tintes ideológicos que territoriales.

Bien, entonces debemos partir del inevitable hecho de que para hablar de Gaza hay que ser imparciales y estar en el entendido que nada vamos a solucionar teorizando sobre el problema, porque las dimensiones de su complejidad escapan a cualquier erudición individual posible. Pero hay un punto de partida, entender que todo lo que leamos sobre el conflicto en Gaza está polarizado, más que política, ideológicamente; si logramos entender desde esta perspectiva la importancia que Gaza tiene para el resto del mundo, quizá podamos tener un acercamiento objetivo a esa guerra.

Cualquiera que escriba sobre Gaza (en cualquier espacio: periódicos, revistas digitales, blogs o incluso Facebook) tendrá –bajo esa óptica polarizada– dos tipos de opiniones: 1) La victimización: son los que defienden Gaza a ultranza, “a capa y espada”, simplemente por un odio irracional y antiimperialista hacia los Estados Unidos y, por lo tanto, el conflicto de Gaza no es sino un pretexto más para volcar su odio (xenofobia) hacia dicho país. 2) La defensa del sionismo: aquellos que ven realmente una amenaza de dimensiones apocalípticas y cataclísmicas en todo lo relacionado con los musulmanes –postura apoyada principalmente por el 9/11 de Nueva York–, para ellos los musulmanes son los nuevos soviéticos del siglo xxi. Ambas posturas son ingenuas y totalmente manipuladas por los medios de comunicación.

Pero vayamos un poco al pasado próximo –que a muchos de nosotros nos tocó vivir, en 1989–, según Jürgen Habermas, después de la caída del Muro de Berlín, “cabe saludar la drástica relativización del poder militar, administrativo y democrático por el poder del dinero […] lo que significaría que el orden internacional quedaría articulado en términos de derecho privado y no de derecho público”. La caída del Muro de Berlín marca un hito histórico antecedido por la Perestroika en la Unión Soviética, esto terminaría de tajo con el socialismo1 en el mundo, por lo tanto no habría más Guerra Fría; pero, por otro lado y el más importante, ya no estaría el mundo polarizado por dos filosofías que iban más allá del orden económico, sino también cultural: se instaura en el mundo un régimen capitalista de globalización. El gran problema es que el capitalismo, la globalización misma, nunca pudo hacerse cargo cabalmente de esa transición de los países socialistas a capitalistas, para el Nobel de Economía Joseph Stiglitz: “La globalización y la introducción de la economía de mercado no han producido los resultados prometidos en Rusia y la mayoría de las demás economías en transición desde el comunismo hacia el mercado”, y parece que nadie repara en que vivimos en una autocracia ideológica; peor aún, económica, donde la homogeneización de las sociedades es el fin último de esta vorágine llamada globalización.

Sin embargo, los países productores de armas vieron mermada su economía capitalista, sustentada en este insumo tan poco redituable; sin una guerra velada como lo fue la Guerra Fría, entonces era necesario crear otro falso enemigo, otra guerra de proporciones globales y posibles consecuencias holocáusticas, para poder continuar su producción en masa y la carrera armamentista, sin contar la dominación social que se compone principalmente del miedo: surge el mito del “11 de septiembre”, que pone como objetivo a los terroristas, a diferencia de la anterior Guerra Fría, ya no era conveniente poner una o varias naciones como targets. ¿Para qué una sola si se podían poner muchas? Entonces se optó por decir “terrorismo” y también que los musulmanes son el prototipo ideal del “terrorista”, el epítome del “terror”. En ese momento la otan (Organización del Tratado del Atlántico Norte), liderada por Estados Unidos, se lanza a una cacería por todo Medio Oriente en busca de Osama Bin Laden y de Al Qaeda; primero Afganistán, luego Irak, pasando por Siria. Ser país musulmán se volvió punto de sospecha de posible terrorismo.

Está claro que la Guerra Fría del siglo xxi es una guerra urdida sobre ideologías religiosas, si la del siglo xx fue por instaurar una sola forma, más que de economía, de cultura en todo el mundo,2 a pesar de los incontables matices y yuxtaposiciones, la de este siglo será por instaurar un sistema de creencias, un régimen religioso homogéneo global.

De más está decir que Israel es un Estado con tintes colonialistas, que atiende a los servicios y necesidades de instaurar esta nueva Guerra Fría por parte de Estados Unidos. De más está decir que Israel tiene uno de los ejércitos más mortíferos del mundo, incluyendo armas de destrucción masiva. De más está decir que en menos de dos meses (8 de julio hasta el 26 de agosto de 2014) se mataron a más de 2 000 civiles y apenas 230 combatientes confirmados de Hamás (Harakat alMuqáwama alIslamiya. Movimiento de Resistencia Islámico, en español). De más está decir que Hamás fue un partido político apoyado inicialmente por Israel, para hacer contrapeso a la Organización para la Liberación de Palestina de Yasser Arafat, y que después se salió todo de control. De más está decir que Hamás lanzó 4 594 cohetes a Israel durante el tiempo que duró el conflicto, de los cuales 3 641 cayeron en territorio israelí. De más está decir que Israel cometió crímenes de guerra. El genocidio jamás estará de más y será un prejuicio que no dejaré de lado.

Lo que está claro es que el 30 de junio del 2014 –a pedido de las Fuerzas de Defensa de Israel –, el Departamento de Defensa estadounidense envió municiones, entre ellas lanzagranadas y piezas de mortero de 120 mm, y el 1 de agosto aprobó un presupuesto de 225 millones de dólares para apoyar la defensa de Israel, ante tan terrible amenaza que suponían los “misiles” Qassam (cohete de metal relleno de explosivos) producidos por Hamás, de los que hay tres versiones rústicas. Se ha hablado del Qassam como un misil, pero no usa ningún sistema de guía, por lo tanto no es tal. ¿Quién –de nuevo– volvió a ganar con un conflicto armado? La respuesta parece clara.

Pero, por primera vez en mucho tiempo de negociaciones “pacíficas”, Palestina se armó de valor, tuvo coraje y salió a defender lo que es suyo, al más puro estilo independentista latinoamericano de hace doscientos años, casi al grito de “¡Vivir con honor o morir con gloria!”. Hamás lanzó ataques constantes durante los 50 días que duró la guerra, hasta el punto de lograr atemorizar al magnánimo y casi omnipotente Estado Israelí.

Retomando un poco lo que mencioné al principio, la importancia de la soberanía y libertad de Palestina, pero sobre todo de los musulmanes, radica en la última resistencia al imperio global, al ultracapitalismo que nos está volviendo no otra cosa sino replicantes, ya que, según Walter Benjamin, “la representación de una historia universal está vinculada a la del progreso y a la de cultura. A fin de que todos los instantes en la historia de la humanidad puedan ser enhebrados en la cadena del progreso, tienen que ser puestos bajo el denominador común de la cultura, de la ilustración, del espíritu objetivo o como quiera llamársele”, es en este sentido que las diferencias nos humanizan, las particularidades nos dan sentido de pertenencia, porque estamos viviendo el ocaso del individuo. En breve comenzaremos la era del “holismo”,3 donde ya no existan diferencias culturales entre las personas; mientras tanto, agradezcamos a los palestinos su estoica defensa, que en el fondo fue la defensa de todas estas sociedades oprimidas en las que indudablemente estamos incluidos los latinos.

Notas del artículo

  1. Cabe señalar aquí las diferencias entre socialismo y comunismo, según Karl Marx: “En un sistema socialista, al establecerse la propiedad social (colectiva) de los medios de producción, desaparece cualquier forma de propiedad privada de los bienes de capital y con ésta, el capitalismo como forma de apropiación del trabajo asalariado, una forma de explotación por vía económica”; a diferencia de lo que sucede con el concepto de comunismo (término cuya utilización se remonta a Platón), en el cual la contribución a la producción común es libre y no planificada, mientras que el consumo se vive en común.
  2. Por ejemplo, Daniel Bell argumenta que “la crisis de las sociedades desarrolladas de Occidente se remontan a una división entre cultura y sociedad; la cultura, en su forma moderna, incita el odio contra las convenciones y virtudes de la vida cotidiana, que ha llegado a racionalizarse bajo las presiones de los imperativos económicos y administrativos”.
  3. Por "holismo" me refiero a su acepción epistémica, entendiendo el Sistema como un todo integrado y global, que en definitiva determina cómo se comportan las partes.

Del Autor

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Antonio Cienfuegos
San Salvador, 1981. Escritor salvadoreñomexicano, de niño vivió en San Salvador una breve temporada y luego fue a radicar a México debido a la diáspora causada por la guerrilla. Actualmente está cursando un magíster en Sociología en la Universidad Alberto Hurtado de Santiago de Chile, ciudad donde radica. Ha publicado en las siguientes revistas: Alforja, Cultura de Veracruz, Casa del Tiempo (UAM); ha sido antologado en los siguientes libros: Doscientos años de poesía mexicana, La luz que va dando nombre, Carruaje de pájaros y Encuentro nacional de poetas jóvenes Morelia 2013; y ha publicado la plaquette: Otra versión de vos (Public Pervert, Chiapas, México) y el poemario Otra versión de vos (subVersiva, Tegucigalpa, Honduras). Es colaborador de la revista digital Coma suspensivos (www.comasuspensivos.com.mx) de la Ciudad de México, del periódico digital Carajo (www.carajo.cl) en Chile y es columnista de la revista digital OtroLunes (www.otrolunes.com) en España. Considera que la poesía se encuentra en una crisis tanto creacionista como mediática pero, sobre todo ética, en donde el sujeto utiliza la poesía como un medio para obtener beneficios consumistas y globalizantes como premios y becas (bajo un régimen de mafias literarias), haciendo de esta práctica su modus vivendi a lo largo de toda Iberoamérica.