De las nuevas bibliotecas

Pedro Crenes Castro

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Decidí hacerlo, aunque preferiría no haberlo hecho: me hice una biblioteca virtual. En la pantalla, brillante, las palabras «mi biblioteca», me daban una sensación de euforia digital que no había experimentado. Cien libros, con sus portadas y títulos, me miran desde las estanterías de roble virtual tentándome a  abrirlos todos. En mi frenesí lector, cargado de mi biblioteca, decidí viajar en metro por Madrid. Leer en medio del bullicio de gentes, desafiar la atención con un libro, sumergirme en él haciendo que el mundo se silencie alrededor es de esas sensaciones secretas que uno tiene para sí como un tesoro. Y así emprendí la aventura, con mis cien libros en una tableta.

Pero, ¡oh, terrible demonio de la batería! Brillo atenuado en la pantalla como presagio, bajísimos porcentajes de energía como certeza y sobrevino el inevitable apagón de mi biblioteca virtual. Y se hizo el bullicio, se hizo la gente al rededor y la atención se fue toda al largo viaje que tenía por delante. De mis cien libros, sin batería en la tableta, ni rastro. Allí estaban, a buen recaudo, en una memoria que sin energía no sirve de nada.

Y la sensación de ridículo, mezclada con las palabras de Job, paradigma bíblico de paciencia: “Porque el temor que me espantaba me ha venido, y me ha acontecido lo que yo temía”. El temor de Job era mayor que el mío, sin duda, pero sus palabras  se aplican perfectamente a mi situación: un largo camino de ida y de vuelta sin lectura por culpa de la frágil tecnología.

La dependencia digital va a convertir en realidad la vieja pesadilla de Bradbury: los libros dejarán de ser y no hará falta que persigan a la humanidad para que deje de leerlos, la pesadilla ha sido mejorada por la realidad: los guardamos virtualmente en bibliotecas que no pesan, que no ocupan lugar como el saber y que al final, como éste, se olvida. ¿Qué ocurrirá cuando “La gran memoria virtual” sufra un ataque de amnesia? Sobrevendrá el olvido silencioso que estamos siendo y alguien nos pensará como quiere. Seremos un papel en blanco sobre el que escribir una nueva ficción a la que llamaremos “Humanidad” para que parezca lo mismo sin serlo. Parece ciencia ficción pero va camino de dejar de serlo.

El otro día, mi hija mayor me hizo partícipe de un descubrimiento suyo. Cuando tiene que hacer algún trabajo para el colegio, le digo que use las enciclopedias que tenemos en casa y que busque en el diccionario de papel las palabras para completar sus deberes de Lengua. Hija de su siglo, nativa digital, sucumbe a la inmediatez de lo virtual. Lo importante –le digo a veces−, es el viaje que haces por el diccionario o la enciclopedia hasta llegar a tu destino, es allí, en el ir, donde se descubren cosas… ¿Sabes por qué Zipi y Zape se llaman así?, me preguntó (tiene once años). Ni idea, reconocí. Pues buscando en el diccionario una palara, leí que “zipizape” es alboroto, riña ruidosa… Quise decir “ves cómo tenía razón” pero no, había que disfrutar de ese descubrimiento, de haber comprobado por la experiencia que tan bueno como llegar, es el viaje.

Las nuevas bibliotecas, tan útiles para trabajar sobre libros inencontrables (qué miedo), tienen el defecto de apartar al lector de la emoción del libro nuevo, de la búsqueda de por dónde íbamos en su lectura, del manoseo y subrayado de lo que nos interesa, de lo tangible. Porque no olvidemos que lo “virtual” esconde en su propia definición una advertencia (y el que avisa no es traidor, pero amenaza): “que tiene existencia aparente y no real. Nunca tuve, ni tengo, cien libros en mi tableta, no conservo nada, un apagón energético, un golpe que rompa el aparato y adiós libros, adiós biblioteca.

El papel arde a 233 grados centígrados, 451 grados fahrenheit, y eso es tangible, previsible, evitable. Los libros no pueden ser retirados del tacto humano y es peligroso que se críen las nuevas generaciones lejos de estas emociones. Se están acostumbrando a “llegar” sacrificando el “ir”. Las nuevas bibliotecas no nos pertenecen, ni pertenecerán a las nuevas generaciones: son propiedad del capricho, siempre siniestro, de unos desconocidos menos virtuales de lo que quisiéramos.

Del Autor

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Pedro Crenes Castro
(Panamá, 1972). Desde 1990 vive en Madrid donde publica críticas y reseñas literarias en la revista digital Papel en blanco además de colaborar con el diario digital El Librepensador. Forma parte del equipo docente de los Talleres Literarios en Panamá.  Ha sido incluido en la antología “Los recién llegados” (2013) en Panamá y en Francia, en la antología “Lectures du Panama” de la Universidad de Poitiers (2014). Ha publicado la colección de cuentos “El boxeador catequista” (2013) en la Editorial Foro/taller Sagitario de Panamá. Mantiene una columna semanal, “Desde Madrid”, en el suplemento literario “Día D” del periódico Panamá América. Acaba de publicar el libro de microrrelatos “Microndo” en la editorial Casa de Cartón de Madrid.