Resulta bastante perverso el modo en que las luchas por los derechos civiles de la comunidad LGBT en Costa Rica se han ido transformando en una guerra abierta entre grupos cristianos fundamentalistas por un lado, y los activistas por otro, personas que en gran número profesan alguna forma de creencia religiosa, pero que terminan siendo retratadas como inmorales o enemigas de la fe. Ese fundamentalismo ha infectado incluso a una de las agrupaciones que tradicionalmente han sido más liberales: la iglesia católica.
La homofobia católica no ha escapado de sacar a luz las contradicciones de su más alta jerarquía. Hace ya varios años yo mismo me vi envuelto en una polémica con el entonces arzobispo de San José, Román Arrieta, quien en unas declaraciones públicas fue enfático en su odio contra la homosexualidad. En mi respuesta yo argumentaba que era imposible odiar la homosexualidad sin odiar a su vez a los homosexuales, pues la orientación sexual no es una abstracción sino un elemento intrínseco e inseparable de los individuos. En mi ensayo decía: “Un líder de la Iglesia que hable de una parte de su grey en términos tales como «odio», «asco» y «anormalidad» muestra no solamente su propia intolerancia, sino que abre puertas al irrespeto, la violencia y la marginación”. De hecho, activistas norteamericanos han dicho que el cuestionamiento de las jerarquías religiosas es parte de salir del clóset, pues es imposible ser uno mismo dentro de una congregación que lo condena.
Román Arrieta se retiró de su puesto y quien lo sustituyó, Hugo Barrantes, acaba de terminar su periodo como arzobispo de San José. En una entrevista para el periódico “La Nación”, publicada el 8 de julio de 2013, Barrantes hace un balance de su gestión y en un momento se queja de un problema: “las minorías se están imponiendo a las mayorías… el gran problema es que esos grupos hacen mucho ruido”. Barrantes entiende por esas minorías ruidosas a los abortistas, a quienes luchan por las uniones del mismo sexo, por la fecundación in vitro (Costa Rica es uno de los pocos países donde no es permitida) y por un estado laico (el estado costarricense tiene una religión oficial, el catolicismo). El ahora ex arzobispo afirma que la grey católica ha sido afectada por esos grupos, pues la masa—como llama a su feligresía—quiere “ponerse a la moda”. ¿Ha fallado la iglesia? Según Barrantes sí, pues la “opinión pública está mal informada por ideas falsas” y la los líderes católicos han sido “malos divulgadores de la realidad”. Luego vuelve a la vieja fórmula retórica de que ser homosexual no es pecado, pero practicar la homosexualidad sí lo es. Otra fórmula manida es afirmar que el reconocimiento de un derecho implica ser igual a la familia (heterosexual), lo cual, desde el punto de vista la iglesia, “confunde”. Es decir, Barrantes ve a su feligresía como un rebaño, no necesariamente en el sentido religioso sino en el de poder: un grupo obtuso que no puede formarse su propio criterio y que debe ser protegido de los peligros externos, peligros identificados por una élite, en este caso formada por machos viejos que deciden sus cosas a puerta cerrada. Seguidamente persiste en la idea de los homosexuales como corruptores de instituciones que se presumen inamovibles.
En la entrevista, Barrantes también habla de sus sentimientos machistas, los que atribuye a su origen campesino (otro tópico recurrente en el imaginario patriarcal: los machos son muy machos en el campo y el campo es el origen más puro de la identidad nacional). Luego establece una diferencia entre los hombres homosexuales y las lesbianas. Los primeros le causan algo no especificado en su mente. Las segundas, por el contrario, se han dejado “ayudar” y son educadas. ¿Acaso las verá sumisas por el hecho de ser mujeres? ¿Habrá de por medio un asunto de quién tiene y quién no tiene pene? Ahora bien, tanto lesbianas como homosexuales tenemos en común, según este líder religioso, una “inmoralidad terrible”.
A los problemas morales de la población LGBT se refirió también en una entrevista por televisión un exjuez de familia de apellido Beirute. Esa misma persona—feroz opositor de la legalización de las uniones del mismo sexo—se refirió a otros temas también mencionados por Barrantes: el problema de la familia como uno de moralidad y religión; las minorías ruidosas—en su caso da un dato importante, que las minorías sexuales vienen haciendo alharaca desde 2006—y que hay un intento de las minorías por imponerse a la mayoría. Este exjuez hace su aporte cuando afirma que los homosexuales pueden hacer lo que les da la gana en Costa Rica y que no es necesario luchar por plenos derechos cuando los pueden conseguir de manera indirecta mediante la modificación parcial de leyes y reglamentos. Este último argumento es para mí el más débil, pues “hacer lo que le da a uno la gana” solamente puede saberse desde adentro, desde la condición misma de ser miembro de una minoría. Por otra parte, el exjuez parece olvidar que la capacidad de actuar está también determinada por las circunstancias socioeconómicas de las personas: no es lo mismo un homosexual o lesbiana de clase alta, que alguien que vive en barrios más pobres y/o más tradicionales; no tiene las mismas posibilidades de visibilidad quien debe permanecer en el pueblo que quien tiene acceso a los espacios más tolerantes de las ciudades.
Me interesa, sin embargo, referirme a dos conceptos que esgrimen ambos opositores: la familia y el ruido. Tanto Barrantes como Beirute entienden la familia heterosexual como un concepto cerrado, puro y fundacional de una identidad. A pesar de afirmar que los activistas homosexuales niegan una realidad, ni el cura ni el abogado se refieren a las realidades sociales de las familias del país—ésas que ellos ignoran. Solamente para dar un ejemplo, está documentado que casi la mitad de las familias tienen como jefe a una mujer. La “familia natural” de Barrantes y Beirute no requiere ninguna forma de explicación o justificación, está asentada en una tradición que todos deben asumir como cierta y buena. Es, en otras palabras, una familia imaginada, cargada de valores pero no de contradicciones. El escritor Alfonso Chase nos recuerda en un ensayo del 2012 el carácter patriarcal del matrimonio, su papel dentro de una historia de discriminación y exclusión. Por esa razón, Chase no está interesado en tal institución social, aunque reconoce el derecho de los/as miembros de la comunidad LGBT de aspirar a ella. Al contrario de Chase, yo pensaría que la presencia de otros sujetos enriquece el concepto de familia, pues quienes han sido excluidos de la institución no necesariamente ingresan para repetir los errores. Pero hay también un carácter simbólico que no debe obviarse. Si la familia se considera todavía uno de los pilares de la sociedad, ese pilar es dinámico y debe evolucionar precisamente por su condición de base social.
El asunto de las comunidades ruidosas puede interpretarse desde el ángulo de una crisis profunda de los poderes tradicionales. Tanto Beirute como Barrantes buscan una minoría “bien educada”, es decir que (les) pida permiso para hacerse visible y reclamar su espacio. La queja de la imposición sobre la mayoría puede entenderse como simple ignorancia de lo que significa pertenecer a un grupo minoritario. Si recordamos a Spivak y su texto seminal sobre subalternidad, el subalterno deja de serlo a partir del momento en que tiene voz. Y ser parte de una minoría, en el sentido al que nos referimos, significa haber sufrido y estar expuesto a una serie de violencias. De otra manera se estaría hablando de una elite, y las elites no necesitan representación ni defensa solidaria: las elites tienen el capital económico y político para encauzar a una sociedad de acuerdo con sus intereses. Son precisamente las elites las que ven a las personas como un rebaño ignorante y manipulable, a la manera de Barrantes.
El ruido también significa presencia y visibilidad. Les resulta incómodo a quienes hasta hace poco tenían plena certeza de controlar según sus intereses la realidad circundante. El ruido es algo que quien lo percibe le gustaría eliminar, pero al menos en términos de la comunidad LGBT, ese ruido no va a cesar. De todas maneras es música y celebración para nosotros/as, y es la prueba de que las élites tradicionales están perdiendo la capacidad de escuchar. Nosotros ponemos el diálogo, aunque ellos no lo quieran percibir.