El arca de Noé
La historia más linda de la Biblia ilustrada para niños que me lee mi madre es la de Noé. Tengo cuatro, cinco años, talvez y ella me lee. Después ya no me leerá más, porque viene al mundo mi hermana y mi madre está muy cansada. Mientras tanto, estoy echada en la cama con un piyama de payasitos y ella va un poco leyendo y un poco contando. Porque las madres leen así, sacando los ojos de las líneas impresas para mirar los de sus hijos y ahí, en general, es cuando se hace el lío.
Noé es un tipo fantástico. Dios le habló y le dijo que tenía un ataque de rabia, porque los hombres no son como Él quiere que sean y además son todos unos ingratos que ni siquiera le dan los buenos días. Por eso, Dios va a provocar un diluvio universal. Una lluvia que no cese, como sucede a veces en febrero y yo lo veré desde la barranca del Paraná a los once o doce años, la lluvia y un caudal de río inmenso, cargado de camalotes y a veces, en los camalotales, trae animales vivos o muertos del norte, donde empezó la crecida. Una vez, llegó un tigre encima de los camalotes. Otra vez un lagarto. Y dicen, que una vez una señora desmayada o muerta, con los hijitos. Acá a Dios no le tiembla el pulso para inundar la tierra y si no fuera porque es bueno creer en Dios, según mi madre, pensaríamos que Dios es malo. Le sugiere a Noé que construya un Arca, para navegar por la tierra inundada. Le dice Arca y no Barca, ¿por qué Dios no le dice barca si es para navegar sobre las aguas? ¿Se saltea una letra? ¿Habla Dios, como dice mi madre que habla mi tía, con una papa en la boca?
Noe, ni lerdo ni perezoso, fabrica un arca –y “éste es un cuento cierto”, aclara ella, “porque el Arca quedó estacionada en el Monte Ararat, en Armenia, de donde es el marido de tu tía”- y mete a todos los animales del planeta de a dos en dos para salvarlos. Los hijos ayudan a Noé en la tarea, a regañadientes, porque eran un poco haraganes. Se llamaban Sem, Cam y Jafet, y Jafet era negro y hacía renegar mucho a Noé. No era chistoso, lo hacía renegar siempre. Y un día Noé se enoja tanto con Jafet que le echa una maldición. Una maldición es cuando le deseás lo peor a una persona y se lo decís a los gritos o apretando los dientes, explica mi madre, y tenés toda la intención de que se cumpla. Asiento y así me entero qué es una maldición. Noé le dice a su hijo Jafet: “A vos y a todos tus hijos les va a ir mal en la vida, y todos tus hijos van a ser negros”.
Acá mi madre y yo hacemos silencio.
Pero mientras hacemos silencio, Noé y sus hijos siguen cargando animales en el Arca. Dos elefantes, dos rinocerontes, macho y hembra, dos leones, dos papagayos, dos hámsters (esos ratones de Siria que no me dejan tener), dos perros pekineses como los de la vecina del 2do piso que se queja cuando bailo el twist. Yo pienso que eso debe ser una asquerosidad. Mi madre, que no me deja tener ni una mascota en casa, porque dice que ensucian, no puede estar de acuerdo con la idea de Noé. ¿Quién limpiaba la Barca?
La esposa de Noé y las esposas de los hijos.
Jafet, será el padre de los negros africanos, explica ella, y Sem el padre de los semitas, es decir, los judíos. Porque nosotros somos judíos, aunque mi madre no me lo quiere admitir porque está peleada con su padre, mi abuelo. Cuando lo admita, habrán pasado veinte años. Y Cam, será el antecesor de los camitas.
¿Quiénes son los camitas?
No tiene ni idea de quiénes vienen a ser lo camitas y apretada por mí contesta:
Bueno, los alemanes deben ser.
¿La esposa del hijo negro era negra también?
No, era blanca, pero se volvió negra después, contesta mi madre al cabo de unos segundos. Es que la negrura se contagia a veces. Pero en la Biblia se refiere a la maldad, dice poco convencida. Más adelante, a los seis, los siete años, cuando vaya a la escuela, tendré una compañera negra: su nombre es Luz Marina, usa anteojos gruesos y andando el tiempo se convertirá en dibujante. Pero es negra, por eso conservaré en el aula y en los recreos la distancia física, por miedo a que se me pegue el color de la piel. Parece que si uno es negro, en la Argentina no lo pasa muy bien. Por eso hay tan pocos negros en la Argentina, porque lo pasan mal. Mi padre dice que lo de la Libertad de Vientres de la Asamblea del Año 13 es un poco otro cuento, porque por más que eran libres nadie les daba trabajo, y si no trabajaban, no comían. Así que se conchababan en el ejército y los mandaron a todos los negros argentinos a la Guerra del Paraguay, como carne de cañón. Cuando entiendo eso tengo doce, trece años, y mi padre es sabelotodo de la familia, mi padre sabe tanto como Dios.
El único negro rico, es el Rey Mago Baltazar. Hasta los parientes judíos de mi madre le rinden culto, porque le hicieron una promesa: que cure la pierna enferma de la esposa correntina de mi tío judío y como se la curó, hacen fiestas y bailes todos los 6 de enero, en el campo, en un lugar que se llama Oliveros y donde hay además un manicomio grande como una ciudad.
Noé y su familia navegan mucho tiempo y la tierra, todo, los árboles, los sicomoros –en la Biblia ilustrada aparece la palabra sicomoro-, todo perece bajo el agua. Pasan muchos días y la comida empieza a escasear en el Arca; Noé está muy preocupado. Las fieras pueden comerse a los animales inocentes en un ataque de hambre y los inocentes pueden picotearse entre sí, arrancarse las plumas de desesperación; esas cosas que provocan los ataques de hambre. Noé tiene una idea: por un ojo de buey manda a volar a un cuervo. Le dice: Vuelve con buenas noticias, de sitios adonde haya bajado el agua y podamos anclar. El cuervo se marcha y no regresa jamás.
Estaba harto del Arca.
El cuervo se marcha y no regresa jamás. Por aquel tiempo el cuervo era blanco. Pero como no volvió a traer noticias, Noé montó en cólera y lo maldijo para que se convierta en negro. Por eso el cuervo es negro hasta el día de hoy.
Era la única maldición que le salía bien.
Después, envió una paloma. La paloma también era muy blanca y espumosa. Voló, voló y al tiempo volvió con una ramita de hierbabuena en el pico. Había encontrado tierra.
La paloma continuó siendo blanca.
Dios, reconciliado con el hombre, extendió en el cielo su arco iris, en señal de paz.
Noé bajó en el Monte Ararat y así se repobló la tierra. Con los hijos de los hijos de Sem, Cam y Jafet.
Mi madre cierra el libro y está por darme un beso en la frente.
¿Dios no se arrepintió? ¿Hizo semejante daño y no se arrepintió?
No, responde ella.
Noé lo habrá maldecido también.
Noé lo amaba porque era Dios.
Pero lo habrá maldecido también. Lo hizo pasar por estúpido.
Era un mandato de Dios que construyera el Arca y Noé debía obedecerlo.
Lo habrá maldecido, seguro que sí. Y seguro que ahora Dios es negro.
Mi madre se marcha.
Le grito desde mi cuarto:
¡Dios es negro, mamá! Date cuenta: ¡es negro!
Juramento
Debo mentirle a mi madre muy seguido o tal vez la desobedezco y cuando me descubre, me castiga, me tira de los pelos, me priva de un juguete. Tengo cuatro años, cinco. Me dice que con mirarme a los ojos, ella ya sabe si yo le miento o no. Porque una madre lo sabe todo de su hija, que para eso la llevó en el vientre y es sangre de su sangre. Me hace mirarla para detectar si le miento o no. La miro embriagada de odio. Como si fuera poco, tiene el hábito de anotar en una libreta cuándo fue la última vez que le mentí. Abre la libreta negra que guarda en el secreter junto con las joyas y sentencia que tal día a tal hora, hace un par de meses atrás, le mentí por las mismas circunstancias. Niego, porque no puedo recordar los agravios. Mi madre insiste que está anotado, que está escrito y si está escrito es cierto. Yo no sé leer, no soy esas niñas genios que aprendieron a leer a los dos, tres años. Igual creo en lo que está escrito, que mi madre dice la verdad. Pero una ola de rabia me sacude y le grito:
¡Cuando crezca voy a escribir todas estas cosas que me hacés y las va a saber todo el mundo!
Es lo que hago.
Tendría cuatro años, no más.
Moby Dick
En algún momento de la infancia, mi madre cuenta que cuando ella era chica, su padre la llevó a conocer a Moby Dick, la ballena blanca del libro de Herman Melville. Viajaron a Mar del Plata, y una de las atracciones era el interior de la ballena blanca, que estaba desguasada en la playa o algo por el estilo. Ella y su padre entraron al interior de la ballena y conocieron a Moby Dick por dentro. Esto constituye para mí el lejano y preciado pasado de mi madre, donde podían suceder hechos maravillosos. Nunca discuto el carácter de verdad de las cosas que me cuenta y así pasan los años, muchos años, y yo me hallo en una reunión, entre universitarios y estudiantes de letras. Veinte años tendría y se habla allí de la literatura norteamericana, de los autores americanos y su relación con Borges. Alguien nombra el cuento de Bartleby el escribiente, que es de Melville y lo tradujo Borges, y de inmediato da pie al relato sobre el Capitán Ahab a bordo del barco ballenero Pequod y el insuperable, hipnótico comienzo de la novela Moby Dick, la importancia de la primera frase y como una buena primera frase es el mejor cimiento en un texto. Aquello de:
Llámenme Ismael.
Pueden llamarme Ismael.
Call me Ishmael, en inglés.
Venciendo la timidez cuento que mi madre conoció a Moby Dick.
Me miran incrédulos y yo hago el relato que ella me hizo.
Esa, explica un hereje seguramente, era una ballena cualquiera del mar semi embalsamada, o era una estructura de cartón que imitaba una ballena para atraer turistas.
No, contesto. Era Moby Dick, la ballena blanca de las profundidades marinas.
Y en el caso, interrumpe el hereje, en que hubiera sido una ballena de verdad, de carne y huesos, no podría nunca ser Moby Dick, porque Moby Dick es un personaje de ficción, no existió nunca. Y en el caso de que hubiera existido, si Melville publicó la novela en 1851, quiere decir que habrá existido por lo menos diez o veinte años antes y alguien le contó la historia. ¿Cómo tu madre iba a verla en Mar del Plata, ¡en Argentina!, un siglo después? Está la realidad y está la ficción; está el animal que tu madre vio y está Moby Dick, que es el personaje de una ficción novelística.
Nunca había hecho este razonamiento.
A mi madre, repito tozuda, cuando era niña la llevaron a ver Moby Dick.
Fin de la discusión.