A modo de presentación hacemos siempre a nuestros invitados un reto: el de mirarse e intentar explicar a los lectores de OtroLunes ¿quién es Ernesto Mallo? La respuesta, como para profundizar más el reto, debe enfocarse en dos aspectos inseparables pero que, con todo propósito, quiero que respondas por separado: Ernesto Mallo, el ser humano y Ernesto Mallo, el escritor, teniendo en cuenta en qué sentidos se contraponen o complementan estas dos «áreas» de tu vida.
Ser escritor, como también lo es ser creador o artista en cualquier disciplina, no es una actividad, un empleo o un trabajo: es una forma de vida, es una manera de ser y estar en el mundo. Una vez que eso está establecido no hay marcha atrás, no puedes dejar de serlo. Esa es tu perspectiva y tu visión del mundo. Todo lo que haces, dices y percibes, pasa por el prisma de la escritura. Se es escritor hasta cuando se duerme, hasta en sueños. Te encuentras en muchas ocasiones tratando de formular cómo se escribe una escena de la vida real o imaginativa que estás viendo. Hay profesiones que quienes las ejercen creen que los habilita para ser escritores. Dos especialmente: psicoanalistas y abogados. Porque ambos trabajan con el lenguaje, pero eso no es suficiente. La diferencia es cómo usas el lenguaje. Los psicoanalistas y los abogados utilizan el lenguaje como una herramienta para lograr un objetivo. Los primeros que el paciente se cure (sin entrar a discutir el concepto de cura en psicoanálisis que daría para escribir un libro), los segundos para que su cliente salga bien parado de un proceso judicial. El abordaje del escritor es completamente distinto: Para él el lenguaje no es una herramienta, es un fin en sí mismo. El escritor es el instrumento mediante el cual el lenguaje se expresa y se registra. El lenguaje es un organismo vivo y cambiante que existía antes de nosotros y que seguiré existiendo cuando nosotros hayamos dejado de hacerlo. El lenguaje nos sobre-existe. Por esa razón estamos siempre atentos a los cambios y mutaciones que se operan en el lenguaje, por eso andamos por la vida con las antenas paradas tratando de detectar las señales y códigos del lenguaje y del habla. Por eso, la buena literatura es muchas veces profética, anuncia sucesos que acontecerán en el futuro. La buena literatura es en principio una indagación que el autor hace sobre sí mismo, por eso la buena literatura es redentora, tiene un puente entre el autor y el lector para que, entre ambos se complete la obra. Vemos al mundo, a la sociedad y, muy importante, a nosotros mismos a partir de un código lingüístico. Lo cual nos lleva a la parte final de tu pregunta. Los sentidos en que las dos áreas, la humana y la laboral, se contraponen o complementan es muy probablemente uno de los aspectos fundamentales que intentamos, descubrir, desarrollar y expresar a través de la escritura.
Muchos de quienes hoy te consideran un novelista olvidan tus inicios como dramaturgo. Y por ese rumbo te lanzo esta pregunta: intenta tomar la distancia crítica necesaria para explicar a nuestros lectores dos aspectos que seguramente son interesantes: ¿por qué la dramaturgia como medio inicial de comunicación artística? y ¿en qué sentidos prácticos crees que ha contribuido la dramaturgia al éxito de tus novelas?
Mis primeros contactos con el arte fueron a través del teatro. Cuando era niño, y aún se podía jugar en las calles, un vecino adolescente me invitó a verlo en una obra de teatro de la que participaba. Quedé fascinado con un mundo que se me abría, tan parecido a la vida, pero era como una forma exageración de la vida, con personajes tan parecidos a la esencia de los personajes que ambulaban a mi alrededor. Esa visión infantil se quedó en mí para siempre. Y cuando a mi turno me convertí en un adolescente, solía contar chistes en las reuniones sociales que eran muy festejados. El padre de un amigo me recomendó estudiar teatro, lo hice. Ingresé a la escuela del Teatro de Arte. Al poco tiempo de estar allí como estudiante, el director me pidió que reemplazara a un actor que se había roto una pierna jugando al fútbol. Me dio el libreto y me dijo que a las 8 debía estar en el teatro. Eran las dos de la tarde. En la jerga teatral se llama a eso “salir al toro”, por el peligro que implica. Subirse a un escenario, sin experiencia, sin conocer la letra, sin haber ensayado… Salí a escena muerto de miedo, temblaba, no me salían las palabras, sudaba, balbuceaba, sólo me impidió salir huyendo del escenario el apoyo que me dieron los otros actores. Decían las palabras que yo olvidaba, improvisaban frases para indicarme lo que debía hacer o decir, cosa así. Cuando finalizó la obra yo esperaba que me abuchearan, recordaba las imágenes del público arrojando verduras a los actores, pero muy por el contrario, nos ovacionaron de pie. Sucede que mis nervios le venían muy bien al personaje que debía interpretar y el público lo vio como una actuación verdadera. Llovieron felicitaciones, abrazos y enhorabuenas. Yo estaba en estado de shock. El director se me acercó y me dijo: Listo, has contraído la enfermedad incurable. Es cierto, el teatro es una enfermedad incurable. Todavía la padezco. Planeo escribir y dirigir una obra en 2020.
Para responder a la segunda parte de tu pregunta. En dramaturgia cuentas con sólo dos elementos para escribir una historia: acción y diálogos. Eso impone límites muy precisos y los límites son una parte esencial de la creatividad. La creatividad es juego y, para poder jugar, tienes que tener límites. En cualquier juego, cuando la pelota sale de los límites de la cancha, el juego se detiene y no recomienza hasta que la pelota vuelve a entrar. Sin límites no es posible jugar. Al ejercer la dramaturgia te das cuenta al fin que en realidad el único recurso que tienes es la acción. En teatro todo es acción y los diálogos no son un medio para pasar información al lector/espectador sino que forman parte de la acción. Si por ejemplo tiene un personaje malvado que habla de cosas buenas, el espectador sabe que es un malvado porque los personajes (y las personas) no son lo que dicen, son lo que hacen.
Escribir en un país como Argentina, tierra de fabulosos escritores que han aportado obras indispensables en la historia de la literatura universal, es un reto inmenso. ¿Has sentido esa presión al intentar «ser distinto» en tus obras? ¿En qué ámbitos de lo literario ha sido más difícil diferenciar tus obras de eso que me atrevería a llamar «el sello Mallo», que no es otra cosa que eso que Guillermo Sacomanno definió como «la esencia destilada de la argentinidad»?
La originalidad es un prejuicio como cualquier otro. La originalidad no existe, los antiguos griegos lo contaron todo. Por eso jamás me preocupé por ser distinto, más bien me ocupé de ser yo mismo. La buena literatura (y no estoy diciendo que la mía lo sea, pero lo intento) es siempre una indagación que el escritor hace sobre sí mismo. Es necesario un poco de coraje para exponerse, para mostrar las tripas. Pero cuando no se escribe con las tripas, no se escribe.
Apartando las incursiones de los clásicos argentinos a la novela negra, género en el cual tú te has ganado un renombre entre los punteros, ¿qué compatriotas te acompañan en esa aventura, cuyas obras podamos recomendar a nuestros lectores?
Me resulta muy difícil recomendar obras del género, porque prácticamente no lo leo. No quiero saber cuáles son las tendencias, qué es lo que está de moda, qué se vende. Todo eso me distrae de lo que dije antes: la búsqueda interior. Borges decía: para novedades, los clásicos, así que en tren de recomendar: La Historia Universal de la Infamia, de Borges; Todas las obras de los reyes de Shakespeare, creo que si no se ha leído a Shakespeare, mucho, muy profundamente, no vale la pena ponerse a escribir. Becket, para aprender lo que es la síntesis. Moliere para entender que son los sirvientes del palacio quienes son los que dicen la verdad. Balzac, porque la hipocresía es un ingrediente maravilloso de cualquier novela.

Ganador del Premio Memorial Silverio Cañada a primera novela negra 2007. Semana Negra de Gijón. De izquierda a derecha: Ignacio del Valle, Amir Valle, Alfonso Mateo Sagasta, Ernesto Mallo y Antonio Jiménez Barca.
Suelo hacer un ejercicio de síntesis a mis entrevistados en relación con sus obras. Imagina que tienes que «vender» tus novelas a un lector hipotético, ¿qué le dirías de cada título? Yo los voy a mencionar y tú, en un párrafo, tienes que intentar definir («vendiéndola» al lector) esa novela.
La aguja en el pajar: Una desesperada búsqueda del amor en medio de la más sangrienta de las dictaduras.
Delincuente argentino: La confrontación entre un policía y un ladrón que comparten el código sagrado de la amistad.
El relicario: Los primeros 300 años de Buenos Aires, otra hija de América, el continente literario por excelencia.
Me verás caer: Los 10 años de gobierno de Menem y su troupe de payasos y estafadores, en doscientas páginas.
Los hombres te han hecho mal: Una historia más del azote esclavista de nuestro tiempo: la trata de mujeres para la prostitución
La conspiración de los mediocres: La banalidad del mal (como quería Arendt) que se desarrolla cuando la gente mediocre, sin valores y con mucha ambición, toma el poder.
El comisario Lascano: Las tres primeras novelas de Lascano editadas en un solo volumen. Un libro que permite verlo claramente en toda su evolución.
El hilo de sangre: El remate de la saga de Lascano. Nunca el final de una historia estuvo tan cerca del principio o la infancia como destino.
Nuestro amigo, ese mexicano-asturiano llamado Paco Ignacio Taibo II, ha dicho que la novela negra es hoy a la sociedad latinoamericana lo que fue en siglos pasados la novela costumbrista. En el caso de tu país, Argentina, abatido en los últimos años por casi todos los extremos del espectro político conocido, ¿existe ese reflejo?, ¿qué valores le ves a la novela negra?, ¿puede ser útil el género para analizar nuestras sociedades?
Sí, con Petros Markaris dimos una charla en la que propusimos que la novela negra es la novela social de nuestro tiempo. Así como en otras épocas podían ser las de Dumas o de Dickens, por citar sólo dos ejemplos. La novela negra siempre trata de criminales y de la sociedad en la que actúan. Una sociedad puede analizarse de muchas maneras y con distintos métodos y disciplinas. Y también puede analizarse por el tipo de criminales que produce. Desde este punto de vista es útil para ver cómo funciona esa sociedad. Otro valor que atribuyo al género es que puede contar lo que todos los otros medios deben callar. Esos crímenes que todos conocemos, que sabemos quiénes los han cometido, pero que no se pueden probar. En una novela, no tienes necesidad de probar lo que dices, porque es una ficción. Puedes decir la verdad a través de una mentira.
7.- Muchas veces seguro te habrán hecho esta pregunta, pero en un entorno literario en la lengua española en el que a cualquier cosa se le llama «novela negra», con obras llenas de personajes endebles y esquemáticos, conseguir la solidez de tu personaje el perro Lascano es algo de agradecer. Por ello, quienes seguimos el género, tenemos a Lascano como uno de los referentes de la calidad al configurar un personaje. ¿Cómo y de dónde surge el perro Lascano? ¿Alguna anécdota sobre ese nacimiento?
No sé bien como surgió Lascano, pero lo que sí puedo decirte es que habiendo escrito solo dos o tres páginas de La Aguja en el Pajar (editada como Crimen en el Barrio del Once en España) tuve la necesidad de conocer más al personajes. Entonces, en un documento aparte escribí la biografía de Lascano, haciendo especial énfasis en su infancia. Esto demostró ser de gran utilidad. Porque le daba un alma al personaje, un background que luego es imposible traicionar. Porque, como cualquiera sabe, a un personaje sólido no le ordenas lo que debe hacer o decir, muchas veces tienes que seguirlo a él. Lo que puede observar es que sí, en muchas novelas, los personajes parecen copiados de una serie de TV, que aunque las hay muy buenas, no son personajes de novela.
Luego de décadas de ser menospreciado, tal vez por la insistencia y el impacto promocional que significó durante años la Semana Negra de Gijón, el género negro se ha impuesto y ya es casi (creo yo que peligrosamente) una moda. Sé que eres un convencido del valor de los festivales de este género. ¿En qué sentidos crees que son significativas estas citas que hoy se celebran en bastante número tanto en Europa como en tu país?
Creo que lo del boom de la novela negra es un mito. Las ventas de libros no lo reflejan. Hay un esfuerzo de las editoriales por poner de moda al género, pero eso es muy peligroso. Wilde dijo que la moda es tan horrible que hay que cambiarla cada seis meses. Se refería a la indumentaria, es cierto, pero la velocidad de rotación de los títulos en las librerías no da tiempo a que los lectores se enteren de que un libro existe y cuando van a buscarlo ya ha sido retirado. Los festivales han contribuido a ese supuesto boom, pero más que nada las editoriales.
Dentro de esa marejada de expansión del género en América Latina, hay muchos nombres importantes. No te voy a preguntar qué obras consideras deben ser leídas para entender el desarrollo de la novela en la región, pues eso suele meter al entrevistado en problemas. Pero sí me animo a pedirte: qué obras han impactado más al Ernesto Mallo lector (por poner un límite) en los últimos cinco años.
Yo releo constantemente a los clásicos. Ellos siempre me emocionan, me deslumbran y en ellos siempre encuentro cosas nuevas. Creo que la lista que hice antes es la más representativa.
Goza realmente de salud la novela negra en España y América Latina o está en caída libre, como aseguran algunos críticos debido a la contaminación de mala calidad generada por la asunción del género por escritores sin talento o por quienes sólo buscan con descarado oportunismo colarse en un género con ingredientes comerciales muy aprovechados por los mercaderes de la literatura (léase grandes editores, distribuidoras, etc).
Siempre ávidas de best sellers se han dedicado a publicar todo lo que oliera a novela negra. Muchas veces las novelas se quedan en el título que por lo general es obra de un gerente de marketing. El problema es que esta abundancia de novelas de baja calidad puede decepcionar al lector. Hace unos años lancé una advertencia: Cuidado, demasiada novela negra puede matar a la novela negra. Creo que nadie me escuchó.
Finalmente, ¿algún nuevo caso para el perro Lascano próximamente? ¿Qué escribe ahora mismo Ernesto Mallo?
La saga de Lascano la di por finalizada hace dos años con El Hilo de Sangre, pero no se puede confiar mucho en el Perro, tiene la costumbre de reaparecer.
Por el momento estoy escribiendo una nueva novela. Hace cuatro años que vivo en Europa y eso ha producido un profundo cambio en mi uso del lenguaje y en mi perspectiva social. Por eso estuve dos años sin escribir. Creo que el cambio cultural y lingüístico que experimenté ya está los suficientemente decantado y estoy escribiendo una nueva novela que sucede en un mundo sin nacionalidades, en una ciudad que es muchas ciudades al mismo tiempo y donde gobiernan las corporaciones empresarias.


