José Alberto Velázquez es un eterno escritor emergente— e insurgente. Uno de los mejores, de los más dotados de su generación. En los últimos veintidós años (tiene cuarenta y uno recién cumplidos) lo hemos visto aparecer y desaparecer de su más bien limitada vida pública. Es poeta, narrador, crítico, ha colaborado con la prensa plana de su provincia y de más allá, la del exilio. Todos los que lo hemos leído, desde su ya lejano Yo desierto (poesía, 2006) y el más cercano, Ghetto, estamos de acuerdo con que Velázquez es un autor raro, su obra lo es. Hoy, diez libros más tarde, escuchemos lo que dice.
Cómo es ser escritor desde Las Parras, Majibacoa, Las Tunas.
No es posible explicarlo. Al principio, cuando nadie te toma en cuenta y escribes por la razón que sea, no hay demasiados inconvenientes. Luego publicas un folleto, dos o tres gentes hablan de ti (más mal que bien) y empieza a complicarse. Para empezar, ¿quién lee en Las Parras? Nadie. A no ser periódicos, y ya sabemos lo que es la prensa cubensis, lo que no es. Si no estás visible, nadie de toma en cuenta. Hay que moverse en la ciudad, de lambiscón la mayoría de las veces, para que te incluyan en la antología o en el viajecito bananero. La parte buena es que hermosamente evitas tragar toneladas y toneladas de estiércol. De enero a diciembre estoy en casa, sin camisa y en chancletas, leyendo grandes libros y cuidando de mis hijos. Un montón de personas me quiere y encuentra mi carácter divertido y sabio. Mientras que en las ciudades es como si caminara sobre vómito. Uno ha leído a esa gente, los conoce, los haz olido, y aún tienes que soportar sus esquizoides y mierderas ínfulas. Algunos tienen poder. Dicen: por allí viene José Alberto, escondamos el paniqueque. También hay gente buena, pero no tienen lo que se necesita para subir en una sociedad tan burbujeante y dolarizada y manigüeramente vertiginosa como la nuestra: falta de escrúpulos. Resumiendo: la vida en el monte es TERRIBLE, no ya para un artista, si no para cualquiera. No hay DE NADA. No hay transporte. No puedes trabajar. Habría que prostituirse de alguna manera, y yo no voy a hacerlo. O ser insolvente de todas las maneras, y yo estoy siéndolo.
Varios de tus lectores, entre los que me incluyo, advertimos que, tanto en tu poesía y narrativa como en tu crítica, hay un sello distintivo, un toque radicalmente separado del concierto contemporáneo, donde todo el mundo parece escribir de la mima forma, y ser recompensado por ello.
No es intencional y sí lo es. Recuerdo que desde niño, cuando comenzaba a analizar algo, lo que fuera, solía ocurrírseme un párrafo que estaba entre la prosa y la poesía. Así, sin solución de continuidad. Siempre escribía. Ahí está mi madre y treinta o cuarenta personas más que pueden confirmarlo. Además que no miento. Jamás. A los diecinueve años salí para Las Tunas. A quien primero conocí fue a Carlos Téllez, a Frank Castell y a Osmani Oduardo. No sé qué impresión tendrán ellos de mí en esa época. Habría que preguntarles. Yo pesaba ciento cincuenta y tres libras y me pelaba al rape. Tenía novias, je je. Desde ese período viene la leyenda sobre el tamaño de mi cabeza. Pero bien, me encontré con otras lecturas y rápido comencé a soltar lastre. Lo cursi en poesía y lo heroico en mis cuentos. Evolucioné. Pero ahí llegó la Escena Obligatoria: me encontré con el asqueroso nudo de ser políticamente correcto. No digas lo que piensas, no bebas, no fumes, aféitate a diario, no te sientes en la acera, no te vayas de la reunión, no le digas a fulano que es un mentiroso, a mengano que es un pésimo poeta, en fin. Imagínate: yo cumplía veinte años por entonces, no tenía hijos, y pronto me di cuenta de la gran farsa que era todo. Y si las letras estaban MUY MAL en idioma español, dime en tú en Cuba. Las represalias no se hicieron esperar. Hoy por hoy publico textos de ese tiempo, y me cuesta. Pero no me humillo ante nada ni nadie. Que se jodan. Que me caiga la casa en la cabeza. La literatura es el autor escribiéndose. Lo que ha vivido y lo que pudo haber vivido. El hambre, las lecturas (siempre he leído con cojones), la desesperanza. Lo otro es pamplinas. Allá ellos. Que Dios los bendiga.
¿Eres un autor polémico?
Hay que tener cuidado con los términos. Todo autor debería serlo. Lo que pasa entre nosotros es que estamos coartados. Desde el momento en que yo te digo: tienes absoluta libertad, puedes decir lo que quieras, menos esto, esto, esto y esto. ¿En qué quedamos? Eso no es libertad. Entonces solo prosperan el que habla bien, y por lo general solo habla bien el más flojo, el más puercante. Ahí están. Míralos. Ave María Purísima. Hola y adiós.
Bueno, una persona polémica…
Sí, pero no ando con el hacha levantada siempre. Lo que me vuelve un tipo peligroso es que cualquier sanaco intente despreciarme por mi pobreza. No me enorgullezco de ser pobre, pero ha sido una derivación de mis principios. Ya lo he dicho en otros lugares: no robo, no digo mentiras, no chivateo. No ejerzo la prostitución en ninguna de sus variantes. Temo que el noventa y nueve por ciento de las personas con algún tipo de poder (incluyendo padres y cónyuges) sean abusadoras. Que las minorías, en cuanto se empoderen, conciban más crueldad que la que se les daba. Que hay demasiados argumentos para justificar lo injustificable. Que el capitalismo sustituye la realidad con mercado y el socialismo sustituye la realidad con estadísticas. Creo que Dios existe y que le iglesia visible solo habla de dinero. Que no me interesa ser parte de ninguna de esas patrañas y eso me cuesta caro. Si una actitud así no merece respeto, pues nada en este mundo lo merece. Pronto voy a morir. Eso es lo que me hace invencible, quién lo diría.
Háblanos de “Cierra los ojos, no respires”, con el que acabas de ganar el Premio Franz Kafka de novelas de Gaveta.
Yo sospechaba que ese libro encontraría resistencia. Habla fundamentalmente de la locura. La locura sexual, la locura de la fe, la locura cubana. Sus personajes viven entelequias, conceptos deformados por otros conceptos deformados. Tú no puedes durar toda la vida odiando gentes o países que ni siquiera conoces. Tú no puedes ser creyente cuando te han dicho desde que naciste que es obligatorio no creer en Dios. Tú no puedes fomentar el aborto masivo y esperar que no haya consecuencias. Tú no puedes comenzar tu trayectoria erótica en HD desde los once años y esperar que no haya consecuencias. Tú no puedes escribir una novela que hable de eso y esperar que no haya consecuencias. La entregué a la Editorial Oriente y se perdió. Ya antes había entregado otra y tampoco pudo ser. Pues mira, aquí tienes. Aprovecho para agradecer a los organizadores del premio y su paciencia. No tenía e-mail, Facebook, nada. Mi esposa tuvo que sufrir escenas rayanas con el maltrato (vivo en Las Parras, Cuba, recuérdese) para pasar y recibir correos. La mar. Finalmente el asunto prosperó. Ahora, cuando venzan los derechos de autor, quiero publicarla donde pueda. Espero proposiciones. Mis amigos que la compren y mis enemigos también, no sean mezquinos.
Para terminar, lo que siempre se pregunta: qué proyectos tienes, en qué andas…
Bueno, sabes lo decadentes y poscatólicos que solemos ser los latinoamericanos. El seis de enero próximo mi amada hija Émily cumple sus quince años, y la presión grupal indica que hay que hacerle la costosa y anticuada fiesta, comprarle ropa, fotos, etc etc etc. Dime tú. Reviso una novela de poco más de doscientas páginas y tomo notas. Pienso en la gente buena que aún resiste para que este mundo no se acabe de ir a la cloaca, desde aquí los saludo. Leo como un loco y releo como dos locos. Antes pensaba que escribir era mejor que vivir. Ahora simplemente doy gracias por la salud de mis hijos, y espero por Dios y por Cuba que, parafraseando un verso de Ferlinghetti, nunca terminan de llegar.
Las Parras, agosto 11 y 2019.
