Los huesos de personajes históricos

Alejandro González Acosta
(UNAM)

La paz de los sepulcros

Como sucesos recientes han puesto de moda el macabro tema de las inhumaciones y las correspondientes exhumaciones reversivas, quizá sea oportuno recordar algunos casos de personajes históricos, quienes han tenido un sorprendente destino post mortem.

Todos los seres humanos se enfrentan al terrible final de la vida, y por eso las prácticas funerarias definen cada civilización. Antonio Gala ha dicho que cuando llega a alguna ciudad desconocida, primero visita el mercado y el cementerio para saber cómo sus habitantes se tratan en la vida y en la muerte: los egipcios momificaron a sus faraones y dignatarios, así como los animales de compañía que consideraban divinos, desde gatos hasta cocodrilos. Los parsis, que reverenciaban como sagrados todos los elementos (agua, aire, fuego, tierra), para preservar su pureza edificaron las Torres del Silencio, donde depositaban los cadáveres y que ahí fueran alimento de las aves de rapiña. Los hindúes, por creer divino a su gran río Ganges, al principio arrojaban los cadáveres a su corriente pues los llevaría directamente con Brahma, y más tarde, profilácticamente, los cremaban primero y luego echaban las cenizas al agua… Los griegos cremaban a sus héroes y guardaban los restos en urnas preciosas, después de refrescar sus cenizas con vinos aromáticos y perfumes, según se cuenta en La Ilíada. Los romanos los imitaron y levantaron tumbas suntuosas de mármol y pórfido; en cambio sus antepasados los etruscos, solían encerrar los cuerpos en urnas de terracota, y en sus cubiertas eran representados escultóricamente los ocupantes sonrientes y felices, abrazados en el banquete de la vida.

Los primeros cristianos, severamente perseguidos, decidieron construir las célebres catacumbas para hacer sus enterramientos (muy parecidos a las de los judíos), que pueden visitarse actualmente en Roma. París también tiene las suyas, pero más recientes, desde 1789, cuando poco antes de estallar la Revolución Francesa, una epidemia ocasionó tantos muertos que ya no cabían en los cementerios.

Al tolerarse el cristianismo como parte de la libertad de cultos en el Imperio Romano establecida con el Edicto de Milán (313), promulgado por Constantino I, los cuerpos comenzaron a ser depositados en descampado para dormir el sueño eterno (de ahí la palabra cementerio, que significa dormitorio), hasta el Día del Juicio Final, y surgieron las necrópolis (“ciudades de los muertos”), donde se colocaban los sarcófagos (su terrible traducción del griego es devorador de carne).

También hay pueblos fantasmas (ya se ven muchos en Europa, por el éxodo hacia las ciudades), y hay pueblos de muertos literarios, como la Comala de Rulfo, donde los difuntos alternan y hablan con los vivos en un diálogo sugestivo e inquietante.

La cultura de la muerte, los ritos funerarios y las legislaciones que incluye, es un tema fascinante y con una amplitud y profundidad tales, que demandaría muchos volúmenes para comentarlo.

Los reyes europeos crearon panteones o capillas reales para sus dinastías: la Cripta Imperial de los Capuchinos en Viena es la última morada de los emperadores austríacos; en Westminster Abbey están muchos de los antiguos monarcas ingleses, y la actual dinastía de los Saxe-Coburgo (Windsor desde la Primera Guerra Mundial), tiene como última residencia terrenal la Capilla de San Jorge en Windsor Castle, aunque allí hay también sepulturas de reyes anteriores. España tiene su magnífica Capilla Real de Granada, donde están los Reyes Católicos Isabel y Fernando, su hija Juana de Aragón y Castilla, maliciosamente llamada “La Loca”, su yerno Felipe de Borgoña “El Hermoso”, y un enigmático quinto sarcófago, el del príncipe Miguel de la Paz de Avis y Aragón, quien, de haber sobrevivido, probablemente hubiera cambiado la historia del mundo.

Más tarde, Felipe II “El Prudente” mandó construir un portentoso edificio trifuncional como Panteón, Palacio y Monasterio: San Lorenzo del Escorial. Allí está el fastuoso Panteón de los Reyes y Reinas, además de dos criptas dedicadas a los Infantes e Infantas de España, y otros miembros de la familia real, como el hijo bastardo de Carlos V, Don Juan de Austria, Vencedor de Lepanto.

Panteón de los Reyes y Reinas, en San Lorenzo de El Escorial, España.

Panteón de los Reyes y Reinas, en San Lorenzo de El Escorial, España.

Como el Panteón Real tiene sólo 26 nichos y ya están ocupados 24, ahora cuando se llenen los dos restantes por los restos de Don Juan (III) y Doña Mercedes, Condes de Barcelona y padres de Don Juan Carlos I, ya éste, su esposa Doña Sofía, su hijo Don Felipe VI, su esposa Doña Letizia y sus descendientes, no dispondrán de sitio, lo cual supone un problema… O quizás no, porque viendo los terribles vaivenes de la política española contemporánea, temo que si los Austria llegaron al trono hispano con un Carlos (I de España y V de Alemania, “El Invicto”), y se fueron con otro Carlos (II, “El Hechizado”), pueda ocurrir algo parecido con los Borbones, que empezaron con un Felipe (V, “El Melancólico”) y puede que terminen con otro (VI, “El Preparao”), el actual…

Además, en la misma zona del Panteón Real están tres áreas llamadas macabramente “pudrideros”, donde los augustos cadáveres deben permanecer alrededor de 30 años para ser suficientemente descarnados y entonces los restos son depositados en las reducidas urnas empotradas en las paredes del recinto.

Curiosamente, existen cementerios en Europa que garantizan a sus ocupantes ser enterrados en “tierra santa”, aunque no estén en Israel. Son los de Venecia y Génova: los comerciantes de estas dos ciudades cuando regresaban de sus viajes a Palentina con los barcos vacíos, utilizaban tierra de Jerusalén como lastre para evitar zozobrar, y la fueron acumulando en sitios de las afueras donde después construyeron sus necrópolis. Pero el cementerio más antiguo y que es el origen del nombre de campo santo es el de Pisa, inaugurado en 1278 con tierra traída desde el mismo Gólgota, y que garantizaba además de sus bendiciones, que sus cadáveres allí enterrados se descomponían en menos de 24 horas, quizá debido a la humedad del suelo arenisco, antes ocupado por una laguna, lo cual afecta la estabilidad de las construcciones. Allí está en la Piazza dei Miracoli la célebre Torre Inclinada, aunque en Pisa uno se entera que no es sólo una sino cuatro las que se encuentran en la ciudad, detalle que es ocultado con algo de vergüenza por sus habitantes.

En Cuba los muertos se inhumaban primero en los templos: los más ricos en su interior y los menos afortunados afuera, en el atrio. Luego de las muchas epidemias que diezmaban las ciudades se decidió enterrarlos en las afueras: el primero en La Habana fue el Cementerio del Obispo Espada (1806), y también los hubo en ciudades progresistas como Cienfuegos: aquí el primero fue el Cementerio de La Reina (1839). En La Habana se construyó después la impresionante Necrópolis de Cristóbal Colón (1876) con una solemne portada bizantina, y en Cienfuegos el Cementerio Tomás Acea (1926), cuya entrada monumental imita el Partenón.

Cementerio Tomas Acea, de Cienfuegos, Cuba.

Es relativamente reciente la costumbre de cremar a los cadáveres, que hoy la iglesia católica tolera, pero no aprueba plenamente, porque según la doctrina estricta los muertos deben esperar al Día del Juicio Final; entonces se abrirán las tumbas y emergerán los cuerpos, según especularon algunos teólogos, todos con idéntico aspecto de cuando tenían 33 años, la misma edad de Cristo al morir en su encarnadura humana, lo cual plantea varias interrogantes.

El culto cristiano de las reliquias comenzó en la Edad Media, pues la posesión de ellas aseguraba riquezas, salud y protección a sus dueños, fueran personas o ciudades. Por tanto, eran muy codiciadas y hasta objeto de frecuentes hurtos. Los huesos de santos y mártires fue también uno de los principales y más lucrativos negocios de Roma cuando se descubrieron las antiguas catacumbas cristianas; entonces se vendieron y exportaron con gran profusión a toda Europa, mezclando a veces los restos humanos con los de gatos, perros, caballos y pollos.

Un monarca español especialmente afecto por las reliquias fue Felipe II, el constructor de El Escorial: él resultó un generoso cliente de los vendedores de relicarios romanos, y para bendecir y proteger sus dilatados dominios de ultramar, envió a la América un imponente galeón cargado de ellas… que parece no resultaron muy efectivas pues se hundió en una tormenta. Años después se calculó que la colección reunida por este monarca en ese momento (1849), tenía más de 7,400 reliquias, pero seguramente fueron muchas más.

Pero ese culto por las reliquias no fue exclusivo de España: en toda Europa hay muchísimas, y en especial son alucinantes los cráneos de los Tres Reyes Magos exhibidos detrás del altar mayor de la Catedral de Colonia, en Alemania; en Italia se muestra la faringe de San Antonio en un frasco con formol en el altar mayor de la Catedral de Padua, y en Nápoles es famosa la Ámpula de San Genaro; en la Basílica y Catedral Patriarcal de Venecia la preciosa Pala d’Oro, una magnífica pieza bizantina de esmaltes antiguos, resguarda el cuerpo de San Marcos, traído hasta allí por unos piadosos mercaderes vénetos, quienes para ocultarlo de los musulmanes egipcios de Alejandría lo metieron en una caja con tocino. Sólo en la Catedral de Valencia vemos, además del pretendido Santo Grial o Santo Cáliz, la enorme cantidad de ellas que se conservan en la Capilla o Museo de las Reliquias. En esa catedral se puede ver también el brazo de San Vicente Mártir, el cual remite a otro brazo famoso, el de Santa Teresa de Jesús, que fue cercenado del cadáver de la santa, y tuvo varios viajes (por Portugal y España), hasta que finalmente fue rescatado por Francisco Franco del botín reunido por el infame coronel republicano José Eduardo Villalba Rubio (no por veneración sino por codicia, debido a su rico relicario de plata y oro con piedras preciosas), en la Málaga saqueada y destruida por los anarquistas y comunistas, y que conservó hasta el último día como uno de sus objetos más preciados, pero que hoy se encuentra en la asombrosa ciudad andaluza de Ronda. Esto es, también, memoria histórica

Hay también “reliquias” (digamos civiles, no religiosas) inconcebibles, desde el pene de Napoleón, amputado según dicen por un obispo furioso, o el descomunal falo atribuido a Rasputín, mechones de María Antonieta de Austria, los cerebros de Einstein y Mussolini, el esqueleto completo del jefe apache Jerónimo (supuestamente robado y depositado en la sede de la sociedad no tan secreta Skull and Bones, en Yale), el corazón de Ana Bolena y el de Federico Chopin, el desaparecido cráneo de Pancho Villa … Quizá uno de los coleccionistas más extravagantes haya sido Henry Ford, quien admiró tanto al inventor Thomas Alva Edison, que le pidió al hijo de este estuviera junto a su lecho de muerte y esperara pacientemente los estertores, para atrapar “su último suspiro” en un frasco herméticamente sellado, que se conserva hoy en el Museo Henry Ford de Michigan.

En México, con su antiguo culto a los muertos, se comenta que existen dos cráneos de Benito Juárez: uno de adulto y otro de cuando era bebé … Los restos del cura independentista José María Morelos desaparecieron, quizás arrojados al mar por su hijo natural Juan Nepomuceno Almonte cuando iba exiliado hacia Europa. Y el general Anastasio Bustamante dispuso que cuando muriera, su corazón fuera depositado junto a los restos de su amado jefe Agustín de Iturbide, verdadero autor de la Independencia Mexicana, en la Catedral Metropolitana de la Ciudad de México. Los famosos “restos” del último tlatoani, Cuauhtémoc, supliciado por Hernán Cortés durante su fallida expedición a Las Hibueras, fueron declarados oficialmente legítimos, después de una dilatada polémica, por un terminante y autoritario decreto presidencial dictado por Luis Echeverría Álvarez, convertido en Forense Máximo de la Nación. Después se ha determinado que varios de ellos son de animales como pavos guajolotes… Hasta no hace demasiado tiempo podía verse en el Monumento de Álvaro Obregón la mano que le arrancó un obús al general en la batalla de Celaya, sumergida en un depósito de formol, y donde se apreciaba hasta la mugre de las uñas … Por suerte, ya fue cremada por pedido de sus familiares. Y no muy lejos de este parque, están las Momias del Carmen, en el Convento de San Ángel, obtenidas por un proceso natural similar al de sus semejantes, “unas tías muy bien paradas” en Guanajuato.

En el Museo Napoleónico de La Habana se conserva una pieza dental del emperador francés, extraída por su médico, François Charles Antonmarchi (Córcega, 1780 – Cuba, 1838), que murió ejerciendo su oficio en Santiago de Cuba y fue adquirida por el magnate Julio Lobo, El Zar del Azúcar, para su estupenda colección particular, así como un mechón de cabello y una copia de la máscara mortuoria. El galeno, después que salió de la isla de Santa Helena donde estuvo acompañando y asistiendo al Emperador, viajó a Polonia, New Orleans, Veracruz y finalmente llegó a Santiago de Cuba, cuando murió por la fiebre amarilla.

La literatura no podía mantenerse fuera de este tema: el escritor portugués Eça de Queiroz dedicó una de sus novelas más deliciosas a ironizar la beata pasión por semejantes restos, en una obra titulada precisamente La reliquia, que recomiendo con vivo entusiasmo.

 

¡Qué tristes y solos se quedan los muertos! Dos casos macabros

El destino –o la historia- tiene caminos insospechados:

Aproximadamente en una misma época vivieron algunos personajes muy diferentes en vida, pero que presentan curiosas y macabras coincidencias después de su muerte.

René Descartes. (La Haye en Touraine, 31 de marzo de 1596-Estocolmo, Suecia, 11 de febrero de 1650).

El filósofo francés René Descartes (1596-1650), quien se puede considerar en cierta forma el padre espiritual de los siguientes personajes, murió en circunstancias levemente sospechosas mientras se encontraba en Suecia, invitado por la reina Cristina como su asesor. Aunque durante mucho tiempo se pensó que había muerto por una neumonía (debido al brutal frío sueco), recientes investigaciones indican que quizá fue envenenado con arsénico. Pero esto no es lo más importante en relación con sus restos: primero lo sepultaron en Suecia y luego en 1676 sus huesos fueron trasladados a Francia, al principio en la Iglesia de Santa Genoveva del Monte, y después en el Panteón para, finalmente, hasta hoy, en la Abadía de Saint Germain-des-Prés. Pero lo realmente curioso y hasta truculento es que su cráneo fue separado del resto de la osamenta, y actualmente se muestra en el Museo de Historia Natural de París. Esto de separar el cuerpo de la cabeza, como puede verse, es una antigua costumbre muy francesa. Parece que era muy desprendido, pues solía dejar volar su mente como en su célebre anécdota “Los tres sueños de Descartes”, que lo impulsaron para concebir una nueva propuesta filosófica, hoy conocida por su apellido: cartesianismo, resumida en su apotegma: Cogito, ergo sum (“Pienso, luego existo”). Hace poco, con las nuevas tecnologías de reproducción tridimensional, se ha intentado reconstruir su cerebro, que resultó muy semejante al del resto de sus congéneres, excepto por una inusual protuberancia en el lóbulo frontal o frontex, relacionada con la asociación de conceptos y palabras.

Thomas Paine (1737-1809), un inglés muy revolucionario, fue autor de tres obras claves de su época: El sentido común (1776), Los derechos del hombre (1791-1792) y La edad de la razón (1794-1795); y es considerado -a pesar de ser británico- uno de los Padres Fundadores de los Estados Unidos, junto con Washington, Jefferson, Adams, Franklin, Jay, Madison y Hamilton: Paine sería así el Octavo Padre Fundador. Fue el primero que expuso aquellos principios o verdades evidentes, que aportaron el germen de la Declaración de Independencia de las Trece Colonias, partiendo de la observación natural, desdeñando razones históricas, costumbres y dogmas teológicos.

Vivió intensamente tanto la Revolución Americana como la Francesa, y tuvo una extraña habilidad para ganarse enemigos poderosos, como William Pitt “El Joven”, Maximilien Robespierre “El Incorruptible” y George Washington “El Recto”. Fue un sorprendente autodidacta y uno de los hombres más extraordinarios de su tiempo. Su influyente panfleto Common Sense (1776) fue el primer “best seller” americano, pues cuando lo publicó vendió más de medio millón de ejemplares en un año (algo así como El Libro Rojo de Mao Tse Tung, pero de la Revolución Americana), pero su autor no se enriqueció porque cedió las utilidades al Congreso de la Unión. En realidad, esa obrita fue como el “Preámbulo” de la Declaración de Independencia.

Siendo un hombre tan notable, tuvo al morir el entierro de un perfecto desconocido: sólo seis personas fueron a su sepelio, y de ellos, dos eran negros libertos. Falleció a los 72 años en el número 59 de Grove Street, en pleno Greenwich Village de New York, pero fue llevado hasta New Rochelle donde tenía una finca, mas los melindrosos cuáqueros de allí no permitieron que lo sepultaran en terreno sagrado, y como ya pasaban los días, finalmente lo enterraron debajo de un nogal de su granja con una sencilla lápida encima. Diez años después, en 1819, el periodista inglés William Cobbett, gran admirador suyo, sacó los restos y se los llevó a Inglaterra (en un maletín de mano), para levantarle un monumento digno de su gloria, pero nunca pudo consumarlo y al morir 15 años más tarde,  se los dejó a un amigo sastre llamado Benjamin Tilly, quien tampoco pudo construir un mausoleo pero los conservó hasta su muerte en 1860; entonces su ama de llaves los vendió -o regaló- a un ropavejero amigo de la casa, quien empezó a distribuirlos como souvenirs: el cráneo por allí, el maxilar inferior por allá, el brazo derecho por más allá… y así fueron dispersados. Hoy varias personas afirman tener al menos un fragmento de Paine, pero en el monumento que finalmente se le construyó muchos años después de lo previsto, en 1905, al parecer sólo pudo depositarse un pequeño trozo que recuperaron de su cráneo. Sólo eso quedó del hombre eminente que tanto admiraron, entre muchos otros, Lincoln y Edison.

 

De cuerpo presente

Jeremy Bentham.

El caso quizá más estrafalario de todos es el de Jeremy Bentham (Londres, 1748 – 1832) sabio economista inglés, padre del utilitarismo, fundador del célebre University College de Londres. Filósofo, economista y escritor, fue un niño prodigio proveniente de una familia de juristas notables, quien leía con fluidez desde los tres años, tocaba violín aceptablemente a los cinco, y a los nueve traducía con soltura del latín y el francés. Estudió en los mejores colegios como Westminster School y Oxford University, y a los 19 años ejercía ya como abogado exitoso. Sin embargo, se cansó pronto de las leyes y prefirió dedicarse a la investigación y la escritura. Fue buen amigo de James Mill y de su hijo, John Stuart Mill, quienes después fueron sus editores, pues, aunque escribía mucho, Bentham era algo excéntrico desde joven y no solía terminar ni revisar sus libros. Pero fue en la economía donde encontró su terreno favorito. Sensato y práctico, este pensador resultaría muy actual, un auténtico liberal y progresista, quien postuló que el objetivo humano era lograr “la mayor felicidad para el mayor número” de personas. Y sentenciaba: “Todo acto humano, norma o institución, deben ser juzgados según la utilidad que tienen, esto es, según el placer o el sufrimiento que producen en las personas”. Así lo expresó en su famosa obra Introducción a los principios de moral y legislación (1780), lo cual supuso una nueva ética, basada en el goce y no en el sufrimiento, como propuso muchos siglos antes el filósofo Epicuro.

Tanta fue su fama que la Revolución Francesa lo distinguió como ciudadano honorario. Él aconsejaba medir las consecuencias de cada acto y su utilidad, para lo cual elaboró una teoría del placer y sus grados. Fue no sólo el creador del Utilitarismo como corriente filosófica, sino del término Deontología, hoy muy extendido, como una nueva “Ciencia de la Moral”. Fue también autor de un opúsculo breve pero muy importante, dedicado al funcionamiento del Parlamento inglés. Y hasta incursionó en la arquitectura, pues fue el inventor del célebre Panópticon, un modelo de cárcel que concibió por pedido del rey Jorge III, el cual, aunque no le gustó al monarca, sí fue muy utilizado no sólo para los presidios, sino para talleres y fábricas, pues desde un punto focal se podía vigilar a todo el personal, sin ser detectado. Su lema era: “Ver sin ser visto”. Siglos después, Michel Foucault le dedicó su ensayo Vigilar y castigar. El ojo del poder.

En realidad, mucho antes de Bentham, en América, un sacerdote español tuvo la misma idea: como ha estudiado tan bien mi sabio amigo michoacano Armando Escobar Olmedo, Vasco de Quiroga, más conocido como “Tata Vasco”, quiso construir el siglo XVI una enorme basílica en Pátzcuaro, Michoacán, con el mismo principio de cinco naves que confluyeran en un foco donde se encontraba el altar mayor, para que todos los feligreses pudiesen seguir visualmente el oficio de la misa. No logró construir más que una nave, que es la actual catedral, pero de haberla terminado, hoy sería la iglesia más grande del mundo, mucho más que el mismo San Pedro de Roma o San Pablo de Londres.

Un hombre tan genial no podía concebir para su muerte algo que no resultara extraordinario.  Como fundó –al parecer, pues algunos discrepan- el University College of London (1826), quiso que después de muerto su esqueleto fuera perfectamente vestido y sentado en un gran sillón, con una cabeza de cera reproduciendo la suya original (cuyo cráneo donó al colegio), tocado con sombrero y guantes, en una vitrina especialmente construida, ubicada en el Salón de Sesiones del Consejo del College, donde aún se encuentra, y se abre sólo en ocasiones señaladas, para que él pueda estar “de cuerpo presente” cada vez que se reúnen los académicos, por lo cual, además, se le ha concedido el derecho de estar “presente pero sin voto”. Eso se llama amor a la docencia más allá de la muerte. En esta prestigiosa institución han estudiado personajes tan importantes como Gilbert K. Chesterton, Mahatma Gandhi y Alexander Graham Bell.

 

Huesos andariegos

Uno de los personajes más novelescos –y novelados- de la historia novohispana fue el inquieto fraile proto-independentista fray Servando Teresa de Mier (Monterrey, 1765 – Ciudad de México, 1827). Fue un andariego incontrolable en su breve vida de 62 años, uno de los considerados “precursores” de la independencia y también uno de los pocos que llegó a verla consumada. Niño prodigio, se doctoró en Teología apenas a los 27 años y alcanzó pronta fama como orador sagrado, la cual al final lo perdió. Precisamente fue desde el púlpito religioso y no desde la tribuna política, donde tuvo su problema inicial que marcó el resto de su vida: nada menos que el año 1794 en la Real  e Insigne Colegiata de Guadalupe, ante el sagrado ayate milagroso, frente al Arzobispo Alonso Núñez de Haro y el Virrey Miguel de la Grúa y Talamanca, y con toda la corte presente, fue donde soltó que aquella imagen considerada milagrosa (“non fecit talliter omni nationi”) no era el resultado de la impresión prodigiosa de las rosas del Tepeyac por contacto directo con la Madre de Dios, sino que era el propio manto de la Virgen María, que trajo 18 siglos antes a América el mismo apóstol Santo Tomás (aquel osado discípulo de Jesús, el dubitativo seguidor que metió los dedos en las llagas de Cristo), y por tanto, México no debía su evangelización a los españoles sino directamente a la Virgen.

Parece que en ese momento no se percataron bien de todo lo que había dicho el fraile con su encantador y encendido verbo, pero una semana después se desató la tormenta: lo excomulgaron y mandaron a la cárcel, primero a San Juan de Ulúa en Veracruz (con una breve escala en el gélido Cofre de Perote), luego al mismo Castillo de los Tres Reyes del Morro de La Habana –construido con “el situado de México”- y de ahí directo a una cárcel en Cádiz.

Tuvo una vida agitada, llena de contrastes: fue excomulgado y después formó parte de la prelatura personal del Papa. Fue católico fervoroso y heterodoxo semiherético; combatió por España contra Napoleón Bonaparte y a favor de Fernando VII cuando la Guerra de Independencia, y después luchó por la independencia mexicana. Primero fue ferviente amigo y luego enemigo feroz de Lucas Alamán. Tuvo otras amistades importantes, como Simón Rodríguez, el viejo maestro de Simón Bolívar, y el Vizconde de Chateaubriand. Luchó contra España, aunque la Corona le otorgó una pensión sustanciosa. Fue liberal al principio de su vida, y al final de ella medio conservador; fue federalista, pero no demasiado, y hasta tuvo atisbos de iluminación futurista, como mostró en su célebre Discurso de las Profecías, donde previó los males futuros –y no muy lejanos- de México. Fue, en toda la extensión de la palabra, un personaje y esto también literariamente, pues Reinaldo Arenas lo tomó como el protagonista de su primera gran novela El mundo alucinante.

Una vida tan intensa no podía tener un fin común.

Murió en el Palacio Nacional, antigua residencia de los Virreyes. Unos días antes, parece que sintió la cercanía de la muerte, e invitó sus mejores amigos a una suculenta comida, donde prácticamente hizo su propio panegírico, explicando las obras y acciones de toda una vida, y al terminar se despidió ceremoniosa y cariñosamente de cada uno. Cuando murió fue enterrado en el Convento de Santo Domingo, donde había profesado y del cual se escapó varias veces. Allí, junto con otros dominicos, estuvo en descanso hasta que, en 1861, con las Leyes de Reforma, y la confiscación de los bienes eclesiásticos (“y de las tierras comunales”, segunda parte del título completo que no suele mencionarse), fueron abiertas las criptas del convento y su cuerpo se encontró momificado de forma natural, junto con otros doce correligionarios. Parece que nadie lo recordó, porque los liberales furibundos exhibieron estos cuerpos amojamados como antiguas víctimas de la terrible Inquisición. Otros, más religiosos, quisieron ver en aquellos trece cuerpos a Jesús con sus Apóstoles. Pero un avispado cirquero italiano que andaba por allí entonces, compró las momias para exhibirlas como curiosidades y portentos, llevándolos de feria en feria, y finalmente se perdieron.

Una leyenda cuenta que, al parecer, su cuerpo logró fugarse de su tumba circense, para volver a recorrer los caminos como hizo sin cansancio en vida, y finalmente está sepultado en una de las 365 capillas que se encuentran en la mágica ciudad de Cholula (tan mágica, que es la única cuyo nombre oficial hace homenaje a un personaje que ni nació allí ni nunca estuvo, Bernardino Rivadavia, presidente argentino). Pero esto no es más que una suposición sin pruebas.

Aunque sí es cierto que hoy Cholula es la ciudad en toda las Américas con una vida ininterrumpida más dilatada, pues los primeros asentamientos humanos allí tienen más de 30 siglos, y conserva además la pirámide más voluminosa del planeta, pero realmente la Gran Pirámide de Cholula no es una, sino siete superpuestas, y coronadas por una iglesia dedicada a la Virgen de los Remedios, patrona de los españoles conquistadores. Cholula no tendrá esas 365 iglesias según la tradición, pero cuenta con algunas tan bellas que valen cada una por cien, como Santa María Tonanzintla y San Francisco Acatepec.

Si finalmente pudo escapar de la carpa trashumante donde lo exhibían junto con sus doce colegas, sin dudas la bella Cholula sería el mejor sitio para que se detuviera el andariego fraile y aceptara fundirse con la leyenda del sitio, resignado por fin a descansar en la inmóvil paz del sepulcro.

 

Tanto quiere el diablo al hijo …

Don Luis de Clouet en la fundación de la villa de Cienfuegos, Cuba.

La historia de la bella ciudad sureña cubana de Cienfuegos comienza en Louisiana.

Todo indica que la llamada “Perla del Sur” tuvo un Autor y Protector, un Co-autor y un Fundador, así que fue una concepción tripartita; en ese mismo orden de prelación: José de Cienfuegos y Jovellanos, Gobernador y Capitán General de la Siempre Fiel Isla de la Fernandina de Cuba, el Intendente General Alejandro Ramírez, y el nacido francés colonial y luego súbdito español Louis de Clouet.

Parece que a don Luis le acompaña la suerte de los fundadores, como Rómulo y Remo, ya que tiene orígenes fabulosos, pues nació en dos lugares: en New Orleans (Louisiana) y en Burdeos (Francia), en 1766. También se cree que murió en dos sitios: Madrid y Córdoba, en 1848. Pero supongo que esa incertidumbre gobernó toda su vida, pues lo persiguió hasta después de muerto. Hay una versión que señala que siendo muy joven tuvo que huir de Louisiana, quizá debido a su venta a la naciente Unión Americana, y su firme repulsa para aceptar un sistema republicano.

Como los datos sobre él son tan contradictorios1, me atengo a lo que informa la Wikipedie (francesa) y lo que reúne Jean Lamore: Louis de Clouet de Pittre (también se menciona como Juan Luis Lorenzo de Clouet o Louis Brognier de Clouet), nació  el 8 de febrero de 1766 en New Orleans (entonces, Louisiana Francesa), y murió el 17 de junio de 1848 en Córdoba (España) a los 82 años. Llegó a Cuba en 1816 como Teniente Coronel de Infantería, agregado al Estado Mayor de La Habana, y propuso la creación de una nueva villa en la Bahía de Jagua, lo que hoy es la ciudad de Cienfuegos, donde lo consideran su Fundador. Sus padres fueron el Caballero François Joseph de Clouet, Teniente Coronel del ejército francés, y la Dama Marie Louise de Favrot.

Entre los “Papeles sobre Louisiana” que se conservan en la Biblioteca Nacional de España (Manuscritos, Tomo III), compilados del archivo de Antonio María de Bucarelli y Ursúa (1768-1792), aparece una “Petición de licencia para ir a España, del Coronel Alejandro de Clouet, con una recomendación de Esteban Miró” (h. 99-99v).

Casó el 1 de octubre de 1797 con Clara López de la Peña (4 de enero, 1778 – 24 de enero de 1855), quien al parecer era una mestiza, cuarterona libre, mezcla de negro y de indio americano, a quien se ha estudiado como un caso de interés especial entre los negros libres de New Orleans2. Paradójicamente, un francés casado y con hijos de una mulata aindiada, fundó una ciudad destinada a aumentar la población blanca de Cuba, e ingresó en la aristocracia titulada criolla como sucedió en otros casos de la aristocracia insular, pues varios miembros de ella eran mestizos. Ya viuda, su hijo Alejandro de Clouet, Conde de la Fernandina de Jagua, solicitó para ella en 1831 y 1849, una pensión para reconocer los servicios prestados por su fallecido esposo, dirigido al Ministerio de Hacienda, Gracia, Justicia y Gobernación del Reino.

Jean Lamore dice:

Louis de Clouet de Piettre était d’origine française, selon certains de Bordeaux, selon d’autres de la Nouvelle-Orléans. Dans tous les cas sa famille était bordelaise et ses descendants résident toujours à Bordeaux. On le présente souvent comme un riche colonel français émigré de Louisiane mais les autorités hispaniques l’ont toujours considéré comme espagnol et au service de notre gouvernement. Apparemment il naquit en Louisiane en 1766 et bien qu’au service de l’armée française dans sa prime jeunesse à partir de 1816 on le retrouve à Cuba aux ordres du roi d’Espagne, affecté à l’état major de la Havane. «Je suis un bon espagnol royaliste» dit-il de lui-même en 1826, «et je pense avoir toutes les qualités requises pour ce titre si honorifique». Dôté d’une personnalité difficile et controversée, les témoignages de ses contemporains le décrivent comme autoritaire, souvent colérique et intolérant : «génie pétulant et arrogant ; bon gascon, drôle à ses heures et cruel à d’autres ; travailleur et avec une grande soif de profit…»3

Sospecho por lo anterior que fue poco querido. Lamore también recoge un pasquín, que reproduzco en francés:

« Personne ne t’aime
Grossier monstre voleur
On t’abomine avec raison
Car tu gouvernes comme une bête sauvage.
Ah, Vampire, qui pourrait
Exprimer devant le Roi
Combien ta volonté absolue.
opprime notre groupe)?
Pour l’or, l’argent et la pute
Tu cesses d’appliquer la loi.»

Confirmé lo anterior cuando encontré en los fondos digitalizados del Archivo General de Indias en Sevilla, un dibujo infamante que lo prueba, donde le obsequian conceptos muy fuertes. Aunque aparece clasificado como “pasquín”, y sin duda lo es, también observo algunos elementos los cuales me permiten suponer se trató de un “daño” o “bilongo”, pues supuestamente se le dedica en vida (1833) y le desea la muerte, pero además en el dibujo –que acompaño ilustrando estas líneas- aparecen algunas suertes de “maldiciones”, como escribir sobre su zona pélvica la palabra “ladillas”; sobre un pie, “podrido”, y en un brazo, “balazo”. Es una especie de exvoto, pero en sentido contrario, deseándole el mal. Algo muy terrible debió cometer Clouet para que alguien (o algunos) lo odiara tanto.

De acuerdo ya con el Capitán General José Cienfuegos y Jovellanos, y el Intendente General Alejandro Ramírez, Clouet parte desde Batabanó hacia la Bahía de Jagua con 46 colonos franceses (de Burdeos) y de New Orleans. Al llegar se establecieron brevemente en los restos de un antiguo poblado indígena, a las orillas del río Saladito, pero en pocos días aceptaron la invitación de Agustín de Santa Cruz, rico propietario de la zona, quien les sugirió y ofreció instalarse en la península de Majagua, donde finalmente el 22 de abril de 1819 realizaron el acto formal de fundación de la Colonia de la Fernandina de Jagua, con una ceremonia algo peculiar que incluyó el sacrificio de unas palomas y la elaboración con ellas de un caldo consumido por los presentes. Algunos dijeron que era parte de un rito masónico, y otros que, por provenir Clouet de New Orleans, tenía algo de brujería y hechicería. Además, sospecho que su mestiza mujer también pudo despertar suspicacias.

Muchos coinciden en señalar al Coronel Clouet como un hombre severo, rígido, autoritario, y quizá hasta un poco violento y soberbio, pero se explica por las circunstancias de su encomienda. Procedió de forma cuidadosa, casi milimétrica para cumplir su encargo. Además del acto de fundación del que se levantó el acta correspondiente, encargó también a un ingeniero, el Alférez Félix Bouyón, que trazara el plano del poblado, y nació así desde su mismo origen ordenado y bien distribuido, rasgo que hoy se aprecia en la ciudad, con calles amplias, derechas, cortadas en ángulo recto y con sus sitios principales reservados para las construcciones que después se levantarían. Cada colono recibió su parcela, con el cuidado de construir hacia el fondo del lote su primera vivienda provisional (de yaguas y guano), para que después las definitivas se alinearan al frente: muy bien pensando.

Una vez ejecutadas estas provisiones, Clouet fue promovido a Brigadier y entregó el gobierno de la colonia a su hijo Alejandro, Capitán de Lanceros.  Por los servicios prestados, la reina Isabel II le otorgó el título de Conde de la Fernandina de Jagua para él y sus herederos, y el Ayuntamiento o Cabildo dispuso que en el Salón de Sesiones se colocaran frente al de los reyes, los retratos del prócer y de su esposa, la creole de New Orleans; de esta manera, en un lugar de homenaje oficial y de alto honor en la Cuba colonial, se reverenció la imagen de una mulata con algo de sangre apache.

Pero quizá lo más sorprendente de la vida de Louis de Clouet ocurrió cuando ésta terminó. Según la versión más documentada, falleció por una pleuresía en Córdoba (1848), Andalucía, y allí quedó hasta que en 1956 los emprendedores cienfuegueros quisieron recordar su origen como ciudad, y decidieron traer los restos desde España para honrarlos con un monumento digno de la memoria del ilustre fundador.

El 22 de abril de 1956, en el acto de conmemoración de la fundación de la ciudad, el presidente del Ateneo de Cienfuegos propuso traer los restos y construir un magnífico monumento a su memoria, iniciativa que contó de inmediato con el apoyo del Alcalde Don Reinaldo Pino Varas, un médico muy querido en la ciudad por sus numerosas obras sociales, buen carácter y empeño benefactor, quien logró que el 3 de agosto de 1958 llegaran por avión a la ciudad los restos de Don Louis. En el recibimiento estuvieron, además del Alcalde, el Presidente del Ateneo y el Obispo de la ciudad. La urna con los restos fue colocada sobre un armón de artillería, como un héroe, y llevada hasta el Parque “José Martí”, donde se pronunciaron varios discursos ante una gran multitud encabezada por las autoridades.

Cienfuegos ya era una ciudad muy próspera, con un puerto sumamente activo y una industria floreciente, que casi la convertían en la segunda ciudad de la isla, bien urbanizada y en crecimiento constante, con edificios nuevos como el Hotel Jagua y el plan de convertir en un casino internacional el asombroso Palacio del Valle (construido por el enigmático Don Acisclo del Valle, quien ostentaba en su escudo familiar el mote: “El que más vale, no vale lo que Valle vale”). Había familias prominentes de la alta burguesía como los Dorticós y los Terry; uno de esos, Tomas Terry IV, protagonista de la curiosa y picaresca historia del “Cohete Postal Cubano”. Los cienfuegueros que podían, se reunían en el Club Náutico (Cienfuegos Yatch Club), donde se encontraban bellas embarcaciones deportivas. La ciudad ya contaba con unos de los cementerios más hermosos de la isla, el “Tomás Acea”, con un sorprendente pórtico imitando el Partenón en medio de la exuberante naturaleza tropical.

Era el más firme propósito de los cienfuegueros, encabezados por su alcalde, construir un gran monumento en homenaje a Don Louis de Clouet… pero no contaron que apenas unos meses después de recibir sus restos tan solemnemente, la vida de ellos y de todos los cubanos iba a cambiar profundamente. En primer lugar, la del mismo alcalde, que en 1959 fue condenado por un “Tribunal Revolucionario” a 20 años de cárcel por sus vínculos con el régimen anterior.

Durante muchos años, los restos del Fundador, que habían realizado un viaje tan largo, estuvieron guardados en una caja de seguridad de un banco cienfueguero, y en los últimos años, fueron trasladados hasta el Museo Provincial. En 1999 se convocó a un concurso para elegir el monumento correspondiente, y fue seleccionado uno presentado por un equipo multidisciplinario.

Pero finalmente, después de tan dilatada espera, el 22 de abril de 2019, a los 200 años de fundación de Cienfuegos y a 171 años de su muerte, los gloriosos restos fueron definitivamente instalados en un sobrio mausoleo en el Cementerio “Tomás Acea”, donde ahora se encuentran. Finalizaba así la azarosa odisea de Don Louis de Clouet.

El día de la inauguración, el enardecido conservador de Cienfuegos, el Arquitecto Irán Millán Cuétara, poseído por la musa elegíaca, cerró su discurso con palabras retumbantes: “Este pueblo que hoy está junto a ti, te dice: ¡Hasta siempre, De Clouet! ¡Cienfuegos nunca te fallará!”

Por supuesto, con ese nunca te fallará se olvidaba piadosamente la larga espera que padeció el preclaro y muy paciente fundador: Sic transit gloriae mundi.

Notas del artículo

  1. Vid. Esther Castiñeyra y Rangel, Historia local de Cienfuegos (La Habana, Cultural, 1932), y Luis E. Bustamante, Diccionario biográfico de Cienfuegos (Cienfuegos, Imprenta de Bustamante, 1931).
  2. Kimberley S. Hanger, “Coping in a Complex World. Free Black Women in Colonial New Orleans”, The Devil’s Lane. Ed. by Catherine Clinton and Michele Gillespie. New York, Oxford University Press, 1997.
  3. Jean Lamore et Annette Llouquet, Cienfuegos: una ville française à Cuba. Trad. Asunción García-Pardo. Puede consultarse en español: Historias 16, Nº 40, 1979. pp. 91-98.

Del Autor

Alejandro González Acosta
La Habana, Cuba, 1953. Doctor en Letras Iberoamericanas por la Universidad Nacional Autónoma de México. Investigador Titular del Instituto de Investigaciones Bibliográficas (Biblioteca y Hemeroteca Nacionales) y Catedrático de la División de Estudios de Postgrado de la Facultad de Filosofía y Letras, de la Universidad Nacional Autónoma de México. Especialista en historia, literatura y cultura virreinal mexicana y en literatura hispanoamericana y cubana del siglo XIX. Autor y coautor de numerosos libros editados en México, Cuba y España. Ingresó como Miembro de Número de la Academia Cubana de la Lengua y Correspondiente Hispanoamericano de la Real Academia Española, en 1983. Miembro de la Academia Cubana de la Lengua en el Exilio. Reside en México desde 1987.