Marianela Boan


Siempre he dicho lo que tengo que decir a través de mi obra, pero en este momento necesito usar las palabras con todo su peso.

¿Hasta cuando pensaban que la gente iba a aguantar el abuso infinito y la ausencia de todas las libertades?

¿Hasta cuando las consecuencias de un régimen y un sistema que ha demostrado su ineficacia para la gente y su eficacia para mantenerse en el poder cueste lo que cueste?.

¡No más generaciones y familias sacrificadas! Mucho se ha hablado del valor y el patriotismo de los cubanos, pues bien, ¡¡¡ahí lo tienen!!!

Yunior García Aguilera


Renuncio públicamente a mi condición como miembro de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC).

No puedo seguir perteneciendo a una organización que le da la espalda a una parte considerable del pueblo y opta por mostrar obediencia a un poder abusivo. No puedo permanecer en un coro que le canta alabanzas a quienes ordenaron la represión contra los jóvenes y el combate entre cubanos. No puedo ser parte de un grupo de artistas e intelectuales que ha preferido el silencio o la complicidad.

Y no estoy incitando a nadie a hacer lo mismo. Simplemente, yo no puedo, lo siento, estoy harto.

Ana Rosa Díaz Naranjo


Odio el abuso, la injusticia. Le he entregado mi vida al arte desde esta pequeña aldea. Los artistas nos debemos a nuestro pueblo. A este pueblo que año tras año, disciplinado, espera una luz que jamás llega. Y me resulta triste e indignante ver a las personas matándose a golpes entre sí. Gritando unos pocos por la calle, como perros con rabia, sanguinarios, enviados del infierno. Rojos de ira, con el deseo ferviente de golpear a su hermano. Felices porque les dijeron Mata. Reprimiendo. Mintiendo todo el tiempo, manipulándolo todo. Queriendo tapar el sol con un dedo. Hermanos contra hermanos por no pensar igual. Señor mío, nada ni nadie en este mundo es idéntico! Duele el silencio cómplice de los intelectuales, de los artistas ante este acto genocida contra un pueblo desarmado y hambriento. Un pueblo que solo desea vivir como seres humanos y se le respeten sus derechos. No puedo callar. Esto es la gota que rebasó la copa. Jamás imaginé que una cosa así pudiera pasar. Pero está pasando. Y yo, que con tanto orgullo ostenté durante tantos años haberme ganado un sitio en dos de las filiales de la Uneac, como escritora y como actriz, hago pública mi renuncia de esta institución. Que Dios les perdone tanto silencio, tanta complicidad con el mal. LO QUE ESTÁ MAL ESTÁ MAL. Y ESTÁ REMAL. No hay justificación posible. Que Dios nos proteja. VIVA CUBA LIBRE.

Carlos Lechuga


No puedo ser parte de una vida social donde un ministro de cultura es un golpeador, el presidente del pais es un asesino y las instituciones apoyan esto. Renuncio a la UNEAC, no sé si soy de la AHS pero renuncio igual, asi como al REGISTRO DEL CREADOR y todo lo que apoye que a un padre cubano entren a balearlo en su hogar delante de sus hijas. No es un gran gesto no es nada pero puedo dormir mejor. Pd: por suerte nunca me consideré parte de la comunidad eictveana.

 

Miladis Hernández Acosta


Renuncia pública.

Yo Miladis Hernández Acosta ( Guantánamo, Cuba, 1968).
Mujer y escritora. Madre y librepensadora. Defensora de la paz, poeta; humanista y martiana, hago renuncia pública de pertenencia a la membresia de la Unión de Escritores y Aristas de Cuba. UNEAC.
Unión y sede que se entra por voluntad propia. Y se sale por el mismo concepto.
Mis razones son obvias.
Creo en la libertad. En la Cultura como resorte de proyección humanista y vehículo para el crecimiento del ser, y todo salto debe ser hacia lo humano. Creo en el derecho de cada individuo a expresar sus ideas y opiniones sin que estas tengan que ser repimidas por las fuerzas. Creo en el progreso. En el arte.
Creo en Cuba. En el respeto entre los hombres, en el amor y en la bondad de los seres humanos. No deseo respaldar, ningún proyecto, venga de donde venga que, haga uso del último recurso que representa el del enfrentamiento entre ciudadanos, y el uso de la innecesaria violencia. Para mí y según mis derechos y legítimas facultades, todos somos ciudadanos cubanos. Por ende, todos merecemos ser escuchados. Creo en el valor profundo de la palabra. En el justo diálogo, en el entendimiento lógico; la reconciliación, y en la unidad de todos los cubanos. En el espíritu de Dios, y en la fuerza de San Miguel Arcángel.
Les dejo a todos un abrazo y la voluntad de seguir trabajando para la promoción, aporte y desarrollo de la rica y extraordinaria Cultura cubana. Cultura que a todos por demás, también nos pertenece, nos identifica como pueblo, nos abraza; une y nos hace más justos.

Fernando Pérez


Cuando el 27 de noviembre un grupo de jóvenes artistas se reunió frente al Mincult y surgió el 27N dije y luego escribí: “En esta acción pacífica percibo el inicio de un nuevo lenguaje que le hace falta a la cultura cubana y a este país”.

Ese nuevo lenguaje reclama libertad de expresión, inclusividad, derecho al disenso, participación activa de una sociedad civil plural y diversa. Ha pasado el tiempo y las puertas han continuado cerradas: sus voces no encontraron espacios, sino desconfianza, linchamientos mediáticos, “manotazos”, silencio.

Cuando el 11 de julio muchos de esos jóvenes artistas y cineastas (los conozco, sé lo que piensan y con ellos comparto su actitud contestataria) se plantaron pacíficamente frente al ICRT para plantear, una vez más, su derecho a ser escuchados, ese acto es para mí el símbolo de la temperatura de muchos sectores en Cuba hoy: NO más exclusión, NO más inmovilismo, NO más represión ante el que piensa diferente.

El problema no está en las redes, donde estos jóvenes encuentran un espacio que aquí les niegan, sino en unos medios cerrados que informan un solo discurso y nunca la diversidad en la que nuestra realidad se forja.

Por eso hoy sí hay un estallido social y no solo “disturbios” o “vandalismo”.

Quiero una Cuba independiente, soberana, sin injerencias extranjeras, pero una Cuba como la expresó Daniel Romero interpretando al joven Martí en “El ojo del canario”: una Cuba inclusiva, con el derecho a la palabra, al pensamiento libre y el respeto a la libertad individual.

La construcción de ese país tiene que ser a través del consenso y no de la violencia y la represión. Una Cuba en la que la tranquilidad y la unidad tengan que ser preservadas con las calles en manos de las tropas especiales, será una Cuba rota.

Reina María Rodríguez


He pasado la vida creyendo que la poesía, podía ampararnos. Pero, esa protección, debajo de la cual nos juntábamos contra falsas divisiones usadas por el poder: los que son y los que no son (revolucionarios, marginales; de adentro y de afuera, blancos y negros, mujeres y hombres, homosexuales y heterosexuales), nos deja desperdigados sobre un mar de calamidades. Ahora, que todo se ha desmembrado más, la protesta de una viejita con su cazuela vacía nos junta, bajo esa demolición que pretende hacer rehenes a perpetuidad y cómplices del miedo a los cubanos, cuando disparan contra civiles desarmados frente a los niños; cuando el hijo de cualquier madre golpeado por varios policías podría ser el nuestro, y un dolor no admite dicotomías: es dolor. Por eso, condeno la represión brutal y sostenida de un régimen obsoleto y manipulador que pretende encubrir crímenes que no son una metáfora.

Yanetsy Pino Reina


DECLARACIÓN DE PRINCIPIOS

  1. Estoy y estaré totalmente en contra de la violencia, sin importar de dónde o de cuáles ideologías provenga. No puedo estar del lado de quienes, en lugar de promover la conciliación, la paz y la crítica de lo mal hecho, inducen a su pueblo al enfrentamiento y a las golpizas por razones de credos políticos o de otra naturaleza. Hay innumerables formas de defender un proyecto, corregir o persuadir a la gente, sin acudir a la violencia.

  2. No tolero el abuso de poder, mucho menos cuando he visto a personas débiles (mujeres, niños, etc.), sufrir allanamientos de morada y actos violentos por miembros de la seguridad nacional. Y créanme, soy profesora de Semiótica, y tengo suficientes recursos para darme cuenta de cuándo es un montaje audiovisual y cuándo no. Un país que siempre ha abogado por el bien común, no puede cometer o justificar horrendas escenas como esas.

  3. Cuba no es un hombre, un gobierno o un partido. Cuba somos todos, es su pueblo, no importa el color, el sexo, la edad, la ideología, la instrucción que se tenga o el lugar donde se viva. Por Dios, hay que acabar de gobernar con oposición, con diferencias de credos e ideologías, y forjar discursos y comportamientos de tolerancia y respeto entre todos, en busca de la paz.

  4. No creo que ningún país vaya a resolver los problemas de este pueblo, ni que la solución sea una intervención extranjera; todo lo contrario, generará un baño de sangre que nadie querrá y al final, estaremos peor, mucho peor.

  5. Vi muchas personas protestando por problemas reales que tenemos; los cuales no son secreto para nadie. No se trata de marginales ni de mercenarios mayoritariamente, sino de población insatisfecha en estallido social. Y las insatisfacciones vienen dadas por la incapacidad crítica institucional de dar respuestas correctas en la circunstancia correcta, de manera que se contribuya al mejoramiento de todos.

  6. A mí nadie me paga por pensar ni por decir; ni siquiera recibo influencias ideológicas de las personas que amo, porque la vida me ha dado la posibilidad de pensar rectamente con cabeza y luz propias. Quizás esto que he escrito me cueste, o moleste a alguien, pero no puedo dejar de hacerlo cuando día tras día he visto a mi país sin redes sociales, sin conectividad, en el que se veta un derecho elemental: la comunicación.

  7. Es mi compromiso, mi responsabilidad, como escritora e intelectual. No quiero represalias, pero si creen que las merezco, las enfrentaré con calma y dignidad. Ya sabemos que pensar tiene un costo. El precio de las palabras es invaluable.

  8. No voy al muro de nadie a ofender, ni a humillar, por tanto no toleraré aquí discursos de odio o de incitación al odio ni de unos ni de otros. Solo estoy dando mi humilde opinión, y ojalá sirva para crecer todos en pos de la paz y el bien común.

Norge Espinosa Mendoza


CUBA: ENTRE EL LÍMITE Y LA FRONTERA

Pasó finalmente una semana larga y tensa desde lo ocurrido el domingo 11 de julio en varias ciudades de la Isla. Un tiempo que permanecerá entre quienes lo vivieron como una crónica dura en la que se pusieron de revés demasiadas ideas, y demasiados gestos. A flashazos, entre las idas y venidas del servicio de internet que apenas dejaba a los clientes de la única compañía telefónica cruzar mensajes de aliento o desesperación a sus seres queridos, iban apareciendo imágenes que daban una dimensión más nítida de lo que verdaderamente sucedió. Los amigos de otros países me preguntaban qué pasaba, y yo tenía que pedirles a ellos que me lo explicasen, por encima del ruido, de la incertidumbre, de la violencia que dominó calles y espacios de la red, y que puso a prueba todas las capacidades de resistencia que durante las últimas décadas Cuba ha tenido que entrenar. Aun hoy sigo recibiendo esas imágenes, videos tomados por cámaras en la mano rápida y temblorosa a veces de quienes dejaban testimonios de los enfrentamientos. El 11 de julio confirmó que esto estaba por venir. Y también otras cosas que destruyeron determinados límites acerca de lo que, como expectativa, teníamos muchas personas a manera de un pronóstico posible de lo que iba calentándose en nuestro contexto, como anuncio de un estallido casi inminente.

Lo que comenzó en San Antonio de los Baños se dispersó con rapidez, desencadenando otros hechos de manera casi simultánea, y sin precedentes, en Camagüey, Cárdenas, Santiago de Cuba, y tantos otros sitios. Apagones de horarios inclementes, falta de alimentos y medicinas, desatención al disgusto popular creciente, los efectos de la Covid que se dispararon de modo súbito en este mes, las pequeñas y grandes agonías del día a día cubano rompieron la brecha. Y con ella, también, cristales de tiendas en divisas, automóviles, y la idea de una capacidad de aguante que se acallaba una y otra vez. Las respuestas oficiales incluyeron desde la presencia de los dirigentes en el propio San Antonio, a la intervención violenta de las fuerzas del orden contra las personas que clamaban en el calor de una contienda que llegó al Capitolio, Galiano, la Calzada de Diez de Octubre… Y que empleó el sempiterno recurso de culpar al bloqueo norteamericano de todos los males que sufrimos, volviendo a un ejercicio de retórica que más allá de las restricciones reales e innegables contra Cuba, tiene cuando menos que renovarse, que dejar de ser frase de cajón para ganar más solidez en sus argumentos ante un país que ve agravarse sus crisis mientras siguen construyéndose hoteles y abriéndose resorts. La multitud en algunos casos llegó a confrontar directamente a los funcionarios y dirigentes que trataban de silenciarlos. Los relatos que van recogiendo diversos medios de prensa no oficiales acerca de maltratos y golpizas son abrumadores. El 11 de julio marcó para algunos el fin de un sueño, un despertar abrupto. Para muchos será también un portazo, un golpe, un trauma difícil de borrar.

Todo eso subraya la separación entre una idea de frontera (esa Nación acosada a la que hay que defender en su soberanía, detenida en un momento de su historia que pretende cubrir todo lo que ha ocurrido en esta tierra desde su descubrimiento), y los límites que quienes la habitan han alcanzado a trazar entre sí mismos, entre la cúpula de gobierno y los de a pie, y mezclando todo ello con la visión que desde otros puntos del planeta tantos cubanas y cubanos comparten o no sobre su tierra natal y el destino político de la misma. Durante los últimos dos años o poco más, varias señales servían de alerta, y fueron desatendidas o respondidas con arrogancia y torpeza inocultables casi siempre. Las marchas de activistas LGBTIQ, las acciones de los animalistas en pro de una ley de Protección, San Isidro, la sentada frente al Ministerio de Cultura, son solo instantes de una secuencia mayor, que viene acumulando disgustos, desacuerdos, y debates irresueltos a pesar de que, una y otra vez, se imponga desde los medios oficiales un llamado al diálogo que termina cargando prerrogativas y condiciones en las que se disuelve mucho de lo que debería verdaderamente conversarse. La participación de artistas, intelectuales, jóvenes en su mayoría, ha devenido un hecho recurrente. Es obvia la incomodidad de funcionarios y ministerios ante sus presencias, el disgusto que les provoca el modo en que lanzan convocatorias y demandas desde las redes sociales; tanto como la torpeza y elementalidad con las que tratan de acallarlos. Se reconoce la necesidad del debate pero se le bordea, sin llegar nunca al fondo del malestar. No ha faltado quien se ha creído que de esas reuniones conciliatorias en salones refrigerados saldrá un gesto sanador. Bueno, también ese límite de credibilidad acaba de ser vulnerado. Y en modo muy grave. Ahora mismo el tono con el que periodistas y voceros hablan de las consecuencias del 11 de julio apela a un concepto menos beligerante, y a ese socorrido diálogo entre voces distintas. Aunque lo que veamos en las pantallas y en la prensa sean las mismas caras de casi siempre, cada vez más envejecidas y agotadas.

Durante toda la semana he tratado de leer lo que se pueda, intentando hallar palabras para describir tanto desequilibrio. He visto videos y fotografías de los enfrentamientos, desgarradores muchos de ellos. Y también he pasado por encima de fake news, a las que se aferra nuestra televisión con todos sus recursos y “protagonistas” para desmontar algo que, según nos dicen en la hora más reciente, es solo culpa de mercenarios, apátridas, vendidos al gobierno norteamericano, anexionistas, marginales y delincuentes… Uno de los peores errores de nuestra política radica en esa voluntad extrema, en el querer reducir a un único grupo de opiniones a la masa que se expresa, como si eso les ahorrara dar un grupo amplio de réplicas y respuestas. Se elige clasificar a todo el que disiente de enemigo inmediato. Y eso es cuando menos superficial y dañino. Y se repite con una frecuencia cansina que hace que este guion, en sus gastadas variables, ya suene a repetido, como las canciones que siguen al Noticiero, los spots y las consignas que no logran reactivar creativamente un ideario que, en efecto, se ha extendido por toda Cuba. Una Cuba que ya ha visto morir a muchos de los quienes alzaron esas frases en días de una épica que hoy pertenece a la historia, y que ha cedido paso a la otra épica del individuo que cada día se pregunta cómo podrá seguir adelante, y qué podrá poner hoy en la mesa ante sus hijos.

Pero lo peor ha sido la violencia. No solo la física, que ha sido mucha, sino la que se destila entre amigos, colegas, familiares. En las redes, donde los insultos y ataques desde muchas de esas otras Cubas llegan a esta, y se reproducen aquí a altísimos decibeles. Amenazas, insultos, golpes verbales, promesas de linchamientos, como fuego cruzado de un lado y otro, agravadas por una ortografía que también, aunque no lo parezca, es un síntoma de muchas otras carencias. Los que vivimos el agosto de 1994 sabemos cómo se aquietan luego las aguas, como la anécdota se hace opaca luego en otras formas de la desmemoria. Pero esta violencia entre cubanas y cubanos, este modo tan rabioso de ubicarnos en bandos al parecer irreconciliables, arroja un diagnóstico que denota heridas muy graves. Daños acaso irreparables en el tejido de eso que, más allá de las diferencias políticas, nos pasa por la mente cuando hablamos de Cuba, y que es algo que sobrepasa las citas de Martí que se disparan desde todas las orillas y las recurrencias a la Constitución, como si se trataran de los únicos espejos y escudos válidos de este momento.

En ese límite entre la palabra y el insulto, el golpe y la confrontación; en esa frontera entre una Cuba asediada desde los algoritmos y los titulares de la prensa, y otra defendida con mano dura y armada contra quienes deberían ser mejor escuchados, amanece el día de hoy. La internet sigue yendo y viniendo, la Covid sigue sumando fallecidos, las colas al sol permanecen, los apagones parecen haberse esfumado, los precios del mercado negro siguen por las nubes, la vacunación de la población continúa: todos esos contrastes en el mismo escenario en el que puede sentirse aún una calma tirante. A partir de este lunes, se permite traer medicinas, alimentos, productos de aseo, sin límite ni costo arancelario, a los pocos que puedan seguir viajando a la Isla: una de esas medidas que debieron haberse implementado hace mucho, al tiempo que otras imponen un rigor económico en el uso o no permisibilidad de monedas que sigue desdibujando la idea de ciertos avances. No se trata de obtener garantías temporales. Se trata de que o se rediseña la voluntad real y aterrizada de un discurso que persiste en una retórica vacía, o se volverán a producir estos acontecimientos. Porque no seamos ingenuos, ya habrá otro apagón, otra rotura, otra mañana en la que pueda hacerse sentir algún tipo de disgusto. La alternativa para que eso no llegue a lo que acabamos de vivir está en un cambio real de actitud, en acortar las brechas entre realidad y discurso, entre una vida al calor del mediodía y el salón refrigerado desde el cual todo “está siendo analizado, discutido”, etcétera, sin que ello alcance debidamente a la vida de cada cual. La fe política también es un límite. Y también una frontera.

Yo he querido pensar desde el lugar que me corresponde, repasando los nombres de la cultura cubana que hablaron de este país en sus tiempos de crisis. Y en la relación no siempre grata, ni mucho menos, entre arte y política. No se puede concebir la cultura como decorado, como poema de aderezo ni canción pasajera, en instantes como este. Y cuando hablo de cultura, hablo por supuesto de mucho más. Una cultura de civismo, que nos ayude a crear una idea común de bienestar más allá de la estrechez de un marco político. Una noción que verbalice anhelos y respetos, y que actúe verdaderamente en un contexto que sepa renovar el perfil del país más allá de sus accidentes y glorias, de sus potencialidades y las numerosas torpezas de funcionarios y representantes acomodados, y los oportunismos políticos de no pocos. Una garantía mayor en la cual nadie pueda ser golpeado, apresado, violentado ni vulnerado en la condición esencial de su ciudadanía. Mi pensamiento ahora está con los que se han sentido así, y con los que, en medio de todo el marasmo, siguen recogiendo donaciones para las zonas más afectadas por la pandemia, con el gesto limpio de quien procura un acto de sanación. Y acaso sea eso lo que necesitamos todas y todos: una sanación más allá del odio, de la rutina ideológica, de las batallas cotidianas por un pedazo de pan. Tengo que creer en eso, me digo, para no dejar de pensar, de respirar, de ser en Cuba, en todas las otras Cubas donde tengo amigos y parientes con los que no deseo terminar una conversación en la que llevamos décadas. En esa Cuba que tanto precisamos nos hará falta esa política de sanación. De una punta a otra de la Isla, en la que confluyen tantas voces y deseos, mucha gente joven en la que creo y que empieza a desasosegarse, porque también sienten que se les escapa el momento de ser escuchados, ese instante que ya no podrá devolverles ningún gobierno, ni de aquí ni de allá. Tantos rostros de un pueblo múltiple que no puede reducirse a una única perspectiva de la batalla real que es amanecer aquí, en el duro, como diría Virgilio Piñera. A casi sesenta años desde que él escribiera aquellos versos tan contundentes.

Abel González Melo


¿De qué forma podremos volver a mirarnos a la cara los cubanos si admitimos que decenas de muchachos inocentes sean condenados así, sin más, en juicios sumarios? ¿Qué escarmiento busca esta bochornosa purga, esta cacería de brujas que se ha desatado ante nuestros propios ojos y que mancilla nuestra dignidad como pueblo? Hay muchos artistas e intelectuales entre rejas, sí, y también hay muchos jóvenes y estudiantes a los que no conocemos y que salieron a la calle en manifestaciones pacíficas, con legítimo derecho, a gritar su dolor, el de sus madres, sus abuelas, sus familias. Vencieron el miedo, ese miedo que durante décadas nos ha inmovilizado, y salieron a las calles. Fueron decenas de miles en todo el país. Y acaso hubieran sido más si la ola de represión no se hubiese desatado.

Las carencias de todo tipo que tenemos en la Isla (las materiales, las éticas) no son un invento: están ahí, palpables, objetivas, y no han hecho sino agudizarse en los últimos tiempos. La brecha social es cada vez más notoria: no hay más que ver esas vergonzosas tiendas en dólares, pensadas para que unos pocos elegidos (aquellos que reciben remesas del extranjero o gozan de privilegios de élite) adquieran los productos que han desaparecido de los mercados a los que accede la mayoría de los cubanos con sus salarios en moneda nacional. Cada vez hay más escasez de comida, de medicinas, de productos de aseo, de agua corriente. Han regresado los largos apagones inesperados, con todo lo que ello conlleva (alimentos echados a perder, rotura de equipos eléctricos, calor implacable…), a lo que se han añadido los cortes de Internet a partir del 11-J. La dificultad para acceder a lo más básico se extiende a la sociedad toda y se ceba, como es lógico, en las personas con menos recursos. ¿En nombre de qué se les puede exigir resistencia a quienes viven abocados a la miseria? A estas alturas resulta irrespetuoso que se continúe satanizando y estigmatizando a cualquiera que se atreva a discrepar, cual Clitemnestra desesperada que ve Electras por todas partes.

En Cuba urge normalizar el derecho de las personas a expresarse con libertad, a manifestarse pacíficamente y a exigir sus derechos. Incluso a pensar y a discutir un proyecto de país diferente al que tienen. Es lo que se espera de una nación civilizada. Es lo que nos alejará de la barbarie. Es lo que nos volverá a dar credibilidad democrática. Es lo que garantizará la paz y la armonía de las generaciones venideras. No podemos seguir viviendo con el miedo perenne de que nos puedan apalear o encarcelar por decir lo que pensamos, de que nos humillen y nos atemoricen por desear un país inclusivo, próspero, amable, una patria digna de Céspedes y de Martí, donde quepamos todos. Enfrentarnos unos a otros como si fuéramos enemigos, como si Cuba no nos perteneciera a todos, no puede ser más la solución: somos hermanos y como tales hemos de reconocernos. Resulta indispensable abogar por ese amor y esa conciliación.

La cárcel o el exilio no pueden seguir siendo el destino de miles de cubanos: hemos de aprender a escucharnos, a convivir, a crecer sin mutilarnos. Basta de seguir acusando a cualquiera que disiente de ser un mercenario pagado por el Imperio. Tienen que acabar la represión, la censura, las campañas de descrédito contra los intelectuales y artistas, las detenciones arbitrarias, los juicios sumarios, las condenas absurdas… Todo ese horror es inadmisible en pleno siglo XXI: una ignominia para la patria. Han de quedar en libertad sin cargos todos los manifestantes pacíficos. Es de justicia.

Debemos ser capaces los cubanos de resolver este asunto que solo a nosotros compete. Nuestros funcionarios son servidores públicos: se deben al digno pueblo. Nuestros magistrados han de velar por proteger a los inocentes y por castigar a los culpables, siempre con pruebas reales sobre la mesa. Nuestras leyes deben estar a la altura de esta Cuba de hoy que no es ya una utopía ni una masa compacta, que no es más una consigna ni una postal turística, sino una isla dividida, agonizante, rota, a la que es preciso sanar antes de que el odio nos pudra y la herida que se ha abierto se convierta en un río de sangre.

Madrid, 22 de julio de 2021