De ciclos, fechas y espinas

¿Qué espacio en el almanaque quedará disponible
para brindar por los muertos que vendrán,
por las próximas mujeres violadas
o esos niños que jamás llegarán a convertirse en adultos?

No sé qué extraña fascinación despierta en nosotros, los seres humanos, el fin de cada año. Comprendo la alegría por las fiestas, la justificación para celebrar reuniones familiares o con amigos, incluso la motivación que, por estas fechas, supuestamente nos ha de mover a ser mejores personas —«época de paz», le dicen—, pero no termino por comprender por qué justamente ahora. A fin de cuentas, se trata del cumplimiento de una órbita terrestre alrededor del sol y que, además, podríamos haber marcado su inicio y fin a mitad del verano o el 9 de septiembre, da igual.

Para quienes consideran que el movimiento de los cuerpos celestes influye en los ánimos, caracteres y, a veces, hasta en el destino de las personas, puedo asimilar tamaño interés por la víspera del 1 de enero, sin embargo, en términos generales, considero que se trata únicamente de una excusa para hacer un recuento de nuestro pasado más próximo —justo sería chequear desde el primer día del año hasta el último de diciembre, pero generalmente repasamos los últimos tres o cuatro meses—, sopesar cuán bien o mal nos fue y, a partir de ahí, proyectar los retos venideros donde —ya se sabe, ya lo he dicho— abandonar vicios (alcohol, tabaco, café, etcétera) y bajar de peso suelen ser los primeros dos elementos de la lista.

Desde esta perspectiva, menos romántica, menos sociocultural, pero más pragmática e industrial, hemos de aceptar que se trata de un truco publicitario para hacernos creer que es tiempo del borrón y cuenta nueva mientras degustamos el sabor de una Coca Cola rojiblanca y abrimos la billetera para comprar el regalo con el que nos convencemos de que somos excelentes personas porque nos preocupamos por el bienestar del prójimo. Es decir, de nuestra pareja, de nuestros hijos, de nuestros amigos, en algunos casos, incluso, de cierto compañero de trabajo.

¿Sirve de algo este afán de cambio? Por supuesto que sí. No falta quien apuntala, con una acción o dos, la posibilidad del mejoramiento humano al que muchos nos aferramos. Aunque debemos aceptar que la mayoría de los proyectos para el año que recién despunta se quedan a mitad de camino, como ese cachorro que se obsequia a fin de año y, seis meses después, termina atado a un árbol o desandando el borde de una carretera, bajo la nieve o la lluvia, pero sin dejar de zarandear su cola porque lo mueve, más que cuatro patas flacas, la esperanza de reencontrarse con su dueño.

Y así acogemos este día singular en el que nuestro ajado planeta reemprende por sempiterna ocasión su vuelta alrededor de la estrella más cercana, creyéndonos mejores porque nos deshacemos de bonitos regalos, porque nos escudamos con desafíos para el nuevo año, porque hay cientos de pulgares erguidos en la red social que acreditan nuestra exitosa existencia y, lo más importante, nos hacen olvidar, nos ciegan, nos sumergen en aguas cálidas y oscuras, donde no se ve ni se escucha otra cosa que el latido de nuestro corazón, henchido de quiméricos placeres.

No nos llega entonces, el suspiro de los desahuciados que desconocen el afable evento de un fin de año; tampoco el estruendo de las bombas mientras caen sobre Ucrania o Etiopía o Yemen con sus infinitas luces multicolores, parecidas, de lejos, de muy lejos, a los fuegos artificiales que inundan los espacios entre los tejados de las casas del vecindario, sin que luego esas casas se las trague la tierra apenas abierta; no vemos a los presos de conciencia que vegetan en las cárceles de Cuba, Nicaragua, Corea del Norte o Eritrea y cuyas raíces, por profundas, les impiden renunciar a sus ideales a la par que los aprisionan más y más, como el macho de la mantis que no teme ser devorado por la hembra, con tal de preservar la especie. No advertiremos a los niños de China que trabajan en la producción de nuestro celular Huawei, el mismo que utilizaremos para compartirle al mundo imágenes de lo bien que cerramos el 2022 y de lo que nos espera en 2023.

Pero sospecho que son temas que no deben tratarse en estas fechas. ¿Acaso es apropiado que el novio, el 14 de febrero, le recuerde a la novia la última paliza que le propinó? ¿O que el infanticida descorche su mejor vino el 30 de abril? ¿Qué espacio en el almanaque quedará disponible para brindar por los muertos que vendrán, por las próximas mujeres violadas o esos niños que jamás llegarán a convertirse en adultos?

Sí, es mejor, muchísimo mejor, acatar el valor de los símbolos. El fin de un año, el inicio de otro, símbolo en dos piezas que nos recuerda quiénes creemos que somos y qué creemos que debemos empeñarnos en hacer. Hagamos el recuento de rigor: Dejar de beber, ir al gimnasio y, ¡por Dios!, evitar las comidas con exceso de calorías porque eso mata. A tantos mata.