A mi lector del siglo XXIII

Permítaseme, primero, lanzar la pregunta elemental como quien lanza un trozo de carnada: ¿Cuál es el futuro de la palabra escrita?

Solo entonces tiene sentido presentar mi axioma: En la tercera década del siglo XXI las imágenes llevan la delantera en términos de comunicación.

No es algo que ocurriera, por carencias tecnológicas obvias, hace un par de siglos, y no me arriesgo a predecir qué formato o estrategia marcará la pauta, dos siglos más adelante, para cumplimentar una de las actividades más añejas y fundamentales de la humanidad: hacerse entender dos personas.

Pero hoy, cuando organizo frases desde el teclado de una computadora que, antaño, fue otro teclado de metal en una sonora máquina de escribir, y aun antes, un bolígrafo, un lápiz o la romántica pluma de ganso humedecida en tinta de carbón, son las imágenes (en video, en gráficos fijos o animadas) las que seducen a la sociedad, especialmente a los más jóvenes, al momento de contar o disfrutar de una historia.

El viejo modelo del cinematógrafo, el mismo que dijeron que moriría con el arribo de la televisión, que a su vez es la misma que velaron por adelantado con la aparición del video casero, ese que para permitirnos ser dueños del contenido a visualizar mutó una y otra vez su formato (casete, CD, DVD, USB, la nube) y sigue alargando sus raíces, a pesar del auge del streaming, lejos de desaparecer (hablo, resumo, del cine, la televisión, el video, el streaming, el imperio de las imágenes, en fin) se ha fortalecido y cada una de sus variantes ha logrado establecer líneas de consumo bien diferenciadas.

Aderezo este brevísimo análisis con una serie de relaciones harto sencilla. Podemos, por ejemplo, coincidir en que la visita al cine se ha convertido, con el paso de los años, en un ejercicio más sociocultural que recreativo. Por lo general, ingresamos a la sala para compartir la experiencia de ver una película con nuestra pareja, nuestros amigos o parte de la familia. En cambio, seguir una serie desde la pantalla de nuestro celular o computadora viene revestida de cierta privacidad. Si de televisión se trata, el tono deviene doméstico porque más que su función, sentimos su compañía, ya sea en las reuniones festivas por un evento deportivo o a la hora de la cena con el noticiero o la telenovela de rigor… está ahí, con nosotros, es parte de.

Dada la velocidad con que se desarrolla la tecnología —terca y eficiente en su propósito de recordarnos las limitaciones biológicas que nos condicionan a los seres humanos— cualquier imaginería hoy puede convertirse en algo perfectamente común mañana. Así que arriesgar una hipótesis sobre cuál medio de comunicación podrá emplearse a inicios del siglo XXIII —temo— me convida más al ridículo que al acierto.

La respuesta a la quimera de hoy solo se halla en la realidad de mañana. Pero entonces para satisfacer mi curiosidad sobre qué medios de comunicación nos depara ese futuro no tan cercano, tendría que consumir estas líneas un lector del siglo XXIII. Tamaño milagro se me antoja punto menos que divino. ¿Cuántos escritores han logrado que sus textos sobrevivan un lapso similar? Poquísimos. Pero aprovechemos las libertades de la ficción para hacer posible el portento. Es decir, que usted, desocupado y futuro lector, habita un universo que quizás en su composición astronómica se parezca al mío —dos siglos para nuestro planeta representa menos que dos pestañazos para nosotros, suponiendo, claro está, que el planeta sea el mismo, ¡uf, qué difícil se pone esto!—, pero sin duda su arquitectura tecnológica muy poco le deba a mi presente.

Y sin embargo, la trampa funciona. Es decir, aquí está usted, leyendo, rodeado por caracteres que decodifica, interpreta y convierte en mensaje, en respuesta a una pregunta ya hecha: ¿Adónde va la palabra escrita? Sin necesidad de que tercie fotograma alguno. Atrapado en la intimidad que solo pueden entretejer los vocablos exactos cuando están dispuestos en el lugar correcto. La historia que toma forma directamente en su cabeza. Que embelesa. Que asusta. Que enamora. Y de la cual no puede escapar con el baladí cierre de sus ojos porque este no es el cinematógrafo. Es el espacio. Es el tiempo. El suyo. El mío. Convergiendo en único sentido y significado. Real desde esta ficción propuesta. Una que he arreglado con palabras para que usted las lea dos siglos hacia delante, como he leído otras ficciones yo, elaboradas dos siglos hacia atrás y dos más y otros dos, ad perpetuam.

Solo que aquellas ya se fundieron en la Historia. Elaboradas por otros, dedicadas a otros. A diferencia de esta: nuestra ficción. La que materialicé exclusivamente para usted, hoy, el 21 de junio de 2023, correspondiente al calendario gregoriano, construida únicamente con bloques de palabras escritas. Las únicas que habrán de salvarme del maremágnum de imágenes que amenazan con disolverme junto con esos otros fantasmas seudocomunicativos e ignotos que acechan, acaso ya germinan, y solo usted habrá de soportar.

Víctimas del pasquín digital

Si algo marca a la época actual es el cúmulo de contradicciones que la sostiene. Sin embargo, no se trata de ese espíritu de desarrollo universal que encuentra en las ideas contrapuestas la causa de su natural impulso. Las contradicciones del siglo XXI nacen de la polarización y esta segmentación al más puro estilo de «si no estás conmigo, estás en mi contra» impide el diálogo entre ambas partes y, por consiguiente, anula hasta el más insignificante asomo de inercia.

Es irónico que cuando más instrumentos tenemos a nuestro alcance para comunicarnos, más aislados nos encontramos. Es un axioma que se ha manejado hasta el cansancio y no está exento de razón. La tecnología ha potenciado nuestra capacidad para acercarnos, pero también para herirnos. Y, como en cualquier pelea, la proximidad permite hacernos heridas más profundas de primera mano.

Las redes sociales han involucionado desde un espacio comunitario de fraternidad —si alguna vez lo fue— a un campo de batalla donde la virtualidad solo atañe a la plataforma porque las lesiones emocionales son completamente reales.

Por ejemplo, en referencia a la polémica red del pajarito, ahora en manos del magnate Elon Musk, comenta la periodista española Gabriela Bustelo: «La particularidad de Twitter es que funciona como un estadio de fútbol de tamaño mundial: los temas se trituran y regurgitan en versión polarizada o binaria, para que dos bandos enfrentados repitan consignas enfrentadas, tal como hacen los hinchas con sus respectivos equipos deportivos».

Las plataformas digitales están a disposición de cualquiera como un pasquín de alcance mundial —en octubre de 2022 el informe Global Social Media Statistics aseguraba que 4 mil 740 millones de personas usan redes sociales, es decir: el 59.3% de la población del planeta—. Esta tecnología equipara los poderes: el presidente y el conserje tienen la misma oportunidad de publicar —ya no tanto de divulgarse porque el primero podrá pagar por que se multiplique su nota—, pero también encona las discordancias. Cada vez más se percibe un tufo feudal en el modo en que operan los mass media. Las propuestas informativas se bombardean desde catapultas hechas por ceros y unos, capaces de saltar continentes enteros, pero sus bases se defienden tras murallas de intolerancia. Con la aparición de internet dejó de existir la verdad, para darle paso a mi verdad. La única verdad que hoy parece importar.

Este sectarismo es aprovechado por los emporios que conducen nuestras vidas desde sus ostentosas oficinas. Nunca las piezas del ajedrez político, económico y social estuvieron tan bien definidas ni fueron tan manipulables. Los datos personales que ofrecemos a diario sirven para nutrir las bases de datos que, mañana, se utilizarán para decodificar nuestra conducta, gustos, propósitos, ideales y, así, conducirnos como reses hacia los pastizales, el establo o el matadero.

En la mañana nos exhortan a unirnos en pos de un ideal cualquiera. En la tarde nos incitan a enfrentarnos entre nosotros mismos, en pos de otro ideal. Para la noche nos habrán incitado a hacer las paces o degollarnos, según convenga. Y obedecemos siempre porque creemos, realmente, que la intención es nuestra.

Si George Orwell consideró, en su novela 1984, haber revelado el summum de la manipulación política cuando sus rebeldes personajes llegaron incluso a amar al Gran Hermano… se equivocó. Hoy avanzamos más allá. Nos han convencido de que somos el Gran Hermano, que podemos vigilar, intervenir y condicionar la vida de otros desde la comodidad de nuestro hogar. Y cuando apoyamos un partido, un movimiento social, una propuesta económica… realmente lo hacemos convencidos de que pensamos por cabeza propia. Pero no es así. Nunca lo ha sido. Lo hacemos inducidos por la búsqueda de un like o un retuit. Por la necesidad de atrincherarnos detrás de lo que llamamos nuestra verdad y que no es más que la verdad de otro. La verdad de aquel que, desde la sombra, mueve los hilos del Gran Hermano.

De ciclos, fechas y espinas

¿Qué espacio en el almanaque quedará disponible
para brindar por los muertos que vendrán,
por las próximas mujeres violadas
o esos niños que jamás llegarán a convertirse en adultos?

No sé qué extraña fascinación despierta en nosotros, los seres humanos, el fin de cada año. Comprendo la alegría por las fiestas, la justificación para celebrar reuniones familiares o con amigos, incluso la motivación que, por estas fechas, supuestamente nos ha de mover a ser mejores personas —«época de paz», le dicen—, pero no termino por comprender por qué justamente ahora. A fin de cuentas, se trata del cumplimiento de una órbita terrestre alrededor del sol y que, además, podríamos haber marcado su inicio y fin a mitad del verano o el 9 de septiembre, da igual.

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