Soy un solitario empedernido, descreído, nada gregario, socialmente arisco

A modo de presentación hacemos siempre a nuestros invitados un reto: el de mirarse e intentar explicar a los lectores de OtroLunes ¿quién es José Hugo Fernández? La respuesta, como para profundizar más el reto, debe enfocarse en dos aspectos inseparables pero que, con todo propósito, quiero que respondas por separado: José Hugo Fernández, el ser humano y José Hugo Fernández, el escritor, teniendo en cuenta en qué sentidos se contraponen o complementan estas dos “áreas” de tu vida.

Ya se sabe que toda imagen pública es una representación. Más que mostramos ante los demás como realmente somos, tendemos a mostrarnos como quisiéramos ser, o como nos gusta creer que somos, o como aspiramos a ser vistos. Hecha la salvedad, podría decirte que me veo a mi mismo como un alegre perdedor. He tenido una vida en extremo difícil y azarosa. Eso me hizo fuerte, pero –lo que es aún mejor- me armó de un optimismo a prueba de cañonazos y de un inagotable amor a la vida. Es el saldo bueno. Y el saldo malo es que soy un solitario empedernido, descreído, nada gregario, socialmente arisco. Por otro lado, o por el mismo, me veo como un escritor que es producto de sus experiencias vitales. Resulta fácil constatar que, en gran mayoría, mis personajes son alegres perdedores igual que yo. Puedes encontrar alguno que no sea alegre, pero perdedores son todos. Sólo que –también como yo- se trata de perdedores que se asumen gustosamente, con humor o ironía o cinismo.

Se impone hablar de tus inicios. ¿Cuándo descubriste que querías contar tus propias historias, construir tus propios universos, y en qué entorno ocurrió ese descubrimiento? En esos comienzos siempre hay nombres, o rostros, o incluso instituciones que, curiosamente, muchos escritores suelen “olvidar” cuando alcanzan el reconocimiento o consideran que “ya han llegado”, tal vez empeñados en que el mundo valore que su genialidad, además de propia, es de muchos modos mítica, así que fabrican una especie de vitrina oculta para esconder esa galería de personajes esenciales en su formación. ¿Qué rostros o nombres vienen a tu mente cuando te remontas a esos primeros tiempos? Influencias, que siempre las hay, y que varían en todas las etapas de la vida profesional de un escritor… Pero algunos siempre permanecen… ¿cuáles serían esas influencias en tu caso?

Foto: Juan Carlos Mirabal

La mayor parte de mi niñez la pasé interno en una escuela para niños desamparados familiarmente: los Salesianos San Juan Bosco, de Guanabacoa, en La Habana. Allí descubrí el insuperable placer de la lectura. Y ésta, como ocurre tan frecuentemente, me llevó a la escritura. En esa institución nací como escritor, con una vocación contra la que no pudieron hacer nada los contratiempos ni las trastadas del infortunio. También en los salesianos aprendí a practicar la bondad como principio humano, no para ganar el cielo ni para salvarme de nada, porque no soy religioso, sino como arraigo cultural al que respondo casi instintivamente, igual que se abren los ojos al despertar. El resto de mi formación como escritor, poniendo a un lado los estudios académicos, lo debo al vicio de la lectura. En ese sentido son muchos los nombres que me vienen a la mente, y no quiero aburrir. Más poetas que narradores, más extranjeros que cubanos. Aunque en este último caso me resulta inevitable coincidir con el tópico en nombres como el de Lezama o Virgilio o Lorenzo García Vega o Cabrera Infante. A los que agrego otros narradores como Soler Puig, Labrador Ruiz, Benítez Rojo, Reinaldo Arenas (en algunos libros más que en otros), Carlos Victoria, o Guillermo Rosales… Seguramente olvido nombres, pero en general me gusta más la poesía de Cuba que su narrativa. Bueno, es algo que no sólo me ocurre con la literatura cubana. Leo más poesía que narrativa. Aunque si de influencias se trata, puedo estar equivocado, pero yo no detecto la huella de ningún narrador cubano en lo que escribo. En cambio, con alguna frecuencia creo sentir el peso de la narrativa estadounidense, en particular de algunos miembros de aquello a lo que llamaron la Generación Perdida, o de escritores actuales a los que admiro mucho, como Don DeLillo. Otro tanto me sucede con narradores europeos de distintas épocas: Fleur Jaeggy, o Knut Hamson (a quien leo sin cansarme desde que era muy joven), Kafka -otro inevitable tópico-, John Banville, Georges Perec, o Thomas Bernhard… También algunos latinoamericanos, como los uruguayos Felisberto Hernández y Juan Carlos Onetti, como el chileno Roberto Bolaño, o el guatemalteco Rey Rosa, o como una nutrida lista de argentinos de distintas épocas, desde Juan José Saer, a Sergio Chejfec, a Fresán o Aira. Pero, insisto, leo más a los poetas, y tal vez me hayan influido más, aunque no soy poeta.

La vida es un eterno tránsito, una sostenida transformación y eso es visible en tu trayectoria profesional: de ejercer el periodismo en la isla, en ambos sentidos (el oficial y el independiente) a la escritura literaria. Cuando hoy miras a esos “años cubanos”, ¿qué tránsitos, qué transformaciones ocurren en ambos escenarios: el José Hugo Fernández comunicador y el José Hugo Fernández escritor?

La marca mayor y más enriquecedora me la dejó el ejercicio del periodismo independiente, labor que desarrollé durante más de veinte años continuos en La Habana. Esa experiencia iba a resultar determinante para mí, no sólo como periodista y escritor. También como ser humano. De hecho, abarcó casi toda mi etapa laboral activa en Cuba. Así es que más que tránsitos o transformaciones, yo diría que me aportó una formación profesional definitoria y me encaminó como ser social.

Festival Vista, Miami 2019. De izquierda a derecha: los escritores Ernesto Santana, José Hugo Fernández, Luis Felipe Rojas Rosabal y José Alberto Velázquez.

Sin lugar a dudas, tu reconocimiento literario comienza fuera de la isla, específicamente desde que decidiste vivir en Estados Unidos. Pero es curioso que, viviendo en “la capital del exilio cubano” tu obra apuesta más por lo universal que por lo netamente cubano, aunque muchos personajes sean cubanos y haya muchas situaciones “cubanas”. ¿Es consciente esa huída de esa forma del provincianismo que es “escribir en cubano sobre lo cubano y desde lo cubano”, como dijo una vez el inolvidable amigo Carlos Victoria al definir uno de los traumas de la literatura cubana de la diáspora?

El distanciamiento es absolutamente consciente, además de espontáneo y orgánico. Mis tramas discurren por lo general en Cuba o en Miami, o en ambos escenarios a la vez. Pero, ética y estéticamente, rechazo esa tontería según la cual el origen o la nacionalidad de un escritor deben ser identificados por el “color local” de sus textos. Sobre la literatura cubana y latinoamericana, por no ir más lejos, continúa gravitando ese atavismo colonialista. Y en nuestro caso ha hecho metástasis bajo el fidelismo, con su demagogia patriotera, sus dogmas, su sectarismo cultural y político y su mentalidad de aldea. Tanto llegó a arraigar, que está presente en una considerable porción de los libros escritos y publicados por cubanos aquí en Miami. Desde luego que el mercado del libro, fundamentalmente el europeo, también ha potenciado y alimenta el prejuicio porque le reporta dividendos. Por cierto, es otro renglón en el que (según creo yo) los poetas cubanos les llevan ventaja a los narradores.

Nanas para dormir a los bobos (Premio Reinaldo Arenas, 2017) y El hombre con la sombra de humo (Premio Hypermedia de novela, 2020) son dos de tus libros más recientemente premiados. Me gustaría que definieras a los lectores qué van a encontrar si deciden leer esos dos libros.

La mayoría de los relatos de “Nanas para dormir a los bobos” fueron escritos en Miami, aunque también incluí algunos que traje inéditos desde Cuba. Digamos que se trata de una especie de galería con personajes que viven experiencias extremas en las dos orillas. Tales vivencias están relacionadas con los temas básicos de la literatura: la soledad, el amor, la muerte, la tragedia social o política, los recovecos de la psiquis humana, los misterios de la existencia… No practico el realismo como tendencia. Esos relatos, como casi todos los que he escrito, son híbridos, con recurrencias fantásticas y otros recursos que tomo de diferentes géneros para disfrutar mezclándolos. “El hombre con la sombra de humo” se mueve también dentro de esa cuerda. Desde Cuba y a lo largo de varias regiones estadounidenses, la novela sigue las aventuras de un enigmático personaje que lo mismo pudiera ser Dios o el diablo, un extraterrestre, un espectro, un mago criminal o una alucinación… 

LOS TIMBALES DE DIOS: Apuntes para una revisión de la historia de la guapería en Cuba, es un libro de ensayo que obtuvo mención en el Premio de Ensayo Carlos Alberto Montaner en 2019… ¿cómo se lo presentarías a un potencial lector para incitarlo a que lea ese libro?

“Los timbales de Dios” es un ensayo novelado. Estructuralmente es otro híbrido donde utilizo recursos formales de la novela para examinar, reflexionar, teorizar en torno a ciertas particularidades de ese fenómeno socio-cultural (y maldición histórica) al que llamamos la guapería cubana. Para ello, trato de vincular hechos, circunstancias y personajes con alguna incidencia en la historia de Cuba, desde los tiempos de la conquista hasta hoy. Digamos desde Hatuey hasta actuales campeones del boxeo profesional, pasando por Alberto Yarini, Fidel Castro y tantos otros globos inflados.

Te hago el reto de que te separes de tu obra, que te mires como un supuesto crítico que desea valorar la obra de José Hugo Fernández… ¿qué diferencias hay entre el primer libro publicado, que siempre es un suceso emocional entrañable y, por ejemplo, Mujer con rosa en el pubis, el libro que acabas de publicar este año con la editorial Primigenios, ese cada vez más sólido proyecto editorial de nuestro común amigo Eduardo René Casanova Ealo?

La novela “Mujer con rosa en el pubis” la publiqué cuando aún vivía en La Habana, en el año 2013. Esta tirada de la editorial Primigenios es una reedición. Pero si tomamos como una obra reciente la novela “Para que bailen los osos”, publicada hace un par de meses por la editorial Dos Islas, no hay dudas de que existen diferencias con respecto a mis primeros libros. Esos primeros libros me los publicaron en el exterior, aunque vivía en Cuba, pues allá nunca pude (ni quise) publicar. La diferencia que yo noto entre mis primeros libros y los actuales tal vez se deba al acceso que he tenido a muchas obras y autores que en Cuba no conocía o sólo había leído muy fragmentariamente. También la madurez alcanzada con el paso de los años o los avatares de la existencia habrán hecho lo suyo. Cortando güevos se aprende a capar, dicen o decían los guajiros cubanos.    

“La otra orilla de la cultura cubana”, “el cementerio del artista cubano”, “páramo de la cultura cubana”… son etiquetas que escuchamos todos en Cuba sobre la vida cultural en Miami. ¿Cuándo tuviste que emigrar, que pensabas sobre esas etiquetas y qué cambió al radicarte en Estados Unidos?

Cuando irremediablemente debí acogerme al exilio político, no me resultaba ajena del todo la vida cultural de Miami, porque pasé muchos años escribiendo desde La Habana para Cubanet y para otros medios miamenses. También había publicado varios libros con editoras de esta ciudad. Sabía que aun más que exactas, eran mal intencionadas ciertas etiquetas como esa de “páramo de la cultura cubana”. Desde luego que Miami no se puede comparar con las grandes ciudades europeas que acumulan siglos de rica tradición cultural. Su auge económico sobrepasa con creces el de su ascenso a lo que llaman la gran cultura. Pero tampoco está en cero. Especialmente en los últimos años, la vida cultural miamense ha experimentado una creciente movida, pero me extendería demasiado si me pongo a relacionar pormenores. Además, cuando mencionamos el término “vida cultural”, serían convenientes algunas puntualizaciones. Por citar un solo ejemplo, a mí me parece admirable el modo en que esta ciudad rescató (y ha salvado de la extinción) un importante grupo de tradiciones de la cultura popular que en buena medida eran (son) joyas de nuestra identidad y que fueron arrasadas por el régimen fidelista. En esa dirección, el verdadero páramo ha sido La Habana, por más que muchas instituciones “culturales” europeas le sigan concediendo premios. Desde luego que no sólo la mala intención y la manipulación política han incidido en la mala prensa que presenta a Miami (sobre todo ante Europa) como el cementerio del artista cubano. También han pasado por aquí escritores y artistas honestos a los cuales no les cautivó la ciudad. Cuestión de gustos. Para mí en lo personal, instalarme en Miami representó la materialización de un gran sueño, que es poder escribir en paz, ajeno al mundanal ruido y en plena libertad. Nada más necesito para ser feliz. No me interesan la fama, ni el figurado, ni el protagonismo. Soy alérgico a las candilejas y a la algarabía. Soy antisocial, aunque a veces me toca esforzarme para no dar la nota. Entonces, bajo estas premisas, me daría lo mismo vivir aquí que en el planeta Mercurio, siempre que disponga de tranquilidad y libertad para trabajar. Pero fue aquí donde me acogieron, y en tal sentido no tengo ni la menor queja.

Cuba, isla controvertida como pocos sitios en este mundo por ese fatalismo histórico que nos asfixia y, curiosamente, nos ha catapultado a “tema de interés” en muchas partes del mundo… ¿qué piensa José Hugo Fernández, escritor, de Cuba, tanto en lo concerniente a lo histórico/social como a lo concerniente a “lo cubano” como materia prima para la literatura?

Lo cubano, igual que lo congoleño o lo paquistaní o lo de cualquier otro sitio, es materia prima de gran interés para la literatura, en tanto somos parte de la humanidad. Sólo por eso en principio. Luego, viene lo anecdótico, que también es arcilla para la creación artística. Y en el aspecto anecdótico están contenidos los detalles del fatalismo histórico que tú mencionas. Desafortunadamente, muchos escritores cubanos de las últimas décadas se han limitado a florear en torno a ese fatalismo histórico, bien para disfrazarlo o para explotarlo comercialmente o para reseñarlo sin profundizar en sus esencias. Es así como (creo yo) la literatura cubana (salvo excepciones, y no pocas) se convirtió en apéndice del propio fatalismo histórico. Tal vez nos cueste tiempo, pero iremos saliendo de ese bache. Recetas al margen, en las que no creo, me parece que ya va siendo hora de que reevaluemos conceptualmente “lo cubano” como materia prima para la literatura.  

Si te vieras obligado, desde tu experiencia como escritor, a darle tres consejos a esos colegas tuyos que no han logrado el impacto crítico que ya tiene tu obra, ¿qué les dirías?

Creo que la mejor manera de mejorar algo es haciéndolo de nuevo, una, otra y otra vez. Quien no disponga de una auténtica vocación se cansará. Y quien lo haga sólo por ser reconocido, por darle de comer al ego, estará perdiendo el tiempo. Pero todo escritor de raza disfrutará en el intento, sea cual sea el resultado, con y sin impacto crítico, porque el máximo placer radica en largar el bofe ante el teclado.  

Finalmente, pregunta gastada pero siempre necesaria: ¿en qué proyectos andas actualmente?, ¿qué puede esperar el lector próximamente de tu autoría?

Pronto terminaré de escribir un libro con relatos que, aunque son unitarios, forman parte de un conjunto temático y transcurren todos en un mismo escenario: un condominio miamense en el que residen cubanos de diferentes generaciones, así que con distintas historias, maneras de pensar y actitudes ante la vida. Hay otros proyectos en marcha, pero este debe ser el próximo que veré publicado.