Buñuel Feminicidios Fílmicos: Él (1952) y “Ensayo de un crimen” (1955)

                                              

Uno de los motivos de nuestra presentación sería de carácter conceptual, y podría plantearse a través de la pregunta: ¿qué término resulta más apropiado para juzgar a una parte del cine de Luis Buñuel, ¿filmcidio o feminicidio? La duda empezaría a despejarse si recordamos que, tras medio siglo como director y treinta filmes realizados, la mayor parte de sus películas se centraron en la figura femenina, tanto en la etapa de puro surrealismo del cine mudo (1920) como en el periodo en México (1940-1950) en el que mezclaba surrealismo con melodrama, durante el breve regreso a España (1960) en el que experimentó a vaciar en un molde al surrealismo con el drama, o al final de su vida en Francia (1970), combinando los atrevimientos surrealistas de la juventud con la reflexión histórica y filosófica de la vejez.

De todo ese largo peregrinar queda el recuerdo de los rostros y los cuerpos de un grupo de divas del cine latino y europeo a las cuales Buñuel convirtió en iconos de los deseos reprimidos de varias generaciones de espectadores. En primer lugar, la actriz Silvia Pinal -recientemente fallecida- que no solo fue un icono sino una suerte de fetiche personal de Buñuel en el “rodaje” de “Viridiana” (1961), “El ángel exterminador” (1962) y “Simón del desierto” (1964). A Silvia Pinal se sumarían otras divas de la “época de oro del cine mexicano”: Lilia Prado (“Subida al cielo”, 1951, “Abismos de pasión”, 1953 y “La ilusión viaja en tranvía”, 1953); Rosita Quintana (“Susana”, 1950); Katy Jurado (“El bruto”, 1952), Columba Domínguez (“El rio y la muerte”, 1954), Miroslava Stern (“Ensayo de un crimen”, 1955), Rita Macedo (“Ensayo de un crimen”, 1955 y “Nazarín”, 1958), María Félix (“La fiebre monte a El Pao”, 1959). También engrosarían la lista de divas internacionales empleadas por Buñuel en sus filmes, las “starts” del cine europeo Simone Signoret (“La morte en ce jardín”, 1956), Jeanne Moreau (“Le Journal d’ une femme de chambre”, 1963), Catherine Deneuve (“Belle de Jour”, 1966 y “Tristana”, 1969), Monica Vitti (“El fantasma de la libertad”, 1974) y Angela Molina (“Ese oscuro objeto del deseo”, 1977).

Nuestro interés se dirigirá a los filmes “Él” (1952) y “Ensayo de un crimen” (1955). Ambos se corresponden con la estancia de Buñuel en México (1940-1950) y son muestras relevantes de las obsesiones psicológicas y estéticas del director en el tratamiento de celos, misoginia y feminicidio. Con estos tres elementos “a la mano” se podría componer un “culebrón” televisivo de perfil melodramático, pero Buñuel supo sortearlos como posibles escollos que hubieran hecho naufragar su proyecto fílmico, el cual, lejos de omitir el lado pasional en los asesinatos de mujeres por celos y misoginia de los criminales, los enaltece como De Quincey en “Del asesinato considerado como una de las Bellas Artes”.

Él (1952) cuenta en los roles protagónicos con la pareja de Arturo de Córdova (Francisco Galván) y Delia Garcés (Gloria Milalta). Tiene una duración de 92 minutos. Buñuel trabajó en el guion con Luis Alcoriza -fetiche del director como la actriz Silvia Pinal-, autor de la mayoría de los guiones de sus filmes.

Él está basado en una novela de Mercedes Pinto, escritora nacida en Canarias y radicada en México. En el guion participó indirectamente Salvador Dalí, fundador del surrealismo junto a Buñuel y Lorca en la Residencia Estudiantil Universitaria (Madrid, 1920). Dalí le transmitió sus conocimientos acerca del método paranoico crítico. Su noción de paranoia crítica insistía en que el fenómeno paranoico es de tipo seudo alucinatorio, ilustrando sus ideas a través de las imágenes dobles: en pintura, afirmaba, la imagen de un caballo podría ser al mismo tiempo la imagen de una mujer.

Él es el retrato en primer plano y en primera persona de un paranoico. Buñuel se sentía a gusto con el tema, y afirmaba que los paranoicos eran como los poetas: «nacen así, locos, interpretan siempre la realidad en el sentido de su obsesión, a la cual se adapta todo”.

Él es una película que despertó el interés de la academia francesa. Abundaron las referencias en publicaciones como “Journé du Cinema”, “Cahier du Cinema”, “Positif y las de exaltados críticos y escritores como  Prevert, Bazin, Dubreuilh y Sadoul, siendo una excepción, el escritor surrealista Jean Cocteau, quien aseguró que Buñuel “se había suicidado” al presentar este filme en el Festival de Cannes en 1953.

En el libro de conversaciones autobiográficas “Prohibido asomarse al interior”, el crítico de cine mexicano José de la Colina, le comenta a Buñuel: “Yo creo que en el protagonista de Él ha puesto usted algo de su modo de ser”. Y Buñuel, dado a aprovechar cualquier motivo para promover escándalo, le responde: “Quizás es la película donde más me he puesto yo. Hay algo de mi en el protagonista”.

Durante el tiempo en el cual Buñuel dirigía sus filmes, el psicoanalista Jacques Lacan ejercía la profesión médica en Francia. Lacan no iba al cine como la mayoría del público a “pasar el rato entretenido” sino en búsqueda de filmes que avalaran sus teorías psicoanalíticas. El método de Lacan consistía en desechar la narrativa del filme y centrarse en las imágenes como ejemplos de patologías y desórdenes mentales. En los ensayos de los argentinos Daniel Zimmerman (“Lacan y el cine”) y Carlos G. Motta (“Las películas que Lacan vio y aplicó al psicoanálisis”), se afirma que Lacan fue muy riguroso en la selección: solo 17 filmes en más de 30 años le resultaron de interés para sus estudios psicoanalíticos.

Curiosamente, en la lista de los filmes eliminados, hay algunos “clásicos” del cine europeo de 1960 como “La dolce vita” de Fellini, “If …” de Anderson e “Hiroshima mon amour de Resnais, mientras desbordaba en elogios para un filme con presupuesto máximo de $ 50,000 dólares (Él) hecho por un director (Buñuel) prácticamente desconocido en el México de principios de 1950.   

Buñuel y Lacan se habrían conocido personalmente en la proyección de la película, Él, que Lacan alabó en alto grado, reconociendo su carácter documental respecto de la paranoia, razón por la cual la comentó entre sus alumnos y recomendó a sus colegas. Ambos (Buñuel & Lacan) por vías diferentes, coincidieron en las complejidades de la mente humana, y ambos, en sus vidas profesionales, mostraron un deseo innato de comprender y dar sentido al pensamiento humano. Del encuentro casual entre la ciencia del pensamiento (Lacan) y el arte visual del cinematógrafo (Buñuel), dejó testimonio el segundo en una carta dirigida a su amigo y guionista, el mexicano Luis Alcoriza:

“Hace tres días, la Unesco organizó una sesión con “Él” para los psiquiatras de París. Había una cincuentena de estos seres en la sala de proyección: Dr. Jacques Lacan, el más famoso del mundo en estudios sobre Paranoia, director del Hospital St. Anne de Paris, el Dr. Evy, director del Hospital de Chartres, etc., etc., etc. Sería largo contarte al detalle lo que dijeron y me preguntaron al terminar la proyección. Total: les pareció perfecta la descripción del tipo. Se extrañaron de que hubiéramos podido profundizar tanto en el personaje. El Dr. Lacan es la segunda vez que veía el filme. Por todo, esa reunión me produjo una gran alegría. Siento que no la compartieras conmigo, ¡oh, discípulo predilecto…”

¿Qué tipo de situaciones en “Él” despertaron el interés de Lacan hasta el punto de convertir un producto estético en objeto de estudio psicoanalítico y hacer de Francisco Galván (actor Arturo de Córdova) un paciente de diván freudiano?

Francisco como buen paranoico está empecinado en interpretar la realidad en función de su delirio. La paranoia comienza a manifestarse desde el principio: queda fascinado -amor a primera vista- por Gloria (actriz Delia Garcés), la prometida de un amigo e invita a ambos a su casa cuando se entera de que van a casarse. Gloria anula su compromiso y en sorprendente twist se casa con Francisco. Durante la luna de miel, la pareja se encuentra con Ricardo, un conocido de Gloria. Francisco empieza a “atar cabos” e interpreta todo como si entre ellos existiera desde antes una relación íntima. Sus sospechas infundadas le parecen irrebatibles cuando la casualidad hace que Ricardo se hospede en el hotel en la habitación contigua a la suya.

En una secuencia de “voyeur freudiano”, Francisco introduce una aguja por el ojo de la cerradura de la puerta entre ambas habitaciones, esperando reventar el ojo de Ricardo que está seguro lo atisba a él y a Gloria del otro lado de la cerradura.

La vida matrimonial de Francisco y Gloria, paulatinamente, como consecuencia de los celos terribles, se convierte en un infierno. Francisco intenta reprimirlos, pero puede más el tormento íntimo del protagonista. En la pantalla se suceden episodios melodramáticos y rocambolescos, en los cuales, “fantasea” con asesinar a su esposa con formas extraídas “Del asesinato considerado como una de las Bellas Artes”.

Por ejemplo: (1) asesinar a Gloria con una revolver cargado con balas de fogueo (2) lanzándola desde lo alto de un campanario (3) ahorcándola con una soga (4) degollándola con una navaja y otro más que, por sorprendente e ingenioso, no pasó inadvertida al ojo freudiano de Lacan. Al ver aparecer en pantalla a Francisco con hilo y aguja, exclamó en la butaca: “¡Eureka, he aquí un ejemplo sublime de celotipia!” Fuera de control, totalmente paranoico, Francisco piensa asegurar la fidelidad de su esposa, a falta de “cinturón de castidad medieval”, intenta coser con hilo y aguja la vagina de Gloria y, de esta forma insólita, superar cualquiera de las propuestas de bellos asesinatos al estilo de Quincey con un homicidio grotesco al estilo del Marqués de Sade en “Las ciento veinte jornadas de Sodoma”. Finalmente, creyendo que todos se ríen de él por la supuesta infidelidad de Gloria, en un arranque de ira, al verla entrar en una iglesia, la sigue y estrangula delante del altar al padre Velasco, su guía espiritual, la única persona que ha estado de su parte. Luego de cometido el homicidio -real o simbólico- Francisco, aterrorizado por las emanaciones de su siquis perturbada, se interna en un convento de monjes cartujos con voto permanente de clausura y voluntario enmudecimiento de palabras.   

Entre la producción de “Él” (1952) y “Ensayo de un crimen” (1955) median tres años. Irónicamente, podríamos asegurar que, en ese breve periodo de tiempo, lejos de “regularse” o “normalizarse”, los males de la paranoia, la celotipia, la misoginia y el feminicidio se agravaron en el cine de Luis Buñuel. En ambos filmes hay una constante: es superior “el goce” de planear los asesinatos de las víctimas femeninas (causalidad) a cometerlos en la realidad pese a que resulten fallidos, no por falta de perfeccionamiento del plan del homicida sino por “fallos del destino” (casualidad). 

El mejor ejemplo de esta dualidad entre causalidad en el planeamiento de los crímenes y casualidad en la ejecución de los feminicidios es la película “Ensayo de un crimen” (1955), distribuida internacionalmente como “La vida criminal de Archibaldo de la Cruz” en busca de mayor impacto en las taquillas. Con una duración de 89 minutos, la película está basada en la novela “Ensayo de un crimen”, del autor mexicano Rodolfo Usigli que estuvo en desacuerdo con la adaptación cinematográfica de Buñuel, llevó el pleito a los tribunales y al no prosperar la demanda judicial, tuvo que conformarse con la inserción en los créditos de una cláusula que advertía que el filme se «inspiraba en la novela”.

Mientras el litigio legal se extendía en los tribunales, la película se hacía popular en las salas de proyección al contar con la participación de tres divas del cine mexicano: Miroslava Stern (Lavinia), Rita Macedo (Patricia) y Adriana Walter (Carlota). De las tres, dos murieron trágicamente en situaciones similares a las del filme.

Miroslava el 9 de marzo de 1955, dos meses antes del estreno. Una coincidencia premonitoria aparece en la película, la escena donde Archibaldo quema el maniquí que se parece a ella como en vida le sucedió a Miroslava un poco más tarde, cuando su cuerpo sin vida, encontrado en el lecho, supuestamente por envenenamiento, fue igualmente cremado.

Patricia, el personaje de Rita Macedo, quien se suicida en la película, hizo lo mismo treintaiocho años después, el 5 de diciembre de 1993, quedando la muerte ficticia del filme como premonitorio y adjudicable a la “jettatura” que según algunos de los enemigos de Buñuel acompañaba al cineasta: “una maldición gitana del mal de ojo, por la cual todo lo que el maldito mira sufrirá mala suerte”. 

Si en “Él” el feminicidio tiene una sola víctima: Gloria Milalta, en “Ensayo de un crimen” tendrá casi una media docena. Conceptualmente, “Ensayo de un crimen” se atiene a los lineamientos de la definición de feminicidio. Esto es: “asesinato de una mujer a manos de un hombre por machismo y/o misoginia”. La escritora feminista sudafricana Diana Russell, promotora del concepto, explicó que “el feminicidio representa el extremo de un continuum de terror antifemenino que incluye una variedad de abusos verbales y físicos como violación, tortura, esclavitud sexual, abuso sexual infantil incestuoso o extrafamiliar, golpizas físicas y emocionales, entre otras”.

En la narrativa de “Ensayo de un crimen”, hay varios ejemplos de misoginia que, llevados al paroxismo, se tornan en actos feminicidas.

(1) Archibaldo, un hombre rico, le cuenta una historia de su infancia a una monja. Durante la Revolución mexicana, su institutriz le contó sobre la caja de música que lo entretiene: era de un rey y tenía el poder de matar a sus enemigos al desearles la muerte y oír la melodía. Para probar la magia, activa la música y su institutriz, que mira por la ventana, es alcanzada por una bala y Archibaldo se convence de que la había matado. Saberse asesino en el pasado lo hacía sentirse poderoso en el presente. Amenaza a la monja a la que cuenta la historia con una navaja, pero huye y cae al vacío de un ascensor abierto.

(2) Llamado por el juez que investiga el incidente, confiesa que mató a la monja y que no es su primera víctima. Escucha sonar a su caja de música en una tienda de antigüedades. Una mujer llamada Lavinia (actriz Miroslava Stern) y su prometido piensan comprarla, pero convence al vendedor de que se la dé a él. En casa, echa a andar a la caja de música y se corta al afeitarse: la sangre le trae recuerdos del cadáver semidesnudo y ensangrentado de su institutriz.

(3) Carlota (actriz Adriana Welter) una joven a la que corteja se encuentra con Patricia Terrazas (actriz Rita Macedo), quien lo reconoce en un salón de juegos. Le da a Carlota un jarrón y dice que tiene sentimientos homicidas que lo asustan, pero cree que puede salvarse a su lado con su pureza. En el salón de juegos, ve a Patricia y la escucha discutir con su amante, la sigue cuando se va y ofrece llevarla a su casa, haciendo una parada antes para buscar su navaja. Mientras Patricia sirve bebidas, imagina matarla, pero el amante llega, interrumpe su plan y se va. Por la mañana, un policía le dice que Patricia se suicidó.

(4) Tras constatar la muerte de la posible tercera muerte de sus deseos misóginos, bebiendo solo en un bar, Archibaldo ve a Lavinia arder en llamas dentro del vaso de bebida y se le despiertan instintos asesinos. Lavinia le da una dirección. Visita a Carlota y le propone matrimonio, pero dice que necesita tiempo para decidir. Va a la dirección que le dio Lavinia: una tienda de ropa donde hay un maniquí que se parece a ella. Pregunta quién hizo el maniquí y visita al escultor. Lavinia está allí y queda impresionada de que la haya encontrado. Le asegura que no vive solo y ella acepta ir a su casa para modelar. Lavinia va a verlo y le presenta a su prima y Lavinia se divierte al ver que la «prima» es el maniquí que compró.

(5) Archibaldo enciende el horno alfarero mientras Lavinia intercambia ropa con el maniquí. Intenta besarla, pero se resiste y besa al maniquí y Lavinia a él y comienza a quitarle la ropa al maniquí y él le pide que la deje y se quede con la ropa que compró para el maniquí.

(6) Lavinia mira un álbum de fotos de su infancia y se acerca por detrás cuando suena el timbre. Abre la puerta y un grupo de turistas irrumpe. Lavinia los invitó a su taller de cerámica, pero él se enoja con la broma. Ella le dice que se va a casar, no la volverá a ver y se va con los turistas.  

(7) Archibaldo toma el maniquí, lo mete dentro del horno, lo quema en efigie mientras observa curioso y perverso cómo se derrite entre las llamas. Carlota llega y le dice que acepta su propuesta de matrimonio. Va al apartamento de Alejandro, el amante de Carlota y los ve a ambos.

(8) Decepcionado porque no parece ser tan pura como pensaba, fantasea con dispararle la noche de bodas con vestido de novia después de hacerla rezar, pero el plan se frustra cuando, tras de la ceremonia, Alejandro le dispara y la mata en su lugar.

(9) Tras escuchar la lista de feminicidios, el juez dice que, si bien tiene potencial de ser un criminal, no ha cometido delito. Sintiéndose culpable de la muerte de media docena de mujeres, regresa a  casa y activa la caja de música. La mete en un saco y la arroja a un lago. Se siente absuelto y, de regreso, encuentra a Lavinia quien le cuenta que, después de todo, no se casó. Se toman del brazo y se van juntos.

CONCLUSIONES

“Ensayo de un crimen” es la historia de un candidato a asesino serial cuyas víctimas femeninas mueren antes de que él tenga la oportunidad de asesinarlas. Archibaldo de la Cruz es culpable de pensar, imaginar y planificar asesinatos, pero no de cometerlos. En términos cristianos: peca por intención, no por defecto y los varios intentos fallidos de crimen igualan al Archibaldo de “Ensayo de un crimen con el Francisco de “Él”.

En la lista de feminicidios -reales o fingidos- cometidos por Francisco y Archibaldo, se mezclan los de carácter intimo con los no íntimos. En los primeros estarían los de una mujer asesinada por una persona del sexo masculino con la que habría tenido vínculo amoroso (Francisco & Gloria), pero también el que asesina a una mujer que haya rechazado una relación íntima (Archibaldo & Lavinia). Los segundos se tipifican por la muerte de una mujer cometida por una persona del sexo masculino que sea desconocido por la víctima (Archibaldo & Patricia–Archibaldo & Carlota—Archibaldo & Lavinia).

Si aplicamos a ambos filmes los razonamientos de Thomas de Quincey en “Del asesinato considerado como una de las Bellas Artes”, los crímenes perfectos planeados por Francisco y Archibaldo, aunque fallidos, se pueden considerar crímenes artísticos. Estéticamente, se dieron a conocer al público y han causado efectos patéticos que afectaron su sensibilidad. O en palabras de Aristóteles al definir a la tragedia: “han purificado el corazón mediante la compasión y el terror”.

Thomas de Quincey reflexiona en su libro sobre la forma en la cual el asesinato artístico se distancia de una  visión moral del crimen; esta interviene cuando el crimen aún no se ha ejecutado ni se está realizando. En este sentido, el crimen único de Francisco y la media docena de crímenes de Archibaldo se igualan no solo en el planeamiento ideal y en su no consumación, sino que, enfrentados al espejo de la perfección del crimen artístico, salen ganadores por partida doble. Nunca se llegaron a ejecutar, es decir, son inocentes, están libres de culpa y susceptibles de ser perdonados: Francisco por la justicia divina (moral celestial) al ponerse en “manos de Dios” y encerrarse en un convento por el resto de su vida y Archibaldo por la justicia civil (moral civil) al ser absuelto por la policía y los jueces de los crímenes de los cuales se auto imputaba. 

Thomas de Quincey en “Del asesinato considerado como una de las Bellas Artes”, señala que tras ser consumado el crimen, la víctima deja de sufrir y el asesino desaparece de la escena, la virtud (moral) “es innecesaria” y llega “el momento del buen gusto y de las Bellas Artes”; es decir, interviene la Estética y nos lleva a reconocer que hechos moralmente reprobables (crímenes) produjeron algo meritorio (arte) cuando empiezan a juzgarse por los preceptos del buen gusto como en su momento hicieron Lacan, la crítica cinematográfica y los espectadores con los feminicidios fílmicos de Luis Buñuel.

(Presentación realizada en el 59rh Congress South Council Latin America Studies (SCOLAS) Albuquerque, New Mexico. Marzo 2025) 

El condotiero, la domadora y el escritor

Tomado de la novela homónima
El condotiero, la domadora y el escritor, Ilíada Ediciones, 2023

Alfredo Antonio Fernández (La Habana, Cuba) Licenciado en Historia por la Universidad de La Habana, Master en Estudios Latinoamericanos en la UNAM, México y Doctorado en Español de la University of Houston, Estados Unidos, donde reside actualmente. Ha publicado: El Candidato (Premio de la Unión de Escritores de Cuba, 1978), Crónicas de medio mundo (relatos, 1982), La última frontera, 1898 (novela, primera finalista Premio de la Crítica, Cuba, 1985), Del otro lado del recuerdo (novela, 1988), Los profetas de Estelí (novela, Feria Internacional del Libro, Guadalajara,1990), Lances de amor, vida y muerte del Caballero Narciso (Premio Razon de Ser de novela, 1989 y Premio Alejo Carpentier de Novela 1993, de la Fundación Alejo Carpentier), Amor de mis amores ( novela, Planeta, México, 1996) y Adrift: The Cuban raft people (Rockfeller Foundation Grant, 1996; Arte Publico Press, Estados Unidos, 2001), Bye, camaradas (novela, 1era finalista Premio Internacional Novela Marcio Veloz Maggiolo, New York, 2002 y finalista Premio Novela La ciudad y los perros, Madrid, 2003, publicada en la Editorial El barco Ebrio, España, 2012) y A traves del espejo. El cine hispanoamericano contemporaneo. Volumen I (ensayo, Editorial El Barco Ebrio, España, 2013). Sus libros más recientes son la novela Aló, marciano y el libro de ensayos Buñuel In memoriam (ambos por la Editorial El Barco Ebrio, España, 2015). La editorial Iliada Ediciones acaba de publicar su novela El condotiero, la domadora y el escritor, tercera y última parte de la serie que incluye a Dominó de dictadores y Citizen Kane se fue a la guerra (novela que resultó 1era finalista en el Premio Internacional de Literatura «Hypermedia», 2020).


CHE X CHE
CÓRDOBA, ARGENTINA
OCTUBRE 1951

Y…

me atreví a proponerle matrimonio a Chichina Ferreyra.

-Acompáñame amor, de peregrino y aventurero por la América del Sur.

En la carta que me envío desde el balneario de Miramar, amor aquí estoy, en el litoral atlántico argentino y reiteraba te quiero amor, pero no dejaba duda sobre la ruptura.

No, amor. No, no.

Y al terminar, citaba una línea de mi primera declaración de amor: ¿crees que una mujer se puede sentir segura al lado de un hombre que afirma sé que soy lo más importante que hay en el mundo?

Dos veces amor, reiteré mi propuesta de matrimonio y dos veces amor, se negó a que nos echáramos por los caminos de Sur América por los que la llevaría de la mano de Córdoba a Santiago del Estero y a Tucumán.

No, amor. No, no.

La llevaría a andar en tren por Santa Fe, a rodar en bus por Mendoza. A dar vueltas en camión por La Rioja, a dar brincos en moto por La Pampa. A pedalear en bici por Antofagasta, a morirnos de cansancio de tanto caminar a pie por Los Andes.

No, amor. No, no.

Y a medida que solitario me alejaba por páramos y montañas y cargaba sobre mi espalda su amor como una abultada mochila, su figura se desvanecía y se hacía humo en el aire y solo quedaban flotando sus palabras.

No, amor. No, no.

Pero no renunciaba a su amor. Insistía: Tú eres mi amor, tú. Y cargaba sobre la espalda el recuerdo de su amor y me repetía todo el día y a toda hora y en todo lugar: amaré a Chichina hasta en la Cochinchina.

No, amor, No, no.

El amor de Chichina era miel que se derramaba gota a gota. Miel con el sabor amargo de la despedida.

No, amor. No, no.

El amor de Chichina era amor de veras imposible y me dolía la falta de su amor como piedra en el zapato. Me dolía como a César Vallejo, amor. Me dolía porque hay golpes en la vida tan fuertes. Me dolía como a Pablo Neruda, amor. Me dolía repetir es tan largo el olvido y tan corto el amor. Saber que no estaría más contigo, amor. Nunca más, amor.

No, amor. No, no.

Y a solas me confesaba con Quevedo, el mío era amor constante más allá de la muerte. Más allá del olvido. Más allá del horizonte. Más allá del mar. Más allá de la tierra. Más allá de cualquier límite. Más allá de todo. Más allá estás tú, amor. Yo en el más acá y tú en el más allá, amor. Yo siempre en el camino y tú siempre en la eternidad, amor.

No, amor. No, no.

Que te quiero amor, le decía en cartas y te quiero, repetía en telegramas. Que no me olvido de ti, amor y aunque tú no me quieras, yo a ti te quiero, amor.

No, amor. No, no.

Y volvía a sorber en el recuerdo la miel agridulce de los días pasados en el balneario de Miramar. Amor cerca del mar, de lo ideal, del infinito. Amor siempre Amor.

No, amor. No, no. 

Fue una mañana gris de octubre, había ido a Córdoba de vacaciones y de paso a ver a Chichina, aunque fuera de lejos. Bajo la parra de la casa de mi amigo Alberto Granado tomábamos mate y comentábamos las incidencias de la perra vida, incluido el desamor entre Chichina y yo.

No, amor. No, no.

Alberto se lamentaba de perder el puesto en el leprosorio de San Francisco de Chañar y el trabajo mal remunerado del Hospital Español y yo de haber abandonado a la Marina mercante argentina.

No, amor. No, no.

Por los caminos paralelos del ensueño, viajamos a remotos países tibetanos, trepamos al Monte Everest con la guía espiritual del Dalai Lama y chupachupa de yerba mate y nuestras almas levitaron en el espacio sideral.

No, amor. No, no.

De regreso del viaje astral nos hicimos a la mar. Con Magallanes navegamos por mares tropicales y con Marco Polo visitamos toda el Asia. Y de pronto, deslizada al pasar, como parte de nuestros sueños, surgió la pregunta:

– ¿Y qué tal si nos vamos a Norteamérica?

– ¿A Norteamérica?

– ¿Cómo?

-Con la Poderosa, hombre…

No, amor. No, no.

La Poderosa era una moto Norton de 500 c/c propiedad de mi amigo Alberto Granado muy superior a mi bicicleta a la que había adaptado un motor italiano Cucciolo para que trepara montañas y recorriera llanos; pero, viajar desde la Argentina hasta los Estados Unidos era una tarea imposible para mi bicimoto.

No, amor. No, no.

Sin pensarlo, trepé a la moto. Di vuelta a la manija. El ronroneo de la moto era el que correspondía a una aceleración brusca. Le pegué un taconazo con la bota al pedal de arranque de la Poderosa II y partí a la conquista de América. Pero antes, en un último acto de amor sin palabras, dejé al cuidado de Chichina un cachorro de perro policía que apodé Come back con un guiño cómplice: yo también volvería.

No, amor. No, no.

En los próximos meses sólo vería el polvo del camino y a mi amigo Alberto y yo devorando kilómetros con la Poderosa en fuga hacia el Norte y lo que sigue no va a ser un relato de hazañas ni un cuento meramente cínico, será el relato personal de un hombre en los próximos nueve meses de su vida con historias que van de la más alta especulación filosófica al más bajo anhelo de un plato de sopa.

No, amor. No, no.

Mi boca narrará lo que mis ojos le contaron. No habrá sujeto sobre quién ejercer el peso de la ley. Será un viaje de ida y vuelta: la vuelta en redondo y el personaje que escribirá las notas morirá al pisar de nuevo la tierra argentina y dará paso a otro que será el que ordenará y pulirá los escritos.

No, amor. No, no.

Yo habré dejado de ser quién era y no seré más Yo. Y más de facto que de jure dejaré a los lectores con otro Yo. El Yo que fui Yo. Un Yo frente al espejo de otro Yo. ¿Otro Yo? 

No, amor. No, no.

Un Yo personal y único que aprendió de otro Yo a amar a Yo. Yo diez veces Yo. Yo multiplicado por Yo. Yo a lo Yo de Max Stirner en El único y su propiedad. Yo kierkegaardiano. Yo nietzscheano. Yo de Borges y yo.

No, amor. No, no.

Yo de Borges que afirma: Yo vivo y Yo me dejo vivir para que el otro Borges trame su literatura. Yo le enmendé la plana al Yo de Borges. Yo (re) escribí el párrafo a la manera de… Yo vivo y Yo me dejo vivir para que el Yo del Che trame su revolución.    

No, amor. No, no.


LA DOMADORA
CÓRDOBA, ARGENTINA
OCTUBRE 8, 2007-OCTUBRE 8, 1947

Es una oportunidad entre mil la que se nos presenta a mi amiga Celia y a mí. Una oportunidad manufacturada por la casualidad y no por el raciocinio. Es, sobra decirlo, una oportunidad única. La oportunidad de mirarnos a los ojos, vernos de veras y no de leer a la distancia sobre nuestras respectivas actividades clandestinas: Milonga en el laberinto del Minotauro de Creta y Crimilda en el vientre de la ballena Moby Dick.

La oportunidad de decirnos las cosas directamente, no a través de intermediarios. La oportunidad de estrechar manos y abrazarnos. La oportunidad de que nuestras lágrimas rueden libremente mientras nos miramos. La oportunidad de sentirnos útiles a la causa que hemos elegido y a la cual servimos a mil millas una de otra.

-Hay mucho qué hablar, Crimilda…–me dice en clave.

– ¿Noticias del Edén, Milonga? –le respondo sin salirme del cifrado secreto convenido-. ¿Confirmaste lo de Helvecia?

Para Celia el encuentro representa la oportunidad de verme fuera de las acrobacias circenses y mi rol de domadora. Para mí es la oportunidad de bajar de los caballos y salirme de la pista. Para ambas es la oportunidad de vernos, admirarnos y abrazarnos. 

-Sí –me dice Milonga-. El hotel es ahora un centro de repatriación de gente sospechosa de pasado nazi. Hay alemanes, serbios, italianos, japoneses, croatas. Todos fachos.

– ¿Quién a cargo? -pregunto-. ¿Lo menos un ministro?

-Freude, Juancito y Contal –dice-. Toda gente de primera línea de Perón…

-Ponlo por escrito –le dije-. Helvecia debe saber…

– ¿La clave de siempre? –preguntó.

-Sí –respondí-, el mismo buzón.

Se hacía tarde, nos despedimos…

-Chau, Crimilda –me dice.

-Adiós, Milonga – le digo.

Y cada una subió por una escalera diferente para ir al salón-comedor…

Al igual que medio siglo antes admiro las lámparas de cristal que cuelgan del techo y las ventanas de tules descorridos que dan a la terraza que mira al jardín de amapolas.

Don Horacio Ferreyra ha dispuesto que la invitada de honor, Frau Clara Settembrini, antes domadora de caballos de un circo alemán de paso por Buenos Aires y ahora directora del Circo Nacional Argentino, se siente al lado de mi amiga doña Celia de la Serna que simula apenas conocerme y yo a ella un poco.

Don Horacio y su esposa se reparten por ambas cabeceras: Chichina y su joven pretendiente, Ernestito, el hijo de Celia, se ubican en el costado izquierdo. No los veo, pero tienen las manos juntas debajo de la mesa y sus rostros rojos como brasas al fuego.

Los criados van de la cocina al comedor; en preciso orden, nos sirven un consomé de codorniz, un bife con patatas asadas, espárragos a la crema, un bizcocho de chocolate y al final Don Horacio nos pregunta si queremos té o café.

Ernestito, que no ha parado de discurrir sobre lo humano y lo divino, se apresura a preguntar:

-Y, ¿por qué no cebamos un mate?

-Mate para criados –altanero Don Horacio-. La gente de bien bebe oporto.

Ernestito viste con desaliño, camisa de nilón medio sucia, pantalones negros sin planchar, un par de zapatos de cuero viejos y sin calcetines.

-A bientot –riposta-. Brindemos por los oporto-nistas, la gente de bien.

Celia me pega con el codo en el brazo y se sonroja cada vez que Ernestito interrumpe a Don Horacio.

-Este niño… -me dice-, no tiene pelos en la lengua ni lleva calzoncillos largos.

Le sonrío ahora que lo veo en el recuerdo con ojos de centenaria, ahora que visto tan desaliñada como Ernestito aquella noche: suéter de Ives Lacoste, jeans Wrangler y tenis Adidas. Me olvido de la mirada de ayer y con la mirada de hoy recorro la muestra de jarrones de porcelana de Sevres en el piso alto del Museo Superior de Bellas Artes Evita Perón, antiguo palacio Ferreyra, en la ciudad de Córdoba.

-Este niño… -me sopla Celia al oído-, no se calla ni ante el Papa.

Solo en un punto coincidieron Don Horacio y el joven Ernestito durante la cena: en el rechazo a Perón. Don Horacio, buen burgués gentilhombre, tomaba distancia ante el auge de los sindicatos peronistas. Los “cabecitas negras” decía, eran izquierdistas y socializantes. Ernestito, puro Avant Garde, atacaba a Perón por demagogo, populista y falso profeta de las masas. En los demás puntos ni una vez estuvieron de acuerdo. No se pusieron de acuerdo sobre la socialización de la medicina: Ernestito la defendía y Don Horacio la estimaba cosa de médicos graduados con malas notas. Discreparon sobre las elecciones en Inglaterra: Don Horacio defendía a la realeza por encima del sistema bicameral parlamentario y Ernestito se sentía diputado del Partido Laborista en la Cámara de los Comunes. Discreparon sobre el primer ministro inglés: Ernestito quería a un militante del Labor Party de filiación comunista y Don Horacio a un estadista como Churchill.

-Y que la Pampa sea como las Malvinas protectorado del Almirantazgo inglés –se burló Ernestito.

Le vuelvo a sonreír ahora que lo veo en la foto que empezó a circular por el mundo, hoy, ocho de octubre, hace exactamente cuarenta años. Lo veo sin camisa, los ojos abiertos, tendido boca arriba sobre la rústica mesa de una escuelita rural en Valle Grande, Bolivia. Muerto a tiros, de guerrillero como quería; de condotiero, como siempre quiso. Muerto a tiros por querer ayudar a los pobres.

-Vos mocoso, ¿me acusas de colonialista y anglófilo? – estalló Don Horacio y abandonó el comedor.     

En el recuerdo le volví a sonreír a ese que conocí de Ernestito, el hijo de mi amiga Celia de la Serna que al graduarse en Buenos Aires fue el doctor Ernesto Guevara de la Serna, andando el tiempo el comandante guerrillero Ernesto Che Guevara en Cuba, apodado por la tropa Fernando Sacamuelas en la Sierra Maestra, Che en La Habana y Tatú en la guerrilla congolesa.

En una segunda resurrección el comerciante de maderas Raúl Vázquez Rojas en Praga; en una tercera vuelta a la vida el técnico de la FAO Adolfo Mena en Viena; en un cuarto renacimiento Ramón en la guerrilla boliviana y en una quinta, última y fugaz reencarnación: Che al morir.

Y al que muchos tras medio siglo lo llaman por su nombre de pila bautismal, San Ernesto de La Higuera y por su nombre de guerra en clave de redención cristiana, San Ramón de Valle Grande: santo peregrino y milagrero, sin espacio en los altares, carente de aspergeos de incienso, pero que tiene bien ganado entre los pastores de la comarca de Valle Grande el don de protector de animales y se cuentan por legión los burros, chanchos, cabras y perros perdidos devueltos a sus dueños.

Ante tanta hazaña antes y después de muerto no pude menos que murmurar: Vos pibe, sos tremendo, te robaste la gloria del mundo y nos dejaste desnudos. Y desnudos seguimos en el laberinto hasta hoy a merced del siniestro Minotauro: mitad macho cabrío cretense depredador y mitad toro babilónico devorador de lengua de fuego.

Sin nadie al alcance de la mano que nos defienda del monstruo porque a Che Ernestito, el último que intentó hacerlo lo mataron cuando estaba indefenso. Y hasta hoy, 8 de octubre de 2007, aniversario cuarenta del asesinato del Che, sigo sin creer que sus últimas palabras fueron:

Soy Che Guevara, no disparen …

Sigo sin creer pese a que sus captores repitan que dijo: vivo valgo más que muerto …

No, Che nunca dijo eso ni pudo haber dicho algo parecido.

Che les dijo: soy Che Guevara, no tiemblen, apunten bien …

Lo que Ernestito les dijo fue: disparen, carajo, muerto valgo más que vivo.  


EL ESCRITOR
BOCA RATÓN, FLORIDA, 2007
LA HABANA, CUBA, 1958

Llamadme NO-Él …

Sí, esta es mi historia, la que tengo que contar y cuando empiece a descargar los recuerdos no me podré detener. En 1958, los fidelistas con bombas y disparos de ametralladoras asolaban a la ciudad. Patri y yo salíamos a bailar cada noche. Era nuestra forma individual de rebelarnos frente la rebeldía colectivista que los fidelistas nos querían imponer. Los fidelistas querían al pueblo de rodillas, rendidos a sus pies. Nosotros seguir de pie y dar la vuelta a la pista de baile. Participar de la farra de la vida. Bailar. La Habana entera bailaba. Mambo, qué rico mambo.

Mambo qué rico e, e, e. 

Para Hemingway y Gertrude Stein el Paris de 1920’s era una fiesta. Para Patri y para mí La Habana de 1950’s era una fiesta multiplicada por mil. La Habana se movía. La Habana era rumba. La Habana era son. La Habana era chachachá. Se bailaba en las esquinas, en los bares, en los cabarés y en los clubes. En todas partes se bailaba. La Habana entera bailaba.

A los fidelistas les jodía la fiesta. Los fidelistas no bailaban. La rumbantela les era ajena. Ellos eran patones y patanes. Ellos patrocinaban las bombas, los tiros y los apagones. Nosotros la noche. Nosotros la fiesta. Nosotros la rumba. Nosotros la risa. Nosotros el baile. Nosotros Cuba.

Mambo, qué rico e, e, e. 

Un capítulo de la novela que escribo como Colón sus memorias en la proa de la Santa María sin editor ni tierra a la vista empezaría el treinta y uno de diciembre de mil novecientos cincuenta y ocho. A la medianoche. La víspera del apagón histórico de Cuba. La última noche de Cuba Libre.

Las luces del salón de bailes del Club Casino Deportivo se apagaron de repente. Todos pensamos, ahora explota la bomba fidelista. Teníamos derecho a pensarlo. Habíamos sufrido en carne propia el terrorismo. En el Cabaré Tropicana, en el Salón Bajo las Estrellas, la noche final de 1957. Bailábamos entre el primer show y el de medianoche. El coro de mulatas de fuego de Doménico Neira descendía por la pasarela en bikinis y largas batas rojas. La orquesta de Armando Romeu descargaba una fanfarria musical que iba de Moon light Serenade a Copacabana. En el jardín se acumulaban las jaulas con palomas que serían echadas al vuelo a la medianoche. Los camareros entre las mesas repartían botellas de champán y fuentes con uvas. Todo el mundo de pie, alrededor de las mesas, mirando los relojes. Uno, dos, tres, contando los minutos que faltaban para decir adiós al año viejo y cantar el himno nacional de Cuba.

¡Bang!

 Otro

¡Bang!

Correcorre

¡Bomba!

Gritería

¡Bomba!

Empujones van.

¡Bang!

Empujones vienen

¡Bomba!

Apagón

¡Bang!

Cortocircuito.

¡Bomba!

Las bandejas sobre el piso de losetas tornasoladas ¡Cataplún! La gente por el piso. ¡Esscrahssss! Las fuentes, las copas, los vasos, las botellas. ¡Crac Crac Crac! Todo al piso, sin luz. La gente encorvada, de rodillas, a oscuras, gateando debajo de las mesas. Sin saber que había ocurrido hasta que vimos brotar una columnita de humo y al mirar vimos el cuerpo de una corista envuelta en lentejuelas de colores cercenado en dos como un bistec sobre la tarima de madera y metal de la pista.

Ulular de las sirenas de los bomberos ¡Por aquí! Los camareros guiaron a los policías hasta un cuerpo inerte de mujer en exhibición ¡Por aquí! Los camareros enfocaron las luces de manos de las linternas sobre el cuerpo semi desnudo de una mujer desplomada en cruz sobre un par de banquetas del bar ¡Por aquí! Los camareros guiaron a los rescatistas de la Cruz Roja en la oscuridad hasta un cuerpo del que pendía desarticulado un brazo y un garabato de pierna con los huesos y la piel desgarrados por la metralla. ¡Por aquí!

Pasaron varios segundos en silencio y la voz del locutor por los altoparlantes rebotó contra las paredes del salón. ¡Beso, Beso, Beso! Las parejas comenzaron a besarse a medianoche. Los labios de Patri se aplastaron sobre los míos. Al combate, corred, bayameses… Cambio de melodía, no más besos. Entonamos la primera estrofa del himno nacional de Cuba amplificada por los altoparlantes que colgaban del salón. Que la Patria os contempla orgullosa

– ¡Ay, Noel! –Patri triste-. Último año, mi León…

Las luces del salón se prendieron y la orquesta Casino de la Playa cambió el ritmo y vacilón, tremendo vacilón, qué rico chachachá y le pregunté a Patri por qué había dicho eso.

-Mi padre pide silencio –hizo una pausa-. Batista se va…        

– ¿De veras se va?  ¿Adónde va? –dije.

-Pal’ carajo –repitió Patri-. Pal’ carajo.

Quedé sin aliento y no supe qué decir…

A la medianoche, La Orquesta Casino de la Playa se retiró a descansar. La voz en vivo del cantante y los sonidos de los instrumentos fueron reemplazados por música grabada a través de altoparlantes. Un primer acorde. Supe quién era. Abracé a Patri fuerte que no se escapara ella ni la melodía y comenzar el año bailando el bolero que nos derretía como mantequilla por dentro y nos partía en dos el corazón.

Cómo fue,

No sé decirte cómo fue,

No sé explicarte que pasó,

Pero de ti me enamoré

Era Benny Moré. El Benny. Benny Moré qué bueno baila usted. El Bárbaro del Ritmo. Benny Moré. El príncipe de la melodía. Y aquí usted me ve. Nuestro tema musical, la canción que nos hacía melcocha el alma. Nuestro himno de guerra, la música que hacía que nos juntáramos y nos miráramos como tórtolos mientras en vivo o en disco el Bárbaro repetía …

Cómo fue,

No sé decirte cómo fue,

No sé explicarte qué pasó,

Pero de ti me enamoré

Patri (o) tra tuvo la feliz idea de esperar el primero de enero del nuevo año 1959 bailando en el Club Casino Deportivo. Pagamos cincuenta pesos por pareja con derecho a mesa y botella de ron. La orquesta que iba a amenizar los bailables no era una orquesta cualquiera. No, era La Banda Gigante. El cantante que nos iba a arrullar a medianoche con las luces apagadas no era un cantante cualquiera. No, era Benny Moré.

El Club Casino Deportivo se atrevía al poner en circulación al Benny y a su Banda Gigante para los asociados. Se le iba por delante al Vedado Tenis Club, al Miramar Yatch Club, al Biltmore Club y a todos los clubes aristocráticos habaneros que por años le habían cerrado las puertas al Bárbaro del Ritmo. No lo querían. Había sido pobre, ahora era rico y famoso. No lo querían. Ellos eran blancos y ricos de cuna, el Benny era negro y pobre de cama. Definitivamente, no lo querían. Benny siempre había sido alborotoso, borracho, mujeriego y pendenciero. Ellos también eran alborotosos, borrachos, mujeriegos y pendencieros, pero blancos y ricos de cuna. El Benny no, Benny no era de ellos. 

El treintaiuno de diciembre, el gerente del Club Casino Deportivo nos llamó de urgencia, se cancelaba el concierto, ofreció disculpas y nos devolvió cincuenta pesos. No de Nones. No, Benny Moré y su Banda Gigante a última hora cancelaron el contrato. No, Benny Moré no estaría en el Club Casino Deportivo. No, Benny Moré no estaría en La Habana. No, Benny Moré tras regresar de una gira por la provincia de Las Villas no estaría en Cuba. No de Nones. Benny Moré se iba a los Estados Unidos, a Miami, con un contrato para tocar y cantar en el Hotel Lido el último día de 1958. No que no. 

Ah, qué pena, lloramos. Y todavía con la esperanza de que ocurriera un milagro, que el Benny y su Banda Gigante entraran de sorpresa por la amplia puerta del Club Casino Deportivo, repetíamos mientras esperábamos la rima de una de sus canciones.

Decían que Benny no venía,

Y aquí Usted me ve,

Benny Moré,

Qué bueno baila uste…

Llevábamos años bailando con la Banda Gigante de Benny Moré. Una banda que hacía honor a su nombre. Cuarenta músicos desplegados y acoplados y sincronizados y homogeneizados a las órdenes de Benny Moré. Una banda que superaba a la big-band de Xavier Cugat que se tenía por la mayor banda de música del mundo.

Al oír al Benny cantar con la Banda Gigante Maracaibo oriental se le alborotaba a uno la sangre.

Tan-tan-tan.

¡Maracaibo pa’ que tú lo baile!

Se le alborotaba a uno el negro que todos los cubanos llevamos dormido dentro.

Tan-tan-tan.

¡Maracaibo pa’ que tú lo goce!

Trombones, saxofones, cornetas, pianos, contrabajos, baterías, flautas, tambores, tumbadoras.

Todo al mismo tiempo.

Tan-tan-tan.

¡Maracaibo!

Ah, qué lástima, ya estábamos apegados a su música. Y si por casualidad nos enterábamos de que el Bárbaro cantaba en Alí Bar o en Tropicana o en el Sans Souci o en el Montmartre o en el Sierra o en el Palermo, allá nos íbamos de la mano la Patr (i) otra y yo.

Íbamos a verlo…

Ir a ver al Benny era asistir a un doble espectáculo, el de la música de la Banda Gigante y el de la actuación del Benny. Sí, Benny Moré con su voz de barítono era en sí mismo lo mejor del espectáculo. Con un gesto de la mano o del bastón los cuarenta músicos disminuían la intensidad de la música y una avioneta Piper Comanche musical planeaba bajito sobre nuestras cabezas.

Zimzum zumbido de motor.

El Benny se apoderaba del centro de la pista.

Tun-Tun de los tambores.

El Benny se empezaba a mover.

Ta-Ta de trompetas.

Y las luces se prendían y era todo a la vez.

Zimzum.

Tun-tun.

Ta-ta. 

El foco de luz giraba en torno al Benny.

Tan-tan-tarará …

El bramido de fuego de las trompetas. 

¡Santa Isabel de las Lajas, querida!

¡Santa Isabel!

Benny en persona era un combo milagroso: mitad chuchero cubano y mitad pachuco mexicano.

Benny en la pista con sus pantalones de batahola, anchos hacia arriba y cerrados como tubos hacia abajo.

Benny con el saco larguísimo le rozaba las rodillas y los tirantes gruesos bien marcados sobre la camisa de pechera blanca y el lacito negro le cerraba el cuello y los zapatos de dos tonos blanco y negro y el sombrero tejano y sobre todo el bastón.

El bastón, escuchen bien, señores, el bastón del Benny.

Tan-tan-tarará …

El bramido de fuego de las trompetas

¡Lajas mi rincón querido,

¡Tierra donde yo nací!

Ya no era solo la música.

Tan-tan-tarará …

El bramido de fuego de las trompetas.

¡Lajas tengo para ti,

¡Desde mi cantar sentido!

Era el canto.

¡Lajas tus hijos son caballeros!

Era el gran espectáculo.

¡Lajas tus mujeres altivas!

Ver en vivo al Benny. 

¡Por eso grito que vivan!

Disfrutar del Bárbaro del Ritmo. 

¡Mil Lajas¡,

Con sus lajeros,

¡La-je-ros!

Gozar del Benny y todos a coro.

¡Santa Isabel de las Lajas!,

¡Que-ri-da!,

¡Santa Isabel!

Tan-tan-tarará …

El bramido de las trompetas y todos le hacían rueda.

¡Be-nny-Mo-ré!,

¡Qué bueno baila uste!

Y con nuestra canción favorita como himno de batalla, empezábamos el Año Nuevo 1959.

Sentí la respiración de Patri rebotar sobre el pecho y le oí decir en un suspiro:

-Qué sea lo que Dios quiera…

Sin hacer caso de malos presagios, repetí con el Benny en la victrola para que solo ella me escuchara.

Cómo fue,

No sé decirte cómo fue,

No sé explicarte qué pasó, Pero de ti me enamoré   

A través del espejo (X): Ay, Carmela

Carlos Saura, Madrid, 2005 – Fotografía Marcelo del Pozo – Propiedad: Agencia Reuters

Intro

En 1990, el director de cine español Carlos Saura (1933-2023) iniciaba la cuarta década de su fructífera carrera cinematográfica que lo había llevado a ser el director más destacado del cine español contemporáneo.

Atrás iban quedando algunos de sus más relevantes éxitos cinematográficos de las pasadas décadas como La caza (1966), Pipermín Frappé (1967), El jardín de las delicias (1970), Ana y los lobos (1973) y Mamá cumple cien años (1979).

Pero también, más recientemente, casi al finalizar la década de los 80, un doloroso fracaso de un filme de carácter histórico: El Dorado1 (1988).

Sin embargo, como había sucedido en otras oportunidades de su carrera cinematográfica, muy pronto el director tendría la oportunidad de desquitarse y reivindicar su talento artístico frente al gran público y la crítica especializada con el filme ¡Ay, Carmela! (1990).

Originalmente, ¡Ay, Carmela! fue una obra de teatro (1986) del dramaturgo José Sánchez Sinisterra al cual Saura rinde homenaje en más de una ocasión durante los ciento dos minutos de duración de la película a través de la inserción de varias secuencias intertextuales de teatro dentro del cine.

También con un carácter intertextual está el empleo de la música, en particular la canción de combate republicano «El paso del Ebro» con la célebre frase reiterada por el coro de «¡Ay, Carmela!», que a su vez da título al filme y que  Saura recrea varias veces como tema musical dominante a lo largo del filme.


Premios Goya

¡Ay, Carmela! es el resultado de otra magnífica colaboración a dúo del director Carlos Saura y del escritor Rafael Azcona en la facturación del guion. Este filme al ser estrenado literalmente arrasó con todas las categorías de la V emisión de los Premios Goya y acumuló para sí la increíble cifra de trece premios: a la mejor película, director, actriz, actor, actor de reparto, guion, montaje, dirección artística, producción, vestuario, maquillaje y peluquería, sonido, efectos especiales y nominaciones para premios en música y fotografía.

Hay varios factores que concurren en este sonado éxito de taquilla y juicio crítico. El primero de ellos y posiblemente el de mayor importancia es el tema seleccionado: la guerra civil española (1936-1939).

Un tema por el cual Saura siempre mostró una especial preferencia, y al respecto vale la pena mencionar de nuevo, entre otros, los filmes retro La caza, El jardín de las delicias y Mamá cumple cien años.

El mayor interés del director en estos filmes parece haber sido la recuperación de la memoria perdida de los años de la guerra civil: un trauma que ha marcado la conciencia de varias generaciones en una etapa -las décadas del 60 y 70- en las cuales el franquismo con su secuela de censura e intolerancia política y religiosa se encontraba vigente y con amplio poder de decisión sobre la cultura.


Plot

En la narrativa cinematográfica de ¡Ay, Carmela!, Saura introduce una modalidad, la aguda mirada del director no se dirigirá a personajes que en el presente viven con las mentes afligidas por los recuerdos del pasado bélico, sino que abordará por primera vez en su filmografía el tema de la guerra civil “in situ”, es decir, en medio de la conflagración que dividió a España en dos bandos: el de los “nacionalistas y el de los “republicanos”.

La anécdota que da pie al filme es muy sencilla. Un trío de “cómicos de la legua”2 tras finalizar una función de varietés en la que Paulino (actor Andrés Pajares) declama poemas libertarios en medio de la amenaza de bombardeo del territorio controlado por los “republicanos” mientras Carmela (actriz Carmen Maura) baila pasodobles como en un cabaré de bataclán de segunda categoría y Gustavito, un mudo (actor Gabino Diego) rasguea la guitarra,  decide que es tiempo de dejar de ser bufones de los soldados republicanos y alejarse del peligroso campo de batalla en busca de la neutralidad de las ciudades y trasladarse en medio de la noche a un lugar más seguro: Valencia3 donde residió la sede del gobierno republicano de Largo Caballero durante el primer año de la guerra (1936-1937).        

Para lograr su cometido se valen de ardides en los que mezclan tanto sus habilidades de actores como su ingenio de pícaros. Por ejemplo, el personaje de Carmela entretiene con sus carnes en exhibición al conductor de uno de los transportes militares republicanos mientras su amante Paulino hurta a escondidas gasolina del tanque de otro transporte militar estacionado para verterlo en el de él.  

Ya de madrugada, mientras avanzan en camión por un camino vecinal en medio de una densa niebla, son detenidos por una patrulla militar que inicialmente toman como republicana, pero en realidad han ido a parar sin saberlo al bando opuesto y los soldados que tienen delante son nacionalistas a la caza de rojillos.


Arte y política

El encuentro fortuito se transforma en una comedia de equívocos al no poder identificar el trío de actores -por la intensa niebla- a la tropa y ante la duda, Paulino, creyéndolos republicanos, comienza a declamar vehementemente una elegía a la muerte del poeta antifascista García Lorca mientras que Carmela -que ya ha identificado a los soldados como nacionalistas- por señas, le hace ver que no son amigos sino enemigos.

Luego, el trío -en realidad dúo pues el tercer individuo ya advertimos es mudo- es interrogado por un capitán franquista (actor José Sancho) que delimitará los campos.

Ellos no son como ingenuamente quieren hacer ver artistas para los cuales lo que cuenta es su arte y no la política sino simpatizantes conscientes del bando republicano y por lo tanto serán tratados como prisioneros de guerra y encarcelados junto con el resto de los detenidos: los pobladores de una aldea acusados de colaborar con los comunistas y de los cuales, diariamente, son extraídos unos pocos para ser fusilados en el patio del cuartel como medida disciplinaria ejemplarizante.       


Dramaturgia

A esta altura del desarrollo episódico del filme vale la pena señalar que Saura desliza suavemente a lo largo de la narrativa visual dos elementos medulares de su estrategia dramática: (1) ¡Ay, Carmela! es una comedia, sí, pero los elementos de risa se tornan en mueca por la seriedad de las situaciones como verse envuelto el trío de prisioneros junto a un grupo que es diezmado sin juicio alguno mediante fusilamientos (2) la pregunta sin respuesta en apariencia de si deben los artistas comprometer su arte con la política o mantenerse al margen inmersos en su creación.   

La actriz Carmen Maura.

El primer elemento -si el filme es comedia o no- será respondido con precisión en la medida en que progresa la trama y vemos que no hay solo españoles prisioneros de españoles sino también una abigarrada tropa de extranjeros pertenecientes a las brigadas internacionales que acudieron desde todas partes del mundo al llamado a defender a la república española de la alianza fascista de Franco, Hitler y Mussolini4.

La masacre planificada por los nacionalistas de los prisioneros republicanos da lugar a una hermosa relación sentimental entre Carmela y un prisionero de las brigadas internacionales (actor Edward Zentara).

Carmela que lo sabe destinado al paredón de fusilamiento, más por gestos y movimientos de manos que por conversación pues ambos hablan lenguas distintas, vuelca su maternidad frustrada por la guerra en el joven soldado polaco y a partir de este momento, pese a que todavía queden situaciones hilarantes, el tono del filme se torna sombrío y la comedia cede paso a la tragedia. 

Ergo: no se trata de una comedia sino de una tragicomedia en la que a medida que progresa la trama pesa más en los platillos de la balanza dramática de Saura el sentimiento de la tragedia.

El segundo elemento -el del compromiso político de la obra de arte-, es de tan vieja data su planteamiento y el debate generado al respecto como la propia existencia universal del arte.

Según la época de que se trate han variado las respuestas, aunque preciso es decirlo, han sido la politización y la ideologización forzosa que acarrean los sistemas totalitarios contemporáneos europeos del fascismo y el comunismo los que han impuesto muchas de las normas vigentes.

Saura, en este caso, de una forma discreta en el planteamiento y en la resolución -como secreto susurrado al oído para que no pueda ser escuchado por los censores de uno y otro bando- da su versión particular de los hechos.

Sí, existe un condicionamiento social y político y la obra de arte, aunque muchos se nieguen a creer, no debe mantenerse ajena al “compromiso”.


Melomanía

El supuesto ideológico del compromiso en la obra de arte tendrá una nueva “vuelta de tuerca” cuando el trio es presentado a un nuevo oficial para que se encargue de ellos durante el tiempo de internamiento en esa suerte de “campo de concentración” en el que conviven con españoles y soldados extranjeros de las brigadas internacionales.

El oficial a cargo del trio de Carmela y Paulino Variedades a Lo Fino como suelen presentarse artísticamente, será el teniente Ripamonte (actor Armando de Razza).

Como su nombre lo indica es de procedencia italiana y forma parte de los contingentes de soldados enviados por Mussolini al frente de batalla español en solidaridad fascista con Franco.

El teniente Ripamonte es un personaje de opereta o de ópera bufa, tiene veleidades artísticas que ponen en entredicho su origen cuartelario y su militancia fascista.

Dejándose llevar más por el impulso y la emoción que por la ideología y la enemistad, organiza una representación teatral con el trío de Carmela, Paulino y el mudo Gustavito en la que él, el teniente Ripamonte, desdoblado en tenor operático, tendrá un rol central5.


Idealismo versus supervivencia

En largas secuencias que se inician con los preparativos anecdóticos de la función teatral, como la búsqueda de ropa apropiada para Carmela y al no encontrarla valerse de una cortina de tela de damasco floreada que el mudo cose y se la entrega como atuendo sevillano para que entone coplas, se desarrolla la parte final en la que deberán solucionarse en clímax dramático las preguntas que subyacen a lo largo del filme.

¿Salvar la vida o quedar encerrados como prisioneros de guerra por tiempo ilimitado?

¿Aceptará el trío de Carmela y Paulino Variedades a lo fino plegarse a los requerimientos fascistas de honrar a los nacionalistas y denostar a los republicanos ante un público compuesto por fascistas que ocupan la platea y prisioneros de las brigadas internacionales bajo intensa custodia en el piso alto del improvisado teatro?  

¿Qué prevalecerá el instinto de conservación nacionalista o la ideología republicana de los cómicos?

En realidad, la respuesta o las respuestas han sido adelantadas a cuentagotas por Saura a lo largo de la trama y en parte resulta previsible cuál será la reacción final de cada uno de los miembros del trío.

El mudo Gustavito6 como está imposibilitado de hablar, delata su simpatía republicana por gestos de manos y rostro y en algún momento en que se vale de una pizarra portátil para redactar notas, hace un excelente uso de la ironía visual al escribir Mulo Sini en lugar de Mussolini delante del teniente italiano Ripamonte que lee desconcertado el texto.   

Carmela7 al inicio del filme, encerraba bajo siete llaves su fervor republicano ante la presencia de los soldados nacionalistas, mientras que Paulino8, delante de los soldados republicanos, desde el primer momento, elegía servirles de entretenimiento como mimo antes que ser enrolado a la fuerza como soldado en sus filas. 

Carmela desde el principio del filme, aunque calladamente, se muestra íntegra en sus principios. Ella es sentimental, valiente y corajuda y lo mismo si sale a escena o en privado no se oculta para expresar sus sentimientos favorables al bando republicano y de solidaridad con los polacos de las brigadas internacionales cuando sabe de su presencia como prisioneros de los nacionalistas.   

Paulino por su parte, con su rostro de payaso triste del cine mudo a lo Chaplin sin bigotico, que apenas necesita de maquillaje para las representaciones pues es harto elocuente su expresión con los ojos saltones como sapo, agigantados por el empleo de Maybelline sobre el arco de las cejas, es una magnífica representación del típico “buscavidas” que caracteriza a la novela picaresca española de los Siglos de Oro.

Carmela siempre fue partidaria de la disidencia, mientras que Paulino optó por la supervivencia. Su lema: «Somos artistas, hacemos lo que nos piden», surge a cada momento cuando ora los republicanos lo obligan a soltar una sonora retreta de pedos u ora los nacionalistas requieren de él entretenimiento para un público de militares españoles e italianos fascistas.

Paulino siempre está listo para adaptarse a cualquier cosa, incluso a profanar en el escenario la bandera republicana que Carmela oculta bajo sus ropas para enarbolarla en el momento oportuno.

Carmela, sin embargo, se muestra preocupada por su encuentro con el soldado polaco, a quien teme que sea llevado a ver su acto. No está para nada satisfecha con la idea de que la obra vaya a escena sin ensayo; de que, contra su voluntad, deba bailar vestida con una cortina de tela de damasco floreada, que su menstruación esté pasada de tiempo o que el guion suministrado por el teniente Ripamonte sea francamente deleznable.

En la secuencia final de la película, su actitud desafiante sobre el escenario frente a la tropa fascista rescatará del olvido el patriotismo español y provocará que en un rapto de furia e impotencia ante la humillación generalizada delante de los prisioneros de las brigadas internacionales que cantan a coro ¡Ay, Carmela!, un oficial nacionalista dispare sobre ella y le encaje un balazo en medio de la frente.


Final

Viva la Quince Brigada, rumba la rumba la rumba la.
Viva la Quince Brigada, rumba la rumba la rumba la que nos cubrirá de gloria

¡Ay, Carmela! ¡Ay, Carmela!

que nos cubrirá de gloria,

¡Ay, Carmela! ¡Ay, Carmela!

Luchamos contra los moros, rumba la rumba la rumba la.
Luchamos contra los moros, rumba la rumba la rumba la mercenarios y fascistas,

¡Ay, Carmela! ¡Ay, Carmela!

mercenarios y fascistas,

¡Ay, Carmela! ¡Ay, Carmela!

Solo es nuestro deseo, rumba la rumba la rumba la.
Solo es nuestro deseo, rumba la rumba la rumba la acabar con el fascismo,

¡Ay, Carmela! ¡Ay, Carmela!

acabar con el fascismo,

¡Ay, Carmela! ¡Ay, Carmela!

En los frentes de Jarama, rumba la rumba la rumba la.
En los frentes de Jarama, rumba la rumba la rumba la no tenemos ni aviones, ni tanques ni cañones,

¡Ay, Carmela! ¡Ay, Carmela!

no tenemos ni aviones, ni tanques ni cañones,

¡Ay, Carmela! ¡Ay, Carmela!

Ya salimos de España, rumba la rumba la rumba la.
Ya salimos de España, rumba la rumba la rumba la a luchar en otros frentes,

¡Ay, Carmela! ¡Ay, Carmela!

a luchar en otros frentes,

¡Ay, Carmela! ¡Ay, Carmela!

A través del espejo (IX): Mamá cumple cien años

Carlos Saura (España, 1932 – 2023)

Introducción

La reciente muerte del director de cine español Carlos Saura (1932-2023), sería motivo más que suficiente para la inserción de otro de sus filmes icónicos en la actual serie de artículos del cine de la era franquista.

Mamá cumple cien años (1979) fue una de las películas más populares del director y que más premios recibió como los del del Festival de Cine de San Sebastián 1979, la nominación del Oscar de la Academia de Hollywood a Mejor Película Extranjera y los premios individuales en la 35 emisión del Premio del Círculo de Escritores a Mejor Película, Mejor Actriz a Rafaela Aparicio y Mejor Fotografía a Teo Escamilla 1.

Mamá… es un filme polisémico en su concepción y factura que conecta dentro de la cinematografía de Saura con su precedente “Ana y los lobos” (1972) y puede ser visto y analizado en diferentes niveles de interpretación.

Comedia

Como género es una comedia que hace reír a los espectadores y con una cierta complejidad dramática los hace pensar. Sobre todo, cuando el presente se interrumpe y queda en suspenso y su lugar lo ocupa una suerte de nostalgia proustiana por le temps perdu -la era franquista- con la cual Saura suele teñir a sus filmes de un rosa pálido que evoca los fantasmas grises de la guerra civil (1936-1939) presentes por generaciones en la conciencia colectiva e individual del pueblo español.

En resumen, entre los filmes Ana y los lobos (1972) y Mamá cumple cien años (1979), media en política la transición entre el fin de la era franquista y el inicio del tiempo de la democracia y en términos de género cinematográfico el cambio que va del drama a la comedia

Autoreferencia

Para la crítica especializada Mamá… resulta un filme autorreferencial, esto es, Saura, como en un espejo, se ve en pantalla a sí mismo.  Y si Mamá… en lugar de filme fuera un libro, como autor-director, Saura se “entrecomillaría” y se “citaría a sí mismo” al pie de página en dilatadas secuencias de la película, unas veces como flas-back de los personajes y otras como parodia de filmes anteriores.     

¿Cuál filme le sirvió de modelo autorreferencial para componer Mamá cumple cien años?

La respuesta es Ana y los lobos, una película en la que la arqueología cinematográfica de Saura se sitúa siete años estratigráficos (1972) por debajo de la realización de Mamá… (1979), de la cual es, en cierta forma, una secuela o extensión cinematográfica que emplea a los mismos técnicos, actores y locaciones y utiliza segmentos cinematográficos que repiten y/o refieren cuadro a cuadro secuencias utilizadas con anterioridad2.

Intertextualidad & Surrealismo

Mamá… también es, siguiendo las teorías del filósofo ruso-soviético Mijaíl Bajtín (1895-1975) en sus escritos sobre la poética de Rabelais y Dostoevsky, una prueba de intertextualidad y dialogismo, de influencia y enriquecimiento mutuo entre diferentes autores y narrativas.

En este caso, la relación maestro-discípulo, se establece entre Carlos Saura y Luis Buñuel -a quien el primero consideraba su maestro- en el empleo visual de la narrativa del surrealismo en el cine3.

Entre muchos ejemplos posibles de esta fructífera influencia, seleccionamos uno de los más logrados de Mamá…, la secuencia en la cual accidentalmente Antonio derrama un vaso de agua sobre la mesita de noche y las gotas al caer terminan por inundar un zapato colocado al pie del lecho.

Esta situación visual, entre absurda y surrealista, sin que medien palabras, sería el equivalente gráfico de la definición de cabecera del surrealismo que da el Conde Lautréamont: “el encuentro fortuito de un paraguas con una máquina de coser en una mesa de disección”.     

Plot

Rafaela Aparicio (España, 1906 – 1996)

La anécdota sobre la cual se hilvana la trama de 95 minutos de duración es muy simple y por momentos guarda algún tipo de semejanza con uno de los filmes insignia de Buñuel (El ángel exterminador, 1962): la abuela matriarca (actriz Rafaela Aparicio) va a cumplir cien años y todos los miembros de la familia se trasladan a la finca para congratularla.

A la antigua casona familiar llegan los dos hijos, Fernando (actor Fernando Fernán Gómez) y Juan (actor José Vivó), con su esposa Luchy (actriz Rosario Soriano) y sus hijas-nietas Natalia (actriz Amparo Muñoz) y Carlota (actriz Ángeles Torres).

También llega la pareja que forman Ana (actriz Geraldine Chaplin), la antigua institutriz inglesa y Antonio, su marido argentino (actor Norman Briski).

A la cita sólo falta José, el más pequeño de los hijos, que murió hace unos años.

Todos los hijos han sido convocados a una singular fiesta de cumpleaños que tendrá lugar en la mansión solariega de la familia. Todos  esperan que la anciana muera pronto para parcelar la finca, construir una urbanización y salir de la ruina. Pero, la anciana madre, aunque enferma en cama, se niega a testamentar y repite el motto: no cederá un palmo de tierra de la finca ni una pulgada de la mansión.

De parte de los parientes todo es fingida apariencia, tras la aceptación de participar en el festejo se oculta el homicidio como forma viable de quitarse de encima a una vieja que ya dura demasiado -¡100 años!- y una vez que muera repartirse la propiedad y convertir a la vieja mansión familiar en un moderno complejo multi habitacional que les permita salir de la ruina en la que viven como “ricos venidos a menos” en la era postfranquista.

Locaciones

El filme abre con una larga secuencia que muestra como en un documental de National Geography la sucesión de valles y llanos de la serranía a la altura de Torredolones, un municipio de las afueras de Madrid en el que está enclavada la finca Pendolero -rebautizada en el filme como La Jara- que fue la locación elegida por Saura para ambos filmes: Ana y los lobos (1972) y Mamá cumple cien años (1979). 

Tras mostrar el paisaje idílico en el que se enmarca el filme, la cámara se centra en la majestuosa casona solariega de dos plantas, con terrazas y balcones y finalmente se detiene en el patio delantero que alberga la tumba de José (actor José Ma. Prada por casualidad fallecido durante el rodaje) y la anciana madre que, ante la lápida, se lamenta de la desaparición tres años antes de su querido hijo más joven4

Todo el tiempo que dura el introito o prólogo al filme, la banda sonora la ocupa la música de altos decibeles del pasodoble El 2 de mayo, del compositor Federico Chueca, una melodía de exaltación espiritual que tan pronto podría servir de contexto musical a una corrida de toros en la Plaza de Pamplona, una procesión de viacrucis de Semana Santa en Sevilla o un desfile militar en la base de Torrejón.

Sobra decir, las tres actividades enunciadas, son muy propias a la vez de la tradición secular española y de la era franquista en agonía a mediados de los setenta.  

La matriarca y la sagrada familia

La mayor parte de la trama la ocupan enredos familiares que tienen lugar entre los hijos, las esposas, las hijas-nietas y la pareja de extranjeros de Ana y Antonio. Pero, aunque muchas veces no esté presente, es la figura de la anciana matriarca la que gobierna la escena y dicta la pauta a seguir.

Por el momento, pese a rivalidades en el seno familiar y conspiraciones en torno a ella, mantener unida a la familia los pocos días que faltan para el cumpleaños número cien, cuyo primer requisito para los asistentes, será que ninguno debe felicitarla antes de las siete de la noche, hora en que se supone hará su entrada triunfal5.

Los hijos de la matriarca

Del lado de los hijos, tras morir José, el hijo mimado de la matriarca que adoraba la vida militar y se complacía en coleccionar trajes, medallas, pistolas y sables, en fin, toda la parafernalia del culto franquista a la entrega devota del hombre al estado español, sobreviven Juan y Fernando, cuyas personalidades no pueden ser más antagónicas y ambos, como el fallecido José, tienen en común las inhibiciones sexuales, misoginia y represiones propias de la educación y la moral de la era de Franco basadas en el lema Dios, Patria y Familia.

Juan se presenta como un empresario de relativo éxito que trata de adaptarse a los nuevos tiempos de democracia política y sindicalismo libertario de la etapa postfranquista. Del trío de hermanos, es el que mejor representa el rol del “buen burgués”. Le gusta la “buena mesa”, el vino, las mujeres, tiene amantes que justifica por la frigidez de su esposa Luchy, viste a la moda, adopta un tono displicente, distante y escéptico frente a los problemas de la familia y tiene un vicio secreto: la práctica de un voyeurismo desenfrenado, aunque a veces las víctimas del ojo ubicuo de Juan oculto detrás de puertas de alcobas, ventanas de salones y cerraduras de baños sean miembros de su familia.         

Por su parte, Fernando, que en el filme Ana y los lobos (1972) había hecho voto de clausura, llevaba vida de anacoreta como los místicos españoles a lo San Juan de la Cruz y vivía encerrado en una cueva sumido en prácticas mentales de levitación corporal y disquisiciones sobre el sentido de la vida a lo Calderón de la Barca en “La vida es sueño”, ha cambiado su estilo de vida.

Abandonó la cueva y se mudó a la casona señorial y pasa el tiempo ocupado en remontar vuelo de verdad -no mediante la mente como en la cueva- por medio de una cometa de colores cálidos que cada día inútilmente trata de hacer despegar con él a bordo y siempre termina por encallar en un precipicio que se abre al fondo del patio delantero de la vivienda.

Sutil metáfora de Saura deslizada en las imágenes de flas-back del pasado de enclaustramiento en la cueva y de flas-forward del presente de fallido aviador amateur: antes, encerrado entre las cuatro paredes de la cueva, anhelaba el cielo que no podía ver; ahora, desde  la libertad que supone vivir al aire libre, al intentar alcanzar el cielo con el vuelo de la cometa, como en la fábula de Ícaro, el cielo se aleja y lo ve cada vez más alto e inalcanzable y termina la peripecia de aviador con los huesos quebrados, tras la caída en picada, en el fondo lodoso de un barranco.       

En resumen, Fernando no ha cambiado su proceder en los siete años que median entre uno y otro filme: sigue “en las nubes”, sumido en su “mundo ideal”, lo mismo si habita en una cueva que a la intemperie.

Las nietas de la matriarca

Grosso modo representan dos caras de una misma moneda: la de la primera generación que al arribar a la adolescencia encara la transición política española del franquismo a la democracia.

Mientras Carlota parece seguir guardando las convenciones y se apega al lado de la tradición, su hermana Natalia es puro Avant Garde: viste blusas y T-shirts sin sostén debajo, no se inhibe al desnudarse delante de otros, tiene su cuarto decorado con objetos antiguos y lámparas art-noveau de principio de siglo XX y su cama tiene palio y tules encima como las alcobas de los reyes y fuma marihuana (porros). 

En esencia, es una combinación de liberalismo y decadencia que va bien de tono con “el destape” político y “la movida” de la moral que se produjo en la España de la transición de los setenta tras casi medio siglo (1936-1976) de autoritarismo franquista en lo político y velo y pandereta en la moral6.

En una larga secuencia memorable por su explosiva carga de erotismo, Natalia a medianoche, la víspera del cumpleaños de la abuela, invita a Antonio, el marido argentino de Ana, su antigua institutriz inglesa, a entrar en su habitación.

Una vez dentro, lo seduce por la vía de compartir con él cigarrillos de marihuana (porros) y una suerte de striptease con la bata de seda que lleva  puesta sin ropa interior debajo al conjuro repetido sí/no mientras abre y cierra el frente de la bata y se aproxima a Antonio, de pie y mudo en medio de la alcoba.

La matriarca y la intitutriz

Si tuviéramos que ofrecer un ranking de las actuaciones femeninas en Mamá cumple cien años, ubicaría en primer puesto a Rafaela Aparicio por el “tremendismo” de su actuación”. 

La matriarca sufre de continuos ataques de epilepsia que la llevan al borde de la muerte y solo logra rebasarlos cuando le atraviesan una cuchara en medio de la boca y le arrojan en la lengua gotas de medicina.

La actuación de Rafaela Aparicio, puro gestos y gritos, “se crece” en los momentos de crisis epiléptica y sobreactúa de forma “esperpéntica” en el mejor estilo de Valle-Inclán o “carnavalesca” como en la teoría crítica de Bajtín.

Así también ocurre cuando habla a los miembros de la familia y les da consejos, como a su hijo Fernando, el anacoreta, al cual le dice “se busque una mujer bien caliente” para que se le quiten sus manías de monje eremita.   

Las sucesivas crisis de epilepsia son empleadas por Saura como elementos más cómicos que patéticos y van marcando diferentes clímax a lo largo de la narrativa del filme hasta llegar al momento cumbre que ocurrirá durante el festejo del cumpleaños número cien de la matriarca programado por ella para comenzar a las siete de la noche del día siguiente.

En el segundo lugar del ranking estaría el personaje de Ana, la institutriz inglesa, interpretada por Geraldine Chaplin.

Ana es una vez más, metafóricamente, la extranjera que, con sus actitudes liberales diferentes a la intolerancia de la tradición hispánica, introduce el pecado, la permisibilidad y la corrupción dentro del cerrado orden de una familia burguesa tradicional de España.

Una España hipócrita, fascista, reprimida y falsamente religiosa que hará de ella un fetiche objeto del deseo de tres hermanos sicópatas que no se detendrán en sus acciones hasta asesinarla como ocurre al final del filme Ana y los lobos (1972).

Pero, como ya advertimos al principio, la Ana de Mamá cumple cien años es un ser “redivivo” por la magia del lente de Saura. Como inocente oveja, vuelve al redil de los lobos, en realidad una familia de la burguesía española venida a menos en el ocaso del franquismo que esconde bajo una apariencia ética de buenas costumbres, la anormalidad y las sicopatologías de un pasado franquista desfasado.  

Ana, ahora, en lugar de introducir la corrupción en la moral y en la política de la familia, es más bien un ente pasivo, una testigo de su anterior proceder como institutriz de unas niñas españolas que se limita a mirar nostálgica a las personas y a las locaciones de sus años de juventud en la finca La Jara.

Y solo se torna agresiva su conducta y rompe con su aparente pasividad cuando descubre la infidelidad de su marido Antonio con Natalia, la niña que siete años antes educara como institutriz y ahora, de adolescente, compite con ella sexualmente y le roba a su hombre. 

Visualmente dentro del filme, Saura resuelve cinematográficamente la situación en una larga secuencia, tras regresar Antonio culpable al dormitorio tras pasar la noche con Amalia, advierte que Ana ha tirado al piso las ropas y ha escapado.

Se asoma al balcón de la terraza y ve a Ana que huye deprisa por el patio de la casona y a gritos le advierte del peligro que corre pues el campo está virtualmente “minado” con cepos para atrapar conejos.

Pero el aviso llega tarde y Ana, real y metafóricamente, “cae en la trampa”.…

Mamá cumple cien años

Llegamos finalmente a la fiesta de cumpleaños para la cual Saura nos tiene reservado como plato principal del menú el descenso desde el Olimpo de la casona de La Jara de la matriarca.

Para bajar del reinado de la gloria en el que vive como una diosa, la matriarca no emplea como es de suponer una escalera ni un elevador, sino un raro artefacto digno de la invención de Leonardo da Vinci que puede ser a la vez silla de inválido, sofá de mirar la tele, columpio de parque de recreación infantil, trapecio de circo, poltrona de presidente o trono de emperatriz.

Como deux machina del teatro griego, el artefacto permite que la matriarca descienda lentamente desde el techo de la casona enmarcada en una atmósfera de claroscuro del interior de la mansión que hace aún más llamativo y rutilante el descenso a la tierra.     

Antes, en la penumbra de la habitación, tendida en el lecho de enferma crónica de epilepsia, la matriarca ha diseñado el contrataque que le permitirá sobrevivir al intento de homicidio que contra ella trama la mayor parte de la familia.

Cuenta con la colaboración de Ana, a quien ha confiado el plan de envenenamiento urdido por sus enemigos en el momento en que le de el ataque de epilepsia y en lugar de verter en su garganta las gotas providenciales del elíxir de la vida, le den a tomar la pócima envenenada que acabará con su vida y les permitirá apropiarse de la finca y la casona solariega sin interferencias de su parte.

La matriarca le ha pedido a Ana que se adelante a las intenciones del enemigo y en el instante en que ella comience a boquear como pez asfixiado fuera del agua por el repentino ataque de epilepsia, le dé a beber las gotas curativas verdaderas y no las falsas del envenenamiento.

Ana cumple con la misión asignada y salva a la matriarca…

Happy end

El resto de la fiesta transcurre de forma tradicional con torta de cumpleaños con cien velitas, música y baile que disuelven las contradicciones familiares en una especie de happy end a la española.

No solo se echa al olvido el plan de asesinato de la matriarca sino la rivalidad de celos surgida entre la joven y libertina Natalia y su ex institutriz, la humillada esposa Ana. En un gesto de reconciliación inesperado, Natalia saca a bailar a Ana y ambas mujeres, mirándose intensamente a los ojos, con los brazos extendidos, gestos de manos y sevillanas entonadas al aire, dan por finalizado el conflicto emotivo-amoroso-generacional-político-moral surgido entre ambas y una vez más, tras de la cámara, Saura vuelve a sonreír7.

El condotiero, la domadora y el escritor

Fragmento de novela homónima

Alfredo Antonio Fernández (La Habana, Cuba) Licenciado en Historia por la Universidad de La Habana, Master en Estudios Latinoamericanos en la UNAM, México y Doctorado en Español de la University of Houston, Estados Unidos, donde reside actualmente. Ha publicado: El Candidato (Premio de la Unión de Escritores de Cuba, 1978), Crónicas de medio mundo (relatos, 1982), La última frontera, 1898 (novela, primera finalista Premio de la Crítica, Cuba, 1985), Del otro lado del recuerdo (novela, 1988), Los profetas de Estelí (novela, Feria Internacional del Libro, Guadalajara,1990), Lances de amor, vida y muerte del Caballero Narciso (Premio Razón de Ser de Novela, 1989 y Premio Alejo Carpentier de Novela 1993, de la Fundación Alejo Carpentier), Amor de mis amores (novela, Planeta, México, 1996), Adrift: The Cuban raft people (Rockfeller Foundation Grant, 1996; Arte Publico Press, Estados Unidos, 2001), Bye, camaradas (novela, 1era finalista Premio Internacional Novela Marcio Veloz Maggiolo, New York, 2002 y finalista Premio Novela La ciudad y los perros, Madrid, 2003, publicada en la Editorial El barco Ebrio, España, 2012), A través del espejo. El cine hispanoamericano contemporáneo. Volumen I (ensayo, Editorial El Barco Ebrio, España, 2013), Aló, marciano (novela, Editorial El Barco Ebrio, España, 2014), Buñuel In memoriam (ensayo, Editorial El Barco Ebrio, España, 2015). En el Otoño 2022 obtuvo Sabbatical Leave Research de Prairie View A & M University (Texas) para desarrollar en el Instituto Nacional de Audiovisuales de Francia una investigación sobre la obra cinematográfica de Santiago Álvarez: Noticiero ICAIC Latinoamericano (1960-1990).  Ilíada Ediciones (Alemania) ha publicado las novelas Citizen Kane se fue a la guerra (2021, 1era finalista en el Premio Internacional de Literatura «Hypermedia»), Dominó de dictadores (2020) y en proceso de edición El condotiero, la domadora y el escritor que cierra la trilogía, a la que pertenece el fragmento que reproducimos a continuación.

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A través del espejo VIII: La escopeta nacional

Luis García Berlanga (España, 1921 – 2010)

No es casual que hayamos elegido para continuar la saga de los filmes españoles críticos de la dictadura franquista (1936-1976) a La escopeta nacional, del ícono del cine español de posguerra civil Luis G. Berlanga y el no menos ilustre Rafael Azcona1, aclamados por la crítica y el público, respectivamente, como imprescindibles director y guionista españoles de todos los tiempos.

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