Danubio

Fragmento de novela homónima

Alejandro Otero Paz (La Habana, Cuba, 1978) Nació en un tiempo, un país y un mundo que ya no existen. Estudió Filología Hispánica en la Universidad de La Habana y se graduó con una tesis sobre la primera prosa de Jorge Luis Borges. Fue profesor antes de entrar a trabajar en el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos. Salió de la isla en 2005, con veintisiete años. Vivió algo más de cuatro años en Bolivia, donde trabajó como profesor de Literatura Universal y Comunicación Oral y Escrita en la Universidad Privada Boliviana. En 2010 se instaló en Barcelona, donde vive actualmente, con un paréntesis soleado y decepcionante de casi tres años en Miami. En Barcelona cursó el Máster en Formación de Profesores de Español como Lengua Extranjera de la Universitat de Barcelona y la Universitat Pompeu Fabra, y trabaja como traductor y profesor de español para extranjeros.

Puede adquirir el libro en este link: Danubio – (Novela) – Alejandro Otero Paz – Ilíada Ediciones, 2022


Una historia mal contada

Sergio Redondo estudió a comienzos de los noventa en la escuela Lenin, aquel internado de las afueras de La Habana concebido para formar a la élite científica de Cuba inaugurado por Fidel Castro y Leonid Brézhnev en un mundo desaparecido. Al parecer, no fue la mejor época de su vida.

Alguien que estudió con él en esa época —a quien conocí después, en la universidad, y que fue un gran amigo hasta que, hace unos años, se fue de Barcelona para empezar de nuevo en Miami— me contaba historias de aquella escuela y de Sergio. Me habló, recuerdo, de las noches de cacería que organizaban unos estudiantes a los que llamaba “saludables campesinos blancos del tercer cubículo” a costa de otro al que apodaban Alimaña. Había olvidado el verdadero nombre de aquel chico. Recordaba, eso sí con claridad, “su cara descompuesta por el miedo y la rabia mientras intentaba esquivar los golpes y alcanzar a alguno de sus torturadores”. Describía, con sus maneras de narrador hiperbólico, “el terror, la furia animal y el deseo asesino” que veía en sus ojos.

—Me fascinaba aquella mirada —decía—. Era como el fuego de una hoguera, o como el vientre de un cielo tormentoso.

El alcohol le daba por hablar así, y los símiles se le desbordaban sin control. Me aseguró que Sergio no había sufrido tanto como Alimaña. Yo me permito poner en duda su afirmación.

—Sergio era nuestro —me contó—, nuestra propia víctima, y quien lo molestaba se las veía con nosotros. Nosotros no éramos especialmente violentos: creo que los campesinos habrían acabado con nosotros en un enfrentamiento directo. Tampoco éramos crueles. Al menos, no éramos conscientes de ser crueles. Pero sí éramos profundamente endogámicos, y actuábamos como si aquel clan fuera a durar para siempre. Y ya ves. Al final, el exilio consiguió disolvernos.

Me dijo que ellos habían sido para Sergio verdugos y paladines. Y que no habían llegado a conocerlo de verdad.

Al terminar los tres cursos del preuniversitario en la escuela Lenin, el grupo se había mantenido unido durante los años de servicio militar y universidad, pero sin Sergio, que había buscado otro camino.

—Nunca lo hablamos, pero creo que todos lo entendimos —me dijo.

Después, Sergio se convirtió en un poeta de cierto renombre, y en esa época lo conocí yo. No solía, ni suelo, leer poesía, pero algo había escuchado sobre él cuando, una tarde, me encontré formando parte de un corro de admiradores que lo rodeaba en la cola para entrar a un teatro de La Habana. Recuerdo que decía que él no pagaba nunca la entrada del teatro, ni del cine, ni al subir a un autobús. Explicaba que era un acto de naturaleza política, más que ética, o algo que sonaba más o menos así. Teníamos la misma edad y, al escucharlo, no pude reprimir una sonrisa triste, o quizás una sonrisa que ocultaba o expresaba algo más complicado que la tristeza: una oscura intuición de que Sergio estaba haciendo algo, se dirigía a algún lugar, y yo no conocía el camino.

Poco después, su fama creció aún más cuando un grupo de rock, o de algo por el estilo, empezó a difundir algunos de sus poemas críticos con el gobierno en conciertos clandestinos que solían hacer desnudos. Entiendo que tanto la desnudez como la clandestinidad habían contribuido a la celebridad del grupo, junto a la eficiencia de la policía para detener las presentaciones y encerrar a los músicos. Nunca supe si les proporcionaban ropa o los obligaban a enfrentar desnudos la frialdad de las celdas. En cualquier caso, Sergio se benefició de aquel golpe de suerte musical-policial y, gracias a ello, obtuvo una beca y una visa que lo sacaron de Cuba poco antes de cumplir treinta años. Al menos, eso es lo que él me ha contado.

Lo volví a encontrar una noche en la Antiga Esquerra de L’Eixample de Barcelona, tres años antes del verano de esta historia, en casa de nuestro común amigo. No había cambiado mucho. El cabello rubio carecía quizás del volumen que había tenido en el pasado, pero seguía siendo una abundante melena. Todavía era delgado y parecía ligero, a pesar de rondar los cuarenta años y de su metro ochenta. Pero no fue hasta meses más tarde —mi matrimonio había terminado de manera abrupta poco después de nuestro encuentro, y yo estaba perdido y libre por primera vez en mucho tiempo, deambulando por calles y bares de la ciudad, sin ataduras y sin dirección— que empezamos a vernos con frecuencia.

Una noche en que no me encontraba particularmente mal —había cenado solo y estaba sentado cerca de casa, en una terraza del Carrer d’Enric Granados, intentando leer una novela, distraído por la vida que bullía a mi alrededor, deliciosamente vulgar y ligera de ropa—, Sergio pasó a mi lado con las manos en los bolsillos de unos viejos vaqueros y la mirada deslizándose sobre las baldosas, como si algo lo preocupara. El desasosiego y acaso la lástima me llevaron a invitarlo a sentarse.

Después de eso, siempre lograba encontrarme en el barrio, aunque yo cambiara de terraza. Es cierto que al principio traté de evitarlo, pero luego me cansé de jugar al gato y el ratón y me habitué a su presencia. Resultó que él tenía algunas buenas amigas que se nos unían a veces. A su modo, Sergio se había vuelto un soltero de oro.

Yo tenía ya entonces, por fortuna, una situación económica relativamente estable y desahogada —al menos para alguien que ha estudiado literatura, ha emigrado sin garantías y ha pasado por un divorcio difícil— y podía permitirme llevar la vida desorientada y confortable que creía haber alcanzado a pesar de todo. Vivía de alquiler en un piso pequeño que no era gran cosa, pero era barato para los tiempos que corrían. Y no necesitaba nada más. Allí terminamos algunas veladas con sus amigas, y fueron buenos tiempos.

En esa época empecé a descubrir que las humillaciones y abusos a que lo habían sometido hacía tanto tiempo, por pequeños e infantiles que hubieran sido, habían dejado una huella en él (claro que entonces no sabía nada de sus presuntos problemas con la Seguridad del Estado). Tenía excentricidades, salidas de tono y extravagancias que no todo el mundo toleraba. No juzgo a nadie: después de todo, todos hemos tenido quince años y hemos sido víctimas y victimarios; pero descubrir que debajo de su sonrisa y su extroversión había miedo, y acaso algo más, no fue un hallazgo agradable.

A esas alturas su fama era algo del pasado. Ahora se ganaba la vida como programador en una empresa holandesa o danesa, y compartía piso con una pareja gay en El Raval. Conservaba, eso sí, una especie de aura de poeta que salía a flote después de dos o tres copas de vino.

—Yo iba en bicicleta ese día —empezó a contarme una tarde, poco antes del verano de esta historia, sentados en una terraza de Sant Antoni. Estábamos allí esperando a unos amigos suyos que acaban de llegar de Londres y que se estaban instalando en un piso cercano que habían alquilado—. Estaba en un semáforo de Nuevo Vedado, en 26 y Kholy. ¿Te ubicas?

—Sí. Es mi barrio de La Habana.

—Pues vi a una chica que iba en el asiento de atrás de un Lada blanco. Me quedé todo el día pensando en ella, disfrutando del recuerdo, pero algo no me cuadraba. Por la noche, justo antes de quedarme dormido, me di cuenta de que tenía Síndrome de Down. ¡Me explotó la cabeza!

No quise interrumpirlo. Había aprendido que a veces tenía la necesidad de contar historias descabelladas y que aquello parecía dejarlo limpio y tranquilo durante un tiempo, como si se sacara algo oscuro de dentro.

—Estuve varios días pensando en ella, dándole vueltas al hecho de que estaba obsesionado por una mujer que tenía… que no era… ¿sabes? Y un día, un mes o dos después, me la encontré en una fiesta. Llegué un poco tarde y estaba ya un poco borracho. Empecé a bailar y de pronto la vi, como un fantasma, entre el humo y la gente. Iba vestida de blanco, con el pelo negro suelto y limpio. Tenía un olor afrodisíaco. Estaba frente a mí, bailando, como si nada. ¡Era una belleza! Bailamos un rato. Ella parecía concentrar en mí toda su atención. Entonces la cogí de la mano y nos metimos en un cuarto.

»Al otro día me desperté solo en la cama. No había nadie en el apartamento. Tenía un dolor de cabeza insoportable y tuve que ir a pie hasta la casa. Todo aquello era muy extraño. No había hablado con ella en ningún momento. Era como cuando tienes un sueño raro que te deja mal cuerpo al día siguiente, ¿sabes? Pero cuando llegué a la casa, Argos me recibió y me borró aquella tontería a lengüetazos.

Esperé unos segundos, para asegurarme de que había terminado la historia.

—Sergio, ¿te acostaste con una tía con Síndrome de Down? —le pregunté entre divertido e inquieto.

—¡Qué no! Al final resultó que no tenía nada. ¡Era una tipa normal!

—Entonces el subnormal eres tú. ¿Te das cuenta de que lo que me acabas de contar no tiene sentido? Esa no es una historia para contar. Bueno, sí, es la historia de cómo te acostaste con una mujer, pero mal contada.

—Tú no te enteras.

—¿Cuál es el punto de tu historia? Explícamelo.

—¿Por qué tiene que tener un punto?

—Porque sí. Me la cuentas por algo, ¿no? No me cuentas algo sin un propósito. No me cuentas que te levantaste esta mañana, te lavaste los dientes y desayunaste en el bar de abajo.

—¿Por qué no?

—¡Porque no, cojones! Eso no tiene ningún interés. A menos que pase algo diferente, yo asumo que si te veo es porque te has levantado, que si no te huele la boca es porque te has lavado los dientes y que, seguramente, habrás desayunado algo.

—Pero lo que te acabo de contar sí tiene interés.

—Es una idiotez, Sergio. Me acabas de contar que una vez te acostaste con una tía que pensabas que tenía Síndrome de Down, pero que no lo tenía. Y eso último ni siquiera lo mencionaste. Te lo tuve que preguntar. ¿Qué mierda de historia es esa?

—No te enteras, viejo.

—Y me dices que un tal Argos te pasó la lengua y te borró la memoria.

—Era mi perro.

—Ya lo sé.

—Es la historia de una especie de locura transitoria, de un viaje. Argos es el hogar, el regreso a casa, a la cordura, a la paz.

Abrí la boca para decir algo, pero decidí que no valía la pena. Di un sorbo a la cerveza. La noche empezaba a caer, cálida y dulce bajo los árboles y entre los globos de luz anaranjada del alumbrado, y saboreé la inactividad, la ausencia de responsabilidades y el lento discurrir de la vida en aquella calle de la ciudad. Las mesas se habían ido llenando y los camareros deambulaban con desgana. Pensé, una vez más, que Sergio podía ser un antiguo poeta, un poeta que había fracasado a la larga, incluso un poeta para toda la vida, pero que era definitivamente idiota, fuera por lo que fuera. Idiota e inofensivo. Pero idiota. Y nadie tenía la culpa de eso.