El mártir y otros poemas

De la antología poética personal Con tantas lluvias al lomo (Ilíada Ediciones, 2022)

Manuel Vázquez Portal (Morón, Cuba, 1951). Poeta y periodista de reconocida y premiada trayectoria en Cuba. Publicó en Cuba los libros Del pecho como una gota, A mano abierta, Cantos iniciales, Un día de Pablo y Cascabeles. En 1995 ingresó en la agencia de prensa independiente CubaPress y más tarde fundó el Grupo de Trabajo Decoro. Durante el proceso represivo conocido internacionalmente como “Primavera Negra de 2003 en Cuba fue condenado a 18 años de cárcel por ejercer el periodismo independiente. En junio de 2004 consiguió una “licencia extrapenal” por razones de salud, gracias a una campaña internacional por su liberación. Ha publicado además Celda número cero (poesía, 2000 ), Escrito sin permiso (testimonio, 2007), Cambio de celda (poesía, 2008), Velo de cristal (poemas, 2009 ), la novela Un amor en los ochenta (2011), En el extraño viaje (poemas , 2015), Nada puedo enmendar de aquellos miércoles (poesía, 2016) y el ensayo Diciendo mal de mujer: Apuntes críticos sobre poetisas cubanas (2021). Desde 2005 reside en Miami donde ha ejercido el periodismo y sigue escribiendo.

Puede adquirir el libro aquí: Con tantas lluvias al lomo – (Poesía) -Manuel Vázquez Portal


El mártir

Mañana
recordaremos que te has muerto
(quizás te asesinaron).
Habrá un discurso alto
y unas miradas bajas
todo será dolor
en ese aniversario:
pañuelitos nerviosos entre dedos
unas gafas oscuras cubriendo la premura
palmaditas de adiós sobre la pena.
Mañana
serás bueno
tan sumamente bueno
que de seguro Dios
te cederá el asiento
y se pondrá a tu diestra.
Rugirás de furor frente a los enemigos
de alguien que te hará su arma
y su estandarte
serás el más osado
el más bello
el más lúcido
explicarás con frases que inventen
para tu boca sabia
cómo fue que llegaste a ese espacio de luz.
Mañana recordaremos que te has muerto
para seguir viviendo a nuestras anchas.


Alguien quiere también dejarnos sin pasado

Yo lo recuerdo todo
mil veces he rearmado
añico por añico este rompecabezas.

Primero fue el hechizo
la bobera total
el aquí nadie es alguien
todos somos arcilla para asaltar el cielo.

Borregos en la fila para pedir permisos
permanentes deudores de muertes anteriores 
unas botas prestadas para abrir los senderos.

Después vinieron coñas
recelos a hurtadillas
chascarrillos sublimes que iban antologando
los comisarios turbios
todo muy musitado
muy visto de reojo.

Se hizo gordo el cinismo
poeta y policía podían ser uno solo
y todos descreímos
desconfiamos
hasta del tibio aroma de nuestras propias sábanas.

Alguien rompió el silencio
el sagrado silencio
donde solo el pastor sonaba el caramillo
le partieron la vida
el alma
la familia
lo untaron de palabras nauseabundas
y lo echaron al foso donde todo es olvido.

Nadie más se atrevió
y la vejez venía tragándose las horas
de una vida en pavura
de una vida sin vida.

Pero lo más terrible
‒la otra alucinación‒
ahora nada es verdad, solo un invento mío
una historia afiebrada y obsoleta
un óbice al mercado de lo que se aproxima.

Alguien quiere también dejarnos sin pasado.


Para cuatro personas

Reúno estas palabras para cuatro personas.

Ezra Pound

Reúno estas palabras para cuatro personas
(que si aspirara a más me frustraría)
una novia lejana en la memoria
que alguna vez creyó que se vivía de versos
bordó mis iniciales en un fino pañuelo
que nunca me entregó ‒era entonces un tiempo de pudores‒
y lo guardó, me dicen, como una prenda íntima
hasta ese extraño día que se tornó recuerdo
Las reúno también para mi padre
que siempre me alertó de la pobreza
que podía acarrearme mirar las musarañas
(entonces no sabía, yo no sabía;
él debía saberlo, desde siempre lo supo casi todo)
que esos raros sorícidos
que raramente emergen de la tierra
y no de los celajes
nos hacen perder tiempo y parecer estúpidos.
Las reúno además como castigo
para aquellos nulíparos de sueños
que en el ánfora ven sólo cuánto les cabe
para los áridos de magia
que saben escribir formularios y cheques
pero jamás han visto
un rayo hendido en su mitad por la esperanza.
Las reúno, quizás, tan solo para mí
porque a mí solo importa ese universo insomne
ese dédalo huérfano,
esa oscura ladera que a subirla me insta.
Tan sólo para mí
porque una vez me matan y otras veces me curan
me agreden a mansalva 
o se escurren fugaces cuando requiero un báculo
que me mantenga erguido si me mata el silencio.


La espera y los naufragios

Pesa la angustia mucho.
Deploro ese morral de basaltos abyectos
que pone zancadillas a la dicha
y doblega de sombra a las miradas.
La tristeza es un mal que padecen los necios.
Después del llanto hondo quedan los ojos limpios
para saber que el mundo se estrena en cada otoño.
Fui hecho de candores que malgasté en la ruta
intentando saber si era el camino
o yo me lo inventaba.
Lloró mi ingenuidad y lloraron mis gónadas.
Aprendí que la vía era una luz sin dueño y sin confines.
Quien se quedó atascado en uno de sus haces
creyó haber atrapado el último destello.
Era la misma noria, el círculo infinito
la sierpe fabricada de mirlos y crepúsculos
que me brindaba besos de miel adulterada.
Anduve sin pensar si era adelante
pero estuve consciente que crecía
No he llegado. Sigo marchando estoico y germinal,
semilla agazapada en la fisura de una roca
que espera por la tierra para darle raíz a sus albores.
Los emblemas me son indiferentes
sus borlas, su entorchado,
el relumbrón letal de las alturas.
Más alto habrá otro muro que me invite a saltarlo,
quizás, que lo derribe,
no voy a lamentarlo ni no lo consiguiera
porque de todo intento se nutre mi estatura.
Aplaudo cada vez que llueve en mi jardín
y las yerbas arpegian su creciente rapsodia de verdores.
Aplaudo cada vez que un anciano saluda
que otra aurora lo acoja en sus relumbres
y vence las fatales artritis del recuerdo.
Aplaudo cada vez que empina el sueño un niño
‒cual frágil papalote desafiando los cierzos‒
sin saber que el cordel lo maneja otra mano
pero nada le importa
porque se sabe dueño de un reloj que es muy joven.
Pesa la angustia mucho.
Por eso lanzo piedras contra las aflicciones,
guijarros que me lleven donde habita el anhelo.
Me alivia sonreír cuando la nieve,
la muchacha tardía
que ya no se aguardaba,
el tifón,
los amigos que parten,
la mancha en los espejos
la espera y los naufragios.