Un mariachi viejo

Fragmento de novela homónima

Félix Luis Viera – Foto: Ulises Regueiro

Continuamos ofreciendo a nuestros lectores otro capítulo de la más reciente creación de uno de los maestros de las letras cubanas, el narrador y poeta Félix Luis Viera. Se trata de la novela Un mariachi viejo, aún inédita y que, como casi la totalidad de la obra de este escritor cubano, anuncia ser un éxito.

Ciudadano mexicano por naturalización, pero residente en Miami desde 2015, en 2019 se le concedió el Premio Nacional de Literatura Independiente «Gastón Baquero» por el conjunto de su obra, un premio merecido que se contrapone al silenciamiento que los comisarios culturales de La Habana han lanzado contra sus indudables aportes a la literatura cubana. Pésele a quien le pese, Félix Luis Viera, que sigue creando con excelencia sus singulares mundos poéticos y narrativos, es un referente para las letras cubanas y uno de los nombres imprescindibles en la historia de la Cultura Cubana.


Me tocó el 1.5 por ciento falible del DIU. Moriré con la duda: ¿Cinthya habría querido dejárselo pero finalmente recapacitó, midió las consecuencias? ¿Comprendió que de algún modo me estaba traicionando? ¿Yo la abandonaría no obstante el embarazo? ¿Un hijo expósito?

Poco antes de su revelación me pareció que sus labios, gruesos, eurítmicos de nacimiento, mostraban algo más de volumen y sus grietas, armónicas, se encontraban un poquito cerradas. Justamente la noche antes me cruzó la memoria lo que dejó dicho el Poeta: “En sus entrañas hallé la inmensidad”: su vagina resguardaba un aguacero y su efecto prensil lo sentí rebajado. 

Sumo que esa tarde en la feria por rachas se mostraba vacilante, como ida, y que durante esa mierda del toreo, sus manos me parecieron frías —en ningún momento traspasaron el vapor habitual hacia las mías—. Se lo atribuí a la desgracia de mirar, igual que yo por primera vez, cómo un ser humano se burlaba, asesinaba lentamente a un animal y se vanagloriaba de ello.  

¿Entonces?

No me hago caso a mí mismo: mis apreciaciones suelen ser inexactas. A veces pongo demasiado mucho; otras demasiado poco; y en otras de cualquier modo me falta o me sobra una raya para marcar en la finalidad.  

El próximo mes el aborto será legal en la ciudad.

Es lícito en Estados vecinos. Pero ella persiste en la quimera del automóvil. “El coche será de agencia y si no podemos entregar todo el dinero, al menos las dos terceras partes. De lo contrario, con mensualidades, a la larga nos resultará carísimo, amor”.

Su ex, por supuesto, no le cobrará.

El procedimiento, incluida la extracción del DIU, no será nada complicado. En cuatro o cinco horas estará lista, le dijo él. 

La colonia Gómez Farías se encuentra en el este.

Cinthya me ha comentado que el ex tiene un perrazo muy agresivo. Para llegar a la habitación donde realiza el “trabajo”, hay que cruzar cerca del perro, que casi siempre se encuentra encadenado. Mas, cuando no lo está, con solo un silbido o par de palabras o las dos cosas el dueño lo controla de inmediato. Quizá esta última parte del relato —como en otros casos— será para que yo tenga una idea de la intimidad que compartió con él; y me encele.

Seguramente lo más amargo para mí esta tarde resultará del encuentro con el perro. Ella sabe cuánto los odio y les temo. Igual que mi repulsión para esas personas que compran sobrada carne para perros en el supermercado, pero son propensas a desconocer cualquier aviso sobre quienes comen pobreza, miseria, hambre, indigencia —que todo esto parecerían sinónimos, pero no lo son: resultan diversos niveles en el abismo—. “Infinidad de veces he tenido pesadillas en las cuales un perro me desguaza”, le he confiado en ocasiones.

Para llegar a la casa del ex debemos salir en la estación del metro que tiene igual nombre que la colonia, Gómez Farías —Valentín Gómez Farias, un mexicano encojonado, hasta hoy el único en este país que ha puesto su materia gris en par de Constituciones políticas, llamado el Patriarca de la Democracia— y ahí tomar un pesero —así les llaman a los microbuses porque antaño cobraban un peso (creo que ya esto lo dije)— de una ruta con la base junto a la salida. Cinthya me va indicando el recorrido.

El ex realiza estos trabajitos tarde-noche luego de su labor en el hospital.

Debe estar choqueado con la inminente legalización del aborto en la ciudad. 

Cuando subíamos las escaleras hacia la calle, me llegó el olor a lluvia en camino. El cielo parecía humo denso y muy negro. 

[Pensé reclamarle cómo habría sido posible que anduviésemos sin paraguas si ya estábamos en la época de lluvia; pero no era buen momento para un regaño].

Podríamos esperar el próximo para no viajar de pie. Pero no había resguardo de la lluvia en la base y de cualquier manera el pesero nos dejaría prácticamente a la puerta del ex, sugirió ella.

Unos seis o siete minutos de viaje y reventó el aguacero. Truenos seguidos.

Crucé miradas con una mujer quizás cincuentona que ocupaba el asiento lateral frente a nosotros, apenas mis piernas contra sus rodillas. Lentes de cristales redondos, grandes, gruesos. El cabello tintado de castaño oscuro. La vestimenta solo dejaba verle la cara: igual castaño oscuro. De esas personas que tienen los huesos muy pegados a la piel, por eso fina. Nunca había visto tal cantidad de rouge en unos labios. Rouge punzó.

Cinthya me dijo algo que no logré entender porque coincidió con un trueno. Me pidió que me inclinara y murmuró entre sollozos junto a mi oreja: “Dios mío, sangre”.

La sangre marcaba acaso dos pulgadas por debajo del borde de su falda. 

La sangre tomó el piso y la señora de labios abarrotados de rouge la miró y metió un grito de espanto, como si fuese ella quien sangrara. Ni el chofer ni aun los viajeros más cercanos al grito lo habrían escuchado: además del ruido de la lluvia, en ese momento él, el chofer, levantaba a toda leche —como es habitual en estos transportes— la cumbia con que estaba conectado: “Los caminos de la vida /no son como yo pensaba /como los imaginaba / no son como yo creía. / Los caminos de la vida / son muy difícil de andarlos, /difícil de caminarlos / y no encuentro la salida”. 

Fui adonde el chofer y mímica mediante le pedí por favor que bajara el volumen. Apenas terminó de accionar el botón me dijo, mientras parecía regodearse con el chicle que mascaba: “¿Que traes, güey?”.

Me acerqué más. Le conté. Gritó “¡híjole, ¿cómo le hacemos?!”. Y maniobró para estacionarse junto a la acera.    

De reojo había visto que Cinthya dialogaba con la señora del rouge. La señora se movió hasta la puerta delantera y pidió bajarse y el chofer pulsó el mando.

Cinthya ocupaba el asiento que dejara la zambullida en rouge; el torso arqueado, las rodillas levantadas, la frente contra el respaldo de adelante. Sin cambiar la postura, con un gesto de mano me pidió que me acercara. Puse mi oído muy cerca de su boca. Con pronunciación intermitente por favor que no demorara en llamar a los paramédicos, “toma mi bolsa y el celular por si no tienes crédito”. Me respondió que no sentía dolor.

El chofer, levantando su celular, me gritó que había llamado a los paramédicos.

[¿Se habría realizado un aborto antes?, ¿acaso del ex?, ¿el ex le habría practicado el aborto del ex?].

En el pesero solo quedábamos el chofer, ella y yo. Los demás se fueron lanzando hacia la lluvia por la puerta más cercana. 

El aguacero como columnas de agua arrojadas con furia. Los relámpagos, por instantes anudados, parecían uno solo. Igual los truenos (unos retumbaban, otros estallaban).