Las mismas calles

Me vi de nuevo subiendo y bajando por ellas
en compañía de mis amigos de entonces.
Después de un estupendo verano, el otoño había comenzado con lluvias,
como correspondía a esta estación del año
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Una tarde del pasado octubre decidí salir a reencontrarme con algunos de los lugares que conocí en  1994, tras mi llegada a Suecia, y que conservo en la memoria con un sentimiento de cariño muy especial. Son lugares corrientes, pero están relacionados con momentos que marcaron mi vida, la vida de mi familia y la de cada uno de los muchos compatriotas que soñaban con construirse un futuro en tierra escandinava. Hablo de calles, plazas e instituciones ubicadas en la capital del país, en una de las urbes más bellas que he visto jamás. Porque Estocolmo siempre fue hermosa, aunque hubo un tiempo en que, además de hermosa, era también ajena, codiciada y esquiva a la vez. Al menos para nosotros.

Era difícil relacionarse con ella y conocerla mejor. Para los cubanos que acabábamos de llegar de la Isla y vivíamos con un futuro incierto en el campamento de refugiados de Carslund, aquel mundo era un objeto policromado y brillante, un juguete expuesto en la vitrina de una tienda ante los ojos de un chiquillo pobre. Lo era, sobre todo, comparado con el mundo que habíamos dejado atrás. Sé que no sería justo relacionar La Habana de 1994 con el Estocolmo de ese año. Y no lo voy a hacer. Las diferencias entre la urbe cubana y la europea eran tan grandes que no tendría sentido enunciarlas aquí. Una seguía viniendo a menos con cada año que pasaba; la otra era el arquetipo del progreso y la modernidad. Hablo de los lugares del centro, que eran los que frecuentábamos nosotros. Por lo demás, no quiero repetir aquí el argumento de mi novela Delirio nórdico, donde ya dejé dicho todo lo que tenía que decir sobre mi vida en Suecia por entonces.

En fin, que pasó el tiempo y pasaron muchas cosas, unas buenas y otras quizás no tanto, y un día de otoño de 2022 cogí el tren de cercanías y me bajé en la Estación Central de Estocolmo, que ha cambiado mucho. Esta vez salí a la calle por la boca del metro que está junto a la entrada de Åhlens, la famosa cadena sueca de tiendas por departamentos. Como tenía cierta prisa, eché enseguida a andar por Drottningatan rumbo al edificio donde di clases de español durante años, a unas cuadras de allí. Tal vez encontraba a alguno de mis antiguos compañeros y me sacudía un poco la nostalgia por aquellos ya lejanos y estupendos días. Hacía un tiempo típico de mediados de otoño, húmedo, anodino y frío. Y de pronto, mientras caminaba entre la gente, recordé aquellas mismas calles unos años atrás.

Me vi de nuevo subiendo y bajando por ellas en compañía de mis amigos de entonces. Después de un estupendo verano, el otoño había comenzado con lluvias, como correspondía a esta estación del año. De improviso, alguien en el grupo dijo que quería ir a una tienda de segunda mano que estaba por allí. Todos entramos juntos; pero yo salí al instante, pues no tenía dinero para comprar siquiera aquella ropa barata sobre cuyo origen circulaban las más  diversas leyendas urbanas. Mientras mis compañeros buscaban no sé qué cosa dentro, yo me senté a esperarlos en un murito cerca de la entrada. El leve abrigo criollo que llevaba puesto no me protegía lo suficiente de la humedad y el frío escandinavos. Lo peor de todo era que tenía los pies mojados, puesto que el agua de la calle penetraba de algún modo mis viejos zapatos cubanos y, como es natural, me hacía sentir bastante incómodo. Entonces, desde la altura de mi punto de observación, que no era tan alto, centré mi atención en el gentío que desfilaba por mi lado. Me fijaba sobre todo en su calzado. Todos llevaban zapatos apropiados para el otoño, y todos pisaban fuerte sobre el asfalto y parecían estar contentos y satisfechos de la vida. Y yo sentí envidia de aquellas personas que caminaban despreocupados y felices, sin prestarles demasiada atención a los parias que merodeaban por la ciudad.

Y ahora, mientras recorría las mismas calles, moderadamente contento con la suerte, saltó a mi vista un individuo que estaba sentado en un banco del boulevard. Parecía un inmigrante sin papeles. No decía ni hacía nada. Solo estaba allí, mirando a la gente pasar. Se veía más bien triste. Tal vez le habían notificado que debía abandonar el país y regresar a su tierra. O quizás tuviera frío… o los pies mojados, como los tuve yo. Cuando pasé por su lado me pareció que me miraba los zapatos de un modo que yo me sé muy bien. Puede que también soñara con ser feliz en el país. ¿Lo logrará?

Estocolmo, otoño de 2022