Los aborígenes del siglo XXI

Hace poco tenía sintonizada una estación de la radio pública española y escuchaba las noticias de la mañana, cuando de repente empezó a sonar una canción en inglés. Era una canción que no se diferenciaba en nada de las tantas que atiborran el éter, las pantallas de la televisión y cualquier otro espacio posible en Internet o donde quiera que te metas. Una música igual a ella misma. El cantante, por supuesto, uno más en la plantilla internacional de cantantes anglosajones que prosperan en los medios de comunicación masiva en España. El conductor del programa radial dejó sonar su canción durante un tiempo más bien breve; luego retomó la palabra para decirnos que eran las 7 y 25 de la mañana, y enseguida nos anunció que se trataba del cantante canadiense Fulano de Tal, del grupo Más-cual, que acababa de sacar a la luz un primer single (así dijo, single, en inglés) y se pasó los minutos que restaban hasta los pitidos de la media hora hablando del susodicho intérprete foráneo.

Al día siguiente ocurrió otro tanto, esta vez con una banda de rock metálico. Y el encargado del segmento soltó un tramo de la música del grupo, que estuvo sonando hasta que el hombre decidió ilustrarnos sobre la vida y milagros de los integrantes de la agrupación. Los pitidos de las 8 de la mañana pusieron fin a la historia y el locutor pasó a hablar de los problemas acaecidos en España y el resto de países de su entorno. Tras varios días oyendo lo mismo, comprendí que esa era la línea de la estación y renuncié definitivamente a ella. No hablaré aquí del cine, los seriales en vídeo, los libros y otros productos de las “industrias culturales”, pues esta crónica se haría demasiado larga. Diré solo que no se trata de limitar lo ajeno, sino de estimar también lo propio y escoger lo mejor.

Y hablando de lo propio y lo ajeno, yo me pregunto si la otrora llamada “madre patria” no estará traicionando a la civilización a la que en realidad pertenece y que ella misma fundó del otro lado del Atlántico. Pero ¿para qué iba a hacerlo? ¿Por qué inclinarse ante un extraño, dejando su verdadero lugar en el mundo para hacerse un sitio, a codazo limpio, en la periferia de una cultura lejana a su propia idiosincrasia, a sus tradiciones y valores humanos? Esos experimentos a veces salen mal. Al final del camino podrías darte cuenta de que has dejado de ser tú, pero no te has convertido en el otro. Eres, sencillamente, nadie. La cultura anglosajona, en mi opinión, es extraña al hombre de origen español y no es necesariamente más rica ni más universal que la ibérica o la iberoamericana. Y tomo de nuevo la música: Teniendo tanta variedad de géneros y ritmos en países de veras hermanos, ¿por qué los encargados de difundir las diferentes manifestaciones del saber y el Arte se afanan de ese modo en su papel de admiradores de artistas ajenos, cuando en el conglomerado de pueblos salidos del tronco ancestral español se produce tan buena música, existen o han existido tantos excelentes intérpretes y tantos géneros de melodía vibrante, hermosa y sensual? ¿Por qué cuesta tanto dar noticia de la aparición de nuevos temas españoles o iberoamericanos?, ¿por qué se ignora nuestro acervo cultural común, mientras se trata machaconamente de incrustar en la conciencia del pueblo una música de letra incomprensible y melodía no siempre más bella ni agradable al oído que la de una buena canción española o hispanoamericana? ¿Por qué no queremos conocernos mejor? Dicho sea de paso, he leído en inglés las letras de las canciones de Bob Dylan, premio Nobel de Literatura. Las comprendo bastante bien, y por mucho que he tratado de hacerlo no encuentro en ellas nada superior a la poesía de Sabina, Serrat, Milanés o Silvio, para no hablar de los grandes poetas de nuestra lengua. Entiendo apenas el culto que se le tributa en los países angloparlantes; pero ¿por qué en los nuestros?

Comprendo que una voz como la mía no podrá cambiar el curso de la colonización mediática que, lenta pero indefectiblemente, está borrando paso a paso la cultura autóctona de nuestros pueblos, colocándola en un segundo plano antes de dejar que se apague por sí sola y se pierda en la bruma del tiempo. Ya ocurrió con el Imperio romano y con tantos otros en el transcurso de los milenios. Ahora mismo, mientras escribo estas líneas, ocurre cada día ante nuestros ojos. Esta vez los embaucados somos nosotros, los aborígenes del siglo XXI. Quien necesite verlo para creerlo, que se detenga un instante a oír y mirar en derredor y que juzgue luego por sí mismo.

Hace cierto tiempo, una cantaora de flamenco llamada Argentina estuvo de viaje en Cuba. En su paseo por La Habana Vieja entró en un bar donde un grupo de músicos cubanos interpretaba una canción popular. Lo supe por una amiga que me envió un vídeo grabado por uno de los allí presentes. En el material no se muestra cómo ocurrió el proceso de acercamiento; pero lo cierto es que la visitante se unió a los músicos del país, y todos juntos interpretaron una canción titulada Idilio y escrita por un compositor puertorriqueño. El resultado es maravilloso. Durante un rato la muchacha española interpreta con su deje andaluz aquella canción caribeña y, gracias a quien grabó el vídeo, nos deja un testimonio hermosísimo de una música que emociona a casi cualquier persona de nuestro entorno cultural y lingüístico. Debajo de las imágenes del vídeo pueden leerse numerosos comentarios de españoles y latinoamericanos que expresan la misma idea que yo he tratado de enunciar aquí. Mientras los leía, me vino a la cabeza la peregrina idea de que tal vez no todo esté perdido.

Promesas incumplidas

El día en que cumplí 75 años tomé varias decisiones que entonces me parecieron trascendentales en mi vida. La primera de ellas fue que a partir de aquel momento comenzaría a envejecer. (No crean que no; esto tiene su miga). El segundo de mis propósitos aquel inolvidable día de febrero consistió en dedicar parte de mi tiempo libre a uno de los deportes cuya práctica me ha apasionado mucho siempre y que nunca pude dominar como lo habría deseado. El tercer reto, el más difícil de asumir, era algo que, por diversas razones, venía desde hacía tiempo madurando en mi mente: había llegado la hora de abandonar el oficio de escritor y dedicar mi vida a alguna tarea más agradecida que la de inventar historias para ser leídas por otros.

En realidad, lo de ponerme viejo era pura retórica. Desde el momento mismo del nacimiento, la vida consiste en eso, en envejecer con cada día que pasa; es un proceso que  se detiene sólo con nuestro último aliento en este mundo. De manera que hay que tomárselo con espíritu deportivo. Por otra parte, tampoco me preocupa demasiado, pues lo que tenga que ocurrir ocurrirá. Mantengo mi plan de guardar definitivamente el coche en algún momento tras haber cumplido los 85, de manera que iré acercándome a la fecha con filosofía, con la mayor tranquilidad de la que sea capaz por ese tiempo.

Sobre el propósito relacionado con el deporte, la verdad es que traté de cumplirlo; pero no pudo ser: el verano pasado mi cuerpo se encargó de recordarme que no todos los retos pueden ser vencidos en cualquier recodo del camino. Como leí hace mucho tiempo en algún sitio, cada cosa tiene su momento y existe un momento para cada cosa. Hay trenes que pasan una sola vez en la vida, y para mí este es, o fue, uno de ellos. De manera que el verano pasado no tuve más remedio que acogerme al refrán de “donde dije digo, digo Diego”. Y a otra cosa, mariposa.

La tercera de mis promesas…, pues va a ser que no. Tarde o temprano hay que rendirse a la evidencia: el escritor que ama su oficio nunca deja de serlo. Y yo, después de aquel 75 cumpleaños, me metí en una novela con la que había soñado desde los inicios mismos de mi carrera. Se titula Triunfo sin gloria y se desarrolla en los años finales de la guerra de independencia en Cuba y la intervención norteamericana en la contienda. Trabajé muy duro con el texto, pero ya está listo. El libro verá la luz la primavera de este año con la editorial Huso, de Madrid. Aprovecho para exhortar a mis lectores a adquirirlo y leerlo. Me atrevería a decir que les resultará interesante y novedoso. Quizás hasta les guste.

Lo peor es que ya he comenzado a pergeñar una nueva ficción, y que hay otra que viene asomando en lontananza. Me explico: Anduve durante varias semanas sin pensar siquiera en ninguna otra historia. Me acercaba de vez en cuando al ordenador y, con una gota de resignación y otra de tristeza, revisaba los muchos textos comenzados y abandonados allí. Luego les volvía la espalda. Hasta un atardecer, de hace unas pocas fechas, en que salí a dar un paseo por el bosque de pinos que crece junto a mi casa y me detuve un rato a contemplar el crepúsculo marino en el Levante español. La mar, crispada como casi siempre a esa hora, farfullaba a unos metros de mí. De repente, las ideas más inesperadas comenzaron a dar vueltas dentro de mi cabeza. Desde aquel atropellado carrusel, algunas revolotearon un rato y siguieron su camino hacia quién sabe dónde. Otras, sin embargo, se empecinaron en quedarse conmigo. Como si giraran a mi alrededor y no dentro de mí, yo extendí la mano y las guardé en un rincón de la memoria. Eran temas nuevos, imágenes frescas que llamaban fuertemente a mi puerta. Y ahí siguen, insistiendo con mayor vehemencia cada vez.

Hoy puedo decir que las conservo en la mente, que han echado raíces y comenzado a crecer. Y que pugnan por volverse tramas. Están fuertes, quizás incluso demasiado, comparadas con mi estado general de salud, que ya no es el de antes. ¿Seré capaz de darles forma y convertirlas algún día en un relato digno de llamarse novela? Prometo intentarlo y hacer lo imposible para ello. ¿Lograré escribirlas? Pues no lo sé.

Las mismas calles

Me vi de nuevo subiendo y bajando por ellas
en compañía de mis amigos de entonces.
Después de un estupendo verano, el otoño había comenzado con lluvias,
como correspondía a esta estación del año
.

Una tarde del pasado octubre decidí salir a reencontrarme con algunos de los lugares que conocí en  1994, tras mi llegada a Suecia, y que conservo en la memoria con un sentimiento de cariño muy especial. Son lugares corrientes, pero están relacionados con momentos que marcaron mi vida, la vida de mi familia y la de cada uno de los muchos compatriotas que soñaban con construirse un futuro en tierra escandinava. Hablo de calles, plazas e instituciones ubicadas en la capital del país, en una de las urbes más bellas que he visto jamás. Porque Estocolmo siempre fue hermosa, aunque hubo un tiempo en que, además de hermosa, era también ajena, codiciada y esquiva a la vez. Al menos para nosotros.

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