Constataciones

(Microensayos)

Nunca podemos saber qué nos espera al final de una escalera,
qué encontraremos cuando hayamos remontado su último peldaño.

Espejos

Hay que  huir de los espejos como de la peste. La sola existencia de estos enigmáticos artilugios azogados –hoy más bien plateados o de aluminio– es uno de los más serios y graves problemas que afectan a  la humanidad doliente. Allí donde quiera que nos encontremos de frente con  un espejo (sea cual sea su tipo, forma o tamaño) habrá frustración dolor y sufrimiento.

Parece cuento, pero no lo es en absoluto. A los malparecidos (feos y feas, poco será lo que  te pueda  contar que ya no sepas si eres del gremio) los espejos le bajan de golpe la autoestima al nivel del piso; y  a los  bien parecidos le elevan la  vanidad y la autocomplacencia hasta niveles estratosféricos.

Tanto  feos como atractivos culminan mal en su relación con los espejos. Porque una vez  derruida por completo la autoestima (con la contemplación de la propia fealdad en contundente  imagen incontrovertible), los feos y feas  caen en depresión severa, y es cada vez más habitual  que acaben  arruinando su vida o incluso  poniéndole un dramático  final a la misma; los  bien parecidos, por su parte, se deslizan en un estado de complacida autocontemplación narcisista continuada que situándolos en una especie de paraíso de la inanidad termina  igualmente arruinando del todo su vida.

En este mundo resquebrajado y roto en el que vivimos nadie escapa al funesto influjo  de los espejos. Tomemos por ejemplo a  los gordos y gordas del planeta. La experiencia de este sensible colectivo con los espejos ha sido siempre francamente traumática y dolorosa. Los espejos  compiten a conciencia con las básculas o balanzas para erosionar la estabilidad psíquica y emocional de  los gordos y gordas del ancho mundo, mostrándoles de forma brutal y concluyente su gordura: una límpida imagen especular que capta de inmediato el ojo sin que haya  la menor posibilidad de obviarla ni discutirla. 

Muchos se cuestionan sobre cuál socaba más hondamente el amor propio y la autoestima  de  los gordos y gordas del planeta, si las básculas o los espejos. Yo por mi parte me inclino a pensar que ambos artilugios, productos singulares del ingenio humano, actúan de forma mancomunada y en total complicidad para llevar a cabo esta tarea: hundir en la negra noche de la depresión sin retorno a los gordos y a las gordas.

Y ¿qué  decir de los envejecientes y las  personas de la tercera edad –o  aquellas que ya avanza a pasos firmes hacia ese estado y su relación con lo espejos? A este  vulnerable colectivo los espejos le roban la alegría de vivir. Y no es para menos. Los espejos le ponen delante  a todos ellos las penosas pérdidas que impone la edad –caída del pelo y de los dientes,  disminución de visión y desaparición del brillo de los ojos y la tersura de la piel conjuntamente con la de la lozanía, el vigor y la vitalidad– y, a la par, le hacen evidente las horribles incorporaciones que  de forma inexorable conlleva por ley biológica  el paso del tiempo:  la papada,   las ojeras y bolsas bajo los ojos, las patas de gallo, los pronunciados surcos de las arrugas, las verrugas y las manchas de la edad, el agrandamiento de las orejas y su extremo descolgamiento…

Este conjunto de síntomas que el espejo estruja en la cara y muestra con absoluta fidelidad a quienes viven lo suficiente como para sobrepasar los años de la dorada juventud, pueden sobrellevarse con cierta resignación y estoicismo. De un lado, se esperan, se sabe que vendrán a su tiempo; y, por el otro,  es dable corregirlos, disimularlos  o atenuarlos si la persona afectada pone su deteriorada anatomía (piel, masa muscular y cúmulos de grasa) en manos de  un especialista competente de los tantos que hay hoy en día en todos los países. 

Caso muy distinto –y mucho más dramático– es el de los fracasados y vencidos. A estos el espejo les muestra en toda oportunidad y ocasión aquello que no es posible remediar con cirugía ni enmendar a través de sofisticados e innovadores procedimientos estéticos: el rictus de insatisfacción y de amargura que desfigura la totalidad de un rostro (boca, entrecejo) y que pone de manifiesto bien a las claras la más absoluta  derrota ante la vida.


Nubes 1

En su lento transcurrir en el vasto cielo, las nubes, como si de una obra literaria se tratase –novela, crónica, cuento, fábula o poema– nos cuentan variadísimas y sugestivas  historias. Cumplen así una labor absolutamente indispensable para el desarrollo de la humanidad en su conjunto: Mantener viva la imaginación creadora de  todos aquellos –hombres y mujeres de toda edad y condición– que dediquen  tiempo a contemplarlas. Recrear las historias que nos proponen y sugieren en lo alto del azulado cielo las nubes, corre completamente de nuestra cuenta. Nadie ve lo que no está preparado para ver o lo que ya de por sí no lleva dentro…


Nubes 2

Cuando el viento sopla con fuerza en las alturas  las nubes se ven muy alteradas y contrariadas. El viento atenta contra lo mejor de su esencia (el hacer lluvia, aun cuando es sin duda importante para ellas, no deja de ser  su trabajo… algo  práctico y rutinario…).

Lo más significativo y relevante en la vida de  las nubes es sin duda  la contemplación calma y sosegada (mirar hacia abajo desde lo alto) y el juego creativo con las formas, con el que logran desencadenar la imaginación de  quienes, bien dotados,  las contemplan.

Pero el viento fuerte  impide por un lado a las nubes disfrutar con el debido sosiego  del variado paisaje de la Tierra allá abajo  y, por el otro, daña  de forma dramática  su autoestima –o más bien su vanidad y coquetería–, pues hace imposible que sus numerosos admiradores puedan disfrutar de la contemplación de sus caprichosas y sugerentes formas (el embate del viento las descompone y  deshilacha) ejercitando a la par con ello, con  maravillado regocijo y deleite, su propia imaginación creadora.

“Mira allá un perro con un hueso en la boca, mira allá un anciano con pipa y sombrero de copa, allá un dragón vomitando fuego… más allá un bajel pirata con las velas desplegadas al viento…

Nada hay más importante para las  ingrávidas nubes que estos eventos. Por eso las irrita  tanto que  el estólido viento  con sus violentas ráfagas se los  arruine…


Comprobación

Si la hora de nuestra muerte está prefijada  de antemano con suficiente antelación en el plan maestro de un ser superior, como muchos arguyen y la religión católica sostiene, entonces las acciones que eventualmente pueden “poner en riesgo” la vida de las personas, aquellas que podrían calificarse de “temerarias” o de “imprudentes”, no son de ningún modo posibles.

Y desde luego tampoco  lo son aquellas otras  del todo deliberadas  –y cobardes  y punibles– como lo son el suicidio y el asesinato. Pues ¿cómo quitarle la vida  a alguien hoy martes 5 de abril de 2022 a las nueve menos cuarto si ya están establecidos de antemano el día, la hora y el año de su muerte para el sábado 9 a las 10: 35 pm del 2023? ¿Querrá usted quizá realizar algunas pruebas en este sentido?…


Conversaciones

La mejor forma de conversar con un semejante (hombre o mujer, joven o viejo, nacional o extranjero, civil o militar, heterosexual o LGTBQ+) es no  mirarlo a los ojos y jamás escuchar lo que dice, esto independientemente de que lo que diga sea bueno, malo o regular. Interesante o anodino.

Y si por un causal le conceden  a usted un breve turno de intervención (si es que este  le llega, porque por lo general los otros hablan sin parar sin permitir que lo hagamos nosotros), debe usted soltar lo primero que se le ocurra, ya sea esto beligerante y agresivo o conciliador, un manido tópico o una idea brillante.

Porque de todos modos da  igual, créame. Los  otros jamás  escuchan y si lo hacen (supongamos que por alguna extraña causa o  singular contextura de su particular naturaleza alguno un buen día lo hace) de ningún modo va a entender lo que digamos (jamás captará el contenido intelectual, emocional y vivencial de  nuestro discurso o parlamento) y mucho menos se hará coparticipe de nuestro sentir y particular punto de vista. ¡Y ni falta que hace!

 Por otra parte (y es este  un punto de capital relevancia en los tiempos que vivimos de extraordinario desarrollo  de las telecomunicaciones) en el momento en que el su interlocutor coja el celular para responder una llamada entrante y ya no lo suelte más durante todo el transcurso de la conversación, argumentando (será  solo una entre muchas otras posibles justificaciones) que tiene que responder unos mensajes urgentes, no pierda usted tiempo y aproveche la ocasión y haga lo mismo. Enarbole su celular a la altura de sus ojos y responda aplicadamente los  mensajes que le han estado llegando (con su molesto sonido de notificación) desde el inicio  de la conversación, aquellos  que usted por deferencia y respeto o quizá tan solo por temor no se había atrevido a responder hasta este preciso momento.

 Ahora  tanto usted como su interlocutor han quedado completamente absorbidos en cuerpo y alma por el artilugio digital (música, sonidos, imágenes estáticas y en movimiento) y ya no hay por qué disimular cuál es el objeto preferente de su atención, cómo y en qué está usted decidido a gastar su vida y tiempo…  Tanto usted como su interlocutor  han quedado transparentados en su condición de ciudadano de hoy…

Llevadas a la práctica con rigor estas sutiles estrategias, tendrá  usted conversaciones  verdaderamente satisfactorias y altamente exitosas y, desde luego, lo cual es muy importante, de ningún modo  conflictivas ni problemáticas.


Eficacia del lápiz

Hacia tanto tiempo que no escribía con su lápiz que  había olvidado que  los lápices  (a diferencia de las máquinas de escribir y  los modernos dispositivos digitales) se apropian de los acontecimientos del relato, los toman como cosa  propia, los hacen suyos y terminan,  como no podía ser de otra forma, escribiéndolos ellos mismos, conforme  a su particular modo y manera, según su propio sentir y  personal visión, y esto  más allá de la voluntad del escritor que, sosteniendo el lápiz firme entre sus dedos como si de verdad  gobernara su veloz desplazamiento sobre la pulida superficie de la página, en realidad  se limita a seguirle dócilmente en sus gráciles y armoniosos movimientos, y lo deja hacer con entera libertad, seguro por lo demás del óptimo resultado del proceso creativo así ejecutado y puesto en marcha, porque (lo tiene más que comprobado),  un lápiz siempre acierta, y termina componiendo  obras verdaderamente extraordinarias, auténticas masterpieces imposibles de lograr por otros medios.


De choques y tropezones

Tropezar dos veces con la misma piedra es algo muy común entre los humanos que  suele ocurrir más de lo que uno puede imaginarse. Este choque se supone que debería ser siempre o casi siempre (de acuerdo con la lógica) con la punta de los zapatos. Las piedras por lo general se encuentran emplazadas en el suelo. Extraño y sorprendente es que ocurra (el choque) con la parte frontal de la cabeza (con la  frente) o aun incluso con el pecho. Eso sería (en buen castellano y buena lógica) darse de bruces (“topar de frente”) dos veces con la misma piedra. O mejor: “chocar frontalmente” dos veces con la misma piedra. Para lo cual la piedra (cosa rara) debería estar no ya en el suelo como suelen estar las piedras sino en alto, justo a la altura de la frente o del pecho del decidido caminante.


Propósito*

(microensayo)

Si estamos solos  al nacer y absolutamente solos al morir, ¿por qué no vivir felizmente solos en medio?

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*Variación sobre un tema de Lorrie Moore (2015)


Escaleras

Hacer uso de las escaleras es una actividad llena de riesgos y acechanzas que toda persona sensata debe analizar con sumo cuidado antes de emprender. Cada pisada nuestra en los exiguos y altos escalones (muchas veces numerosísimos) supone un  pulso desigual con la contingencia y el azar que puede llevarnos a la catástrofe que, queramos asumirlo o no, siempre nos acecha.

Escaleras las hay muchas y de los más diversos tipos, constitución estructural  y materiales: escaleras rectas, helicoidales, de caracol…. de madera, de mármol, de granito, de cemento o de hierro. Adornadas o en extremo funcionales y sencillas, más o menos empinadas, anchas, con pasamanos o sin él, de exterior (escalinatas) y de interior.

Cada una de ellas tiene su propia personalidad e idiosincrasia  y claro está, nos enfrenta a muy particulares e imprevisibles peligros.

Cuando subimos una escalera (así de insensatos somos) nunca nos preguntamos a dónde conduce esta realmente; siempre damos por sentado (con la más absoluta ingenuidad y temeraria entrega a lo real) que  dirige nuestros pasos hacia donde  teníamos estipulado o pautado o a dónde se nos ha indicado, cuando la realidad es muy otra y desmiente esta loca y descabellada presunción. Nunca podemos saber qué nos espera al final de una escalera, qué encontraremos cuando hayamos remontado su último peldaño. Lo mismo nos conduce a otra diferente dimensión de lo real o al más extremo vacío…

Pero  todavía más. Una vez hacemos el esfuerzo de subir una escalera (esfuerzo tantas veces fatigoso), deberíamos preguntarnos si sabremos luego, más adelante, bajarla, o si la misma estará en el sitio preciso que la dejamos una o dos horas antes esperando paciente y dócilmente por nosotros para  que podamos usarla de nuevo  para aposentar felizmente nuestros pies “allá abajo” en el sólido suelo. Porque  la dichosa esclera puede o no dirigirnos  al sitio preciso de partida o  en línea recta enviarnos  al núcleo o corazón incandescente de la Tierra…