Ukamara, Ojo de serpiente
Carlos Reyes Ramírez
Pakarina Ediciones. Lima, 2022
Estamos ante un solo poema dividido en tres secciones. Un poema total según las aspiraciones mayores. En la primera sección, De buhoneros y barajas, asistimos al despliegue de personajes y emblemas del mundo ribereño: «el viejo Caterpillar amarillo», «un barco donde las máquinas se han destruido y se ha detenido el mundo», «el metal que fulgura en cada golpe sobre la madera saqueada de los bosques indefensos». No es ninguna leyenda; cualquier amazónico conoce ese mundo de los tahúres en las prolongadas noches de navegación. Lo importante en esta versión es la entonación. El poeta no narra. El poeta canta. Y su palabra evoca segmentos, retazos de vida en el fluir del río. Tampoco es mito ni leyenda. Realidad cantada con una fuerte voluntad de denuncia. Nos habla de «naipes marcados por el etnocidio en tierras amazónicas». Nos advierte: «Se escuchan Sonidos de árboles crepitando, se derraman improperios y odios soterrados y todo perece y todo renace».
La segunda sección, Universo Ukamara, es el núcleo de esta bomba de relojería que lentamente, paso a paso, nos conduce hacia su revelación. «Por aquí, grandiosa Ukamara, han pasado los barcos cubiertos de sangre y leche de árboles mutilados. Aquí los viejos trastos, arrinconados asesinos, varados en las playas, se han vuelto urinarios de los inadaptados, violentos ataúdes donde las aves depositan sus desechos». Once piezas integran esta estancia. Once piezas donde se canta al amor, a los barrizales, a los pescadores, a los primates, a los platanares, arrozales, las nubes, las batallas, los tiempos de plaga. Se canta al Dios creador del mundo: «Ukamara creó los astros errantes en el infinito y encajó el microbio que preñó a la boa de donde nació el primer hombre». Se canta desde Ukamara: «El horno nuclear ardiendo por millones de años…» ¿Ukamara espacio del mito? ¿De qué mito? De la vida cotidiana, de los barcos, de la maquinaria pesada que contribuye al saqueo de la naturaleza, la codicia, la usura, la prepotencia contras las poblaciones locales: «Marzo 1964. Una lluvia de bombas y balas se ha derramado sobre los cuerpos de mujeres y hombres en la húmeda espesura. Una ráfaga de aire impuro recorre los terrenos donde se alza, legítima, la vasta autoridad de Ukamara». Elementos todos que nos desbordan aislados de la realidad que las engendró, pero que aparecen de pronto como lo que son: manifestaciones de la ideología de la explotación. “Los campos huelen a follaje quemado y, altísimo, el humo nos advierte de los despojos: una batalla desigual sobre campos Matsés. El libro entero es en realidad una batalla de desmitificación. «Sobre la copa de los árboles sobrevuelan helicópteros y aviones y es el preludio inclemente de la pólvora que desata la muerte».
Animales de diciembre es la sección final. Y ahí arde con luz propia el poema de cierre de todo ese mundo, Vocación. «Mi vocación fue ser navegante y gambusino en los ríos donde vi el amor de la gente germinado como semilla de aguaje en busca de sol y sabiduría». En este poema el poeta nos da la clave de su singular punto de vista en nuestra poesía. Habla desde la minuciosa observación. Canta desde el descubrimiento científico: «Conocí el mundo por el ojo izquierdo de un microscopio…» sostiene Carlos Reyes Ramírez en el poema insignia del libro. Desde ahí habla del “mecanismo fisiológico el poema” o del «vértice del universo vaciante».
Libre de las coacciones del verso, la opción del versículo le permite desarrollar su propuesta sin entrabe alguno, fusionar visiones del mundo en crisis con estampas de ese gigantesco universo fluvial. Y dentro de ese espacio consagrar el canto al espíritu lógico de su madre: «Alguna vez dije entre amigos de la infancia que mi padre era un viento rojo. No estoy seguro si quienes escucharon esta aseveración estuvieron de acuerdo conmigo. Nadie logró comprender el extraño lenguaje de un muchacho rural, además del desconcierto que la frase producía entre los mataperros que fuimos: niños sin zapatos que deambulaban por las calles de Iquitos. Mi madre me dijo que Raúl Aquiles, mi padre, no era nada de ese viento al que yo hice mención casi al borde de la arrogancia infantil. “Es un invento tuyo”, la escuché decir mientras preparaba tortillas de huevo y una bebida ardiente de plátano. Y mientras caminaba de la cocina a la huerta continuó entre los muebles con su apagada voz. Era raíz vegetal, caliente, igual que fariña sobre blandona».
Ukamara es al mismo tiempo tanto un canto a la madre como al padre: «Mi madre me nombró como a un dios bizarro en plena creación. Y digo madre, porque mi padre solo fue una ilusión en la soga de los muertos, una marea acompañada de icaros y vomitivos gusanos coloridos como el ojo de la ayahuasca». Las cosas claras, sin leyendas ni tortícolis sentimentales. El poema es un canto a los habitantes de ese triángulo que conforman la confluencia del Ucayali con el Marañón antes de convertirse en un canto a los misterios de la Amazonía entera, sin por eso encerrarse en la égloga regionalista: «De lejos se ven mejor los desperfectos del mundo y así miramos a los niños turcos que huyen de la guerra y son pasto de la xenofobia».
Estamos ante un universo abierto y al mismo tiempo asediado por el extractivismo en sus diferentes versiones. Un universo milenario en el que han cohabitado desde siempre diversas etnias masacradas por la incurria política. Todo eso y mucho más reside, bulle, germina, florece en un flujo de imágenes en el que no hay rupturas con el habla habitual, en el que no hay cojeras en la expresión. Tampoco hay pavor ni asfixia. Hay sí una profunda identificación con el ser amazónico, con ese universo engrandecido por una mirada generosa, cargada de serenidad en la que está ausente el conformismo. El anhelo del canto nuevo enunciado en el libro que inscribió la voz de Carlos Reyes Ramírez dentro del contexto nacional ha vuelto a plasmar en este Ukamara, ojo de serpiente. Ha vuelto a reconciliar la realidad y la vida del ser humano, el objeto y el saber.
