Poesía en defensa de la Amazonía

Estancias de Emilia Tangoa
Ana Varela Tafur
Pakarina Ediciones, 2022


La poeta peruana Ana Varela integrante del Grupo Cultural Urcututu de Iquitos y ganadora del Copé de Oro 1991 en el género de poesía, uno de los premios literarios más importantes actualmente, centra su poemario Estancias de Emilia Tangoa en la problemática de la mujer y lo femenino vinculado a la naturaleza, es decir, la defensa ecológica del extractivismo depredador y en la mitología amazónica, sus raíces étnicas y su herencia cultural, para reivindicarla y para denunciar estado de explotación y opresión que sufren los pueblos originarios de la Amazonía.

A pesar de su larga estancia en USA en ella sigue presente la floresta, aquellas rutas andadas en su natal Iquitos, a tal punto que ella misma es un árbol con profundas raíces amazónicas, como lo declara en el poema “Sabiduría”: De un bosque soy, de sus humedales. / Vivo temporadas lluviosas todo el año. En otro revive al Chullachaqui, legendario personaje creado por la tradición oral de quien Dicen en los troncos se esconde el padre de las chacras / ¿Oyes al chullachaqui limpiar la hojarasca?, y es que entre sus ancestros tiene una abuela Huitoto, comunidad que se localiza entre la selva colombiana y peruana. En su poesía está el bosque palpitante, su paisaje, la fauna y la flora, la gente que la habita y sus problemas que la poeta los asume desde la ecología sin traicionar su lenguaje poético.

En Estancia de Emilia Tangoa, su voz lírica se vuelve más crítica frente a la profunda crisis ecológica, no sólo del territorio nacional sino de toda la Amazonía y que tiene consecuencias ambientales en todo el planeta. Apela también a que los lectores se armen de un pensamiento crítico, porque ella cree que “la poesía ayuda, desde las emociones y a través de un lenguaje que convoca una actividad intelectual”. Desde sus primeros versos establece un nivel de diálogo con los lectores sobre la destrucción de la selva que no está poblada sólo por seres humanos, sino también por animales y plantas que tienen derecho a la vida, porque ella es hija de los humedales apela a la defensa del ecosistema amazónico que está seriamente amenazado por la acción del extractivismo salvaje que destruye y contamina la vida en nuestro planeta.

Los aceites derramados en los ríos atentan contra la vida de sus poblaciones y con ello se destruyen los conocimientos acumulados durante miles de años en el manejo de su hábitat, de los bosques, el cuidado de las plantas medicinales y alimenticias. Sus habitantes originarios saben cuidar el medio ambiente, hacerlo sin destruirlo. El traslado de los troncos de madera por los ríos en el poema “Cuerpos de madera” nos trasmite una imagen surrealista, la de cadáveres flotantes: ¿Has visto troncos sumergidos cruzando la ciudad? / Parecen lagartos durmiendo una siesta… // Ahora laminados y en orden son eslabones finales / de una cadena extractiva.

Estancias de Emilia Tangoa, con una sobria carátula minimalista obra de Gino Ceccarelli, está dividido en tres secciones: Humedales, Cauces y Recorridos y Varadero y en cada poema salta a la vista el malestar la poeta como ciudadana, como ciudadana iquiteña, amazónica y también como ciudadana del mundo. Como ya anotamos es una poesía de denuncia, pero sin descuidar el lenguaje poético. “El libro, ha declarado la poeta, es un homenaje a Emilia Tangoa, una invención literaria, pero también es la realidad, es un río de voces amazónicas, evoca la milenariedad de los conocimientos”. Sin dudas, el llamado progreso o desarrollo nos traerá sombras u oscuridad y cuando se haya derribado el último árbol seremos testigos de que Un bosque sin árboles es un nocturno de sol.

Abriendo la vida

Las demoras
José Alcaraz
Editorial Comares. Colección La Veleta. Granada, 2023


En 2019, José Alcaraz obtuvo un accésit del “Adonáis” por El mar en las cenizas. Era aquel su quinto poemario, y asomaba por entre sus páginas la línea clara de un verso que hilvanaba los silencios y las semillas de una creación rigurosa, detenida en las esquinas vívidas y vividas del yo: “Escribir/ como si cada golpe de tecla/ -cada contacto de la tinta en el papel-/ fuera llevar el dedo a la llaga de la vida/ para creer en ella una vez más”.

En este intervalo de tiempo, el autor cartaginés ha ido puliendo una nueva entrega, Las demoras, que llega con una renovada Poética: “Miro el sol y vuelvo cegado a mi cuaderno”; pero imbuida, también, de una latente cotidianidad y de un lenguaje conciso, sin ambages. Claro que esa diaria rutina tiene la virtud de llevar su reflexión a una trascendencia que se adentra en la incómodas verdades de lo humano: “Para deciros `Estoy aquí, no me dejéis solo´,/ escribo poemas como señales de humo./ Pero uno tras otro, lejos de mi deseo/ me ocultan, más y más en la humareda”.

El decir de José Alcaraz evoluciona en favor de compartir un estado de ánimo cercano al desahogo, al dinamismo de una voz que explora su propio testimonio. Porque en la semántica de sus deseos, de sus derrotas, se asienta un itinerario personal y evocador de lo ya hollado. Detrás de la melancolía hay esperanza, detrás de la oscuridad sobresale la belleza, y, al par de ese juego de contrarios, el poeta pugna y se afana por conservar la libertad de ser, a su vez, uno y múltiple: “Mi regalo/ no es ningún regalo/ sino el transcurso/ en que se abre un regalo,/ la vida cuando sabes/ que estás abriendo la vida”.

Casi cuarenta poemas se agrupan en este conjunto. Y, en todos ellos, hay un sujeto lírico que se hace búsqueda y resistencia, que se hace memoria y ausencia, y que navega despaciosamente junto a la pureza de un verbo policrómico y maleable. El mismo, en suma, con el que traza el sugestivo avatar de sus vivencias y que perdura, sobrio y lúcido, en este libro vivaz y amante: “Incendiar el más sagrado templo que hay en mí./ Verlo arder, que todo lo que soy conozca mi nombre./ Conquistar la fama hacia dentro, proclamarme yo”.

Un día una mariposa

La maleza
Romina Berenico Canet
Bartebly. Madrid, 2023


El pluralismo de las formas y la primacía de la voluntad sobre el entendimiento es la premisa sobre la que Duns Escoto vertebró su pensamiento. El filósofo escocés (1266 -1308) se afanó en la construcción de un sistematismo capaz de explicar la totalidad de lo real mediante un conocimiento intuitivo y una inexcusable primacía de la libertad en el discurso del ser humano.

Tras la lectura de La maleza (XLIII premio iberoamericano “Juan Ramón Jiménez”) de Romina Berenico Canet (Río Ceballos, Córdoba, 1977), he recordado las premisas del pensador franciscano. Porque en el anhelo de alcanzar una epistemología de lo sensible y perdurable, la poetisa argentina ha conformado un poemario donde la individuación se torna materia común, cómplice nominalismo, sustantiva participación.

En este bautismo lírico su palabra desprende un emotivismo moral, un prescriptivo fundamento mnémico desde el que apuntala un cántico que se hace causa y consecuencia de lo vivido. Su universo se desdobla entre lo adventicio y lo facticio, o lo que es lo mismo, entre todo aquello que surge de la mente y de la experiencia: “No resisto abierta/ a la incongruencia de los días./ Tiemblo/ al suponer lo que ignoro./ El afuera aúlla/ en violines desaforados./ Un insecto me señala”.

Romina Berenico Canet intensifica sus significantes y los extrema hasta alcanzar un signo connotativo estético que sirva como fulgor expresivo (“Un día una mariposa”). Al cabo, aglutinar sustancia y forma le permite renombrar un verbo glosemático que no sea tan sólo interdependiente, sino que modifique, alumbre y sostenga la textualidad de lo secuencial. Así, su verso se hace fructífero, idóneo en el mensaje enunciativo que convoca y jerarquiza la caracterización de su virtualidad: “Existo sólo en mi imaginación./ Soy la del bozal./ Ya no esculpo con dientes  mi propia cola./ Practico una indiferencia de fruta dibujada,/ sin título./ En el lugar de la boca, un desvío”.

A través de actos locutivos -tal y como los definiera tiempo atrás John Langshaw Austin-, la autora cordobesa carga de intenciones la condición de su semántica y diversifica los niveles de predicación para que el sujeto poético especifique su correspondencia y su reciprocidad. De tal forma, lo primario será la trascendencia de una elocuencia multiforme, capaz, en suma, de concretizar los ideales y actantes de lo pretérito y futurible: “Mi derrota/ no podrá/ reanimar a los muertos./ Con sus huesos/ haré collares/ para mi infancia”.

Un volumen, en suma, donde lo unívoco es susceptible de convertirse en un entramado de sucesivas instantáneas. Desde ellas, es lícito reordenar las diferentes lecturas, las distintas ópticas que propone Romina Berenico Canet. Y que, sin duda, convergen hacia una sugestiva transgresión de modelos excesivamente continuistas o falaces: “Escribir poesía/ esperando alterarle/ la conducta al lector./ Que crea que ama más/ que sufre más/ o tanto como el poeta./ Convencerlo de la dicha/ de sus desgracias”.

La luna feroz

Antaño y ayer
Paul Verlaine
Averso. Granada, 2023


Padre del simbolismo, admirado por Juan Ramón, Rubén Darío, los hermanos Machado, Pío Baroja…, Paul Verlaine (1844 – 1896) representa una singular variante del malditismo lírico. Alma sin tiempo, sinestesia en estado puro, sigue siendo, hoy día, un inexcusable referente de modernidad y distinción. Frecuente visitante de prisiones, hospitales, prostíbulos y otros espacios cercanos a la intemperie, el autor galo se supo “bestia feroz”, «desaforado genio”, en el lirismo de una Europa lírica Europa que empezaba a renunciar a los postulados del Romanticismo.

A los veintidós años, sorprendió con la publicación de sus Poemas saturnianos al que seguiría Fiestas galantes (1869). Dos volúmenes donde ya asomaba su inconfundible y conmovedora musicalidad, su aciago destino y su velada sátira sobre la sociedad de entonces. Él, que quiso y supo escribir versos mayúsculos, que aprendió y derramó un decir resplandeciente y eterno, tuvo en Baudelaire su guía y maestro.

Por eso es tan oportuna la edición que ahora brinda el sello Averso, que rescata “Antaño y ayer”, publicado originalmente en 1884 y que Mauricio Bacarisse tradujera al castellano en 1924. Fue el propio Verlaine quien diera forma a esta antología que reunía “textos perdidos, desechados o residuales” y que parecía, en cierta manera, un preludio póstumo. En su prefacio original -incluido también en esta compilación- Bacarisse incide en que es este un libro “de contenido abigarrado”, donde se recoge “lo bueno y lo malo que había dejado de publicar”.

En estos poemas, el yo lírico va tomando conciencia de la fugacidad de la existencia, de los lugares íntimos que son ahora memoria y deshoras, del mañana que tiene un aroma a ceniza y duelo. Pero también, caben antiguos temores, viejos anhelos, inconclusos amoríos, sólitas ironías, amargas desdichas…, que completan, al cabo, la imagen desoladora de un hombre, de un poeta predestinado. Murió a los cincuenta y dos años con el aspecto de un anciano decrépito. Por fortuna, para todos los que aún podemos seguir releyendo su obra, la vigencia de sus versos son ejemplo de muy alta y sobresaliente poesía: “Con las cuencas de monda calavera/ que la luna feroz descarna,/ mi pasado, es decir, mi pesar viene/ a hacerme burla a la ventana./ Con una voz cascada de vejete,/ que sólo se oye en los teatros/ todo el remordimiento de mi vida/ tararea un aire alocado”.

Invierno en la memoria

21 odas de invierno
David Pujante
Editorial Milenio. Barcelona, 2023


Unos versos de Dryden-Purcell: “El tiempo y la experiencia pronto son lo que cuenta. /La juventud en cambio está hecha para amar.», sirven a David Pujante para sintetizar mundos en fuga, pugnas, y asunción de lo reflexivo inmediato desde “la poesía de la edad”.  21 odas de invierno, odas (o elegías), trae en su buen decir lo que se pierde, melancolía, sentido de la carencia, confesionalidad. La ocasional “caliente belleza”, vieja fulguración de la memoria, del deseo y/o amor, el pasado ante el presente y “el silencio oscuro”, remite al “asiste lo vivido” quevediano.  La pulsión emocional rememora y (se) hace/escribe poesía, literatura (sin entrar en Juan Ramón al respecto), para conjugar ambos mundos: lecturas de lo sentido, de lo vivido y leído: “Yo he cumplido. Y ahora/vengan otros/ los nuevos, a descubrir su orbe, virgen, de la poesía, / que lo llenen con sus predilecciones/ y con todos sus gozos. / Ya me duermo”.

La trayectoria de David Pujante (1953) cumple años, cultivada, elegante, cálida y distante, sin paradoja, y sirve hoy como nunca a la sinceridad reflexiva desde otras maneras complejas del decir claro. Un libro explícito en el título: La propia vida (1986), le puso en el camino del lector, mientras crecía como poeta de un momento al que se incorporó tarde. El pionero Guillermo Carnero escribía Ostende, mientras Luis Antonio de Villena se apartaba, en su mejor libro, Marginados, hacia otros ámbitos. El clasicismo importante de formación de Pujante estaba al hilo de la vida y la literatura de Cavafis, el horizonte culturalista y vivencial al hilo de las referencias que el alejandrino propuso en la construcción de un imaginario, desde donde decirse. David Pujante ha sido fiel a ese saber decir. La historia es historiografía y no deja de hacerlo ahora desde lo confesional (Poetry as confession de M.L. Rosenthal, para quien quiera entender) en este ejercicio brillante, sobremanera, de saber estar consigo mismo y con todo lo leído. Incluso en un inusual y estupendo soneto: “En la temprana muerte de Luis Carrillo y Sotomayor, cuatralbo de las galeras de España y primer poeta cultista”. El poeta está ahí, en la memoria y en las laderas del deseo, en su “invierno”, que aún no lo es y con mucho que decir, como contraste con otras tantas otras confesiones torpes y aburridas.

Un canto a la vida

El fin es solo un accidente
José Manuel Lucía Megías
Verbum. Madrid, 2023


Poca duda me cabe, pese a tópicos basados en casos excepcionales, Charles Baudelaire, Arthur Rimbaud o Claudio Rodríguez, realmente precoces, que la poesía es arte de madurez. A veces de una joven madurez, la de García Lorca en el Romancero gitano, por ejemplo. En otras, esa plenitud escritora se retrasa, caso de Georg Gadamer, hasta una edad realmente muy avanzada. En cualquier caso, sea en filosofía, sea en poesía, existe un momento en que la confluencia de lo escrito y lo vivido cristaliza, reflexiona y piensa. Aquí también hay ese acendramiento y gravitación hacia lo amado, escribió Ortega y Gasset, al hilo de Sthendal. Lo amado y lo propio hechos una Balsa de la Medusa, donde reposar la mirada que ha transitado ya por muchos sitios, y puede mirar hacia atrás y repensar, pero vivir lo presente. Y por eso llega El fin no es un accidente, donde una estupenda madurez atenta a muchos frentes, resuelve y asume el ayer y el presente sin ira, con esperanza en el amor, en el amado, desde el vértigo. Un colofón a una trayectoria comenzada tardíamente, en el 2000 con Libro de horas, y premiada merecidamente con el XLI Premio Internacional de Poesía “Juan Alcaide”

Como las celebérrimas violetas del poema de Luis Cernuda, nada prometen que después traicionen, se ha asomado a nuestra vida desde la suya, desde la rememoración y la genealogía, con unos trágicos, pero serenos versos iniciales. No es baladí esa posición, pues ya sabemos desde la moderna semiótica de la titulogía con Greimas, que los prólogos, o los poemas prólogos en este caso, tienen gran importancia, pues marcan el sentido.                                             

Oigo
                                                  crecer
                                                             la muerte
                                      en la sangre
                                                             de mi familia.

Pero más con Spinoza y la reflexión sobre la vida, que con Heidegger, avanzan estos ajustados versículos (siempre sin amplificatios), pese al comienzo, tan bien dispuestos en una recatada carmina figurata, donde visualmente crece la muerte desde lo propio y el oikos. Sí, pero sobre todo esa averiguación sobre la propia vida, esa “confesión” de la que habló en 1959 M.L. Rosenthal en Poetry as confession. O soledades en la genealogía, circunstancias propias, inquietudes y miedos, despertares del amor y el deseo hacia el propio sexo o el mismo nacimiento de la poesía, desde esta escritura donde, pese a todo, “comenzaba de nuevo”.

La pólvora del tiempo

Otra noche en el mundo
Luis Escavy
Sonámbulos. Poesía. Madrid, 2023


Se reedita por tercera vez, Otra noche en el mundo, el primer poemario de Luis Escavy (1994). Antes de acceder a sus primeros versos, tuve ocasión de conocer su poesía tras la obtención del premio “Adonáis” 2002, por Victoria menor. Tras su lectura, subrayé que su libro era un ejercicio de introspección, un íntimo adiestramiento de la conciencia de cara a combatir difíciles momentos. Porque desde donde verdeaban los enigmas de la existencia, el misterioso bosque de las emociones, brotaban con vigor sus versos, en un empeño de ajustar cuentas con lo mejor y peor de lo cotidiano: Solo hay muchas calles,/ edificios sin luz, parques llenos de algo/donde ya no encajamos/ y una lluvia que moja los escombros del mundo”.

Ese otro mundo, ese universo lleno de silencios, de soles, de héroes, de cicatrices, de propósitos, de lluvias, de soledades…, es el que despliega el poeta murciano al hilo de estas paginas, en las que cabe celebrar la vida y los afectos, el calor familiar, la plenitud del amor y de la edad, pero también ese otro lado de las pérdidas y las ausencias: “Mi infancia ya no existe, y el abuelo/ murió poco después de aquella foto,/ donde aún sonreímos, donde está/ la casa que teníamos más nueva (…) Donde aún ese niño que sonríe/ feliz por su captura, no sospecha/ que ha sido traicionado, que mañana/ es esta noche fría y que ahora es él/ quien recibe la pólvora del tiempo”.

Dividido en tres secciones, “El orden de las ruinas”, “Vigilar el fuego” y “Poemas inéditos”, el volumen se vertebra en torno a una sabia simetría rítmica y a una alegoría de la plenitud juvenil. Sin embargo, hay tras ese sólito ímpetu, un aire de melancolía, de finitud, el mismo  que se anuda  al bordón de la humanidad que respira el conjunto. Porque Luis Escavy sabe que el minucioso trazo de las palabras, la libertad que asoma por detrás del lenguaje, son, también, asidero y bálsamo vitales, De ahí, que su verso, sugerente, límpido, sirva como empírico aprendizaje frente a la cotidiana existencia: “Después de haberme dicho lo contrario,/ ahora digo que el mundo/ no es correspondido./ Cuando uno aprende a darse,/ no hay lugar en la tierra/ que ignore lo que amamos”.

Sigue jugando con mi corazón

Lo que uno quiere lo que otro quiere
Javier Vázquez Losada
UJA Editorial. Universidad de Jaén, 2023


Ironía  e ingenio son recursos ligados al ser humano y a la literatura desde los  clásicos grecolatinos. Valen como motivo extra de la trama, sea cual sea su condición y género, y como motrices implícitos o explícitos de la obra de arte. ¿Quiénes se nos vienen a la mente en estos casos? Al vuelo, Ulises, Estrepsíades, Furio, Hamlet, Alonso Quijano, don Pablos o Max Estrella.

Ironía e ingenio son recursos que agradece el lector porque le ayudan a la evasión inmediata, a recrearse en otro mundo donde cabe lo sutil, y adonde se entra sin ningún esfuerzo porque es el autor quien lleva de la mano al otro extremo de la rutina cotidiana que a mansalva nos ocupa.

Javier Vázquez Losada (Ourense, 1967) aplica esta receta a su ámbito de escritor más o menos escéptico e incrédulo. En Lo que uno quiere lo que otro quiere  (premio “Miguel Hernández” 2022 convocado por la Universidad de Jaén) asistimos al desarrollo de una poesía sutil, escueta y limpia. El título nos remite a la convivencia de dos personas (pudieran tratarse de hombre y mujer), a su manera de enfrentarse a la vida y confrontar los pensamientos de ambos. El mismo poeta señala que la portada del libro es sugeridora de la dificultad de esta interacción, supuestamente natural e instintiva, al estar separadas ambas siluetas por una franja, sinónimo de tirana, quede la paradoja expuesta.

En su manera de expresarse, el poeta usa matices apuntaladores de su libertad de expresión, distante del ritmo, de las figuras retóricas y de los metros convencionales. Su decir espontáneo de hombre trajinador de la realidad viva y directa, lo asume con un vocabulario que se instala en las coordenadas de lo jovial y burlón. En «La poesía es lo que es (aunque nos pese)» afirma: “Un poema tendría que ser como un videoclip/ hacer un poco el gilipollas/ montar en bici mirando a la cámara…/ meter a alguna tía buena/ con cualquier excusa/ hacer el chorra.» 

Los títulos de los poemas son sugeridores: «He trabajado mucho», «Así nos luce el pelo», «Sigue jugando con mi corazón», «Mis dos orejas escuchan» o «Anoche en algún garito». Así nos habla de «El sexo como condena» en su principio y en su final: «En la cama/ ella era mejor que ninguna otra/ de eso no tenía ninguna duda/ ni tampoco creo que la tuviesen mis vecinos/ ni nadie que pudiera oírme/ lástima…/ lástima digo/ haberme levantado de la cama.»

Vencedores del tiempo

Cuaderno de Italia
Santos Domínguez
La Isla de Siltolá. Sevilla, 2023


La inteligencia  tiembla con lo hermoso; contemplando lo hermoso, el ser humano se  siente necesario y confortable. Precisamente esto es lo que hace Santos Domínguez (Cáceres, 1955) en su Cuaderno de Italia: contempla lo digno de ser cantado y lo canta de modo alto y nítido. En este sentido, nuestro poeta goza de una técnica primorosa, de orfebrería, entiende su quehacer como el del artesano bíblico trabajador del oro y la plata.

Soy lector de Santos Domínguez desde que publicase Tres retratos del frío (2005), premio “Jaime Gil de Biedma”, uno de sus muchos y prestigiosos galardones recibidos. Por eso, puedo afirmar que hay una emoción muy justa, muy precisa, en el vocabulario general de su obra El imaginario y los motivos presentes en este Cuaderno le facilitan su labor: el vate va de  un lado a otro del país tan historiado y tan profuso en artes y geografías distintas, y nos ofrece su homenaje. Señala Marcela Filippi en su prefacio que «este libro inspirará en el lector visiones de belleza». En efecto, Domínguez se recrea en una suerte de alegría contenida y sutil a la hora de tratar la magnificencia y la delicadeza de las cosas, incluso se retrata en ellas. ¡Cuánta paradoja encierra el denominar cosa a uno de los motivos que básicamente ha dignificado y signado al ser humano! El arte por el arte, la verdad indiscutible que encierra.  Dejemos de lado la moral y la religión que muchas  veces subvierten y concentrémonos en las maravillas naturales y en las que el hombre ha creado con su genio y su esfuerzo. Arriba  el instante de centrarse en lo grande y en lo mínimo a partir del corazón y sus sensaciones. Así, el poeta nos dice de su modo de ver y presentir el «Panteón de Agripa» o el «Templo de Isis»; también nos cuenta del tuffatore que se zambulle en las aguas de la Costa Amalfitana y del tramonto en Ponte Vecchio, donde se entromete entre las sombras de otras sombras cuando el contraluz, con las nubes de hielo, recorta sobre el perfil del puente; e igualmente vislumbra a los batalladores milenarios en «Ponte Rotto»: «Cruzaron por allí los que volvían/ vencedores del tiempo y de la guerra»; en fin, nos recuerda que siempre  amanece el mar desde un sueño de peces.

Cuaderno de Italia es un libro lúcido y cautivante, que nos hace proclives al goce de la poesía. 

Poemas para los parias de la tierra

Los nadies
William Alexander González Guevara
Ediciones Hiperión. Madrid, 2023


El primer poemario del joven poeta nicaragüense William Alexander González Guevara, afincado en España, que obtuvo el Premio de Poesía Joven Antonio Carvajal, está dedicado a los “nadies”, a los desposeídos, también llamados los parias de la tierra, por sus versos desfilan empleadas de hogar, pandilleros, repartidores de comida o manteros (vendedores ambulantes), o sea, a los migrantes que cobran vida y voz en las 80 páginas divididas en un prefacio donde declara su estado de extranjero, seguido de Reencuentro, El iris extranjero, Los nadies, Cronoterapia y un epílogo lleno de nostalgia por la patria lejana.

En el suplemento literario Babelia de El País se ha escrito: “Lejos de rebelarse contra esa condición subalterna, el autor la esgrime como desafiante seña de identidad en un libro que puede leerse al tiempo como la crónica de un inmigrante en la periferia de Madrid y como un coming-of-age que recoge el tránsito de la adolescencia a la primera madurez”. De esta manera el país del autor desaparece en los recuerdos o incluido en el paradigma de ese gran poeta Rubén Darío. Los versos de William González Guevara son cantos de la lucha de los nadies que luchan por salir adelante, que no viven, al contrario, malviven y subsisten.

En la primera parte es el niño nostálgico que le rinde homenaje a los profesores del colegio y la reivindicación por la educación pública y gratuita. Entro al colegio por primera vez, / seré el nuevo extranjero de la clase. / No tengo amigos. No conozco a nadie. / Un profesor me dice: / Anda, nicaragüense como Rubén Darío. y la reivindicación de la educación gratuita. En El iris extranjero y Los nadies asoman extranjeros y diversas naciones que ejercen oficios poco reconocidos y mal pagados, así en los versos, golpe a golpe, desfilan empleadas de hogar, pandilleros, repartidores de comida a domicilio o vendedores del top manta conforman ese ejército que “Emigrando se nos pasa la vida”.

Finalmente, en Cronoterapia y en Epílogo trae a colación otras ausencias, como la despedida amorosa, la orfandad, el silencio de Dios y se aferra a la palabra como remedio para no “morir de lejanía”. El jurado del Premio de Poesía Joven “Antonio Carvajal” ha resaltado su «poesía de raigambre lírica, musicalmente heredera de la de su compatriota Rubén Darío, arraigada en la realidad social contemporánea, que el autor conoce muy de cerca: emigración, pobreza, desarraigo, marginación, trabas burocráticas, trabajo duro, el mundo real, con sus urgencias y necesidades acuciantes y universales, que no parece preocupar ni interesar a otros poetas de su edad». Y ha calificado la obra ganadora como un libro que nombra «a quienes otros llaman Menas, y lo hace con tanta verdad como belleza». Este sería pues el principal acierto de Los nadies que convierte a su autor como el segundo latinoamericano en ganar el Premio Antonio Carvajal desde 1997 cuando lo ganó el argentino Andrés Neuman.

PLAZA ELÍPTICA

A los inmigrantes ilegales de la plaza

Escondidos en una esquina buscan
migas de pan reseco. Los escucho
igual que el canto undísono del pájaro.
Sostienen que desean trabajar,
seguramente los contraten horas
para la construcción de pisos, dúplex,
chalés en las afueras de Madrid.
A veces, les regalo una taza de café
giran y giran la cuchara como
si en ese ínfimo remolino de la taza
morase su futuro impenetrable.
Al mutismo se enfrenta el inmigrante,
al transcurrir senderos de penuria,
al dolor que generan los kilómetros.
El inmigrante evita morir de lejanía.