Emel Jiménez Ochoa (Fredonia, Antioquia, Colombia, 1961). Pedagogo, escritor infantil, cuentista, poeta, editor y gestor cultural. Fundador del Encuentro Internacional de Música y Literatura. Fundador del Encuentro Internacional de Música y Literatura y fundador de la Pedagogía Multidimensional. Ha participado en diferentes encuentros de poesía y asistido a eventos de promoción literaria en distintas ciudades del país. Ha publicado más de una decena de libros en diversos géneros. Con la novela Un segundo de eternidad, obtuvo el premio por reconocimiento a la mejor novela latinoamericana 2010, otorgada por la Asociación de Escritores y Poetas Latinoamericanos.
Mariposa de fuego
Contiguo a Bellas Artes donde la ninfa Euterpe amamantó a Teresita se encontraba la “Cevichería de Silvio”, territorio a medio llegar a medio salir del Poeta Izeke, quien con su mirada oceánica contenía los sueños tempestuosos de Bukowski.
Como de costumbre el poeta llegó a las tres de la tarde, Silvio ya le tenía preparado el Ceviche de Camarones a la Piedra, de súbito Izake salió veloz de la cevichería lanzándose a la transitada Avenida la Playa, en los aires se transformó en Mariposa de fuego. Y le vi batir acompasado sus alas yendo hacia su firmamento de luces ennegrecidas.
El castrato de ojos tristes
Soy Fasinto Pizzoleti, tenor dramático. Estoy en Medellín, específicamente de pie pisando la loza ubicada a dos metros del Centro comercial Palacé en el paseo Junín, al colocar en el piso una moneda de cincuenta centavos de 1.984, aparecí en el paseo Junín de los turbulentos años noventa escuchando al “Castrato de ojos tristes”, su interpretación “Va tacito e nascosto” en “Julio César en Egipto” de Händel solo comparable con la de Senesino doblegó mi espíritu.
No muy a gusto coloqué una moneda de mil pesos en el piso y regresé al 2022 solo para dar testimonio de su obra.
Mía
Saltando la rayuela con mi inocencia, llegaba de tierra a cielo en un salto. Inesperadamente del frondoso Guayacán amarillo, el más hermoso y altivo ascendiendo y retando al azur del firmamento saltó “La bestia” y desgarró de mi piel, el grito.
Exangüe y temblorosa, tendida en el suelo vi gotas de rocío tocando mis labios y me resistí a ser vulnerable, me negué a la cosificación, a la noticia y a la arenga.
Envuelta en el silencio de mi Soledad, anduve con ella jornadas extensas de noches insomnes.
Y en uno de los recovecos avisté a la “Bestia”, y ya vencida, la tuve a mi merced para pagará por la herida que no cicatrizaba, supe de matarle reencarnaría su odio en mi ser y lo llevé a “La Isla de mis recuerdos vencidos”.
De vez en cuando la baba viscosa con la que impregnó mi piel pareciera rebrotar por mis poros y, es que la pesadilla se toma su lapso para acudir y no dejarme olvidar la rasgadura ni a mi cuerpo ni a mi mente ni a mi alma ni a mi espíritu, entonces regresó a “La isla de mis recuerdos vencidos”, y allí veo a la “Bestia”, le veo su mirada y me regreso.
Ya conmigo, amándome, con mi renacida mirada sigo sonriéndole al amor, camino sin atajos, sin quitarle a mis días sus abismos; me llamo y canto mi nombre, mi nombre es Mía, soy Mía y para vivir he nacido.
Dabaibe
Quién iba a imaginar que entre el millón ciento veinte mil ladrillos de la Catedral Basílica Metropolitana de Medellín estaban en treinta y seis cajas meticulosamente camuflados los tesoros perdidos de la diosa Dabaibe. ¿Cómo los hallé?, mientras caminaba por el atrio de la Catedral un ventarrón frío de mayo me envolvió en su remolina y fui cubierto en la cara por un lienzo, en vez de cegarme pude ver a través de él y ver refulgiendo, simulando ladrillos macizos, los casilleros afiligranados en oro, con una inscripción: -“Dabaibe luz sin sombra”.
Fdo. Capitán Francisco Cesar.
Vida
Percibí su molesta mirada, con el sudor evidentemente mi cuerpo hedía pero no expresaba gestos o muecas que lo delatara. ¿Cómo se enteró de mi infección? Lo cierto, ya se percató de mis llagas y del cómo mi carne putrefacta me abandona a pedazos sin poder hacer nada por detener el degenerando proceso. Quise mostrarle vientre y torso cual testimonio para supiera no se mentía.
Y me susurró: -“Alter al vestirte con tu desnudez no enseñas tus feroces batallas con la que arrasaste la vida, sino tus noches con tus nuncas, de quererlo, podrías recogerlas entre manos y soñar”.
