El condotiero, la domadora y el escritor

Fragmento de novela homónima

Alfredo Antonio Fernández (La Habana, Cuba) Licenciado en Historia por la Universidad de La Habana, Master en Estudios Latinoamericanos en la UNAM, México y Doctorado en Español de la University of Houston, Estados Unidos, donde reside actualmente. Ha publicado: El Candidato (Premio de la Unión de Escritores de Cuba, 1978), Crónicas de medio mundo (relatos, 1982), La última frontera, 1898 (novela, primera finalista Premio de la Crítica, Cuba, 1985), Del otro lado del recuerdo (novela, 1988), Los profetas de Estelí (novela, Feria Internacional del Libro, Guadalajara,1990), Lances de amor, vida y muerte del Caballero Narciso (Premio Razón de Ser de Novela, 1989 y Premio Alejo Carpentier de Novela 1993, de la Fundación Alejo Carpentier), Amor de mis amores (novela, Planeta, México, 1996), Adrift: The Cuban raft people (Rockfeller Foundation Grant, 1996; Arte Publico Press, Estados Unidos, 2001), Bye, camaradas (novela, 1era finalista Premio Internacional Novela Marcio Veloz Maggiolo, New York, 2002 y finalista Premio Novela La ciudad y los perros, Madrid, 2003, publicada en la Editorial El barco Ebrio, España, 2012), A través del espejo. El cine hispanoamericano contemporáneo. Volumen I (ensayo, Editorial El Barco Ebrio, España, 2013), Aló, marciano (novela, Editorial El Barco Ebrio, España, 2014), Buñuel In memoriam (ensayo, Editorial El Barco Ebrio, España, 2015). En el Otoño 2022 obtuvo Sabbatical Leave Research de Prairie View A & M University (Texas) para desarrollar en el Instituto Nacional de Audiovisuales de Francia una investigación sobre la obra cinematográfica de Santiago Álvarez: Noticiero ICAIC Latinoamericano (1960-1990).  Ilíada Ediciones (Alemania) ha publicado las novelas Citizen Kane se fue a la guerra (2021, 1era finalista en el Premio Internacional de Literatura «Hypermedia»), Dominó de dictadores (2020) y en proceso de edición El condotiero, la domadora y el escritor que cierra la trilogía, a la que pertenece el fragmento que reproducimos a continuación.


CHE X CHE
BUENOS AIRES, ARGENTINA
PRIMAVERA-INVIERNO, 1950

Y…

llegó el momento de elegir a la primera novia y elegí a una chica de leyenda.

Su nombre de pila bautismal era María del Carmen Ferreyra, y solo para mí era Chichina Ferreyra.  Alta, delgada, dieciséis años. Una morocha de pelo negro que se extasía cuando el aire le bate fuerte el pelo y la deja desmelenada con un mechón que le corta el rostro: la novia soñada por los chicos de la realeza de Córdoba.

Chichina por nacimiento era: la hija de Don Horacio Ferreyra, el dueño de la mitad de la provincia de Córdoba. Un peso pesado de la oligarquía argentina. Un burgués gentilhombre que le ordenó a un arquitecto francés que le construyera un palacio como el castillo Kepler en París y edificó La Malagueña, que de lejos admiro como al castillo del rey Arturo y de cerca como al palacio de un cuento de hadas en el que habita mi amada.

Chichina en realidad era: Un mar de ojos verdes que miraban sin mirar. Una boca que hablaba sin hablar. Unos labios que sonreían sin sonreír.

Chichina en la imaginación era: No de la realidad, de la fantasía. No de la vida, del sueño. No estrella, sol. No crisálida, mariposa. No hada, ángel. No oboe, mandolina. No trombón, flauta. No torta, flan. No fresa, uva. No mermelada, gelatina. No pan, miga. No flor, rosa. No pino, ciprés. No gorrión, paloma. No cielo, nube. No aire, ala. No pájaro, pluma. No fuego, llama. No recta, espiral. No piedra, mármol. No zafiro, rubí. No mar, ola. No bosque, monte. No árbol, hoja. No limón, naranja. No lunes, domingo. No otra, una.

Fuimos: La princesa y el vagabundo. La reina y el plebeyo. La bella y la bestia. La duquesa y el mendigo. La infanta y el bufón. La emperatriz y el valet de cámara. La doña y el don nadie.

Seríamos: Francesca y Paolo. Oriana y Amadís. Isolda y Tristán. Ginebra y Arturo. Dulcinea y Don Quijote. Melibea y Calixto. Doña Inés y Don Juan. Roxana y Cyrano. Julieta y Romeo. Eloísa y Abelardo. Esmeralda y Quasimodo.

Éramos: Anna Darrow y King Kong. Narda y Mandrake. Wonder Woman y Bruce Wayne. Catwoman y Batman. Luisa Lane y Clark Kent. Dale Arden y Flash Gordon. Diana Palmer y Phantom. Sumaru y Fu Manchú.

Seríamos: Daisy y Donald Duck. Perla Pura y Super Ratón. Petunia y Porky. Minnie y Mickey Mouse. Lulú y Toby. Cinderella y Pedro Harapos. Olivia y Popeye.

Chichina por definición estética y clasista era: la chica más bella y rica de la provincia de Córdoba.

Che por definición clasista y estética era: un chico de clase media al que apodaban “El chancho”. Un pibe que no disimulaba su desprecio por el jabón y el agua; apenas se bañaba, andaba con zapatos de cuero rancio y se cambiaba de camisa una vez por semana.

Chichina sería: la chica de la cual el Chancho se vino a enamorar: la más rica, la más joven, la más bella, la más tierna, la más pura.

Chichina para mí era: Donna Angelicata. Fiametta. Laura. Beatriz. Arcángel. Querubín. Ángel de la Guarda. Piccola. Bambina. Regaza. Mom Petite Jeune Fille.

Le escribí: una misiva que era el prólogo de nuestra relación de amor y resultó en su contrario, un epitafio para nuestra pasión.

Le volví a escribir: Sé que te quiero, piba. Sé, lo que te quiero. Sé, cuánto te quiero. Sé, que ya te lo he dicho. Sé, que es sacrificarme a mí mismo. Sé, que lo repito y no escuchas. Sé, que soy lo más importante del mundo. Sé, que no puedo sacrificar mi libertad interior por vos. Sé que te quiero, piba.

Me despedí del mundo: ese año de 1950 conseguí trabajo en la marina mercante, primero en el buque Anna G y luego en el Ameghino y por último en el San Martín. De Valparaíso a Curazao, ora de enfermero y ora de marinero, visité a los principales puertos de la América del Sur y El Caribe.

Me despedí de ella: al revés de los marinos que reivindican el derecho a tener en cada puerto un amor; a mí, el único de Chichina me desvelaba noches enteras en cubierta, sin dormir, mientras buscaba en el cielo a la estrella de la Cruz del Sur para sentirme, aunque lejos, cerca de ella.


LA DOMADORA
CÓRDOBA, ARGENTINA
OCTUBRE 8, 2007-OCTUBRE 8, 1947

Siempre he pensado que el mundo se rige por secretos designios. Un sistema de pesas y medidas de fuerzas ocultas cuyas alzas y bajas escapan a nuestra voluntad. Una suerte de Wall Street de los deseos insatisfechos. Una Bolsa de Valores de las Ilusiones Perdidas en la que si no aciertas con el cash haces crac. Ya de vieja, pobre y centenaria ando chocha y paranoica. Pienso que cuánto ocurre en el mundo es el resultado de una conspiración. No de iguales como la de Babeuf y los sans culotes, que distribuían la pobreza entre los mendigos de París para que tocara a menos. No, hablo de la conspiración de los desiguales de la banca Morgan, que reparte la riqueza de Wall Strett entre los millonarios para que toque a más. En definitiva, decía mi amigo Jorge Luis, el ciego de la biblioteca de Buenos Aires, todos reparten y con el rey Don Alfonso El Sabio repetía: “el que parte y reparte, se queda con la mejor parte”.  En eso de la arbitrariedad de los repartos, ya sean capitalistas o comunistas, coincido con Borges, el ciego-vidente. Tú dices algo aquí y alguien ejecuta lo contrario allá, por puro gusto o desidia. Tu abres una puerta en New York y se cierra una ventana en Ulam Bator, por puro capricho o intención malvada. Borges intentó escribir un libro que la ceguera no le dejó terminar después del rifirrafe político que tuvo con Perón y del ostracismo de décadas en la Biblioteca Nacional. Un libro que tuviera por título “Instrucciones para vivir con menos miedo”.

–¿Cuál es la receta?, le pregunté.

Y me respondió: teme menos, quien duda más. Entonces, el secreto es callar. Calla, Frau Clara. Nunca digas lo que piensas. Repite con Quevedo, no como queja de escritor proscripto de la corte sino como rey inscripto, pero sin corte: siempre se ha de decir lo que se piensa, nunca se ha de decir lo que se siente. O mejor calla, no pienses ni sientas ni digas nada. Anúlate a ti misma. Vuélvete ostra. Una concha. Un 0. Cierra tus labios con una cremallera de cierre relámpago. Acaba de darte cuenta, el mundo es una sandía roja de ira por dentro y verde de envidia por fuera. Mi limón, mi limonero. En esta vida todos tenemos el color del limón. El verde del limón es el color de la esperanza y el de la envidia. “Verde que te quiero verde”, repetía Lorca pensando del lado verde de la esperanza. “Dadle café”, repetía el general Queipo de Llano pensando del lado verde de la envidia. Y pudo más el verde de la envidia que el verde de la esperanza. El verde de la esperanza de Lorca de espaldas al muro horadado a tiros en espera de un milagro se desvaneció por el verde de la envidia del pelotón de la guardia civil que le apuntaba al pecho y lo fusiló por poeta, socialista y homosexual.

La historia de la triste muerte de Lorca me la contó Borges, que era ciego pero vidente y desde la oscuridad de sus ojos se asomaba todos los días a la ventana del mundo. Me la contó en largas noches de insomnio al pie de su cama de enfermo en el Hospital Sanmartín. Me lo repetía Jorge Luis, el ciego de la biblioteca de Buenos Aires: todos somos actores, pero no sabemos quién es el dramaturgo que nos hace representar y andamos en círculos como Minotauro ciego que da traspiés en el laberinto. Un laberinto en el cual, al entrar, como Virgilio en el Infierno de Dante, dejamos atrás toda esperanza. No sabemos si afuera es de día o de noche y nos aferramos a la idea de que en algún lugar debe existir una salida y al ver un destello al final del túnel, repetimos con Arquímedes: “¡Eureka!” Pero, la luz se desvanece y pensamos: ¿¡es la misma puerta de entrada que se cerró al entrar!? Me lo decía Borges, el ciego-vidente que sabía decir las cosas a lo lindo y diferente a los demás. No lo digo yo, que repito frases de otros por pereza de vieja o torpe desidia intelectual y mis palabras suenan a desvaríos de vieja menopáusica. Lo digo como una anciana que carga no cien años literarios de soledad si no físicos a la espalda. Cada cosa que diga o escriba o piense se me podrá aplaudir o dispensar. Lo dice una pobre vieja loca. No lo dice una anciana cualquiera. Lo dice una veterana a caballo entre dos siglos, dos guerras mundiales y dos continentes unidos por un laberinto: ¿el del Minotauro de Creta o el que he creado tras cien años de vivir con miedo?

Sí, no me da pena decirlo. Cien años pesan sobre mi espalda y sesenta cabalgados desde la II Guerra Mundial y sigo sin curarme del susto: vivo con miedo, duermo con miedo, me levanto con miedo. Miedo a Hitler y a Göring. Miedo a Borman y a Heydrich y a Goebbels. Miedo a todos. Miedo del eterno retorno del fascismo. Recién, tuve una prueba de la existencia de ese-algo. Un-no-sabemos-qué-cosa-puede-ser. Un gobierno invisible que maneja al mundo en la guerra o en la paz. Un laberinto con puerta de espejo al principio y al final en el que se refractan nuestras vidas a medida que peregrinamos de la infancia a la senectud. El 8 de octubre de 2007, el Gobierno de la Ciudad de Córdoba, me invitó a la vernisage del Museo Superior de Bellas Artes Evita Perón. Una de dos, pensé: ¡Ah!, invitan a Frau Clara Settembrini porque Eva, cuando era la primera dama de la Argentina, le propuso a su marido, el presidente Perón, que declarara al Circo Settembrini Circo Nacional Argentino sin importarle que fuera de origen alemán. ¡Oh!, invitan a Frau Clara Settembrini porque soy la única que puede dar fe de los cambios al transformar el antiguo Palacio Ferreyra en el Museo Superior de Bellas Artes Evita Perón. ¡Dios mío, cómo pasa el tiempo encerrado en el laberinto! Tras medio siglo de soledad me atrevo a salir de las dunas del arenal de San Clemente del Tuyú donde habito. Viajo en bus hasta Córdoba. Rechazo ir por las calles en taxi y me acerco a pie a la barda de metal que rodea a la mole de tres pisos con balcones cercados por barandales de fierro y techo metálico superpuesto como un duomo. El palacio de las “mil luces” vuelve a ser el “castillo de los Ferreyra”: un capricho arquitectónico del doctor Martín Ferreyra que gastó la mitad del capital para que tuviera un vestíbulo de cien por cien pies de diámetro y una altura de setenta y cinco pies como el Palacio de Buckingham.

A la entrada del museo, un portero de frac y sombrero de copa, como en los tiempos de gloria de la familia Ferreyra, controla las invitaciones y se fija en las marcas de las ropas para detectar a los intrusos de mal vestir. El desfile da inicio con los caballeros de Christian Dior, las damas de Chanel Haute Couture y los jóvenes de Calvin Klein. Y al final, le llega el turno a una encorvada y arrugada viejecita. Gritan los granujas: ¡Por Dios, saquen de aquí a esa vieja! Esa anciana no lleva traje largo de Versace, vestido de Dolce & Gabbana ni calza zapatos de punta de stiletto de Christian Louboutin. Clama a coro la canalla: ¡A las pirámides con las momias! Del brazo no le cuelga una cartera de Louis Vuitton, ni sobre la testa sobresale un sombrerito de paja y flores de Michelle Gaubert. No, ese vejestorio gris y triste viste trapos de la Era de las lámparas de gas, los lollipops de fresa, el jarabe anti-tos de la Emulsión de Scott y los coches Ford modelo T. Sí, esa pobre y arrugada viejecita que parece un gnomo escapado de un cuento de brujas solo lleva puesto un suéter Yves Lacoste -el del caimancito verde-, jeans Wrangler y tennis Adidas y se vale de andaderas de metal con tacos de goma en las puntas al caminar.

Para esa viejecita del tiempo de las iglesias góticas de ojivas en punta el tiempo no pasa. Ella se adelanta al tiempo con su Rolex de diseño personal. Ella se enfrenta al tiempo del Olimpo que rige Cronos. Ella da la cara al tiempo callada como la Esfinge. Ella se opone al tiempo de las pirámides. Ella marca el tiempo en la oscuridad de la caverna de Altamira. Ella es la medida del tiempo de un reloj de arena que fluye sin cesar. Ella es el tiempo y todos se rinden a su tiempo. Ella es un huésped del tiempo. Ella es la embajadora del tiempo. Ella es la dueña del tiempo. Va a cumplir cien años y desde los noventa es un mito: la solitaria viuda alemana del balneario del Tuyú que vive con su perrito Kiki y una escopeta Mossberg de dos cañones reclinada en el regazo, confinada entre dunas y arenales y de cara al Océano Atlántico, al sur de Buenos Aires.

El portero, al verme, se asombra de ver a un fantasma que viene a verlo desde un remoto pasado. Me mira perplejo. Repite el nombre que ve impreso en la tarjeta: Frau Clara Settembrini. Al ver el titubeo del portero, un joven liceísta, estudiante de Arte que viste como yo a lo sport, T-Shirt Polo de Ralph Lauren y zapatos tenis US Keds, como medio siglo antes Ernestito, el hijo de mi amiga Celia, se disputa el honor de asir mi brazo para ayudarme a subir las escaleras. No, no es una escalera como cualquier escalera, es la escalera de mármol del palacio de los Ferreyra: doble arco, barandal de fierro, escalones pulidos con cera. Y ahí va gozosa, tras medio siglo de ausencia, escaleras arriba, la dama de los caballitos blancos que vuelve a subir las escaleras como medio siglo antes al lado de un joven petimetre: un Ernestito cualquiera. La viejecita arrugada, achacosa y centenaria como un gnomo del bosque encantado que le dice al joven Ernestito: mil gracias, puedo sola…

Al llegar al hall, el brillo de las luces me resulta familiar. Un brillo como el de las luces de arcoíris debajo de la carpa del Gran Circo Settembrini. Acabo de subir las escaleras. Veo a los caballeros de frac que murmuran delante de los grabados anarquistas de Daumier; a las damas de traje largo que se mueven en puntillas delante de los estanques cuajados de nenúfares de Monet. Veo igual que sesenta años antes el par de antílopes esculpidos en bronce y los bustos de emperadores romanos que flanquean el acceso a los aposentos superiores de la mansión. Acabo de subir con las andaderas de metal y tacos de goma en las puntas los primeros escalones. De nuevo frente a mí el tapiz de la Diana cazadora con senos al descubierto y el carjac de flechas atado a la espalda. Ahora es el momento para que los visitantes decidan si siguen hacia el comedor a la derecha o hacia el salón de billar recreativo a la izquierda. Una vez más, el jardín de los senderos que se bifurcan diseñado por mi amigo Jorge Luis, el ciego de la biblioteca de Buenos Aires, se me ofrece como destino y titubeo antes de tomar la decisión.

Celia, mi amiga de toda la vida, compañera de andanzas en el laberinto, ve la duda reflejada en mis ojos y se aparta del grupo que recibe a los invitados y decide por mí o decide por ella. Me arrastra hacia una galería situada a la izquierda del laberinto. Entramos al salón de billar recreativo a oscuras. Me da miedo que el Minotauro que acecha en el laberinto nos asalte en medio de la oscuridad. Entre las mesas de billar cubiertas por paños de terciopelo verde, Celia me agarra de las manos y me besa en las mejillas. A solas, en lugar de tutearnos, nos llamamos por nuestros nombres de código secreto.

–Milonga –le digo en broma.

–Crimilda –replica con sorna.


EL ESCRITOR
BOCA RATON, FLORIDA, 2007
LA HABANA, CUBA, 1958

Llamadme NO-Él …

No, no se trata de evocar, invocar, revocar o convocar en el presente a un viejo código moral y sustituirlo por una nueva Moral y Cívica (¿morral y pírrica?) como el Manual del cubano  Manuel Carreño. No, el autor les da permiso para que lo anulen como angula de Angulo que entra por un culo de ángulo agudo y en lugar de repetir mi nombre, Noel, llámenme y léanme NO-Él. No, el cambio de nombre no es porque me considere emigrado, exiliado o desterrado sino menospreciado y ninguneado. Y antes de explicar por qué NO-Él y no Noel, por el momento les pido: Llamadme NO-Él. Así, repitan conmigo: NO-Él. Gracias, de parte de NO-Él, el escritor cubano que escribe no en castellano sino en cubano y trata de escribir su primera novela sin esperanza de editor a la vista y no de Noel, el escriba, que como tal solo se aviene a repetir el dictado de editores bajo contrato.

Mi novela se llamará Llamadme NO-ÉL y para empezar mi historia por el principio, diré como Charles Dickens de la suya que nací un viernes a las doce de la noche. El reloj de cuco de la sala empezó a largar campanadas y yo berridos. El fin de año en casa era objeto de una doble celebración: una pública, con pitos y matracas y racimos de uvas y copas de champán y otra celebración íntima, de puertas-adentro, una fiesta sui generis con adivinos y pitonisas y cábalas. Quiso el azar que naciera como el Tristam Shandy de la novela de Sterne en una hora imprecisa, cerca o pasada la medianoche ¿Sería el treintaiuno de diciembre el puente que conduciría al nuevo año, o una barrera que le cerraría el paso? ¿Sería un niñito anglo y come-gofio, un Infante sin Cabrera, un come-cáscara-de-pi؜ña a lo siglo XVIII inglés? ¿Sería un niño de pura cepa británica? ¿Sería un nené victoriano, de té a las cinco, bizcochos, babero soplamocos de holán fino y caquita fecal prietica y dura? ¿Qué prevalecería más, el pasado o el futuro? ¿Cuál sería mi mundo, el Ancient Régime de Versalles o al Brave New World de Huxley?

Y todo sucedió porque mi padre, tradittore de la tradición popular, odiaba la vida bohemia y a la revista Bohemia con el comunista Quevedo al frente, no Francisco el poeta conceptista de la corte si no Miguel Ángel, su consorte de la revista. Mi padre se iba a dormir temprano y ponía cuidado de dar cuerda al reloj para que lo despertara a la medianoche. Al sonar la alarma, mi madre se levantaba y corría a colocar sobre la mesa las uvas que tragarían con las campanadas del Año Nuevo. Ergo, si la cuenta no fallaba, fui concebido entre el despertar a medianoche, la comezón de uvas y la vuelta al lecho matrimonial. Para ser exacto y no ser abstracto, la eyaculación paterna en la vagina materna debió producirse minutos antes o después de las doce, en la más absoluta oscuridad y  clandestinidad. Bienvenida sea la venida por vía vaginal seguida de otra venida por la avenida del recto, no por la Avenida del Puerto a orillas del maricón, digo, Malecón de La Habana. Venida de fin de año que no excluye sino intuye otras venidas por rectas avenidas o la avenida del recto a principio del ano, digo del año.

Y…

¿Quién a esta altura del paso de los años, de los asnos y de los anos puede asegurar si fue venida de envergadura, venida de verga dura o venida por añadidura? El hecho de nacer entre dos años conferiría a mi vida un rasgo de incertidumbre. Mi nacimiento al filo de la medianoche entre dos años comenzó a ser objeto de una broma beisbolera. ¡Qué puntería Pompilio de pitcher! ¡Qué mascota Carlota de cátcher! ¿Cómo se las arreglaron para que Noel naciera el treintaiuno de diciembre de mil novecientos treintaiocho? ¿O era la madrugada del primero de enero de mil novecientos treintainueve? Harto de bromas cabalísticas, a los quince años, la noche final de mil novecientos cincuentaitrés, al entregarme la llave de la casa para que llegara de madrugada, decidí que celebraría mis cumpleaños por separado y así evitaría el fastidio de ser blanco de los chistes que referían mi puntual nacimiento. Otra cosa que me molestaba, el nombre que eligieron para mí mis padres. Noel, les reprochaba a Pompilio de León y Carlota del Pino, no me gusta. Por el hecho de que vuestros nombres sean vulgares, no hay derecho a elegir para mí uno igual de vulgar. Y para hacérselo saber no oral sino por escrito firmaba NO-Él. Y les hacía sentir el error (horror) de darme un nombre sin identidad. Un nombre que me hacía sentir apartado. Un marciano que descendía en platillo volador a la Tierra y repetía Klatu-Barada-Nichto como en “El día que paralizaron a la Tierra”. Un buen día decidí no ser más Noel y sí NO-Él. Abolir en secreto por decreto el nombre plasma. No ser más un ente éter. Un C02 más bicarbonato que carbono. Un Gay sin Lussac. Un Picrato de Butacín. Un H20. Un Anhidrido Sulfúrico cualquiera. Un 0. No más Noel y sí NO-Él. No me importaba para nada vivir a pan y agua ni con paraguas ni en modo de parábola porque para bolas las mías (que ya con quince años las tenía creciditas) ni los argumentos de mamá Carlota: Noel en Navidad un regalo de Dios. Ni los de papá Pompilio: Noel por Papá Noel. Ni los de ambos de acuerdo con el resto de la familia.

–Con León de apellido, qué lindo rima –dijo abuela Cora.

–Noel León adelante –dijo papá Pompilio.

–León Noel atrás –dijo mamá Carlota.

Les rebatía el argumento con un lamento. No había nacido para ser medio audiovisual de escuelita de párvulos. Noel León, más que nombre circular es nombre vulgar. Un nombre que rueda como llanta. Un palíndromo redondo como manzana. Y yo no soy neumático inflable ni fruta madura. A mí no me rueda ni me muerde nadie. Pero mis padres, igual de ingenuos que el Cándido de Voltaire, pensaban: Noel es “el mejor de los nombres posibles”. Una verdadera genialidad onomástica. Que me llamara, darme el nombre, bautizarme Noel. Y delante de los amigos, insistían en hacer coincidir mi nombre hacia delante y hacia atrás: Noel León, León Noel. Que me provocó desde la infancia y la lactancia una falta de arrogancia, un sentimiento de inferioridad, exclusión y repulsión como de negro sudafricano apresado tras las rejas del apartheid: lo que se dice un Mandela cubiche. Para mis padres, repicar mi nombre como campana dominical de convento dominico era un entretenimiento sin comedimiento; para mí, una comedera de mierda. Un insulto inculto que no oculto. Como si un mono gramático del Zoo hindú de Octavio Paz me diera a escoger nombres entre palíndromos y onomatopeyas de la última poda gramatical de la Real Academia de la Lengua Española.

No eres Noel León, eres Omar Ramo, Nicolás Colinas o Adán Nada. Y si eres mujer, Eva Ave, Rima Amir, Ila Ali, Sara Baras o Nora Arón. ¿Qué tal suena al oído un nombre de vedette de la farándula? Mónica Camino o Sisi Isis o Ana Oruro o Isa Somos o Nina Anín. ¿Qué me dices de nombres de puros machos mexicanos?: Oso Salas, Ola Lalo, Oscar Rocas, Nano Onán y Oto Oro. ¿Qué tal si eres dandy de película argentina y devienes Sergio Riesgo, Sésamo Omases o Raúl Luar? ¿Acaso en el ocaso sin acoso los prefieres complicados, de alto riesgo heráldico? Nombres puro barroco, como Ramón Nomar, Albert Rebla, Zaid Díaz o Plinio Pino ¿Y por qué no nombres de féminas ilustres, a lo Teresa Aretes o Lulú Ulul o Cuca Cuza o el unisex Lin Olin? Y si al final nada te viene bien o se aviene mal contigo, te endilgamos el barroco, gongorino, alejandrino, logarítmico, rococó y onomatopéyico Salta Lenin El Atlas. O uno de connotación religiosa como Oirás orar a Rosario. Y si el muestrario desplegado te parece insuficiente, a tu alcance uno ciento por ciento hispano, del más rancio medievalismo castellano: Dábale arroz a la zorra el abad.

Con Patri no. Patri no era de la familia. Patri me repetía al oído: Noel. NO-ÉL. Noelito. A Patri le dejaba que me dijera Noel León y León Noel. Con Patri no sentía enojo. Contra Patri no valía el encono. Con Patri era distinto. Patri era diferente. A Patri se lo permitía todo. Patri me hacía feliz y repetٌía como campana. Noel León-León Noel. Y seguíamos bailando apretaditos como si tal cosa Cheek to cheek, en interpretación de la Orquesta Casino de la Playa.

–Noel León –Patri divertida–. León Noel…

Queridos lectores, ya les di permiso. Llamadme NO-Él. Sí, permítanme presentarles ahora y en la hora a Patri que no es otra que Patricia de las Heras. Patri (o) tra. La hija de Don Cornelio de las Heras, el dueño de media Cuba. Un encanto de mujer. Una diosa cubana: alta, trigueña, pulposa.

Patri era Patriarca. Patriarcana. Patrimaña. Patriaraña. Patrimaraña Patriañeja. Patrimeña. Patriñica. Patriniña. Patripiña. Patricoño. Patricoña. Patricoñagc. Patriuña. Patricuña. Patrivicuña. Patrirosa. Patrirusa. Patrimentirosa. Patripuño. Patrimoño. Patrimoña. Patriña.  Patriñeta. Patririña Patripuñeta. Patrimuñeca. Patrimontaña. Patripatraña. Patripeña. Patrileña. Patrigreña. Patrisileña. Patridureña. Patrirriqueña. Patriñota. Patriñusta. Patribaño. Patripaño. Patriañil. Patrialbañil. Patripañola. Patripañuelo. Patribuñuelo. Patriñoleta. Patricida. Patrisuicida. Patrihomicida.

Con i om (i) t (i) da era Patr (i) Cuba. Patr (i) otra. Patr (i) otera. Patr (i) entera. Patr (i) pantera. Patr (i) adorada. Patr (i) arcado. Patr (i) arado. Patr (i) o Muerte. Patr (i) mon (i) o. Patr (i) demon (i) o. Patr (i) c (i) a. Patr (i) a m (í) a. Patr (i) f (i) cc(i) ón. Patr (i) luz. Patr (i) lus (i) ón. Patr (i) pas (i) ón. Patr (i) mal (i) c (i) a. Patr (i) m (i) l (i) c (i) a. Patr (í) st (i) ca. Patr (i) escolást (i) ca. Patr (i) m (í) st (i) ca. Patr (i) ajena. Patr (i) mús (i) ca. Patr (i) rumba. Patr (i) son. Patr (i) danzón.

¡Ante ustedes señoras y señores!

¡Patricia de Las Heras! 

¡Pa-tri-cia!

Ladies & Gentleman

¡Pa-tri-cia!

Damas y Caballeros

¡Pa-tri-cia!

Kiss her, and your lips always want Patricia!

Stroll her, and see Patricia moves with all her charms!

Rock & Roll. Twist.

Mambo qué rico e, e, e

Tan-ta-tarará 

Patri Cinema. Patri Cinemascope. Patri 3D. PatriHD. PatriHBO. PatriFLIX. PatriCLIC

La cámara fijaba sus movimientos 

Flash

El pelo sujeto con banda elástica tras la nuca 

Flash

El pelo desmelenado

Flash

Japan brag about the geisha!

Who cares, long Uncle Sam has got Patricia!

She is like a million dollars dream that come true!

Tan-ta-tarará  

El bramido de las trompetas

Tan-ta-tarará

Jazz. Blues. Foxtrot 

Mambo, qué rico, e, e, e.

¡Caballo Negroooo!

¡Tú-tie-ne-la-coo-la-ne-gra!

Pérez Prado por El Prado

¡Patricia!

¡Ah Ah Ah!

Tú-tie-ne-la coo-la-

¡Lar-ga!

¡Patricia! 

¡Ah Ah Ah!