Una ciudad dentro de otra ciudad

Foto: Enmanuel Castells Carrión

…universo vivencial donde abunda la gente que ama, sufre, lucha y sobrevive,
pese a la mierda de las calles, el estiércol de los perros, la basura acumulada en las esquinas,
las aguas albañales empozándose en los baches.

Piensa que Centro Habana no es una ciudad y lo es. Una ciudad dentro de otra ciudad. Un mundo distinto repta entre sus calles enlodadas de mierda humana, estiércol animal, aguas albañales y escombros. Es una ciudad que se derrumba y nace de sus cenizas mojadas: Ave Fénix que da a la otra Habana el toque de resistencia contra la adversidad y la miseria del hombre que toda gran urbe debe tener. Ciudad interior con leyes turbias, grises, como turbias y grises son las vidas de sus habitantes, latiendo con un ritmo distinto a las de quienes disfrutan de la luminosa modernidad corrupta de los barrios para extranjeros y embajadores en Miramar y Playa; distinto a la de quienes pasean y aman y sufren bajo el contraste de un casco histórico renovado al estilo de las viejas con coloretes para encanto del turismo y desencanto de quienes deben abandonar lo que fueron sus casas y costumbres y recuerdos por más de cuarenta años para irse a mutilar sus vidas en los palomares rusos del reparto Alamar; distinto, incluso, a la marinera vida de Regla y Casablanca; a la ancestral monotonía de Guanabacoa; a la orientalidad creciente del Cotorro y San José de las Lajas, cada día más cargadas de emigrados de las provincias en donde Colón puso sus plantas en esta isla en el primero de sus viajes.

Cuando llegó a Centro Habana ya había vivido en el Cotorro, Luyanó, Arroyo Naranjo y el Vedado. Cayo Hueso, el mismo lugar por donde deambuló José Martí un siglo atrás; el barrio de las siniestras canteras de San Lázaro donde tanto preso perdió la vida picando piedras; el espacio vital donde el obispo de Espada creó el primer cementerio en la antigua Habana, era un universo marginal, abierto a la especulación, la bolsa negra, el bajo mundo y la nocturnidad podrida, como sigue siéndolo, aunque hoy su azotea se encuentre más cerca del mar, en el barrio de Dragones, a unos pasos de Colón del famoso barrio de las putas de tiempos del capo Meyer Lansky.

Escenario por donde mueve sus huesos cada día, igual que lo hacen esos tres motoristas con sus cascos de colores chillones, que ahora mismo pasa frente a él, mientras camina y piensa. Fue allí, en esas calles, con el mismo aliento en Los Sitios, Dragones, Colón, Cayo Hueso, donde descubrió que se podría escribir un libro en el que los dueños de la noche centrohabanera contaran el triste destino de sus vidas en el lenguaje puro y sin tabúes ni compromisos sociales ni políticos de su día a día. De ahí salió su libro Habana Babilonia o Prostitutas en Cuba, que fuera censurado por las más altas instancias del gobierno; de ahí salió la Trilogía sucia de La Habana, El rey de La Habana o cualquiera de esas novelas de realismo sucio marginal escritas por su amigo Pedro Juan Gutiérrez, cuyo balcón de su edificio en Perseverancia y San Lázaro observa nítidamente desde su azotea en la calle Perseverancia, entre Animas y Virtudes, compartiendo ese mismo universo vivencial donde abunda la gente que ama, sufre, lucha y sobrevive, pese a la mierda de las calles, el estiércol de los perros, la basura acumulada en las esquinas, las aguas albañales empozándose en los baches, y pese a la penuria de quienes se empeñan en realizar sus sueños humanos, personales y profesionales en una ciudad que cada día piensa menos en ellos.