La isla de los indigentes y otros poemas

Del libro Desnúdame, isla (Ilíada Ediciones, 2022)

Idania Bacallao Iturria (Villa Clara, Cuba, 1957). Graduada de inglés. Como escritora ha incursionado en la poesía, el relato y la crítica literaria. Su obra La hija del agua, publicada por la editorial Capiro, de su natal Villa Clara, en 2004 marcó su debut literario. Posteriormente ha publicado Ana de mis amores (relatos), Mujeres raras (relatos), La plegaria de la yerbabuena (novela, 2010), Toma café conmigo (relatos) y El día que voló la amapola (poesía). Textos de su autoría aparecen en revistas y periódicos culturales nacionales e internacionales.

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La isla de los indigentes

Amor que me has buscado sin buscarte,
no sé qué vale más:
la palabra que van a decirme
o la que yo no digo ya…
Dulce M. Loynaz
Dónde están las criaturas que forman las verdades.
Los afluentes que nos salvan con disimulo de nuestros hombros caídos.
Atascada miro al mismo puente, a la misma vida…
Qué ha sucedido con la métrica de la alegría.
Con los hijos de los hijos de esta isla.
He buscado rescatar la arcilla con la que Dios nos hizo.
Me desvelo.
Y cuento cuartillas tras cuartillas sobre los espejos rotos de estos largos años.
Mientras ya no vuelva la razón solo pulso sobre la intriga de esta historia pero también me fatiga.
Espero que Dios no me acorrale entre sus pasos.
Espero que Dios no se haga cacique y me perdone.
Éste
arcoíris cuarteado de mi espera me lleva hasta los amigos lejanos.
La vida del exilio nos alimenta. Me alimenta.
Allí nadie examina ni llama insomne al desvelado.
Aquí solo se sueña con aureolas escabrosas.
Con estiletes de truenos sin hinchar la risa.
Que Viva Dios en la bendita suerte de libertarnos los unos
a los otros con los sueños.
Que viva la noche de luna de otro país.
Adonde el mar se huele su propio olfato.
Adonde el disimulo no memoriza odio.
Adonde la proa no es aguja de hilo para fugarse del desamor.
Canso ya de tanto tirar rodillas y rodillas hacia esos
otros vientos,
pero sólo soy una nómada en esta huida de final.
Soy la maderera del inevitable exilio.
Así lo dice el Padre Nuestro que grito todos los días
y a toda hora
a la sinrazón de este terror.
Pero algo sucede justo cuando se espera la noche.
Veo luciérnagas, espartos.
Una legumbre cayendo desde su miseria hasta la isla.
Mi misión es primordial.
Debo levantar velas sin autoritarios.
Acudo al parto de Jesús sin premonitorias palabras.
Sólo rezo.
No lloro por este parto sin fronteras.
Sólo mi llanto se escucha en la ambivalencia de su luz cuando llama a mi puerta
Y estoy desnuda.
Muy desnuda con odio de servidora en la cara.


—II—

Quiero callar ahora a los gallos hipócritas que cantan diciéndole adiós al día de tanta hambre.
Y solo una aventura poética me detiene.
Disfruto de su compañía, de su interpretación por mis sueños.
Ahora Freud está conmigo y le cuento la historia de esta isla de los indigentes.
No puedo ni quiero callármela.
La libertad se aplaude pregonera dentro de mi boca.
Y brota, brota…
Sale.
Espero que ahora mismo Dios me perdone de estos abusos de lo fiel a lo insomne.
De lo indigente a lo trágico.
Siempre he deseado ser una distinta a lo que soy.
Una distinta a los demás.
Una guerrera para los indigentes.


Mujer de Jericó, venid con los tres reyes magos

Me llamaré Cuba Mujer cuando los ojos inocentes de este caimán, ídolo de nuestras añoranzas, dejen de lagrimear, cuando la flor de Jericó libere su aroma en mi pupila. Cuando los ojos de Dios me despierten para decirme: Poesía, poesía… el agua del sol ya no está inmóvil, el estanque del espejo ya ha estallado.

Cuando el mendigo de la belleza, como suave pájaro de aire, me invite a volar palomas en todos los recodos de su gracia. Cuando un hombre verde eche de su pecho el agua sin fin y sin principio que nos ahoga. Nos desgarra.

Me llamaré Cuba Mujer cuando el ángel del ocaso haga la verdad de la fe. La fe de la verdad. Cuando el arcoíris deje de ser curvo y me vista de lirio con su chamán de colores. Cuando Jesús el Cristo se aparezca con su flauta errante y moje mis pies desgarrados, estrujando así a mi primera huella de espanto.

Cuando el hijo concebido de este caimán, ídolo de nuestra arca, escoja sus juguetes en buenos árboles sin pujarlos con llanto. Sin gris ni acecho. Sin huir pariéndose a sí mismo. Cuando llegue la noche de las bengalas en un cielo desbordado de reyes magos.

Me llamaré Cuba Mujer cuando el loco de la guarida nos permita hablar tirando luces contra el viento. Cuando el arco tenso del arquero reconozca sus auroras rezagadas. Cuando el pez escamado de oro se beba toda la frialdad de la luna. Cuando éste caimán, encadenado a su lanza, deje de ser noche, piedra, ausencia, hambre sobre este mar de resaca.


Sálvanos por el amén del ojo

Aquí, donde también se nos muere la inocencia, se le culpa, naufragamos como aves que se rompen alas contra el silencio. Como mariposas sin polvos ni colores. Sin aire.

Aquí vivimos, conociendo que la piel se nos arranca. Nos la queman como secreto guardado entre gavetas. Como perros que ya no se huelen sus hazañas.

Aquí, donde sólo lo salobre del mar nos apaña y nos ilumina besamos a Dios en las mañanas, comemos la podredumbre de la tierra, sudamos por dentro ya sin cordón umbilical, y dormimos con los oídos tapados de advientos para aliviarnos las derrotas.

Aquí, mentimos, y olvidamos la crueldad del carcelero.
Así somos los participantes.
Así somos los escabullidos.
Así somos en la jungla del exterminio.
Pues sólo así salvamos al mendrugo, a la costilla,
a la máscara.


Culpa de mujer

Nadie tuvo la culpa de recitarnos sus hazañas.
Tan obligadas, tan obligadas…
Las mareas somos como las mujeres hijas de Dios y nos culpamos o nos culpan.
La pena lo sentencia así como una cruz de Cristo sin barniz.
Cuando vuelvan los amen de otra leyenda erigiremos
ninfas de cristal sin la pena de la sentencia.
Verde azules para el espanto del amor.
Dulce azul para el perfume del epicentro
si hay dioses perdonados.
Yo iré desnuda con el olor de la marea
acertado en mi ombligo sin pena ni estatuto.
Vestida sin piel como una mujer descalza
que sueña con una íntima ciudad de libertinos.
Nadie sabrá contar estos escalones
Tan obligados, obligados
porque llego desnuda desde una ninfa de cristal y converso
en el nombre de Dios sin contarle mis hazañas.


Preguntas de empeño

Puedes tú, Cristo, lavarme los pies entre susurros de girasoles.
En un cántaro mídeme manos, cuerpo, voz, y gime:
Cervatillo, Cervatillo… Mi buen amado Cervatillo.
Tu girasol me ahuyentará el apocamiento.
Me gustaría engañarme con tus rezos de nudillos
y con tus preguntas de gigante molino de aguas.
Aguas de tus dioses que ya besan la puerta de mis dedos desnudos.
Quiero escucharte en la clarinada de tus amores con falsetes.
¿Puedes tú, Cristo, ser también un convicto
de mis orquídeas?
Hay un agua de leyenda esperándome vestida de malva para ti.
Puedes tú, Cristo, ser ese hijo que corone mi doncellez
en mí nunca huerto de girasoles.
¿Puedes…?