
El día en que cumplí 75 años tomé varias decisiones que entonces me parecieron trascendentales en mi vida. La primera de ellas fue que a partir de aquel momento comenzaría a envejecer. (No crean que no; esto tiene su miga). El segundo de mis propósitos aquel inolvidable día de febrero consistió en dedicar parte de mi tiempo libre a uno de los deportes cuya práctica me ha apasionado mucho siempre y que nunca pude dominar como lo habría deseado. El tercer reto, el más difícil de asumir, era algo que, por diversas razones, venía desde hacía tiempo madurando en mi mente: había llegado la hora de abandonar el oficio de escritor y dedicar mi vida a alguna tarea más agradecida que la de inventar historias para ser leídas por otros.
En realidad, lo de ponerme viejo era pura retórica. Desde el momento mismo del nacimiento, la vida consiste en eso, en envejecer con cada día que pasa; es un proceso que se detiene sólo con nuestro último aliento en este mundo. De manera que hay que tomárselo con espíritu deportivo. Por otra parte, tampoco me preocupa demasiado, pues lo que tenga que ocurrir ocurrirá. Mantengo mi plan de guardar definitivamente el coche en algún momento tras haber cumplido los 85, de manera que iré acercándome a la fecha con filosofía, con la mayor tranquilidad de la que sea capaz por ese tiempo.
Sobre el propósito relacionado con el deporte, la verdad es que traté de cumplirlo; pero no pudo ser: el verano pasado mi cuerpo se encargó de recordarme que no todos los retos pueden ser vencidos en cualquier recodo del camino. Como leí hace mucho tiempo en algún sitio, cada cosa tiene su momento y existe un momento para cada cosa. Hay trenes que pasan una sola vez en la vida, y para mí este es, o fue, uno de ellos. De manera que el verano pasado no tuve más remedio que acogerme al refrán de “donde dije digo, digo Diego”. Y a otra cosa, mariposa.
La tercera de mis promesas…, pues va a ser que no. Tarde o temprano hay que rendirse a la evidencia: el escritor que ama su oficio nunca deja de serlo. Y yo, después de aquel 75 cumpleaños, me metí en una novela con la que había soñado desde los inicios mismos de mi carrera. Se titula Triunfo sin gloria y se desarrolla en los años finales de la guerra de independencia en Cuba y la intervención norteamericana en la contienda. Trabajé muy duro con el texto, pero ya está listo. El libro verá la luz la primavera de este año con la editorial Huso, de Madrid. Aprovecho para exhortar a mis lectores a adquirirlo y leerlo. Me atrevería a decir que les resultará interesante y novedoso. Quizás hasta les guste.
Lo peor es que ya he comenzado a pergeñar una nueva ficción, y que hay otra que viene asomando en lontananza. Me explico: Anduve durante varias semanas sin pensar siquiera en ninguna otra historia. Me acercaba de vez en cuando al ordenador y, con una gota de resignación y otra de tristeza, revisaba los muchos textos comenzados y abandonados allí. Luego les volvía la espalda. Hasta un atardecer, de hace unas pocas fechas, en que salí a dar un paseo por el bosque de pinos que crece junto a mi casa y me detuve un rato a contemplar el crepúsculo marino en el Levante español. La mar, crispada como casi siempre a esa hora, farfullaba a unos metros de mí. De repente, las ideas más inesperadas comenzaron a dar vueltas dentro de mi cabeza. Desde aquel atropellado carrusel, algunas revolotearon un rato y siguieron su camino hacia quién sabe dónde. Otras, sin embargo, se empecinaron en quedarse conmigo. Como si giraran a mi alrededor y no dentro de mí, yo extendí la mano y las guardé en un rincón de la memoria. Eran temas nuevos, imágenes frescas que llamaban fuertemente a mi puerta. Y ahí siguen, insistiendo con mayor vehemencia cada vez.
Hoy puedo decir que las conservo en la mente, que han echado raíces y comenzado a crecer. Y que pugnan por volverse tramas. Están fuertes, quizás incluso demasiado, comparadas con mi estado general de salud, que ya no es el de antes. ¿Seré capaz de darles forma y convertirlas algún día en un relato digno de llamarse novela? Prometo intentarlo y hacer lo imposible para ello. ¿Lograré escribirlas? Pues no lo sé.