El coloso postrado

Muchas historias de horror empezaron a circular luego de que el huracán Katrina devastara la ciudad de Nueva Orleans en 2005, entre ellas lo que pasó tras los muros de los hospitales.  En cuestión de horas todo fue caos. Sin electricidad, con agua por todas partes y temperaturas por encima de los treinta y ocho grados centígrados, se dice que los doctores tuvieron que decidir quién tenía fortaleza para sobrevivir y quién debía morir. La ayuda del gobierno federal, bien se sabe, no fue oportuna, y los centros de salud se convirtieron –al menos en el imaginario popular– no solamente en fosas comunes, sino en el símbolo de un fracaso político y social.  La ciudad relajada donde millones de personas iban cada año a perderse, a escapar del rigor de las convenciones sociales, se había convertido en un pestilente depósito. No en balde, grupos conservadores veían en el desastre la mano de Dios, no la que conforta sino la vengativa, la que se cierne sobre la carne y los deseos. 

Al menos dos hospitales cerraron sus puertas definitivamente.  Uno de ellos, el Charity Hospital, fue fundado en 1743. El edificio –dañado por el viento, el agua y la negligencia– era de 1939 y estaba ubicado en el centro de la ciudad. El Charity era la esperanza para quienes carecían de los recursos para acceder a atención médica privada, tenía una larga historia de servicio a la comunidad y, quizás por eso mismo, estaba tan desamparado como sus pacientes. El otro era un centro privado, el Lindy Boggs Medical Center, cuya fundación data de 1920. El edificio dañado por el huracán fue construido a principios de los noventas. En el Lindy Boggs murieron 45 personas por causas directamente asociadas con la emergencia provocada por Katrina.


Desde la distancia

 Mi vida antes del huracán Katrina era más sencilla, o la he romantizado con el tiempo.  Fue mi primera época como inmigrante, la de las dudas, la de las hambres, la de no tener casi nada.  Cuando el huracán asoló la ciudad, yo había empezado a acomodarme a mi nueva condición de profesor.  Creía que el mundo estaba aguardándome y que, con un poquito de perseverancia, lograría cumplir mi sueño de enseñar literatura y de escribir muchísimos libros.  Después del huracán mis impulsos de huir me llevaron hasta Maryland, pero en 2009 volví a New Orleans.  Era más fuerte el sentido de hogar que los riesgos, y en 2013, al filo de la crisis financiera y de vivienda en Estados Unidos, encontré un apartamentito no muy lejos del Lindy Boggs.


Las caminatas

Una de las cosas que más me complacen es salir a caminar.  Tomo por mi calle hasta el bayou y, empiezo a bordearlo. No he encontrado una palabra en español que refleje adecuadamente lo que es un bayou.  Busco algo de información y encuentro que la palabra presumiblemente viene de la tribu Choctaw, que habitó en los estados de Louisiana, Mississippi y Oklahoma hasta que fueron desplazados entre 1830 y 1850 durante la infame “Ruta de lágrimas y muerte”.  Un bayou es una especie de remanso de agua dulce.  Las aguas se desplazan muy lentamente por el centro de la corriente dando una sensación de inmovilidad. El bayou es una superficie plana e invita a la contemplación.  Sea por la tarde o por la mañana camino a la orilla, veo a los jóvenes que se desplazan con sus kayaks, veo familias de patos, gansos y cisnes, veo los reflejos del sol o la neblina que pareciera no tocar el agua.  Justo al llegar al bayou, a mi izquierda aparece el Lindy Boggs como un gigante postrado. El conjunto se muestra aún sólido, pero guarda ese aspecto vulnerable de lo que ya no se puede recuperar. Los grafitis que se superponen unos a otros, cuentan una historia que no puedo entender.  No sé quiénes los hicieron, o el significado de los dibujos y de la mayoría de las palabras. Pienso que algunas palabras (o simples sucesiones de consonantes) son realmente acrónimos, que detrás de ellas hay todo un mundo. Alguien ha de leer esos mensajes, pero yo no soy de esos privilegiados.  Al libro abierto que es ahora el Lindy Boggs solamente tienen acceso quienes conocen los códigos secretos de la escritura urbana.


Un manojo de historias

Hay algunas historias que yo conozco.  La primera sería el comienzo de algún relato de zombis.  Se refiere a la morgue que estaba en el sótano del edificio.  Durante Katrina el agua empieza a entrar y se va asentando en cada una de las cámaras donde se hacen las autopsias.  Quizás alguien toma la decisión de liberar a los muertos, o puede ser el agua misma la que va abriendo las puertas de los depósitos y los deja salir, no para que busquen una oportunidad para escapar hacia la calle, sino para que simplemente floten hasta deshacerse.  Así quedan por semanas.  No se puede llegar a la morgue porque el nivel del agua era todavía muy alto.  Tampoco los muertos tienen tanta prioridad durante un desastre de tal magnitud.  Hay que rescatar a quienes están atrapados en los techos de las casas, o sacar de los barrios inundados a los que confiaron en poder salir y se les hizo tarde.

La segunda historia es el testimonio de una amiga monja.  Ella no sale a tiempo de la ciudad y aguarda junto a sus compañeras en una casa que se ha librado de las aguas. A los pocos días deciden ir al Lindy Boggs.  La razón es el rescate de las ofrendas y otros artefactos religiosos de la capilla antes de que los saqueadores sepan que el hospital guarda objetos de gran valor.  Logran coordinar con alguien que tiene un bote y navegan por las calles entre carros cubiertos hasta el techo de agua. Mi amiga ha olvidado detalles de la operación.  Apenas recuerda la llegada al edificio, las instrucciones de no ver ni oler nada, el agua casi hasta las rodillas, la advertencia de que podrían encontrar alimañas.  A mi amiga le corresponde reconstruir en la imaginación el interior de la capilla, pues ingresan a un espacio oscuro que parece ya tomado por la naturaleza.  Logran llegar al altar, al pequeño cuarto trasero donde se guardaba todo lo necesario para la celebración de la liturgia. Nada ha sido tocado, ni siquiera por el agua. Sin embargo, me confiesa mi amiga, nunca como en ese momento ha sentido tanto la ausencia de Dios.


El edificio vedado

El hospital es un espacio falsamente vedado.  Sí, hay una malla que impide el paso, pero eso no quiere decir que entrar sea imposible.  Se requiere un poco de curiosidad, un propósito y un plan.  Todos los que entran al Lindy Boggs buscan algo. A veces me imagino entrar con una lámpara.  Para mi sorpresa, toda una comunidad vive en el edificio.  Los habitantes podrían ser seres humanos, pero también invasores de otros mundos, entidades que pueden vivir respirando aire enrarecido y comiendo lo que crece en las paredes.  Son seres que tampoco extrañan la luz ni necesitan las comodidades que las personas comunes y corrientes damos por sentado. He de admitir, sin embargo, que nunca he escuchado nada sobre gente que se refugia o vive por años en ese edificio abandonado.  Pareciera que tales cosas pasan solamente en otros países, Venezuela por ejemplo, donde toda una comunidad se ha formado en el esqueleto de una fallida torre. 

Del Lindy Boggs se rumora que es un lugar contaminado.  Se han encontrado áreas de asbestos, se dice que el agua empozada envenenó las paredes y el piso.  Se habla de animales fantásticos que han crecido entre sus sombras.

Lo que sí he visto son escombros que algunas personas han ido sacando a lo largo del tiempo.  Una mañana aparece un tráiler junto a la acera.  Poco a poco se va llenando de pedazos de madera, ventanas completas, baldosas. Luego desaparece.  En un par de ocasiones, han abandonado carros también.  Quizás la visión de un edificio como un cementerio le ha dado la idea a quien busca dónde dejar un vehículo para que se pierda. Cuando eso ocurre, el vehículo queda por semanas expuesto a las miradas de los transeúntes. Uno ya sabe distinguirlos.  Van acumulando polvo, suelen no tener placas y nadie se preocupa si alguien rompe los vidrios o trata de forzar las puertas.  Las autoridades se toman su tiempo.   Cuando ya no pueden ignorar el hecho de que un carro ha estado estacionado en el mismo lugar por muchas semanas, van a inspeccionarlo, pegan unas calcomanías notificando a los presuntos dueños que tienen unos cuantos días para resolver la situación del vehículo.  También lo inmovilizan, por si acaso el carro huérfano quiere huir.  Finalmente, pasada la fecha límite, una grúa remolca el carro hasta el deshuesadero local.


Vergüenza     

Algún grafitero, iluminado por lo que ese edificio representa en una ciudad que ha tratado de olvidar sus desgracias, pintó en letras enormes la palabra shame en la pared a la vuelta de lo que fue la entrada principal del edificio.  Shame tiene muchos significados en inglés, todos negativos. De ellos yo prefiero la acepción vergüenza.  ¿Quién tiene vergüenza? ¿De qué?

El huracán Katrina asoló la ciudad de New Orleans hace dieciocho años.  Desde entonces se ha especulado qué va a pasar con el antiguo hospital Lindy Boggs.  A veces aparecen en los periódicos notas que mencionan inversionistas interesados en el cascarón que reposa sucio, sin dignidad, en una esquina cercana a mi casa.  Hasta el momento, ninguno de esos proyectos ha prosperado. Mientras tanto, el Lindy Boggs continúa su lenta muerte. 

Nos hacemos viejos, hermano

Hace unas semanas mi hermano mayor sufrió un repentino y serio quebranto de salud. Hubo que llevarlo a un hospital, donde pasó la noche bajo observación.  Mi sobrino estuvo con él desde el inicio de la crisis, pero como a las dos de la mañana le comunicó a su padre y a la enfermera de turno que se iba.  “No, no, no.  No puede irse”, le dijo la enfermera delante de mi hermano. “Por política del hospital, los viejitos no pueden quedarse solos”. Entonces se dio una breve discusión entre mi sobrino y la enfermera. Él necesitaba volver a casa a verificar que su mamá estuviera bien, pero la enfermera insistía en los riesgos y necesidades de los viejitos. Mientras tanto mi hermano atestiguaba la escena.  Estaba demasiado débil para intervenir y aclarar el malentendido: él no era un viejito a pesar de tener sesenta y cinco años. Me lo imagino también en shock, sin palabras ante la ofensa que escuchaba una y otra vez. Como en otros momentos tragicómicos, uno no es algo o alguien hasta que otra persona lo nombra, y puede ser más doloroso o definitivo cuando esa persona está investida de poder.  De repente y sin posibilidades de defenderse, mi hermano había pasado a otra fase de su vida, una que a muchos les da miedo porque es al mismo tiempo el anuncio de que el camino se acaba.  No creo que mi hermano no haya sospechado que la vejez se encontraba a la vuelta de la esquina, no creo que la evidencia no estuviera ahí –yo mismo he ido acumulando un detalle sí y otro también–, pero hay una frontera invisible que se cruza y a partir de ese momento el hecho no se puede negar.

Hacerse viejo es un tema sensible para muchos, algo de lo que no se habla, como si la ausencia de palabras impidiera que las cosas sigan su curso. Sería como aplicarle a la vejez la famosa sentencia del cantante mexicano Juan Gabriel respecto a su sexualidad: “Lo que se ve no se pregunta”.  Yo, por el contrario, creo que hay que compartir los miedos y las fortalezas de esa transición, los sueños y las esperanzas por cumplir.  Hace poco, en lo que yo llamo irónicamente mi deporte de invierno, me puse de nuevo a buscar trabajo.  El ciclo de trabajos disponibles en la educación superior norteamericana se inicia alrededor de setiembre y ya para enero empieza a languidecer.  Es un proceso complicado, en el que usualmente intervienen headhunters, se producen largos y detallados perfiles del puesto y de la universidad, se deben superar varias entrevistas, hay llamadas confidenciales a muchas personas (no se requieren cartas de recomendación para ciertos puestos) y hasta se evalúan los valores morales y políticos de los candidatos con un análisis de su actividad en redes sociales.  Cuando les contaba a mis amigos mis aventuras en el mundo laboral, ellos se dividían en dos grupos:  los que veían mis pretensiones como el paso lógico en una ascendente carrera administrativa y los que argumentaban que ya era tarde, que me calmara, que lo mejor por hacer era esperar la oportunidad de jubilarme.  Como en ciclos pasados, este no fue el mío, aunque estuve muy cerca de conseguir un muy buen puesto al otro lado del país. Mientras rumiaba mi decepción les daba vueltas a las posibles razones de ese –para mí– fracaso, incluyendo la edad. Sin embargo, nunca tendré una respuesta directa. No me pasó, como dijo la actriz Michelle Yeoh cuando ganó el Oscar a mejor actriz: “Muchachas, nunca dejen que nadie les diga que ya pasaron su hora de mayor plenitud”. Claro, lo de Yeoh es parte de una narrativa muy americana de triunfadores, de meritocracias y de que todo llega a su debido tiempo. Por el contrario, yo creo que hay un momento para todo, y que una de las virtudes de la madurez es reconocer que uno ha topado con pared y aceptar ese hecho con discreción y serenidad.

En la cultura de Estados Unidos hay una serie de mitos que acompañan el paso a la edad madura.  Uno de ellos es el de asegurar el futuro a toda costa, planear la vida a veinte, treinta años plazo y ser estricto en el cumplimiento de metas.  A mis manos han llegado libros sobre cómo planear la jubilación para “vivir confortablemente hasta más allá de los noventa”; hay expertos en finanzas –y estrellas mediáticas– que recomiendan ahorrar cada centavo y huirles a las deudas y a todo riesgo financiero como a la peste. Eso sin contar con que la mejor edad para pensionarse es setenta años. Las celebridades financieras te condenan de antemano a una vida de pobreza y limitaciones si no sigues sus pasos.  Esa especie de terror a un futuro sin dinero está relacionado a una cuestión de clase.  Mientras grandes mayorías no pueden vivir más allá del día a día, unos pocos se dan el lujo de proyectarse en el futuro, de pensar en su nivel de consumo a años plazo.  Mientras tanto, gente de tu generación se empieza a morir, algo no sale bien en tu vida o cambia radicalmente, o enfermedades nunca imaginadas te cierran el paso hacia esa vejez sin preocupaciones.  Entonces, ¿puede la vida planearse a largo plazo? ¿Dónde está el balance entre decisiones responsables para asegurar el futuro y el don de vivir el momento, tanto en lo bueno como en lo malo?  Hay otras ideas que repetidamente he escuchado, esta vez provenientes de América Latina. Parecen consejos, pero tal vez no lo sean:  Si al cumplir sesenta no tienes casa propia ya pagada estás condenado a la pobreza; tu estado de salud al cumplir sesenta determina tus probabilidades de sobrevivencia para los próximos veinte años; el amor romántico llega en cualquier momento…

Hay una palabra acuñada en 1969, es decir una palabra relativamente reciente, ageism, cuya traducción al español, edadismo, aparece en el diccionario de la Real Academia de la Lengua.  Edadismo se refiere a la discriminación por edad.  Las personas no nos enteramos del edadismo hasta que alguien cercano, o nosotros mismos, lo sufrimos en carne propia.  Y me parece que América Latina empieza muy a muy temprana edad.  Recuerdo una breve polémica que sostuve hace algún tiempo con los editores de una revista gay en Costa Rica.  Buscaban llenar un puesto creativo y la descripción decía claramente que el límite de edad de los candidatos era 35 años.  No sé si ese requisito era ilegal, pero sí que era discriminatorio.  En alguna ocasión en la que consideraba la posibilidad de volver a mi país de origen, mis amigos me advirtieron que iba a ser muy difícil encontrar un trabajo a mis entonces 40 años.  En Estados Unidos no sería posible fijar un límite de edad para solicitar un trabajo, pero eso no quiere decir que no se considere una limitación y que no juegue un papel en las decisiones que los empleadores toman.

Después de mi fallido intento de encontrar otro trabajo, he vuelto a mis planes de jubilación (retiro o pensión, según el país), me he reunido con un asesor financiero, he considerado mis opciones y trazo mi ruta.  Mientras en estos días la gente sale a protestar a la calle en Francia porque la edad mínima de retiro pasa de 62 a 64 años, yo me considero afortunado porque, según mis cálculos, podría pensionarme entre mis 65 y mis 67 años. No me quejo, pues un importante segmento de la población estadounidense no puede retirarse antes de los 70 o, sencillamente, no podrá jubilarse nunca.  En un país en que las redes de solidaridad son tan precarias, trabajar hasta caer muerto parece algo natural.  Lo mismo es el morir solo, aunque haya familia.  Se habla de la soledad de los mayores como una plaga, se documentan casos, se repite hasta el cansancio que algo debe cambiar, pero nada pasa.  Creo que la exclusión social por edad nos afecta a todos, pero los hombres gay son un grupo particularmente vulnerable.  Recuerdo a mi amigo Guillermo Náñez, solo con su música y sus películas luego de que su compañero de cuatro décadas muriera.  Recuerdo las historias de homosexuales que han tenido que mudarse con hermanos o sobrinos y volver al closet para ser aceptados. Recuerdo también los códigos de la misma comunidad que se centran en la juventud y rechazan la supuesta decadencia física que trae la edad.  Pero no todo está perdido, quedan los amigos, los lazos afectivos incondicionales, grupos que se reúnen para conversar, salir de paseo o hacer ejercicio. Así, poco a poco, vamos entrando a una nueva experiencia de vida.  La veíamos venir, hermano, y de pronto, sin darnos cuenta, ya estábamos totalmente inmersos en ella.

Chéjov / Solás

Humberto Solás, cineasta cubano (La Habana, 1941- 2008)

“¿Te encargás de cuidar a Solás? Vos sabés, que esté confortable
y que no haya queja alguna de su parte”. 

Quiero contar dos historias unidas por un libro. El libro es el instrumento de la memoria, mientras que los hechos se han vuelto muy vagos, aunque insistentes, pues vuelven con cierta frecuencia como un repaso de batallas perdidas.  Ese objeto tan particular es ciertamente humilde, un volumen titulado Obras (relatos y teatro) de Antón Chéjov, publicado en Moscú, probablemente en 1980 (el año de una nota al pie del traductor, porque el libro no tiene fecha de impresión), por la Editorial Progreso.  Trato de encontrar información en internet, pero apenas hay algo en Wikipedia y en un blog, como si la editorial fuera una vergüenza de la era soviética que debería esconderse bajo la alfombra.  Probablemente tenía propósitos propagandísticos, pero también puso al alcance de los lectores en español libros clásicos en ediciones bastante bonitas y baratas.  Esas Obras de Chéjov fue lo único que compré de Editorial Progreso y lo hice en tiempos de poca plata, cuando empezaba la universidad, no quería estudiar ninguna carrera convencional y soñaba con el oficio de escritor.  Era uno de los tantos libros soviéticos que se vendían en una pequeña librería llamada Germinal.  El libro lo leí con devoción.  Los cuentos tenían ilustraciones en blanco y negro y la sección de teatro incluía los programas de La gaviota, Las tres hermanas y El jardín de los cerezos, así como fotos de la puesta en escena original.  Así empezó mi devoción por Chéjov.

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