
Hace unas semanas mi hermano mayor sufrió un repentino y serio quebranto de salud. Hubo que llevarlo a un hospital, donde pasó la noche bajo observación. Mi sobrino estuvo con él desde el inicio de la crisis, pero como a las dos de la mañana le comunicó a su padre y a la enfermera de turno que se iba. “No, no, no. No puede irse”, le dijo la enfermera delante de mi hermano. “Por política del hospital, los viejitos no pueden quedarse solos”. Entonces se dio una breve discusión entre mi sobrino y la enfermera. Él necesitaba volver a casa a verificar que su mamá estuviera bien, pero la enfermera insistía en los riesgos y necesidades de los viejitos. Mientras tanto mi hermano atestiguaba la escena. Estaba demasiado débil para intervenir y aclarar el malentendido: él no era un viejito a pesar de tener sesenta y cinco años. Me lo imagino también en shock, sin palabras ante la ofensa que escuchaba una y otra vez. Como en otros momentos tragicómicos, uno no es algo o alguien hasta que otra persona lo nombra, y puede ser más doloroso o definitivo cuando esa persona está investida de poder. De repente y sin posibilidades de defenderse, mi hermano había pasado a otra fase de su vida, una que a muchos les da miedo porque es al mismo tiempo el anuncio de que el camino se acaba. No creo que mi hermano no haya sospechado que la vejez se encontraba a la vuelta de la esquina, no creo que la evidencia no estuviera ahí –yo mismo he ido acumulando un detalle sí y otro también–, pero hay una frontera invisible que se cruza y a partir de ese momento el hecho no se puede negar.
Hacerse viejo es un tema sensible para muchos, algo de lo que no se habla, como si la ausencia de palabras impidiera que las cosas sigan su curso. Sería como aplicarle a la vejez la famosa sentencia del cantante mexicano Juan Gabriel respecto a su sexualidad: “Lo que se ve no se pregunta”. Yo, por el contrario, creo que hay que compartir los miedos y las fortalezas de esa transición, los sueños y las esperanzas por cumplir. Hace poco, en lo que yo llamo irónicamente mi deporte de invierno, me puse de nuevo a buscar trabajo. El ciclo de trabajos disponibles en la educación superior norteamericana se inicia alrededor de setiembre y ya para enero empieza a languidecer. Es un proceso complicado, en el que usualmente intervienen headhunters, se producen largos y detallados perfiles del puesto y de la universidad, se deben superar varias entrevistas, hay llamadas confidenciales a muchas personas (no se requieren cartas de recomendación para ciertos puestos) y hasta se evalúan los valores morales y políticos de los candidatos con un análisis de su actividad en redes sociales. Cuando les contaba a mis amigos mis aventuras en el mundo laboral, ellos se dividían en dos grupos: los que veían mis pretensiones como el paso lógico en una ascendente carrera administrativa y los que argumentaban que ya era tarde, que me calmara, que lo mejor por hacer era esperar la oportunidad de jubilarme. Como en ciclos pasados, este no fue el mío, aunque estuve muy cerca de conseguir un muy buen puesto al otro lado del país. Mientras rumiaba mi decepción les daba vueltas a las posibles razones de ese –para mí– fracaso, incluyendo la edad. Sin embargo, nunca tendré una respuesta directa. No me pasó, como dijo la actriz Michelle Yeoh cuando ganó el Oscar a mejor actriz: “Muchachas, nunca dejen que nadie les diga que ya pasaron su hora de mayor plenitud”. Claro, lo de Yeoh es parte de una narrativa muy americana de triunfadores, de meritocracias y de que todo llega a su debido tiempo. Por el contrario, yo creo que hay un momento para todo, y que una de las virtudes de la madurez es reconocer que uno ha topado con pared y aceptar ese hecho con discreción y serenidad.
En la cultura de Estados Unidos hay una serie de mitos que acompañan el paso a la edad madura. Uno de ellos es el de asegurar el futuro a toda costa, planear la vida a veinte, treinta años plazo y ser estricto en el cumplimiento de metas. A mis manos han llegado libros sobre cómo planear la jubilación para “vivir confortablemente hasta más allá de los noventa”; hay expertos en finanzas –y estrellas mediáticas– que recomiendan ahorrar cada centavo y huirles a las deudas y a todo riesgo financiero como a la peste. Eso sin contar con que la mejor edad para pensionarse es setenta años. Las celebridades financieras te condenan de antemano a una vida de pobreza y limitaciones si no sigues sus pasos. Esa especie de terror a un futuro sin dinero está relacionado a una cuestión de clase. Mientras grandes mayorías no pueden vivir más allá del día a día, unos pocos se dan el lujo de proyectarse en el futuro, de pensar en su nivel de consumo a años plazo. Mientras tanto, gente de tu generación se empieza a morir, algo no sale bien en tu vida o cambia radicalmente, o enfermedades nunca imaginadas te cierran el paso hacia esa vejez sin preocupaciones. Entonces, ¿puede la vida planearse a largo plazo? ¿Dónde está el balance entre decisiones responsables para asegurar el futuro y el don de vivir el momento, tanto en lo bueno como en lo malo? Hay otras ideas que repetidamente he escuchado, esta vez provenientes de América Latina. Parecen consejos, pero tal vez no lo sean: Si al cumplir sesenta no tienes casa propia ya pagada estás condenado a la pobreza; tu estado de salud al cumplir sesenta determina tus probabilidades de sobrevivencia para los próximos veinte años; el amor romántico llega en cualquier momento…
Hay una palabra acuñada en 1969, es decir una palabra relativamente reciente, ageism, cuya traducción al español, edadismo, aparece en el diccionario de la Real Academia de la Lengua. Edadismo se refiere a la discriminación por edad. Las personas no nos enteramos del edadismo hasta que alguien cercano, o nosotros mismos, lo sufrimos en carne propia. Y me parece que América Latina empieza muy a muy temprana edad. Recuerdo una breve polémica que sostuve hace algún tiempo con los editores de una revista gay en Costa Rica. Buscaban llenar un puesto creativo y la descripción decía claramente que el límite de edad de los candidatos era 35 años. No sé si ese requisito era ilegal, pero sí que era discriminatorio. En alguna ocasión en la que consideraba la posibilidad de volver a mi país de origen, mis amigos me advirtieron que iba a ser muy difícil encontrar un trabajo a mis entonces 40 años. En Estados Unidos no sería posible fijar un límite de edad para solicitar un trabajo, pero eso no quiere decir que no se considere una limitación y que no juegue un papel en las decisiones que los empleadores toman.
Después de mi fallido intento de encontrar otro trabajo, he vuelto a mis planes de jubilación (retiro o pensión, según el país), me he reunido con un asesor financiero, he considerado mis opciones y trazo mi ruta. Mientras en estos días la gente sale a protestar a la calle en Francia porque la edad mínima de retiro pasa de 62 a 64 años, yo me considero afortunado porque, según mis cálculos, podría pensionarme entre mis 65 y mis 67 años. No me quejo, pues un importante segmento de la población estadounidense no puede retirarse antes de los 70 o, sencillamente, no podrá jubilarse nunca. En un país en que las redes de solidaridad son tan precarias, trabajar hasta caer muerto parece algo natural. Lo mismo es el morir solo, aunque haya familia. Se habla de la soledad de los mayores como una plaga, se documentan casos, se repite hasta el cansancio que algo debe cambiar, pero nada pasa. Creo que la exclusión social por edad nos afecta a todos, pero los hombres gay son un grupo particularmente vulnerable. Recuerdo a mi amigo Guillermo Náñez, solo con su música y sus películas luego de que su compañero de cuatro décadas muriera. Recuerdo las historias de homosexuales que han tenido que mudarse con hermanos o sobrinos y volver al closet para ser aceptados. Recuerdo también los códigos de la misma comunidad que se centran en la juventud y rechazan la supuesta decadencia física que trae la edad. Pero no todo está perdido, quedan los amigos, los lazos afectivos incondicionales, grupos que se reúnen para conversar, salir de paseo o hacer ejercicio. Así, poco a poco, vamos entrando a una nueva experiencia de vida. La veíamos venir, hermano, y de pronto, sin darnos cuenta, ya estábamos totalmente inmersos en ella.