Balseros
Antologia poética
Publicaciones Entre Líneas, Miami, 2015.
Prólogo y edición: Pedro Pablo Pérez Santiesteban.
Autores incluidos: Ada Bezos, Agustín Labrada, Alain L. de León, Arístides Vega Chapú, Carlos Naranjo, Edelmis Anoceto Vega, Emma C. Zamora, Felipe Lázaro, Félix Anesio, Frank Castell, Gioconda Carralero Dominicis, Geovannys Manso, Humbero Leyva, Ihosvany Hernández González, Jesús Barquet, Joaquín Gálvez, José Kozer, Judith Gil, Juan Calero Rodríguez, Juan Carlos Recio, Karyon Kuma, Laura Ymayo Tartakoff, María Teresa Mora, Margarita García Alonso, Margarita Rodríguez González, Mercedes Eleine González, Nancy Díaz García, Niurka Calero, Odette Alonso, Orietta Domínguez González, Orlando Coré, Pedro Pablo Pérez Santiesteban, Pedro José Rojas González, Raúl Proenza, René Dayre Abella, Reynaldo García Blanco, René García Ibarra, Rolando Lorié y Sergio García Zamora.
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Balseros, dice la Real Academia de la Lengua Española, que significa persona «encargada de conducir una balsa». En otra acepción nos cuenta que en «el Caribe, es una persona que intenta llegar ilegalmente a un país», pero no hablan del deseo de liberación de esas personas que «conducen la balsa» o que «intentan llegar ilegalmente a un país», y es que para nosotros los cubanos, Balseros significa muchos más; va más allá de los remos o de la búsqueda de otra orilla donde anclar la balsa, lleva implícito dolor, llanto, despedida, familia, amigo… libertad.
Es la decisión del hombre de abandonar su cuna en busca de los sueños, de llenar sus pulmones de un aire sin censuras, de probarse a él mismo de lo que puede ser capaz cuando trilla en su camino el libre albedrío. Pero también es la decisión del hombre de arriesgar su vida entre olas embravecidas de un mar confuso ajeno a las razones de esos hombres, y como homenaje a ellos, es que nace este libro que deja correr por sus páginas la voz de otro hombre que con su palabra rinde un tributo.
Balseros, surge como propuesta del Proyecto Hacedores de Puentes, y por supuesto que Publicaciones Entre Líneas no dudó en patrocinar la edición de esta antología poética, en la cual poetas cubanos radicados en diferentes partes del mundo, se hacen cómplices de esta idea que ya hoy es un hecho.
Nuestro agradecimiento al reconocido diseñador y artista plástico Pedro José Rojas, al darnos su obra: «La virgen de los balseros», para la cubierta de este libro. La virgen de la Caridad es para nosotros los cubanos, la santísima imagen de la madre que con su manto nos protege, a ella elevamos nuestras oraciones sin importar si la amamos como Santo o como Orisha, ella está ahí; presta a escuchar nuestros lamentos, dispuesta siempre a bendecirnos.
Poetas consagrados y otros que comienzan en el amplio mundo de las letras, han querido participar con una muestra de sus obras, para homenajear a esosBalseros, que echaron en la noche oscura sus corazones, para con suerte encontrar esa otra orilla que le dará la luz del nuevo día.
Pedro Pablo Pérez Santiesteban
Publicaciones Entre Líneas
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Aristides Vega Chapú
Santa Clara, Cuba, 1962. Reconocido poeta, su producción literaria está compuesta, entre otros por los poemariosBreve estancia de Cristo en la ciudad de Matanzas (1989), Finales de los años (1993), Revelaciones en las postales del viajero (1993), Ultimas revelaciones en las postales del viajero (1994), La Casa del Monte de los Olivos (1996), Retorno de Selím (1998), El riesgo de la sabiduría (2000), El signo del azar (2002), De lo que se supone (2002), Días a la deriva(2002), Mensajes del pan (2003), Sagradas Pasiones (2005), Dibujo de Salma (2006, 2ª redición en Editorial Letras Cubanas, La Habana 2008 y tercera redición, Editorial La Hoguera, Bolivia, 2010), Después del puente sobre las aguas(2007), Que el gesto de mis manos no alcance (Antología personal con prólogo de Lina de Feria, Ediciones UNION, La Habana, 2008) y Noche cálida en Santa Clara (2010). Ha publicado también las novelas Un día más allá (Editorial Bluebird Editions, Miami, 2008 y Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2010), Soñar el mar (Editorial Capiro, Santa Clara, 2002 y Letras Cubanas, La Habana 2009), Te regalo el cielo (Editorial Cauce, 2007) y Steinway & Sons (Atmósfera Literaria, 2012).
El balsero
Sabiendo que escucho mi respiración
y ningún otro sonido,
reconozco en el sueño un dramático mar
donde gira tu cuerpo, sin hacer resistencia,
sin dirección previsible,
como tronco echado entre las aguas.
Entre las aguas y tu cuerpo hay una continuidad
sobre la cual se tiende un cielo simétrico
que desafía todo orden universal.
Como si te dirigieras a un confesor
estás mirando al cielo, sus deidades,
instante en que te percatas
por primera vez de su existencia,
sin necesidad de comprender.
Dejas que las aguas penetren por tus ojos,
como si fuese una sombra ligera quien los nubla
para no ser testigo de nada.
No importa hacía dónde te lleva la corriente,
nunca lo supiste, nunca dependiste de un destino.
Tengo certeza de escuchar
el sonido mecánico de mi respiración
y que tu cuerpo flota
entre un cielo sublimado por el sueño
y un mar que perforan todas las tormentas,
un mar presto a la crueldad
de no dejar tierra alguna
sobre la cual se pueda escribir tu nombre.
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Frank Castell
(Las Tunas, Cuba, 1976) Miembro de la Uneac y el Registro del Creador Literario. Tiene publicados los libros El suave ruido de las sombras (Poesía, Editorial Sanlope), Confesiones a la eternidad (Poesía, Editorial Sanlope), Corazón de Barco (Poesía, Letras Cubanas), Final del Día (Poesía, Editorial Sanlope) y Salmos oscuros (Poesía, Editorial Oriente). Aparece en las antologías La Estrella de Cuba, Cuerpo sobre cuerpo sobre cuerpo, Los parques, La isla en versos, cien poetas cubanos, Todo un cortejo caprichoso, cien narradores cubanos, Las ondulaciones permanentes, última poesía cubana (México), Poderosos pianos amarillos, entre otras. Poemas suyos se han publicado en varias revistas, entre ellas La letra del escriba; Amnios; Sic; Caimán barbudo; Vigía; Quehacer; Cauce y La Jiribilla. Ha obtenido premios y menciones en concursos nacionales e internacionales.
Desaparecido
Mi esperanza era llegar,
Pero mis huesos se incrustaron en la noche,
lejos de la isla,
como una verdad
como un país.
Malecón
A la orilla del mar sentado y ciego
El infinito azar los hilos mueve.
Raúl Hernández Novás
Los barcos son ciudades que se marchan.
Mirarlos es saborear
el sueño de partir
y abandonar por siempre este minuto.
Todos se han reunido como espectadores
de una película vacía.
Han llorado el aire,
el verde anclado en sus costumbres.
“No vayas hijo,
deja el azul para las aves”.
Pero mamá ignoró las estampidas
y no era yo el muchacho
en busca de suerte,
esa medalla apenas distinguible.
Tampoco el pescador
o el poeta vencido por un batir de alas,
ni el jardinero con su voz ausente.
Los elegidos reían desde sus rones importados,
y las puertas simulaban
un país virtual
de refrescos amargos como la ley.
¿Y Dios?
Dios era el barco,
Dios se alejaba
llevándose la duda y la razón
para dejarnos huérfanos.
Los barcos ya no están y es una lástima
que el malecón enferme de tanta soledad.
Réquiem por el mar
Para mi amigo Héctor, desaparecido en el mar en 1994.
Mi infancia fue un tropiezo
– diría mi amigo –.
Yo lo escuchaba desde mi sombra ingenua
con los pies cansados
y la sentencia del hombre que ahora soy.
Mi amigo estuvo al lado de lo ignoto,
de la profunda sed que censuraron.
Él y yo, pequeños puntos en el horizonte,
apenas comprendimos que el mar
es la razón de nuestras vidas.
Mi amigo – recuerdo –,
me presentó a los Beatles aquella tarde de 1984.
También recuerdo que soñé su música
en el vientre de mi madre.
Los Beatles fueron
más que el grito real,
el verdadero grito,
el que siempre hemos buscado.
Los años
han escondido el mar de nuestros ojos
porque el presente sigue siendo esa franja inalcanzable.
¿Adónde iremos cuando los Beatles
guarden su brújula
y el camino precise de banderas
y el mundo sea una balanza?
Nuestra verdad ya no existe,
como no existen John, ni Harrison.
Nuestro dolor
parece un ave migratoria
a quien las alas no le alcanzan
para encontrar la luz,
la ausencia,
el yesterday que muchos olvidaron.
Siempre el futuro será una máscara,
necesariamente un vía crucis
donde aguardarán los años
como únicos testigos.
El corazón apenas reconoce
nuestra soledad
y tanto recuerdo puede herir este poema.
Es cierto, soñamos con el mundo
perfectamente incomprensible,
perfectamente loco.
No existieron ventanas
ni mujeres en el éxtasis del mito,
sólo una rodilla ciega
sin la patria triste de las calles.
Hoy, cuando los ojos buscan
la siempre anhelada lejanía,
regresan los acordes
a desafiar las pequeñeces
que nos legó el destino.
Cantemos Let it be
para que el agua
alce sus brazos.
Y ahora, después de esta canción,
dejemos que la lluvia
renazca sobre nuestra sombra
con toda la nostalgia del olvido.
Azul lejano
Ser un extraño,
lejanísimo punto
en ese mapa
del hombre
que se pierde.
Ser un alucinado,
lienzo y voz
perdidos en una puesta
en aguas
serenamente oscuras.
Ser una foto,
una noticia
entre lejanas cicatrices
ya inútiles.
Ser un milagro,
un último milagro
sin brújula,
allí, donde el silencio,
allí, donde mi patria.
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Juan Calero Rodríguez
Ha obtenido varios reconocimientos en diversos concursos literarios como el Vicente Silveira y Arjona, 1991; el Premio de Poesía de Amor, de Varadero, 1990; el III Concurso Provincial de Ciudad de La Habana Luis Rogelio Nogueras, 1990; el XVIII Encuentro Provincial de Talleres Literarios de La Habana, 1991, en Cuba. En España fue el ganador en la última edición del Premio UniVerso celebrado en Tenerife, 1993; el Tercer Premio de la XVII Edición de las Jornadas de la Viña y el Vino, 2012, La Palma; Primer Accésit en el I Certamen de Poesía Erótica Canaria, Las Palmas, 2013; Finalista en el Concurso de Poesía Homenaje a Federico García Lorca, Madrid, 2013; y Primer Premio en la quinta convocatoria al Concurso Internacional de Poesía El mundo lleva alas, Miami, EE.UU., 2013.
Ha publicado los poemarios Palabras del balsero (2007) y Pasajero sin oficio (2010). Está incluido en: Antología de poesía erótica canaria (Las Palmas, 2013); antología Los 200 poemas. Homenaje a Federico García Lorca (Madrid, 2013); La luna en verso (Granada, 2013); Boulevard Literario (Argentina, 2013); 20 poemas a Baco (Las Palmas, 2013); El mundo lleva alas (Miami, EE.UU., 2013). De próxima aparición, «Nace» y «Antología Dacapo». Tiene otros libros inéditos de cuento y poesía. Actualmente vive en San Andrés y Sauces, La Palma, Canarias.
Confesiones del balsero
1
Yo, no más que el balsero
hijo de mi padre,
hijo también de estas islas
acostumbradas a la emigración
donde unos piensan sólo en trabajar
mientras para otros no existe la razón suficiente.
Confieso que todo depende de repicar campanas por el pecho,
el repicar de campanas y los dedos largos de la noche
que se afanan por desconocerlo.
He aquí el reverso del agua, la corriente.
He aquí la oscuridad murmurante
encharcada, inconmensurable, inconmovible.
El grito extenso y lleno de sed viaja por ciudades remotas,
la hoguera de párpados tremendos confiesa tener dudas
y el canto que no ha existido jamás
apenas un dedo de nada
vuelve lleno de miedo
sin entender
el extremo más ecuatorial del destino.
El inmigrante no vuelve. No es ventura
resucitar con los bolsillos manchados de humedad.
Emigrar es nacer un poco más tarde
y todos estamos dispuestos a ser otro
por dejar de ser inmigrante
hasta romper los nuncas
con la urgencia del que no quiere morirse.
2
Destino, perro mío
por qué quieres salirte del pecho
si afuera todo es mortal.
Ábreme las puertas, soy el campanario,
me quedo sin palomas.
He hablado de ti, pidiendo mordidas de peces.
Muchas veces hablo, como ahora,
las campanas suenan tan dentro, oh alcatraz, que he rezado
por la raza de los martes.
Escoge una larga pausa donde ahogar la rabia
invita a la lluvia por los charcos de la ciudad.
Desata remolinos, furias o caracolas.
Es la hora de levantar los oficios.
La balada del estrecho
No hay que estar demente para tirar los hijos al mar.
Esas alas de criatura, pobrecitos,
barcos que van y vuelven y van
y extravían en círculos la espera
sin saberse libres de cautividad.
Nadie comprende el sacrificio de vivir
con las trampas intactas
y levantarse donde los pinos
inventan su mito y la música vieja.
De amigos que se ocultan y se privan
y alguna vez recuerdan
dónde removimos luces sedientas.
Historias de antes, de siempre
de pequeños, de toda una vida.
Ahora que ya no quedan refugios,
ni insectos jugando a las escondidas.
Levanto la mano derecha sin pedir la palabra
para romper el dolor del hombre y hacerlo mío.
Tal vez haya algo, pero nunca sabremos
cómo será el fin del eterno cielo
sobre un pueblo, gramo de simiente,
ripio cansado de esperar.
Somos el sonido de las aguas acumuladas
donde entona una balada a lo lejos
las maneras de estrechar otros cuerpos.
Y ofrendamos nombres a los náufragos cotidianos
tan frágiles para que suenen sobre todas las cosas
perdidos entre los pasos de nuestro tiempo
sin el ángel de la tregua.
El límite atemoriza por este estrecho interminable
y enloquece algo la historia
hasta el fin de los exilios.
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Odette Alonso
Nació en Santiago de Cuba y reside en México desde 1992. Es poeta, narradora y promotora cultural. Ha publicado el libro de relatos Con la boca abierta (Madrid, Odisea, 2006), la novela Espejo de tres cuerpos (México, Quimera, 2009) y diez poemarios. Sus dos décadas de quehacer poético han sido compiladas en Manuscrito hallado en alta mar (Xalapa, Universidad Veracruzana, 2011) y Bajo esa luna extraña (Madrid, Efory Atocha, 2011). Su cuaderno Insomnios en la noche del espejo ganó el Premio Internacional de Poesía “Nicolás Guillén” en 1999 y su Antología de la poesía cubana del exilio (Valencia, Aduana Vieja, 2011) obtuvo uno de los Premios 2003 de Cuban Artists Fund de Nueva York. Su cuento “Animal nocturno” ganó el primer premio del XII Concurso Mujeres en Vida convocado por el Centro de Estudios de Género de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla.
(el náufrago)
A plomo cae el sol. El mar es una planicie sobre la que se elevan algunos promontorios, algunas crestas blancas. No hay nada alrededor, sólo agua a la que quiero odiar pero no puedo. El mar que es padre y madre y maldición. Debajo está la Atlántida y ese poder no alcanza a absorberme ahora que lo cruzo.
Hace sólo unas horas aquella luz se hundía y emergía acompasadamente desde el último faro de la isla. Era señal de adiós. ¿De adiós definitivo?
A merced de las corrientes voy sobre esta tabla. La sal y el sol son enemigos, pero la noche es muerte. La oscuridad sin fin hasta el mar borra. Sólo queda el balanceo. Y el terror, ese hijo predilecto de lo oscuro.
¿Quién me ha dejado aquí? ¿Acaso yo y mi desesperación de mundo? ¿Acaso aquella luz que vislumbraba en la otra orilla? ¿Acaso el grito o el susurro de los otros? ¿Acaso él?
Tal vez allá, en el fondo, el atlante atesora toda su perfección y levanta ciudades de milagrosas pirámides. Tal vez soñarlo sea mi consuelo cuando el agua anega la incierta superficie y sé que las aletas me tenderán el cerco.
Atravesar el mar es como el purgatorio: no hay garantía alguna de superar la prueba. Y si aparece un puerto, allá en el horizonte, puede no ser la tierra para la salvación.
Cuando uno se echa al mar no piensa en el naufragio. Pero el naufragio es el único destino al que llevan las aguas y el resto de la vida, aunque llegue a la tierra, el hombre será un náufrago.

