Capítulo I

De la novela Annika desnuda

Antonio Álvarez Gil

antonio-alvarez-gil-otrolunes-conversa2-otrolunes36Annika desnuda cuenta la historia de un joven pintor cubano residente en Estocolmo que lucha por establecerse en la sociedad sueca, pese a las dificultades que esto conlleva para una persona de una cultura muy distinta a la escandinava. La trama gira alrededor de Annika, una muchacha sueca con la que el protagonista mantiene una turbulenta relación de pareja. En la novela la intriga discurre alrededor de un misterioso objeto de culto, llamado “El collar de las Cuatro Cuevas de la Montaña”, arrebatado por Francisco Pizarro al último emperador de los incas.

“Antonio Álvarez Gil es, sin la más mínima duda, uno de los narradores cubanos más prolíficos y originales de la actualidad. Libro tras libro: es decir, cuento tras cuento, novela tras novela, ha ido creándose ese espacio personal, ese mundo fabulado propio que tanto anhelan los escritores como sello distintivo de su aporte a las letras del país que los vio nacer.”

Amir Valle

— Nota de contraportada —

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Capítulo I

 

Por mucho interés que puse en que no fuera así, la noche de la exposición de la hija de Margareta Lundkvist llegué tarde a su casa. Casi nunca me ocurre. Esa vez, sin embargo, calculé mal el tiempo. En el momento de salir contesté una llamada telefónica y me entretuve demasiado en la conversación. Luego pasé por la gasolinera para llenar el tanque, pues andaba corto de combustible y Margareta vivía en un distrito situado al norte de Estocolmo, bastante lejos de mi casa. En resumen, no dejé margen para el caso de que me extraviara por el camino; y exactamente eso fue lo que ocurrió, me perdí en el entramado de carreteras de una zona que yo apenas conocía. Luego, cuando encontré el suburbio, tuve que dar todavía varias vueltas por el dédalo de sus calles, hasta que por fin llegué a la casa que buscaba. Esta resultó ser un hermoso chalet de dos plantas, con un jardín al frente y árboles frutales dispersos por toda el área del solar. Una larga fila de coches, aparcados junto a la acera, se estiraba sin mucho orden frente a la casa. Pertenecían sin duda a los invitados de Margareta. Dejé mi viejo Ford en un espacio que encontré entre dos de ellos, abrí la cancela del jardín y en unos segundos me planté ante la entrada del domicilio. Tras varios timbrazos, Margareta se asomó a la puerta. Al verme en el descansillo se quedó un instante mirándome, como si le sorprendiera el acontecimiento. Luego sonrió y me saludó con un abrazo, cosa que nunca antes había hecho. Me dije que seguramente se había tomado alguna copa y ya le estaba haciendo efecto. Entonces quise disculparme por la tardanza, pero Margareta me detuvo con un gesto de la mano, dándome a entender que no me preocupara, que ella sabía muy bien cuánta puntualidad podía esperarse de un hombre de la raza hispana. En fin, me cogió del brazo y me hizo pasar al interior de la vivienda.

Para aquella hora la recepción estaba en su apogeo. El público que llenaba el salón era alegre y bullanguero. Y, además, muy variopinto. Había hombres con corbata, aunque también sin ella; y mujeres vestidas elegantemente o enfundadas en simples blue jeans. De todo, como en botica. Y todos alternaban o se movían delante de los cuadros, llevando en la mano una copa de vino o algún canapé. Algunos estudiaban las pinturas, otros se dedicaban a conversar en pequeños grupos. Desde el primer vistazo comprendí que había llegado a un ambiente conformado por personas cultas y refinadas. Soy pintor, he tenido unas cuantas exposiciones en mi vida y suelo codearme con gente de estas categorías, aunque nunca lo había hecho en el salón de una casa particular. Y menos aún de una residencia como aquella. Algunos de los presentes tenían pinta de ricachones, a otros se les notaba la traza de intelectuales. Unos tenían, sin duda, inteligencia y a otros los avalaba el dinero; los menos quizás poseían un poco de cada cosa. Inteligencia y dinero son dos patrimonios que se complementan bien. El segundo no puede sustituir a la primera, pero sirve para comprarla o, cuando menos, para brindarle apoyo y sustentarla. Y Margareta lo sabía. En cualquier caso, la mayoría de aquel público parecía provenir de lo que bien podía llamarse la crema de Estocolmo. Así las cosas, la dueña me guió hasta una mesa situada a un costado y me exhortó a servirme algo de comer y de beber. Luego se alejó un instante y regresó acompañada de su hija, que dijo llamarse Annika y era quien había pintado las acuarelas que se exponían en aquella sala. Margareta le dijo que yo era su profesor en el curso-taller de pintura y composición al que asistía, y me dejó solo con ella. La muchacha me reveló que la madre hablaba mucho (y muy bien, aclaró sonriendo) de su profesor. Annika tenía los ojos claros y el cabello espeso y rubio, que le caía suelto por la espalda. Para colmo de gracia, cada vez que sonreía se le formaban dos pequeños hoyuelos en las mejillas.

Hablamos durante unos minutos, fundamentalmente de su madre. Pronto, sin embargo, uno de los invitados vino a reclamar su atención. Ella me pidió disculpas y se alejó con él, dejándome solo entre aquel grupo de desconocidos. Pero yo soy cubano, no sé si lo he dicho, y la gente de mi tierra se caracteriza por adaptarse rápido y bien a lo desconocido, no importa el escenario donde se vea de pronto. Tanto si el público está compuesto por músicos como por científicos, el cubano encontrará el camino para sentirse a gusto. Y a la hora de hablar, sabrá terciar en la conversación. Buscará el modo y dirá algo. Si lo dejan, es probable que al poco tiempo ya pueda dar su opinión sobre el tema que se maneja en el corro. La mayoría de mis compatriotas tienen la facilidad y la fuerza de cara suficientes como para insertarse en cualquier colectivo humano, y hasta para caer bien en ellos, incluso si esos grupos están integrados por suecos desconocidos o poco sociables. Ese llamado “don de gentes” es algo bastante común en la Isla. Y yo sabía que allí, en el salón de Margareta, las cosas serían más o menos fáciles, pues me encontraba en un medio que conocía bien, tan bien o mejor que cualquiera de mis compañeros de tertulia. El diploma de San Alejandro no me lo habían dado por mi cara, ni los cuadros que he vendido han sido comprados por organizaciones humanitarias o de caridad. Y en una exposición de una pintora aficionada, yo tenía mucho que decir. De manera que me acerqué a uno de los cuadros o, más exactamente, al cuadro que observaba una rubia alta y esbelta, ataviada con un elegante vestido negro, y le pregunté si le gustaba. La mujer me miró un instante, pero enseguida se concentró de nuevo en la pintura. Si no era de las clases altas de Estocolmo, se comportaba y vestía como tal. Debía de andar cerca de los treinta años y llevaba ropas caras y accesorios por varios miles de coronas. Pensé que aquella rubia no deseaba compartir sus impresiones con un extraño y decidí seguir mi camino, pero entonces ella se volvió hacia mí y, mirándome como si fuera un favor, declaró que la acuarela le parecía maravillosa. Al hablar estiraba un poco las palabras. Quizás mi acento le hiciera pensar que yo no dominaba bien el sueco y no podría comprenderla correctamente; o tal vez me vio cara de retardado y estaba tratando de esclarecerse a sí misma la cuestión. Yo no repliqué de inmediato, y ella permaneció también en silencio, dándome a entender que era mi turno de hablar y que esperaba por mi opinión. En lugar de dársela, le pregunté qué era lo que le gustaba en el cuadro. Sorprendida con mi reacción, la muchacha necesitó unos segundos para recuperarse y pensar su respuesta. Luego dijo:

—Disculpe, no lo entiendo bien.

—Cuando me dice que le gusta, así no más, no sé si se refiere al tema o a la técnica, a la relación espacio-luz, al simbolismo de ese cuadro o al estilo de la pintora. ¿Quizás habla de su interpretación personal de los significados…?

—¿Los significados —me interrumpió ella—, así en plural?

—Desde luego. Lo que usted ve por sí misma en esa acuarela. Lo que ve o cree ver. Cada cual hace su lectura y verá sus propios significados. ¿No es verdad?

La joven me observó con atención, como si estuviera valorando si yo hablaba en serio.

—Está bien; pero me gustaría conocer su interpretación personal. ¿Es posible?

—Por supuesto —sonreí y me detuve un instante. Cuando me disponía a continuar, Margareta se acercó a nosotros e, interrumpiéndonos, me presentó como un afamado pintor cubano, profesor suyo en el curso de pintura cinética al que asistía una vez a la semana en la Universidad Popular de Estocolmo.

La mujer esbozó un gesto de extrañeza y me dedicó una sonrisa parca. Para mi sorpresa, dejó a un lado el tema de la interpretación de la acuarela y se interesó por mi actividad profesional, en específico por el curso al que iba Margareta. Según reconoció, no tenía idea de qué era aquello de “pintura cinética”, y tuve que explicarle que ese era el nombre que había recibido a principios del siglo XX una vertiente del arte posmoderno basada en la jerarquización del espacio visual y el uso de las formas curvas, el contraste y el ritmo interno de la composición, entre otros elementos de la obra, todo con la finalidad de crear cierta ilusión de movimiento en la retina de quien observa el cuadro. La joven asimiló la ráfaga lo mejor que pudo y quiso conocer más  del asunto. Sin embargo, ello no le impidió recorrerme de arriba a abajo  con una mirada que oscilaba entre el interés y la sospecha. Fue quizás por esto que respondí como lo hice. Me puse a inventar historias y, sin el menor sonrojo, le solté a la cara que esta tendencia pictórica perseguía la captación ad momentum del movimiento inacabado, trunco, de los cuerpos en su traslación. De tal manera, el cuadro así logrado sería la suma cromática de las fracciones infinitesimales de energía que la materia va dejando en su recorrido a través del espacio. En resumen, dije, esta pintura es una especie de reto que asume el pincel para llenar de color el vacío dejado por los cuantos lumínicos al desplazarse en busca de sus nuevos puntos de ubicación espacial. El cuerpo que se mueve pierde energía, y ese diferencial puede quedar plasmado en el lienzo gracias a la maestría del pintor. Es, en definitiva, una manera de captar y apresar el espíritu de la materia en movimiento. Cuando el artista finaliza la obra, el espectador puede ver y sentir el alma del sujeto recreado en su relación energética con el espacio sideral. Es como si el pintor eternizara el aura de los seres vivos. ¿El aura…?, repitió la mujer. En efecto, continué, la magnitud cinética de la vida, que es, además, la esencia de su dimensión ontológica. ¿Entiende? Ella movió la cabeza y buscó desesperada los ojos de Margareta, que la observaba sin disimular una sonrisa divertida. Sí, terció esta y, dirigiéndose a mí, pidió: “Explícale mejor, Carlos, cómo es que logras el efecto. Háblale de Lucía”. Claro, dije, con mucho gusto. Entonces le conté que para representar sobre una superficie las variaciones del hálito de las cosas, los maestros indios de la antigüedad habían ideado la trasmutación de las ondas de energía cinética en longitudes de onda de la gama de colores primarios, presentes en la Naturaleza de las zonas ubicadas en las inmediaciones y laderas del Himalaya. De esta suerte, seguí, los primeros cuadros de lo que en nuestros tiempos sería la pintura cinética fueron ejecutados hacía milenios por artistas anónimos de aquellas regiones del planeta. No fue hasta épocas recientes, hará unas pocas decenas de años, que el arte moderno recuperó la obra de los antiguos maestros indios, rescatando su manera de reflejar el mundo en movimiento a partir de unas pocas pinturas y un puñado de textos sagrados traducidos del sánscrito. Mientras yo hablaba de aquel modo, la mujer me miraba desconsolada. Entonces me dije que era hora de sacarla de su estado de abatimiento, y le conté que mi método de enseñanza de la pintura dinámica consistía en la búsqueda de nuevas formas expresivas de la relación entre movimiento, luz y colores a partir de las posibilidades que encierran la pasión, la fuerza vital intrínseca y el temperamento del baile flamenco. En los inicios del curso, Margareta y las demás alumnas habían aprendido a apreciar el baile. Ahora se dedicaban a pintar los movimientos de una bailarina española amiga mía, que compartía conmigo la responsabilidad y dirección de aquel curso. Lucía bailaba, las alumnas pintaban y yo dirigía, enseñaba y corregía el trabajo de las estudiantes. ¿Comprendía?

“Sí, claro”, dijo la mujer, con expresión de no haber comprendido mucho de mi discurso. Cuando nos quedamos de nuevo solos, Margareta no pudo contener la risa.

—Pobre Marie, le has llenado la cabeza de disparates. ¿Por qué lo has hecho?

—Es que estoy ensayando el discurso que pienso pronunciar cuando sea premiado por la Academia Sueca de Bellas Artes.

—No sé cómo se te ocurren esas cosas. Tuviste suerte en dar con Marie, que no sabe nada de pintura. ¿Qué hubieras hecho si hubieras topado con alguno de los expertos que tengo invitados hoy aquí?

Señalé la pared con un movimiento del rostro.

—Le habría hablado del talento de la persona que fue capaz de pintar estas acuarelas.

—¿En serio?

—No, claro que no. Todavía no he visto casi ningún cuadro de tu hija. ¿Cómo es que se llama?

—Annika —respondió Margareta, desviando la vista hacia el centro de la sala. La muchacha acababa de separarse de un grupo donde la joven del vestido negro conversaba animadamente con varios de los asistentes a la inauguración. Pensé que quizás estuviera informándoles sobre los orígenes de la pintura dinámica—. Mira, ahí viene. Mejor que sea ella quien te muestre su trabajo.

—Se me olvidó tu nombre —le dije a Annika cuando su madre nos hubo dejado solos ante uno de los cuadros expuestos.

—Y a mí el tuyo.

—Mientes, Annika.

—Igual que tú, Carlos. Por cierto, ¿qué historias son esas sobre la India y los cuantos de luz que rellenan los espacios vacíos de la materia en movimiento?

Me resultó cómico oír sus palabras. ¿Habrían sonado igual de raras cuando las pronuncié yo?

—Esa muchacha ha confundido algunas cosas —dije sin poder evitar una sonrisa—. Te propongo que te olvides de ella. ¿Me enseñas tus cuadros?

—Con mucho gusto —dijo Annika y, acercándose a una de las acuarelas, comenzó a hablarme de sus colores. Al final del recorrido, habíamos dejado a un lado el tema de los cuadros y las pinturas y conversábamos sobre los años que ella había pasado estudiando artes plásticas y diseño en la Royal Academy of Art, de Londres, así como de su trabajo en la firma de un diseñador francés radicado en la ciudad del Támesis. Esto le había servido de aval para encontrar, a los pocos días de su regreso a Suecia, un empleo en el equipo de redacción y diseño de una revista sobre jardinería y plantas ornamentales. Annika estaba muy contenta con su trabajo actual, entre otras cosas porque una buena parte de sus tareas las podía realizar desde su casa. Con respecto a sus aptitudes para la pintura, desde el instante en que puse la vista sobre el cuadro que estudiaba Marie con más fe que conocimientos, me di cuenta de que Annika no era ni sería nunca una artista de genio. Sus trazos eran firmes y correctos, y hasta podían calificarse de buenos. Por otra parte, mezclaba bien los colores, que llenaban con profusión los contornos de las figuras. Sin embargo, algo había en ellos que los hacía parecer fríos y desapasionados. Comprendí que a le faltaba una cualidad importante en el artista, es decir, la capacidad de emocionarse y de trasmitir luego esa emoción a quien observara su obra. Sus acuarelas tenían mucho de academia, pero costaba encontrar en ellas un poco de calor humano. Entretenían la pupila pero no llegaban al alma. Uno podía apreciarlas, y hasta disfrutarlas, ya que eran conjuntos atractivos, armónicos y podría decirse que bellos. Resultaban agradables a la vista; pero ahí terminaba su efecto sobre el espectador.