Cosas de mujeres

Cuento

Armando Añel

armando-anel-narrativa-otrolunes36Me defino como un liberal clásico, lo que se entiende en Estados Unidos como un libertario. Con matices, claro. Alguien que piensa que mientras menos Estado, mejor; que mientras menos burocracia y prohibiciones, mejor. (…) … la madurez me ha llevado a intuir –uno, más que saber, intuye– que las ideologías son cada vez más cosa del pasado. Creo que el problema del subdesarrollo, de la miseria, de la opresión, no es fundamentalmente político o ideológico. Tiene que ver más con la debilidad inducida del ser y, a partir de ahí, con lo cultural. El problema primigenio en este mundo comunicacional sigue siendo la debilidad de las elites culturales, de los creadores de opinión. De esos que, paradójicamente, le echan la culpa de todo a los políticos y a las masas.

Armando Añel
Entrevistado por Armando de Armas, el 24 de junio de 2014

 

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Cosas de mujeres

 

Quería entrar a un baño de señoras. Conocerlo por dentro, explorarlo con minuciosidad, sin prisas ni intromisiones, de arriba a abajo y sucesivamente, detalle a detalle, recoveco a recoveco. Hacía tiempo que lo deseaba, curiosear en un baño de mujeres, oler en los retretes, revolver los cestos de basura. Develar los secretos —el húmedo, tal vez morboso secreto— del sitio donde la otra mitad de la especie meaba. Pasar allí unos segundos, unos minutos de su vida. Quizá paladear el agua con la que ellas se lavaban.

Hacía media hora que esperaba frente al baño de señoras, sin decidirse. Eran los aseos de una vieja escuela secundaria remozada durante aquellas vacaciones, que ya llegaban a su fin. Menos de una semana para que comenzara el curso escolar y su mujer, a instancias de él mismo, decidía presentar credenciales. Años atrás, antes de conocerlo, había impartido clases allí, y no faltaban plazas vacantes. Ambos lo discutieron hasta el cansancio: cada vez se les hacía más difícil cuadrar cuentas a fin de mes. Liviana tenía que trabajar. Fuera de casa. Aportar el sustancioso salario que su título pedagógico aparejaba.

Hacía media hora que su esposa negociaba en la oficina administrativa, mientras él la esperaba afuera. Negociaba o quizá se dejaba llevar por la corriente de alguna disquisición a propósito de los aportes de la enseñanza media a la educación nacional, de aquella escuela a la enseñanza media, de la pedagogía a aquella escuela, probablemente de Liviana a la pedagogía. Cosas así. Sin mayor importancia. Frente a los aseos, su imaginación voló como un pájaro enjaulado, estrellándose sin cesar contra la evidencia: los hombres no entraban a los baños de mujeres.

Había visto muchos baños de señoras, pero sólo en películas. Y no recordaba haber visto mear a las mujeres. O lo recordaba, pero únicamente en retretes. En las películas —en aquellas conservadoras películas de Hollywood, en el cine, en las películas—, las mujeres sólo abandonaban su orina a los retretes. Y por supuesto, un baño público que se respetara —el de un cine, por ejemplo— no podía contener la fermentación de tantas mujeres juntas con cuatro tristes inodoros. Era inconcebible. Ellas también debían mear en algún otro adminículo, que se reproduciría interminablemente, como un destacamento en formación, a lo largo de la impoluta pared del baño de señoras. Mas no recordaba en cuál.

Hacía más de media hora que esperaba frente al baño de mujeres, sin dar el paso decisivo. Seguramente su esposa demoraría, como mínimo, otra media hora más. El curso no había comenzado, la docencia aún no ingresaba al edificio, mucho menos el alumnado. Sólo unos pocos empleadores, escaso personal administrativo o de mantenimiento, ocupaban aquella mañana el inmueble. Liviana no paraba de hablar. Liviana no se acordaba de nada. A Liviana solía olvidársele que él existía. Las probabilidades de que fuera sorprendido dentro del baño de señoras eran exiguas. Podría decirse que nulas. Liviana era una reproductora sobre la que la tecla stop carecía de influencia. Una reproductora animada de elucubraciones disparatadas, de una inclaudicable disposición para la perorata. Durante aquella media hora, ni una sola oficinista había accedido al baño de señoras. Y seguramente ninguna lo haría aquella mañana, en aquella escuela, mientras él estuviera en aquel piso, mientras esperara frente a aquel baño de señoras. Dentro de aquel baño de señoras. Abandonado. Solo. A solas consigo mismo. En la disuasoria intimidad de los aseos de mujeres.

 

***

 

—Es lo que te digo —dijo la primera mujer mientras empujaba la puerta del baño de señoras—. Es tremendo. No entiendo por qué permiten esas cosas.

—Los hombres… cosas de hombres —aseguró la segunda, que llevaba gafas y pañuelo en la cabeza—. Son tan tontos… Sobre todo los más jóvenes.

La primera mujer asintió y se detuvo frente al lavabo. Tendría unos cincuenta años y aún conservaba cierto esplendor. La segunda era más vieja y menos flexible. De su rostro brotaba una nariz de porro lo bastante grotesca como para resultar impresentable.

—La juventud y la inseguridad —siguió, quitándose las gafas y hurgándose en un ojo—. Mientras más jóvenes, más inseguros. Esa necesidad de reafirmarse. Mal rayo parta esa necesidad.

—Mal rayo la parta —repitió la otra.

No había urinarios, ni ningún otro adminículo semejante a los de los baños de caballeros, en los baños de señoras. Ni colillas, ni restos de esperma, ni salpicaduras como manchas de carmín sobre las bocas selladas de los inodoros. Unos pocos segundos bastaron para que lo comprobara. Casi los mismos que demoraron aquellas dos en aparecer, luego de que él violara el “sagrado recinto”. Contuvo la exaltación de sus bronquios. Un picor insolente le recorrió la pantorrilla, en progresivos alfilerazos de ansiedad y disgusto. En los baños de señoras no había olores fuertes, ni misteriosos, ni seductores, ni siquiera inexplicables; al menos no en aquel baño de señoras: no había rastros menstruales, ni preservativos chillones, ni graffitis flotando en la densidad de los espejos. En los aseos de mujeres la diferencia guardaba relación con la ausencia de urinarios. Debían de vérselas negras aquellas señoras —había tres retretes en aquel baño— para mear en tiempo y forma. Una vez iniciado el curso, sus necesidades fisiológicas alcanzarían rango de excepción. Todo lo cual les traería innumerables dificultades.

—¿Cómo crees que acabará? —preguntó la más joven—. Digo, si permitimos que empiece.

—No nos queda más remedio. Las cosas como son. Y qué más da… que empiece. Ya una vez empezó y terminó antes de lo que esperábamos.

—Duró lo que el merengue en la puerta del colegio.

—Nunca mejor dicho.

—Precisamente.

Escuchó el gotear de la orina de la mujer de la nariz de porro, que había ocupado el retrete contiguo al suyo. Un goteo zigzagueante, agónico. Su amiga reprimió una nueva pregunta y se inclinó ante el espejo. Inclinándose a ras de suelo, él divisó sus talones gruesos, levemente curvados hacia dentro, y rememoró la noche en que su madre lo dejara por aquel hombre, para irse con aquel hombre, para entregársele en algún cuchitril infame, abandonándolo a él a la sordidez de la madrugada, a la buena, quizá la mala de Dios. El tufo de la orina de la mujer de la nariz de porro penetró, en sucesión, el resto de las cabinas sanitarias, hasta permear el baño en su conjunto. En los baños de señoras debían mantener una limpieza obsesiva, múltiple y muy meticulosa, pues de otra manera resultaría imposible conseguir un estatus higiénico aceptable. El olor de la orina de las mujeres lo contagiaba todo, lo espesaba todo. Y su madre pataleando, los berridos de su madre, sus piernas regordetas —el arco de los vellos naciendo más allá de sus rodillas— agitándose en su memoria. Cayó en la cuenta de que podían verle los pies y los alzó ligeramente, hundiéndose todavía más en la boca del váter. Su madre vociferando aquellas cosas. Aquellas cosas tremendas. El tintinear de la orina contra las aguas del urinario cesó de repente. Él pegó un imperceptible saltito.

—Lo habrá trabajado todo lo que ha querido —volvió a la carga la primera mujer—. Al otro lo trabajará cuando empiecen las clases.

—No estés tan segura. Todavía está aquí. Todavía el otro puede llegar. ¿Vino sola?

—Cualquiera sabe. Creo que sí. Aunque da exactamente lo mismo: El marido es un inútil. ¿Cómo me habías dicho que se llamaba?

Bajo sus nalgas, la losa del váter exhalaba un frío de muerte. Aguzó el oído. Si hablaban de él, él se llamaba Rico. Su nombre se lo puso su madre, a quien su padre abandonara estando él recién nacido. En los baños de señoras, donde según las malas lenguas fuera concebido, el sonido competía obstinadamente con el silencio, prestándole a las conversaciones, a los más tenues roces y chasquidos, cierta categoría o solemnidad. Rico. En la escuela primaria su nombre había sido motivo de burla, y en la secundaria, y en todas aquellas plazas en las que lo singular cedía terreno a la promiscuidad de la masa, a la gran marcha atrás de la especie, una y otra vez, sin resistencias adicionales. Rico. En los baños de señoras las palabras adquirían una dimensión a ratos solemne, amplificadas consecutivamente por la asepsia, la frialdad, el sobrecogimiento circundantes. Rico. El picor persistía en su pantorrilla, a punto de conquistar entornos menos asequibles. Un hilo compuesto de diminutas gotas de sudor descendía por su nuca hasta ramificarse en su espalda. En los aseos de mujeres nadie cantaba meando. Pero si hablaban de él es que estaban hablando de su esposa.

—No te dije. No lo sé. La que sí sé muy bien cómo se llama es ella.

—La que todo el mundo sabe cómo se llama —la más joven le sonreía al espejo—. La mujer de todo el mundo.

—Nunca mejor dicho —confirmó la señora de las gafas y el pañuelo en la cabeza—. Hasta nombre de puta tiene.

Del Autor

Armando Añel
(La Habana, 1966) Entre los años 1998 y 2000 se desempeñó como periodista independiente en Cuba, siendo cofundador y vicepresidente del aún activo Grupo de Trabajo Decoro. Tras recibir el premio de ensayo anual de la Fundación Friedrich Naumann en la primavera de 2000, viajó a Europa, donde residió en varios países hasta radicarse en Miami, Estados Unidos, en el verano de 2004.

Es autor de las novelas Erótica (2010) y Apocalipsis: La resurrección (2011), además del libro Cuentos de Camino (2013) y el poemario Juegos de rol, entre otros de diversos géneros. Añel dirige actualmente el proyecto de promoción literaria, periodística y editorial NeoClub Press.