Me lo recomendó, como a otros escritores latinoamericanos que no había leído, mi buen amigo el escritor peruano Cristian Jara Alvarado cuando recién nos conocimos en Madrid y nos juntábamos en mi casa para escribir y conversar: “tienes que leer a Pedro Lemebel”, me decía.
“Tantas veces Pedro”, recordé nada más enterarme de que el chileno había fallecido y el título peruano de este artículo me asaltó como una memoria púrpura de días en los que leía mejor y recién caía rendido ante la belleza escrita de Pedro, mi amigo Pedro en el silencio lector, que tan bien dibujó aquello que siempre he querido escribir. Tantas veces él y yo reído leyéndolo contar la vida nada exagerada y triste y de bolero de “la Loca del Frente”. Pedro Lemebel, tono y plástica, literatura y vida y compromiso.
Compré entonces, hace ya más de diez años, “Tengo miedo torero”, publicado en España por Anagrama. Una novela mágicamente terrible, un sostenido verso correoso y triste, lúdico y perverso. Un amor travestido en género pero jamás en emoción o verdad. “La Loca del Frente”, narrada con las pulsaciones del corazón abierto y regado de poesía de Pedro, que tantas veces, a ráfagas/fragmentos sueltos, ha venido acompañándome estos años.
Releo otra vez en estos días “Tengo miedo torero”, que ocurre en mi perseguido año 1986. Otro siglo, otra vida, las mismas soledades, aprietos, amores y desvelos de este nuevo siglo y milenio que ya se le está haciendo largo a más de uno. Pero la literatura que hace Pedro Lemebel es eterna, precisa, rasga y rompe cada pliegue de nuestras preconcepciones de belleza literaria para sorprendernos, para extasiarnos con el roce gozoso de sus metáforas, de sus adjetivos en busca de nuevas luces y sombras para narrar las emociones.
Al fondo, Pinochet en su laberinto con el cotorreo pesado de su mujer como banda sonora. La grisura del habla del dictador contrasta con el parloteo colorista y superficial de esa primera dama cuyo dibujo en las manos de Lemebel gana enteros. Provocador, a todas luces y en todas las sobras, el autor chileno atrapa a Pinochet en sus pesadillas, retrata sus miedos y aquel atentado que casi cambia la historia, con su conexión cubana como un estribillo en los oídos. Hay que regresar a esa novela, tan llena de todos nosotros.
Pero “Tengo miedo torero” es también un lamento, una herida, una tristeza. Hay de autobiográfico, mucho o poco, en la escritura de Lemebel. En su concepción o en ejecución literaria, tanto da, el chileno llora en letras y tinta para que le acompañemos, nos enseña lo sórdido y escandaloso de muchos silencios. La brutalidad hermosa, la hiriente belleza de tantos pasajes íntimos, revelan el corazón de este peleón transgresor y comprometido.
Le querían y admiraban mucho. Decía, me dicen, lo que pensaba. El grado de compromiso con lo que creía era una constante en todas las aéreas creativas que desarrolló. Su funeral, dicen, fue emotivo. Le echarán de menos, escriben y muchos lloraron y rieron al traerle a la memoria.
Loco afán el de ponerle coto a la belleza, crónicas estúpidas, sidarias o no, esas que se escriben contra el ser distinto, no en opciones sexuales (esas allá cada uno), sino por decir diferente, por pensar en conciencia de uno mismo, por señalar lo que no va bien, lo que torcido se mece sobre nuestras cabezas amenazando caer encima de nuestra convivencia.
Podemos estar en desacuerdo con Lemebel en todo pero unidos, eso sí, en la belleza del texto, en la economía de las palabras, en la búsqueda de otra vuelta de tuerca que darle al idioma, a la palabra, esa que tantas veces Pedro sedujo hasta el éxtasis para llevarnos hasta el cielo y luego mostrarnos un infierno sin Beatriz, sin Dante, pero hermoso en su rotundidad cercana.
