Selección de críticos

Serie Al borde de los vientos. 2004. (Instalación) acrílico y carboncillo, madera, metal, cuerda, reloj.  Hotel Barceló Cayo Largo.Cayo Largo del Sur. Cuba.

Serie “Al borde de los vientos”. 2004. (Instalación) acrílico y carboncillo, madera, metal, cuerda, reloj. Hotel Barceló Cayo Largo. Cayo Largo del Sur. Cuba.

 

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Regis (…) posee un imaginario que si por una parte desborda el marco físico de su isla, por el otro no deja de enterrarse en ella. Por eso su obra habla en clave de anclas ferruginosas, aviones varados, bombas sepultadas, nubes transportadoras hacia confines inexplorados.

En todas estas imágenes late un canto a la vida desde lo oculto o lo que se oculta para no ver, no mirar, no dejar que la savia vital se desvíe de una ortodoxia que hasta ella contempla con escepticismo, cansada de evocar epopeyas de sal si puedes y no te quedes.
Son creaciones atadas a lo vertical del vuelo como símbolo de tierra y libertad, de imaginación volcada en una concepción plástica que se ajusta a la medida del tiempo, de la durabilidad, de la condición humana intuida dentro de un espacio visible.

Gregorio Vigil Escalera
(critico de arte español)

 

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Entre los atractivos del cemento para Regis Soler (1962) se encuentra su impronta: “Una de las cosas que más me ha gustado es la impronta que queda de él en su proceso constructivo, pero no me gusta dejarlo completamente a la casualidad. La resina la uso para acentuar las texturas del cemento”.

La medievalización de la contemporaneidad es un tema que ha sido tratado por diversos intelectuales. Regis Soler se enfrentó a ella, a través de esculturas plenas de fuerza, haciendo que los materiales revelaran su esencial plástica. De esa lucha interior brota un lenguaje escultórico, fundamentado en los artefactos bélicos del Medioevo, como una vía que exorciza las latencias de nuestra interioridad.

Hace algún tiempo creí padecer un mal incurable y buscando un “antídoto” efectivo tuve un día la visión de los “objetos bélicos”. Cada uno de ellos fue sacando los avatares que me fustigaban, visualizados en forma que de alguna manera respiran una atmósfera medieval, desollando la psiquis y poniendo al descubierto –hasta donde ha llegado la autoexploración- mi mundo subjetivo, lleno de prejuicios, frustraciones, desencantos, anhelos, convicciones, virtudes y defectos, marcado por la huella que ha dejado el medio social.

En la exposición La fortaleza traslúcida, de 1995, que recopila su obra de varios años, hay esculturas como AUTOCONTROL, de 1995, estructurada en madera, con un predominio de lo angular, y vinculada formalmente con los arietes, que se mutan en metáfora del golpe interior que nos lleva al conocimiento de uno mismo. Las superficies, recubiertas con cemento blanco, mineralizan las texturas de madera y las capas de resina mate aíslan las texturas del espectador. Se crea una sensación de ruptura temporal y espacial. Sin embargo, no todo en esta serie nos lleva a esa violencia medieval; también se manifiesta un discurso simbólico a través del acercamiento a la fortaleza como resguardo interior, como respuesta a la agresividad exterior. La fortaleza es un símbolo de isla y de resguardo en sí mismo. Este clima se presenta en la escultura de gran formato EVITAR EL FIN, de 1993, donde la noción de muro es transgredida al plasmar en él las tensiones de la gravedad. Los planos de texturas y la cromática emanan poder y los pedazos de madera, incrustados en su parte posterior, crean una tensión visual de ataque, reforzado por los arietes y flechas metalizados de la parte posterior. Estamos ante madera, acero, resina, soga y cemento de varios tipos. El círculo de cemento es el centro visual de la pieza, sobre el que se erigen troncos de madera amarrados a un eje central, y transmiten una fuerte carga expresiva, con un cono de metal que refuerza el carácter de encerramiento interior generando un ambiente inquisitorial. En OBSESIÓN, de 1990, fortaleza a punto de derrumbarse, sostenida por su poder interior, el cemento se ha convertido, nuevamente, en un elemento protagónico, un muro recubierto por resina mate que acentúa la riqueza textual.

En MALOS RECUERDOS II, de 1993, el artista retoma el tema bélico del Medioevo con un lenguaje plástico propio del arte povera, combinando materiales que develan una propuesta que ennoblece los materiales, haciendo de las formas y los materiales ecos del tormentoso mundo interior que palpita en el ser humano. Círculos de láminas de acero, madera, amarres orgánicos, clavos y un semicírculo de cemento abierto en forma de boca encadenada, transmiten un clima de angustia y de asfixia interior y exterior.

Planchart y Carrillo
(asesores de artes plásticas)

 

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Con la pieza titulada CRISIS (madera, metal y soga), correspondiente a la serie La Fortaleza Traslúcida (1995), el joven escultor obtuvo, además, el Premio de la Galería Forma del Fondo Cubano de Bienes Culturales.

En esta obra, como en las demás que conforman La Fortaleza Traslúcida, el artista se recrea en ideas basadas en artefactos bélicos medievales. Trabajo al punto del perfeccionismo a través del cual hace trascender la interrelación material y espiritual que se establece entre el hombre-social y el mundo real en que vive.

En Crisis, además de traspolar al acto de creación artística referentes históricos bien definidos, el escultor expone novedosas y reflexivas tesis en torno a presupuestos éticos y estéticos de profundo contenido intelectual. Intención insurrecta y provocativa identificada, en última instancia, con la convulsa contemporaneidad, asumida por el creador sobre postulados que no son más que resultado de la introspección y el autoanálisis.

En el sentido esencialmente optimista radica la fuerza del mensaje de CRISIS, una pieza de pequeño formato concebida en madera, metal y soga con una manufactura tan delicada como la poesía que a través de ella se transpira.

Jorge Rivas Rodríguez
(crítico de arte cubano)

 

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La convivencia sigue siendo, a pesar de la experiencia civilizadora a la que hemos arribado, uno de los ejercicios más complicados y azarosos de estos tiempos. Declarar lo contrario sería negar, solo desde una proyección o bien oportunista o bien utópica, las regularidades de esa suerte de ensayo de sociedad de la que todos hoy participamos, y en la que estamos comprometidos hasta el fondo.

Valorar desde la perspectiva del arte los aspectos negativos con que se ha manifestado el fenómeno en nuestro contexto social es una encomienda verdaderamente difícil para cualquier creador, si tenemos en cuenta que la mayoría de las fórmulas ya se han ido agotando, y que este ha sido uno de los campos de batalla predilectos en el camino hacia la trascendencia artística.

Sin embargo algunos todavía siguen atreviéndose, como en el caso del joven escultor Regis Soler, quien ha decidido plasmar sus reflexiones personales acerca de la convivencia, en un conjunto de obras que actualmente se exhiben en el Centro Provincial de Artes Plásticas y Diseño.

El mérito de las diez piezas reunidas bajo el título CONVIVENCIA radica –a mi modo de ver- en la capacidad que poseen de sugerir un argumento de manera directa desde el primer instante de percepción (sin renunciar del todo a la alternatividad de propuestas secundarias), o a la consecuencia entre la parquedad material (madera, cartón, soga, latas, papel, etc.), la aparente concreción de los conceptos que sustentan, y el poder de síntesis con el que han sido declarados.

David Mateo
(crítico de arte cubano)

 

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El hombre que construyó esta fortaleza –y que la habita- quizás harto de parapetarse durante mucho tiempo tras el silencio y la introversión, de pronto quiere mostrarse pleno, corroborar que existe, hacer preguntas, confesiones y hasta ofrendas, exorcizar los malos recuerdos y, sobre todo, lanzar señales de alerta que ayuden a evitar el fin. Su arte cree firmemente en las potencialidades curativas de la creación, y su hacer ha ido articulando una suerte de terapia espiritual que termina comprometiéndonos en el tratamiento psíquico.

Los títulos de las obras constituyen, en efecto, claves semánticas de un desempeño esencial en la estrategia comunicativa; estos no operan, sin embargo, en un sentido reduccionista o simplificador de las direcciones interpretativas: los títulos funcionan como asideros que contribuyen a encauzar las lecturas posibles, pero en ningún caso anulan ni disminuyen las complejas mediaciones entre el concepto y la imagen, que ocupan un lugar de primordial importancia en la fase proyectual de los trabajos de Regis Soler.

Así, un título como Crisis acentúa el tono dramático existencial francamente explícito en esa estructura fantasmagórica donde se entremezclan la nobleza de un molino de viento, en su esbelta inocencia, con la veracidad trituradora de una rueda dentada acechante; en tanto otro como Confesión se erige en enunciado textual que remite a niveles introspectivos profundos, donde los signos apelan a verdaderas intríngulis de decodificación freudianas.

En cualquier caso, el encantamiento del espectador se produce no ya por la vía del ejercicio intelectual al que inclinan los conceptos, sino por la del goce estético que proporcionan las piezas en sí mismas. Me refiero a un tipo de encantamiento perceptivo, netamente sensorial, que indefectiblemente se produce ante la aprehensión de la estupenda armonía del todo y del regodeo miniaturista de las partes.

Impresiona –en casi todas las obras- el afán perfeccionista con que ha sido resuelto cada detalle, el equilibrio oculto que se entabla entre la violencia implícita en las formas puntiagudas recurrentes –casi siempre metálicas- y su imperturbable elegancia, entre el complejísimo engranaje de diminutos segmentos de madera –material decididamente protagónico-, cuya armazón se estructura con la paciente excelencia de la carpintería de ribera, y la simplicidad global de las formas resultantes. Impacta, además, la riqueza de los contrastes matéricos, la enigmática apariencia pétrea del cemento blanco resinoso, las puntuales apariciones del cuero que vienen a reforzar ciertas atmósferas surrealizantes, y el permanente diálogo de sutiles acuerdos, entre la madera y el metal.

No obstante, la cualidad artística sobresaliente en las obras de Soler es, en mi opinión, el gran aire monumental de estas formas escultóricas que piden a gritos una amplificación de escalas. La intensa fuerza expresiva y la belleza plástica de estas piezas de formato pequeño que hoy se han ubicado aquí, para beneplácito de los pocos que visitamos la galería, mañana (algún día) pudieran ser el regocijo de los muchos que transitan cotidianamente los espacios públicos abiertos (los “desacralizados”), y donde estas esculturas –en grande- pudieran emplazarse con carácter permanente.

María de los Ángeles Pereira
(Facultad de Artes y Letras, Universidad de La Habana)

 

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En sus piezas, concebidas a partir de ideas basadas en artefactos bélicos medievales, trasciende la interrelación material y espiritual que se establece entre el hombre-social y el mundo real –objetivo y subjetivo- en que vive, ejerciendo determinados efectos transformadores en aquellos objetos que sí bien tienen referenciales históricas definidas, han sido adecuados a los propósitos planteados por el artista, en correspondencia con presupuestos éticos y estéticos de profundo contenido intelectual.

Esa intención insurrecta y provocativa se identifica, en última instancia, con pretensiones renovadoras de la convulsa contemporaneidad, y de sí mismo; ofreciendo como resultado la introspección y el autoanálisis, sustentado en los más variables sentimientos, aspiraciones, frustraciones, virtudes y defectos que caracterizan al ser humano. Y el propio Regis es el “conejillo de Indias” de este examen “clínico-psicológico” en busca de un “antídoto” para un “mal incurable”.

Él construyó esta fortaleza y no se limita a refugiarse detrás de los muros, aspilleras, troneras y baluartes. Protagoniza y enfrenta la realidad que rige su “nuestra” historia e incita a compartir el yelmo, la coraza y el mandoble con todo aquel que se sienta “amenazado por las fauces de la monotonía, el tedio y la desesperanza”.

Y en ese sentido esencialmente optimista radica la fuerza del mensaje, de los valores filosóficos de estas piezas de pequeño formato concebidas en madera con una manufactura tan delicada como la poesía que a través de ellas se transpira.

El impacto bélico que se percibe ante el primer contacto visual con estos objetos medievales, va transformándose en la medida en que el observador deja de asumirlos con indiferencia e imparcialidad, y participa activamente, en tanto se acerca a ellos, en la contemporaneidad de su discurso. Entonces empiezan a “descubrirse” imágenes sutilmente encantadoras.

En la incursión a través de la fortaleza ideada por Regis se disfruta del movimiento implícito, a veces lúdico, de cada propuesta artística conceptualmente análoga a los más nobles y disímiles objetos creados por el hombre: molino, ruedas dentadas, torniquetes, naves marítimas, terrestres espaciales…Síntesis del transitar acelerado del hombre que pocas veces se detiene “a pensar en sí mismo” mientras es “consumido y arrastrado” por la cotidianeidad”.

Jorge Rivas Rodríguez
(crítico de arte cubano

 

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La magia visual de los dibujos y esculturas de Regis Soler se basa en el énfasis desconcertante, en la ambigüedad entre lo finalizado y lo inconcluso, en la interrogación sobre los rostros de esos cuerpos fragmentados, citas de deseos o aspiraciones veloces, siempre a la carrera, marcando una meta, a la cual, por más que nos apresuramos no logramos acceder.

La figuración es una mezcla entre la imaginería española, la escultura renacentista y la estatuaria griega. Efigies paganas que parten de la imaginería religiosa, búsqueda de una fe, de la posibilidad de creer en algo, el deseo y el Eros vistos como una fe. Los cuerpos desgastados de las esculturas remedan el hallazgo arqueológico y las figuras corroídas por el tiempo, la erosión de la naturaleza y el hombre. Las partes se van perdiendo, dejadas en el camino en la búsqueda del Eros, en una interminable batalla por el deseo y la utopía.

La ausencia de cabeza que no solo de rostro, aleja a la figura del retrato o al menos del ideal de belleza que suponemos indispensable para estos cuerpos, eludiendo la cita obligada a un tipo fisonómico. Las cabezas, rostros y las ideas que estos elucubran y explicitan son tarea de completamiento, el final del trabajo que, no realizado por el creador queda en manos o mente del observador, libre de colocar a cada utopía la cabeza de sus sueños.

La belleza incompleta es la ilustración del tiempo reinventado, no real, falseado desde la misma génesis de la obra, violentada la actualidad para ofrecer un tiempo aparentemente remoto, remedo de una antigüedad que no existe. La irrealidad de la vejez de los dibujos en papeles “tratados”, añejados, en los cuales el paso del tiempo no ha transcurrido, la aparente macidez de las esculturas, cuyo volumen ha sido inventado ensamblando la madera, tallando el ensamblaje, estucando y policromando y luego maltratando para envejecer, volumen y vejez simuladas, señuelos para los maniáticos de antigüedades, cita irreverente de un pasado que se usa y a la vez se niega. El material como símbolo y la pátina como máscara: la madera representando la parte natural, animal del hombre, la policromía, la máscara, lo externo, lo artificial, aquello que oculta la esencia primitiva del individuo y lo reviste de los lugares comunes que la sociedad y la moral le imponen, envejecida como están ya de caducos los antifaces de las “buenas costumbres”, desgastado para dejar la madera: el hombre primigenio.

La ambigüedad presente en la misma finalidad de los “falsos” dibujos que, además de envejecidos son presentados como o que no son, pues los creemos siempre “obras” completas y terminadas cuando no son más que bocetos, proyectos de instalaciones o esculturas que tampoco sabemos cuándo llegarán a realizarse.

La inestabilidad, la contradicción y la alusión fálica son datos obligados en el Despertar los días muertos, la escultura renacentista y la composición de Miguel Ángel para Ama desde siempre con su alusiva reelaboración de La Pietá; la dualidad maternidad-sensualidad en la casi explícita implicación autobiográfica de Conjunción suprema; la imposibilidad de la realización del deseo o lo convulso de la consumación de éste en la Comunión de Ensueñoy la virilidad, el afán de atraparla para siempre y en su máxima expresión –cuernos de rinoceronte y carrera- en Sentimiento insaciable; son algunas de las claves para entender los argumentos de Regis Soler y el personal estado “fisiológico” que bosqueja en sus cuerpos inacabados, en camino.

Silvia Llanes Torres
(crítica de arte cubano)

 

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La obra de Regis Soler se inserta en esa vertiente de la reapropiación que emergió en la plástica cubana durante la década del ochenta, y que hoy no sólo mantiene una fuerte vigencia, sino que ostenta artificios y procedimientos todavía más sofisticados. Sus dibujos -muchos de ellos aparecidos en un principio bajo la concepción del boceto escultórico, y ahora elevados a la categoría de originales- reflejan una conducta inquiridora frente a los modos representativos de la visualidad medieval, renacentista, y en particular, aguzan la mirada hacia aquellos símbolos que encarnan el espíritu idealista y a la vez penitente que caracterizó la existencia humana de esas épocas.

Sin embargo -por muy suspicaz que pueda parecernos- ese proceso de reasimilación no llega a hacer del todo cínico, ni están presentes en él la ironía o el absurdo. Su simulacro pretende ser a mi juicio mucho más sutil: lo contingente se expresa bajo la gravedad del pasado; lo ordinario adquiere  relevancia épica, incluso histriónica; y la impostura estética es el recurso mediante el cual la situación representada adquiere un matiz de cierta sublimación.

Al envestirse de fórmulas y códigos inherentes a esos dos controversiales períodos históricos, los cuales vuelca en un delineado o un trabajo volumétrico de perfección, casi fidedigno, Regis Soler contribuye a que el espectador absorba la parábola, no ya como un acto de subterfugio o extrañamiento, sino como un hecho artístico eventual, accesorio, en el que se funden las voces y los tiempos… Su mejor ardid (y ¿por qué no?, también su mejor coartada) siempre ha sido el saber inducirnos poco a poco, sin tan siquiera notarlo, hacia ese límite ambiguo, en el que es casi imposible discernir si estamos enfrentándonos al vaticinio o a la irrupción de una realidad aún más patética.

David Mateo
(crítico de arte cubano)