Las voces y la piedra

Cuento

José Antonio Martínez Coronel


José Antonio Martínez Coronel (Güines, La Habana, 1966). Narrador, poeta y ensayista. Licenciado en Lengua y Literatura Francesas. Miembro de la UNEAC. Miembro del Consejo de Redacción de la revista Habáname. Ganador .de numerosos premios y menciones y autor de los libros de cuentos: Los hijos del silencioEdipo y la esfinge, Quiéreme mucho, Al oeste del algarroboIridiscenciaInkarrí, ¡Ay, Mamá Inés!; las novelas: PalimpsestoLa paz de los vitralesLos hijos de Medea y los libros de ensayo: Estaba la Pájara Pinta y El paisaje que somosIncluido en numerosas antologías, entre ellas: Entre los poros y las estrellas y País con literasCon la Editorial Primigenios (Miami) ha publicado los cuadernos de poesía: Donde el espejo no llegaLas arenas del tiempo, Las dunas de la espera y A veces, cuando el silencio.

–***–

 

—¿Cuál destruimos hoy?

—La de Cervantes.

—Pero… él no tuvo esclavos.

—No importa —dice Ash—. La decapitamos y escribimos algo.

Los dos hombres observan la ciudad desde el parque. El polvo del desierto extiende un manto sepia.

—Ayer tumbaron otra de Colón.

—Muy bien hecho —Ash sonríe—. Hay que cambiarlo todo.

—Y la de un cura.

—Quién los mandó a meterse aquí.

Ish lo mira:

—Realmente, fuimos nosotros los que nos metimos y les quitamos las tierras a los indios.

—Bueno, tampoco así. Les dejamos algunas tierras —Ash cruza las piernas. Le gusta mirar el edificio del Ayuntamiento a través de los árboles. Duncan Plaza es un retiro antes de cruzar Loyola Avenue y seguir Poydras Street hasta la Plaza Española, o por Canal Street hasta el monumento a Gálvez y el muelle del vapor Natchez.

—Otra vez el polvo del Sahara —dice Ish.

—Y eso ¿qué? Allá también hay cosas que tumbar.

—¿De verdad te gusta tanto tumbar estatuas?

Ash sonríe.

—No me interesan las estatuas. No soportaba a mi profesor de Historia. Las estatuas son símbolo del poder.

—¿Qué poder?

—El de los esclavistas.

—Aquí también hubo hombres de color con esclavos. Y la vida de las cuarteronas no era fácil.

—Nunca es fácil ser negro… Ah, mira quién viene.

Isha bajo los árboles. Ash la desea, pero nunca se casaría con una mulata. Le molesta que Ish la mire intensamente.

—¿Qué destruyen hoy?

—Te lo dije. Con ella no hay descanso.

—Cervantes.

—¿Y van hasta la Plaza Española a destruir al hermano de Shakespeare?

Isha, sentada entre ellos, ve pasar un tranvía por Canal Street.

—No vamos a destruir nada. Vamos a cambiar las cosas.

—¿Con quitar a Beauregard y Lee cambiarán las mentes?

—No, pero por lo menos hicimos algo. Tú, por ejemplo, ¿qué vas a hacer?

—Cruzar Perdido Street y asistir a una reunión con la alcaldesa sobre qué haremos con las estatuas retiradas.

—O sea, guardar el mal.

—Proteger la memoria para que la herida sane.

—Con gusto hubieras estado entre los que sacaron del río la de McDonogh.

—Nada es en blanco y negro. Los niños necesitan ver en las escuelas qué pasó realmente.

—Los niños lo que necesitan es que sus padres no pierdan el trabajo. Entre el bicho ese y el polvo del desierto las ciudades parecen un cementerio.

Isha recuerda las calles, hasta hace poco vacías. La muerte de un hombre resucitó a Septima Clark. Un negro del sur, asesinado por un policía blanco del norte, ha extendido los autobuses de Rosa Parks a todo el mundo y cada cual habla desde su dolor.

—No sólo de pan vive el hombre —le molesta que ella lo mire tan dentro—. ¿Qué harás cuando no haya más estatuas por quitar?

—Cambiaremos el nombre de las calles. Siempre hay algo que cambiar.

—¿Alguna vez te han entrevistado?

—No me interesan las entrevistas. Son otra forma del poder.

—Si quieres, te llevo a la reunión con la alcaldesa.

—¿A qué? Otra mulata que me decepciona.

Isha sonríe.

—Decepcionar, ¿a quién? ¿A ti, Ash, hijo de alemán e italiana, hija de otro italiano con una negra? ¿O a ti, Ish, hijo de francés con una choctaw? La historia nunca es pasado. Nuestra genealogía habla mejor que nosotros. Soy hija de cajun con una esclava traída de Cuba después de la Revolución Haitiana, y nuestro Mardi Gras no atraería tanto turismo si el Caribe no terminara en el Mississippi por el que tanto alcohol se traficó cuando la Ley Seca, ni hubiera habido una Plaza Congo ni Marie Laveau con la que tantos supremacistas blancos soñaban y temían como sabes que temes ir al cementerio Saint-Louis donde estoy segura no tocarías ni una estatua.

—Gracias por la clase.

—¿Qué te gustaría decir cuando tumben la estatua de Cervantes, si la policía los deja?

—No tengo nada que decir. Lo mío es gritar mientras la tumben.

—Por lo menos, pudieras decir que te estoy hablando en uno de los tres idiomas con que los europeos se metieron en estas tierras, pero ni aunque te hable en español, francés, inglés querrías entender lo que alguna vez supiste.

—¿Qué?

—Cambiar odio por odio no sana.

—Eso está bien para las iglesias —Ash mira a Ish—. Y tú, ¿no dices nada?

—Tú sabes que me gusta el Quijote.

—Sigue leyendo. ¿Recuerdas la fachada de CNN?

—Le cayeron a piedras a los que precisamente estaban reportando la manifestación.

—¿Y tú creías que esto se iba a parar con meter en la cárcel a esos cuatro policías? ¿No te dan asco esas vidrieras de las tiendas y los hoteles? ¿Qué tiene que ver conmigo la bandera de los confederados o la de Lincoln? Lo que yo quiero es gritar. Mañana será otro día.

Lo que el viento se llevó —Isha observa los rostros con mascarillas.

—Y quedan más películas por quitar.

—La historia del Arte nadie la va a desaparecer. Lo que necesitamos es recordar las cosas como fueron para que la historia del hombre no sea más la historia del hambre.

—Mejor ve a esa reunión, que allí sí te van a entender. Nosotros cambiamos la historia desde la calle —Ash se levanta. Al ver que Ish sigue sentado—: Vamos, ya hay gente bajando a la Plaza Española.

Ish duda.

—¿No te dejarás convencer por madame Loi?

—El espíritu de las leyes necesita traducir el espíritu de los hombres —Isha también se levanta.

Ish los mira.

—¿Vienes?

—Creo que no.

Ash sonríe con desprecio.

—Nunca cambiarás. Yo, al menos, grito, pero tú, ahí sentado, ya estás caído.

—Ash —la voz de ella vuelve a ser como el aire entre las ramas—, cuando te canses de gritar, y tampoco quieras ir a la Biblioteca Municipal ahí, tras esos árboles, o a los Audubon Mariposario y Acuario, puedes seguir la Loyola Avenue, cruzas Canal Street, sigues por Basin Street y, quizás, al llegar a Congo Square y el Parque Louis Armstrong recuerdes, en los algodonales de Perdido Street Blues, que tener un sueño no significa convertirlo en guerra de pesadillas.

Ish los ve alejarse. El polvo del Sahara abraza la ciudad en manto sepia. Duncan Plaza, por primera vez, le parece enorme. Una anciana lo mira al pasar. Cree haber visto ese rostro en otra parte.

 

Julio 6, 2020, lunes. 8:56 am. Güines, Cuba