Xavi Simó (Palma de Mallorca, 1967). Ha dedicado toda su vida al estudio de animales y plantas. Apasionado de la lectura y la música blues, publicó su primer libro de relatos, La ciudad del prisionero, en 2015. Desde entonces compagina la escritura con la creación de jardines y la búsqueda de la flor perfecta
–***–
ROS
Era una tarde de verano. Estaba sentado en la terraza de mi bar de cabecera, frente al mar. Charlaba con Caco, amigo y vecino de mi pueblo, mientras tomábamos café a la bartola. El día era plácido, la hora cansada, el sol rojizo. Nosotros, muy jipis ─era fácil hacer el jipi a partir de las tres y con dieciocho años─. En aquel entonces, todavía se llevaban esas cosas. Y, a veces, el tiempo parecía sobrarnos. Ese día habíamos llegado un rato antes que el mobiliario.
De pronto sentí una presencia inquietante, como cuando alguien te está observando y lo sabes, aunque no lo veas. Miré a mi amigo, este sonrió y bajó la vista a mi izquierda. Algo frío me tocó la mano. Eché un vistazo. Un perro. El tacto frío, su trufa mojada. Era un setter irlandés, sentado a mi lado, mirándome a los ojos con cara de yo no fui. No tenía collar. Estaba flaco como una sombra. Y sucio. Le acaricié la cabeza. Nos saludamos. Ninguna sombra tiene nombre. Me lamió la mano en un claro gesto jerárquico. Y se echó junto a mí, a los pies de la silla. Caco y yo nos miramos y seguimos con nuestra conversación. “Ahora aparecerá su dueño”, supongo que pensamos.
─¿Quieres otro café? ─era mi turno de invitación.
─Venga. Y un chupito de whisky con hielo.
Me adentré en el bar. Ya había bastante gente. Sin moverse, el perro me miraba con atención. No me perdió de vista en todo el tiempo. Lo observé desde la barra mientras esperaba. Como él a mí. Algo me decía que ese no era un animal cualquiera, que no estaba allí porque sí.
De vuelta a la terraza, creí ver algo brillante en su costado izquierdo. Posé las bebidas sobre la mesa y me agaché a su lado. Era una herida muy fea. Todavía sangraba. Profunda y circular como un disparo.
─Oye, Caco, este perro tiene un agujero que da miedo en este lado de la panza.
Mi amigo enarcó las cejas.
─A ver ─se levantó para acercarse─, vaya hombre ─dijo, llevando una mano a la frente─. Dale algo de comer, por lo menos, que cobre fuerzas. Menudo boquete tiene ahí.
Le ofrecí un poco de agua y unos restos de bocadillos que pedí en la cocina del bar. No les hizo mucho caso. “Pobre animal, está bien jodido”, pensé. Siguió a mi lado.
Caco y yo nos quedamos en silencio. De vez en cuando nos miramos uno al otro sin decir nada, sin una mueca. Fumábamos.
Cayó la noche despacio. Los tres seguíamos allí: mi amigo, el perro y yo. En alguna ocasión lo acaricié casi sin querer, sin darme cuenta. El setter levantó la cabeza y el hocico pidiendo más.
Pasó el camarero. Las luces de la terraza se habían encendido.
─Miguel, ¿nos traes dos chupitos más, por favor?
─Lleváis ahí toda la tarde. ¿No tenéis casa?
Se dio la vuelta con una sonrisa burlona y, un momento después, regresó con la botella de whisky, dos vasos con hielo y un juego de ajedrez.
─A ver si conseguimos que parezca que pensáis. Degenerados ─dijo con sorna.
Dando la espalda a la terraza, desapareció en el interior del bar. Nosotros nos miramos, esta vez con algo parecido a una sonrisa en la cara. Sin decir nada, montamos el tablero y jugamos. Bebimos. Fumamos.
Pasaron las horas encerrados en esa burbuja. El silencio es un viaje en el tiempo. La gente se marchó, la música también, como el día mismo. Jugábamos sin reloj.
De pronto el camarero apareció, de nuevo, en el vano de la puerta, dando palmadas por debajo de la cintura.
─¡Venga, que todos tenéis casa y yo quiero cerrar! ─la una de la mañana y nosotros sin darnos cuenta. Empezó a recoger la terraza por el otro extremo.
Abandonamos la partida y nos levantamos para pagar. Me había olvidado por completo del perro. Seguía junto a mí. Entramos en el bar y pedimos la cuenta. El setter se quedó sentado donde estaba, sin perderme de vista un instante. Tenso. Tenía pies de gato, señal de haber andado mucho últimamente. Parecía temblar un poco, casi era un titilar como el de las estrellas.
Salimos a la calle para ir al auto.
─¿Ramiro, lo subes a la furgoneta y te lo llevas o qué? ─dijo Caco.
Vacilé. Tardé unos segundos en responder. No sé en qué pensaba. En el perro; o no. Me di la vuelta. El setter estaba detrás de mí.
─Sí, vamos ─dije─. Este animal está hecho una pena y es la mar de majo.
En aquellos tiempos no existía la recogida de animales perdidos, ni las protectoras y toda esa comedia. Qué dura es la vida sin casa, sin un lugar del que huir.
Abrí la puerta trasera de la Renault Exprés y el setter subió de un salto sin hacerse esperar ni un segundo. Echado sobre su lado derecho, no se movió en todo el camino. Ninguno de los dos habló durante el trayecto, solo fumamos. Creo que a solas.
Llegamos al pueblo. Frente a la puerta de mi casa todo estaba oscuro. Bajé de la furgoneta y el perro rascó con fuerza en la parte trasera. Al abrir bajó enseguida, quedándose pegado a mí. Estaba esperando tras la puerta para hacer exactamente eso. Caco desapareció calle abajo en su furgoneta y, con él, las únicas luces de aquel tramo, dejándonos casi a oscuras. Me quedé un instante frente a la puerta, mirando al perro.
─Te llamas Ros ─le dije, apuntándolo con el índice─ y vamos a llevarnos bien, ¿de acuerdo? Venga, Ros, esta es tu casa.
Entramos en la vivienda y fuimos directos a la bañera sin que el perro pusiera una sola pega.
Después de secarlo le curé la herida; tintura de yodo, antibióticos y tal. Se dejó curar sin quejarse ni una vez. Así que decidí coserle ese agujero. A pelo. Desde hacía tiempo tenía agujas de sutura esterilizadas en casa, por otras cosas de la vida. Pero todavía eran aprovechables. Se dejó hacer sin articular ni siquiera un gruñido, solo mostraba los dientes pidiendo el máximo cuidado, nada más. Lo peor del dolor es el miedo.
Esa noche dormimos los dos en el sofá. Al día siguiente estaba como nuevo. Comió y bebió en abundancia; su ánimo estaba totalmente recuperado. Se le puso cara de rock and roll. Parecía funcionar con un motor de cuatro tiempos. Alegre y juguetón. Simpático a rabiar. Y listo, muy listo. Atendió por su nuevo nombre casi desde el primer momento. Como nunca fui partidario de los collares, pero necesitaba identificarlo como un animal no vagabundo, le puse un viejo pañuelo al cuello. Azul. Su herida sanó en unas semanas. Engordó. Le creció el pelo, que pasó a ser suave y lustroso. Y Ros sabía comportarse dentro de casa mejor que muchos humanos. Salíamos de madrugada y al atardecer a dar largos paseos. Nunca lo llevé atado. No se apartaba de mí; a lo sumo, corría tras algún palo que le lanzara. La vida con Ros era entretenida. Nos hicimos buenos amigos. Dejé de ir al bar para estar con él. Con el perro me sentía mejor y disfrutaba de un entorno rural maravilloso que, yo solo, no había sabido aprovechar.
Un mediodía de sol duro Ros me hizo saber, con claridad, que quería salir de casa.
─Tío, no podemos estar siempre por ahí. Tú no, pero yo tengo cosas que hacer.
Insistió, dando zarpazos en la puerta con ímpetu.
Pensé en dejarlo marchar, en confiar en él como él confiaba en mí. Aunque admitiré que me pareció una tontería. “Un perro es un perro, no me jodas”, pensé.
Y, sin embargo, lo hice. Le dije que se portara bien, que no tardara mucho. Y abrí la puerta.
Ros salió con tranquilidad ─parecían haber desaparecido los nervios que vi tras la puerta─ y marchó trotando calle arriba. Era un pequeño pueblo de interior, pocos vehículos y poca gente. Y a esa hora infernal…
Veinte minutos después, rascaba tras la puerta para entrar. Merecía esa confianza y lo demostró. Empezó a salir solo cada vez que lo pedía. A su rollo. Pasado ese tiempo, ni un minuto más, ni uno menos, lo escuchaba tras la puerta. Nunca supe cómo lo hacía. Solo le faltaba fumar en pipa.
Pasaron los meses. Vino el frío del invierno, las nieblas, los días cortos y el perro y yo, frente a la chimenea, nos fuimos haciendo más y más amigos. Llegamos a conocernos mucho. Veinticuatro horas al día dan para mucho conocerse. Con una mirada nos entendíamos.
Hasta que una madrugada, cuando entré en la cocina, encontré a Ros sentado en el centro, con la bolsa del pan en el suelo y un estropicio de migas, trozos de sobrasada y chorizo por todo. Se había servido él mismo.
─¿Pero, qué has hecho, Ros?
Bajó la mirada y las orejas. Se acercó a mí, arrastrándose como un gusano. Me di la vuelta despreciándolo y fui, directo, a abrir la puerta de la calle. Señalé hacia afuera con un gesto airoso, silencio y mala cara. Era una orden, no una invitación.
Pasados veinte minutos, rascaba tras la puerta para entrar. Yo lo había recogido todo. Abrí con gesto serio, sin decir ni mu. Entró como si nada, pero sin hacer fiestas. Y se fue al sofá con la dignidad de una esfinge. Por ese día, lo dejamos correr.
Pasé horas trabajando en el escritorio y ni siquiera se acercó. A última hora de la tarde salimos a pasear. Todo fue como siempre. Quizá estuve algo más distante de lo normal con él. No tenía ganas de darle vidilla y que la cosa siguiera empeorando.
A la mañana siguiente, de nuevo. Caos en la cocina. Y Ros sentado en el suelo, con una cuerda de chorizo colgando de un lateral de la boca. Repetí la operación de echarlo, pero esta vez le di una voz.
─¿Eres tonto? No, de tonto no tienes un pelo. ¿Puedes explicarme esto? Yo te respeto pero tú a mí no. ¡Tienes comida, coño! Venga, a la puta calle. Te estás pasando, Ros.
Veinte minutos después, la puerta temblaba con estruendo. No lo miré a la cara en todo el día. Salimos a pasear en silencio, despacio. No hubo juegos.
Y al día siguiente, otra vez. Me negaba a tener que dejar la comida en alto. Quería que lo entendiera. “Lo de la mesa no se toca, tío”. Decidí hablar con él muy seriamente. Me senté en el suelo, a su lado. Lo cogí con ambas manos, por los lados del cuello, y acerqué mi cara a unos centímetros de su nariz. Con mucha calma, le dije:
─Mira, Ros, eres un perro cojonudo, pero si no piensas respetarme, será mejor que te vayas. Fuiste tú quien vino a mí. No se te olvide. Yo te lo doy todo, así es que no me fastidies. Si no vas a comportarte, será mejor que no estemos juntos.
Me levanté y abrí, otra vez, la puerta de la calle, con desaire. Aquello empezaba a ser demasiado repetitivo. Supongo que ambos pensamos lo mismo. Salió despacio y se fue calle arriba.
Se largó para siempre.
Días después supe que lo habían visto en el colegio de los peques, mendigando bocadillos a la hora del recreo. Pero nadie supo darme ninguna información sobre él. Pasaron las semanas y los meses. Me sentí traicionado. Y, casi ─¡Ay! ese maldito casi─, me olvidé de Ros. Mejor así, tal vez.
Una tarde me uní al grupo de lectura de la biblioteca municipal. Allí conocí a Patricia. De alguna forma nos atrajimos y volvimos a vernos. Tomamos unos cafés y charlamos de libros varias veces, pululando por los bares de la plaza. Nos dimos los teléfonos, en aquel entonces, fijos.
Un día me invitó a su casa: “a tomar café con libros”, dijo. La verdad es que tenía una biblioteca impresionante. Y sabía de café más que Juan Valdés.
Cuando llegué frente a la barrera, ya me estaba esperando, metida en un poncho de lana, con una hermosa sonrisa y la puerta abierta. Apoyé la bicicleta en la pared del camino. Sobre la gravilla que pisaba, un setter irlandés, con un viejo pañuelo al cuello, se sentaba cerca de ella. El pulso se me alborotó. Me temblaron las piernas. Intenté disimular.
Nos dimos un abrazo y nos besamos en los labios. Sí, sin que viniera al caso ─nunca lo habíamos hecho─, pero lo hicimos.
─Este es Lucas ─dijo, señalando al perro, desviando el asunto, antes de que se nos fuera de las manos.
─Hola, Lucas ─me acerqué despacio para acariciarlo.
El perro se dio la vuelta y desapareció tranquilamente, sin darme opción, tras las primeras hortensias del jardín. Observé, mientras caminaba, el rastro de una vieja herida de bala en su costado. Estuve a punto de decir algo. O de echarme a llorar, yo qué sé. Pero no lo hice. Solo temblé como si el cuerpo se me hubiera convertido en gelatina.
Me tomó de la mano y entramos a tomar esa taza de café, como con prisa por hacerlo. La tarde era fría.
Sentados en el sofá, hojeábamos una primera edición de Cuando era feliz e indocumentado, de García Márquez, cuando Patricia fue a buscar algo a la cocina. Me quedé solo. Levanté la cabeza y miré hacia la cristalera. El perro estaba allí, sentado tras ella, con la mirada fija en mí. Posé el libro sobre la mesa y fui hasta la ventana. Volvimos a mirarnos. Si es que alguna vez lo tuvo, por unos instantes el tiempo dejó de tener sentido, desapareció. Como dos viejos amigos de mil batallas, que saben lo que hay sin necesidad de decirse nada, nos mantuvimos la mirada, sin más. Abrí la ventana para llamarlo de nuevo, pero antes de que pudiera articular un solo sonido, Ros retrajo los belfos, mostrando su impecable dentadura amenazante.
Cerré la ventana despacio.
Nunca más volví.
PUEDE ADQUIRIR EL LIBRO EN ESTE LINK: Todo el mundo tiene una historia, Xavi Simó, Ilíada Ediciones
