El aliento del klai
Alejandro Céspedes
Huerga & Fierro. Madrid, 2020
Sin duda hay una poesía diferente a la que los medios y modas, premios y editoriales propician. A veces se presenta con una manera lúdica y visual, caso del último poemario de Ángeles Pérez López (Interferencias), plena, eso sí, de reivindicación extrema, pero donde el referente literario, el virtuosismo de la autora al interrelacionar, por añadidura, quita algún protagonismo al grito, y nos traslada en partes iguales al juego de la intrépida combinación relectora de una serie de poetas clásicos y contemporáneos reformulados desde el hoy.
Otra busca el sinclinal de la vida inmediata, más ajena e inclemente (aunque sea hablando de los niños desprotegidos o “de la calle”, en Rusia), insoportable en su crudeza, a través de libros duros en su alcance social, reivindicativo. Duros en su fórmula, sin ambages, en su manera de contárnoslo minuciosamente en toda su crudeza, con una puesta en escena minuciosamente trabada, que hay que saber o poder aguantar. Poemarios donde se conjugan el reportaje, diría José Hierro y la denuncia. Este es el caso de El aliento del klai del asturiano Alejandro Céspedes (1958). Un enigmático título en apariencia, explícito muy pronto, que ni defrauda ni desentona con esa honradez con que el poeta catalán Joan Maragall vinculaba asunto y obra por 1905. El título, diría el semiólogo Besa Camprubí con Maragall, no es sino el resultado final de una emoción o, si prefieren, de un proyecto largamente amasado con el que se alía íntimamente desde una honradez o correspondencia entre él y el asunto, como el caso que ahora nos ocupa y no tan lejano.
El aliento del klai o del pegamento con que los huérfanos rusos más desprotegidos se alientan en la droga inhalada, reúne un sinfín de circunstancias extremas de dureza, pobreza, orfandad y muerte. Al hilo de un documental dirigido por Andrzjei Celinski y Hanna Polak en 2005, surge la denuncia. Llega en versículos, esos que dan libertad y apenas se distinguen del poema en prosa. Son el resultado de una poesía realista en el asunto, un reportaje con mucho saber decir, sostener el poema, desde una combinación de reproducciones de las voces de los niños del documental y la pluma delicada, pero sin distorsiones o atemperamientos del gijonés. También cuentan con el apoyo de un texto escrito ex profeso, nos avisa Alejandro Céspedes, que enmarca el desarrollo dramático de unas voces víctimas, pero a veces verdugas, resultado de su explotación y exposición.
En ese mundo del horror se desarrolla el mundo tropológico de Céspedes, con “la lengua de un glaciar”, y desmenuza una tremenda casuística o el corazón en las tinieblas del desamparo de unos cuerpos troceados desde el “instante mismo de su nacimiento”. Esas niñas que acaban “de follar con un extraño”, los niños golpeados, bebedores, ladrones, son la carne de cañón a la que Céspedes ha prestado delicadeza o atención y al “suburbio de su exigua conciencia”. No entran muchas ganas de hablar de cómo el poeta sabe mantener la atención, ser narrativo desde un lirismo atento a la miseria y al gancho donde se queda colgada. Muy pocas miradas se fijan en los extremos, aun tan lejanos y próximos, según va concitando ejemplos similares de orfandades dispersas por el mundo bajo “un cielo muy pequeño”. Parece que el Covid-19 ha vuelto a poner de manifiesto el pequeño mundo del hombre, también en su conciencia, parece decirnos el poeta. Bienvenida sea esta apuesta recordándonoslo, y su vigorosa sensibilidad.