Marcos Miranda: desde las dos orillas

Waldo González López


«Miami es la puerta de Latinoamérica en los Estados Unidos […]
necesita multiplicar y diversificar sus espacios teatrales
para […] convertirse en una capital cultural».

Marcos Miranda

 

Ediciones Baquiana publicaría en el 2008 el primer volumen de Marcos Miranda con una selección de sus obras: Desde las dos orillas, uno de cuyos ejemplares pude conseguir, gracias al gentil gesto de Patricio E. Palacios, editor del libro y director de la prestigiosa casa editorial de la Florida.

En torno a este título, ante todo, subrayo, entre otros atributos, el fuerte realismo, el humor negro y el sutil absurdo de estas valiosas piezas que —como las de otros relevantes autores de la dramática cubana (Aire frío, de Virgilio Pinera, casi toda la producción de Abelardo Estorino y Héctor Quintero, por solo mencionar tres esenciales en la escena cubana desde los años cincuenta hasta fines del pasado siglo), tal el influjo de la dramática realista norteamericana vigente en Cuba (sobre todo: Eugene O’Neill, Arthur Miller, Tennessee Williams y Edward Albee)—, marcaron la escena de la Isla durante el mencionado período.

Asimismo, subrayo —acorde con el poeta Ángel Cuadra y su valioso prólogo del volumen— que las tres obras incluidas trazan un camino dramático central en cada una, un hilo de conexión relacionado con las tres unidades aristotélicas: la referencia a Cuba, tangencial y ocasional en Amparo y Clementina; de algún modo asociado a la vida de una intérprete, Lina, a la que condiciona el vuelco político-social ocurrido en la Isla, y dirigido a la tiranía castrista, en la comedia El regreso de la Condesa, donde la anécdota teatral supera el tiempo inmediato y se aventura en el futuro ¿probable? de Cuba.

Así, abre la tríada Lina —dedicada por el autor «A las estrellas que no supieron ser consecuentes con ellas mismas ni con su época, pero que nos legaron el talento y el esplendor que todavía recordamos»—, en la que varias actrices de los años cincuenta centraron esa década de mayor realce de la televisión en la Isla, si bien —aunque Miranda asegura que su protagónica simboliza varias artistas— este crítico estima que su peculiar Lina, por su conducta y vida artística, sugiere el alter ego de la popular Gina Cabrera (La Habana, 28 de junio de 1928), quien, desde fines de la década del cuarenta se revelara, primero, como una de las principales intérpretes de novelas en la radio y luego, asimismo, en la televisión durante el lapso de los cincuenta y primera mitad de los sesenta, compleja época inicial que «revolucionara» (desgraciara) la existencia de nuestro pueblo, como la de muchos otros artistas que no resistirían el desastre social y humano generado por el castrismo.

De ahí que durante años, estuviera ingresada en el hospital psiquiátrico Mazorra, del que por fortuna, saldría, y hoy a los 92 años, que cumpliera el pasado mayo, continúa viva, según constate días atrás en Internet con una foto, en la que aparece como una ancianita sonriente.

Mas, recuerdo un dato que conmovería al autor de este artículo, quien ahora evoca la última vez que vio a la intérprete una mañana en la ya defenestrada heladería Coppelia, donde, enajenada, hablaba sola y decía parlamentos de las obras protagonizadas por ella en la radio y la televisión, medios en los que fuera quizás la más gustada de las actrices cubanas. Y este rasgo de Gina, como otros, son también los de Lina.

Por el veraz realismo y el conocimiento de los desastres ocasionados en el Instituto Cubano de Radio y Televisión (ICRT) por mediocres «funcionarios que no funcionan» —como el excomandante y abogado Jorge (Papito) Serguera, quien hizo y deshizo lo que quiso en este «su» organismo, pues como tantos «líderes», se consideraba el dueño—, Lina logra la mayor calidad.

La obra convence por la destreza del dramaturgo en caracterizar sus cinco convincentes criaturas: la talentosa actriz Lina, Ricardo, su esposo y director de televisión, como pareja de su antiguo secretario, Romy, también gay (quien en un final evocador de  filmes mexicanos de la ¿Época de Oro?, pero creíble, lo mata, y tal acción se comprobaría en la vida capitalina de los años sesenta, setenta y ochenta, con el asesinato de figuras masculinas de la televisión), Adela, la madre protectora de Lina, y el amante de esta, Alberto: conjunto que evidencia con nitidez el estatus del desprestigiado ICRT, cuyos propósitos: llevar cultura y entretenimiento al pueblo, serían trastocados por la politización impuesta por la incultura y torpeza del abogado y expistolero «Comandante en Jefe», quien jamás se interesó por ninguna expresión literaria ni artística, como subrayara Carlos Franqui, el director de Radio Rebelde y del diario Revolución, en su decisivo libro Retrato de familia con Fidel (Editorial Seix-Barral, Colección Biblioteca Breve, 1981).

Amparo y Clementina es, de las tres piezas, la preferida por este crítico, gracias al riguroso tratamiento psicológico con que caracteriza el autor a sus dos singulares personajes: la cubana Amparo y la mexicana Clementina, quienes se conocieron en la infancia de la primera y la adolescencia de la segunda, cuando involucrarían sus existencias.

Por sus inconfundibles caracteres expresan sus sueños y frustraciones, sus anhelos y fracasos que involucran al lector-espectador, por su irónico/demoledor diálogo, evocador de una pieza canónica del teatro cubano, debida a otro autor de la Isla, José Triana, fallecido el 4 de marzo de 2018 en París, quien también sufriera el exilio, tal aconteciera con Marcos Miranda y tantos dramaturgos cubanos que sobreviven en el vasto mundo.

Y, no por casualidad, menciono al clásico dramaturgo y poeta, porque de algún modo la impronta de su clásica La noche de los asesinos, marca la trama de Amparo y Clementina, en la que se involucran estos difíciles personajes que requieren la interpretación de grandes actrices, por sus exigencias histriónicas: brillante armazón dramatúrgica, arduos diálogos, «juegos» escénicos, intercambios de roles, expresividad, axiomático dramatismo, finísima ironía, inesperada crueldad, humor negro…

Asimismo, en los parlamentos se evidencia el hábil empleo de una técnica —creada siglos atrás y aun vigente: el teatro dentro del teatro— que utiliza Marcos Miranda para proporcionar riqueza a la obra y los personajes a los que vivifica, simbolizando y representando momentos y criaturas que incidieron en sus vidas, durante épocas anteriores y aun en la presente.

En consecuencia, Amparo parece sufrir desde tiempo atrás la pérdida de su exnovio, Augusto, al que dejara tempranamente en Cuba por el amor lésbico provocado por su verdadera pasión, Clementina, a quien, desde entonces la une un enajenado erotismo, más que amor. Por ello, al final de la obra, en vano intentará separarse de su imperecedera relación, porque Amparo, influida desde pequeña por la amargada Clementina (quien, incrédula, piensa que «el amor es un burdo barniz con el que cubrimos los más bajos instintos que nos permiten perpetuar la especie»), tras la partida de su pareja, recibe la sorpresa de que a los pocos minutos alguien toca a la puerta, y en el umbral aparece el novio de la adolescencia, Augusto, quien no es otro que la propia Clementina disfrazada de hombre. Sin duda, un valioso final cuya onda penetración psicológica, habrían satisfecho los exigentes gustos estéticos del culto padre de la Psicología moderna Sigmund Freud. Y he aquí uno de los valores esenciales que definen la dramática de Marcos Miranda: sus diálogos que centralizan el interés y la permanencia de sus obras, en tanto asumen conflictos nada pasajeros, sino trascendentales, como las poéticas asumidas por dramaturgos de diversas épocas.

Con El regreso de la Condesa concluye el volumen y, en esta hay otros aspectos que, acorde con el canónico tema cubano adoptado por el autor, se vale de un género preferido por el público cubano, desde el siglo xix, y muy socorrido por la dramaturgia nacional: la comedia, sin que por ello el autor deje de lado su preocupación por analizar y criticar aspectos que han agravado la vida del pueblo en la Isla Cárcel, durante más de seis décadas, pues a lo largo de su obra escrita en Miami ha sido un motivo recurrente de su obra dramática.

En esta pieza, la protagonista, María Eugenia Campofino, muestra su ridículo afán de estereotipadas «aristócratas» de la alta burguesía cubana antes de la «Robolución», quienes carecían de «títulos nobiliarios», pero los compraban a nobles españoles empobrecidos, venidos a menos. De tal suerte, «certificaban» ante sus hipócritas amigas sus presuntos orígenes. Por carecer de tales risibles «pruebas», la cursi «señora» se autodefine «La Condesa de Luyanó», revelando así su ignorancia, por preocuparse más por tal nadería que por tener, al menos, una cultura elemental, rasgo similar al de muchos de sus esposos, quienes en sus ¿bibliotecas?, tenían cientos de «volúmenes» en los que, detrás de sus voluminosos lomos, escondían un triste ardid: no eran las obras clásicas anunciadas, sino «libros», vacíos, hueros y huecos.

En torno a este aspecto, Ángel Cuadra bien apunta en su valioso prólogo:

[…] la obra presenta una crítica amplia y grafica al describir la miseria y depauperación de Cuba, donde lo ruinoso de una antigua residencia familiar refleja la ruina mayor que contiene en general todo el país, y también la crisis de valores tradicionales en la conducta y modales chabacanos por la, también, ruina moral de un sistema que deforma todo y, con ello, al ser humano como tal.

Pero, hay más, porque Marcos Miranda expone con agudeza, diversos problemas que desde décadas han transformado para mal la sociedad cubana, como la destrucción de no pocos genuinos valores de nuestra inconfundible idiosincrasia, orgullo de nuestros abuelos y padres, pues constituía la salvaguarda ética de nuestra nación, incluso desde antes de los heroicos mambises, hoy caso perdidos en el sexagenario marasmo de la Cuba ¿comunista?, solo de nombre, pues la doble moral ha estado presente en el día a día de los cubanos de la Isla desde 1959.

Por fin, Desde las dos orillas, no solo enriquece aún más la Colección Rumbos Terencianos, de las infatigables Ediciones Baquiana, sino que resulta una óptima muestra del talentoso aporte a la dramática del exilio cubano del también actor, realizador, productor y profesor Marcos Miranda, quien primero en Cuba, como luego en México, España y en los Estados Unidos (en Miami), ha continuado enriqueciendo su creación.

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Para conocer más sobre Marcos Miranda

El nombre de Marcos Miranda (La Habana, 1945) es destacado no solo en Cuba (en cuyos medios: teatro, televisión y radio realizara una reconocida labor), sino también en España, México, Puerto Rico y en los Estados Unidos, particularmente en Miami, donde reside desde décadas atrás, ciudad en la que ha continuado su incansable laboreo en dichos contextos.

Muy temprano iniciaría su labor en La Habana de 1964, a los 19 años. Allí emprende su ingente creación en el recordado Teatro Universitario, donde se formaría como actor, igual que no pocos de los más relevantes intérpretes de la Cuba de las décadas del cuarenta, cincuenta y sesenta.

Luego, durante quince años descollaría por sus caracterizaciones en populares programas de radio y televisión para niños y adultos, entre otros el serial En silencio ha tenido que ser, en el que sobresaliera por su interpretación de El Ingeniero, solo que, debido a este papel, en una posición absurdamente ilógica y fuera de lugar, sería acusado por la (In)Seguridad del Estado de ser «el cerebro de una conspiración» que pretendía atraer a varios de sus colegas del país, por lo que fue citado a la tenebrosa sede del diabólico G2, conocida como Villa Marista, y, por ello, expulsado de su trabajo en el ICRT, como actor, escritor y director.

Luego de esta irracional pero grave acusación, optaría por exiliarse, ya que tal mentira cambiaría el rumbo de su vida. Aunque en 1980 su familia envió un barco al puerto del Mariel para recoger a su esposa, su hija menor y a él, las «fuerzas» del Minint no le avisaron ni fueron a buscarlos, por lo que no pudieron venir al exilio, lo que traería como consecuencia que aún debería sufrir otro terrible tiempo de insilio bajo el castrismo, porque sería citado nuevamente por el G2, donde un oficial le aconsejaría no salir a la calle, porque el público lo reconocería como El Ingeniero de En silencio… o El Abuelo Paco, del también gustado Variedades Infantiles. Y con ello, le dijo este «compañero de la (In)Seguridad de Estado», peligraba el permiso para su salida definitiva de Cuba con su familia. Con esta otra amenaza, para colmo, iniciaría su condena de cuatro años de prisión domiciliaria.

Tras el difícil cuatrienio —cuando subsistió gracias a la confección de zapatos, vendidos por amigos en la Plaza de la Catedral, donde improvisados y talentosos artesanos podrían sobrevivir—, ya en 1984 pudo partir hacia España, donde residió y laboró siete años, hermosa experiencia, porque le devolvió la fe que casi tenía perdida en la Isla Cárcel. En Madrid crearía la Compañía Jóvenes Actores Españoles, donde impartió clases y desarrolló talentosos intérpretes.

Otro lapso relevante ha sido su fructífera residencia en Miami, donde realizaría y realiza diversas actividades en la radio, televisión y las tablas. Además de colaborar con Radio Martí, en 1989 fundaría la compañía Teatro del Sol, en la que ha dirigido piezas como Un hijo a la medida y La Santa Visa, y, para el grupo AMA, dirigió, del hispano Santiago Moncada, Entre mujeres, que asimismo condujera en México, donde se mantendría un septenio en cartelera.

Autor de una docena de obras, como Antinoo-El favorito, Las abuelas, Entre hombres, Inconformes y la comedia Cuatro viudas para Paul, entre otras, Marcos Miranda ha mantenido su infatigable producción. Así, en el Teatro de Bellas Artes dirigió no solo Entre mujeres, sino también Mi hijo no es lo que parece, comedia protagonizada por Pedro de Pool, que estuvo un año en la escena del ya desaparecido Teatro Martí. Tras el ciclo (1999-2004) de Luna Verde, el programa nocturno que condujo durante esos años, llevado al aire por América TeVe, canal 41, tuvo un receso en la pequeña pantalla, pues el creador estaba agotado, ya que combinaba varias labores diarias: productor de los segmentos humorísticos de Sábado Gigante y escritor de Teté Comité y Qué pasa en casa, para Radio Martí, donde continuaría escribiendo y dirigiendo un programa de sátira política: Diario Grampa. Poco después, en Televisión Martí, conduciría En el marco de Marcos, programa de entrevistas a personalidades de la cultura. En 2009, después de casi veinte años fuera de la televisión como actor, retomaría su carrera en la telenovela Pecados ajenos, para Telemundo. El propio año, Mega TV lo llamaría para otra telenovela. Y, asimismo, grabaría para Telemundo la El rostro de Analía.

Miembro del Instituto Cultural René Ariza, el también profesor de Artes Escénicas y Locución, ha merecido diversos lauros como dramaturgo y director. Entre sus piezas galardonadas están: Lina, Premio Carlos Felipe, Concurso Internacional de Literatura de la ACCA (Miami, 1992); Amparo y Clementina, II Accésit del Premio Internacional de Teatro Alberto Gutiérrez de la Solana, Círculo de Cultura Panamericano (New Jersey, 2002) y Réquiem por Oscar, XVIII Premio Teatro Radiofónico Margarita Xirgu, Agencia Española de Cooperación Internacional y Radio Exterior de España (2003).

 

Nota: En la confección de estas líneas finales sobre la biografía de Marcos Miranda, utilicé la entrevista de Denis Fortún con el autor, publicada en el blog de Armando Añel, Cuba Inglesa, el 27 de marzo de 2009.

 

Del Autor

Waldo González López

Waldo González López
(Puerto Padre, Las Tunas, Cuba. 1946) Poeta cubano, ensayista, crítico literario y teatral, antólogo y periodista cultural. Graduado de Teatro en la Escuela Nacional de Arte (1971) y Licenciado en Literatura Hispanoamericana, Universidad de La Habana (1979). Hasta el 2011, cuando abandonó la Isla para venir a residir a Miami, integró la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), en sus Asociaciones de Poesía, Literatura para Niños y Teatro.

Laboró en la Escuela Nacional de Arte (donde impartió clases de Historia de la Literatura para Niños y Jóvenes, en la Cátedra de Teatro para niños fundada por él y la actriz y directora escénica María Elena Espinosa, y de Historia del Teatro Universal y del Teatro Cubano, también creó el Archivo de Dramaturgia).

Entre 1990 y 2010, fue periodista cultural de las revistas Bohemia, Mujeres y Muchacha y colaboró con las especializadas Casa de las Américas, Unión, La Gaceta de Cuba, Universidad de La Habana y Biblioteca Nacional José Martí. Recibió importantes reconocimientos por su labor escrituraria y periodística, como, entre otros: Mención del Concurso Plural (México, 1990) por su poemario Salvaje nostalgia; Premio “13 de Marzo” (1976), de la Universidad de La Habana, por su poemario para niños Poemas y canciones y varias Menciones en los Concursos «Ismaelillo», de la UNEAC y «La Edad de Oro», de la Editorial Gente Nueva. En la Isla, publicó una quincena de poemarios, un volumen de ensayo, dos de crítica literaria y otro de crónicas, así como diversas antologías de poesía y poesía para niños, décima y décima para niños, cuento y teatro. Colaboró con publicaciones extranjeras con ensayos, artículos, crónicas y poemas. Sus versos han sido traducidos al inglés y francés y publicados en revistas de EUA y Francia, así como ha publicado poemarios en México y Colombia, y un volumen de ensayos sobre lectura y literatura en Ecuador.