Abel Álvarez, conductor, productor y periodista de Radio y Televisión
Ahora que Sigfredo ha partido hacia esa otra luz, no se puede sino evocar su obra y su figura con aquella sobrecogedora sentencia de Miguel de Cervantes: «Fuego soy apartado y espada puesta lejos».
Estrenada a mediados de los años 80 con La Imprenta (1985) y luego con un Premio David (Algunos pocos conocidos, 1987), la poesía de Sigfredo Ariel logró entretejer en el tiempo un vasto universo de temas y relaciones donde no faltan problemas filosófico-existenciales y reflexiones muy profundas sobre la vida, la realidad y la cultura nacionales, siempre desde esa manera expresiva suya, marcada por un conversacionalismo renovado y decantado en el que, sin dudas, logró alcanzar verdadero magisterio.
Ese proceso de ascensión y madurez puede seguirse en los poemarios suyos salidos a la luz después de aquel David, entre los que sobresalen El enorme verano (1995), El cielo imaginario (1996), Las primeras itálicas (1997), Hotel Central (1998), Los peces & la vida tropical (2000), Manos de obra (2002), Escrito en Playa Amarilla (2004), Born in Santa Clara (2006), Cielo imaginario (2008) y Todos los hierros (2017).
i algo lo distinguió fue la lucidez. Sobre la música popular cubana. Sobre la literatura. Sobre su propia praxis poética, a la que eventualmente volvía para reflexionarla y decantarla. Por eso pudo escribir con su típico toque de ángel de la jiribilla: «En mi poesía hay un hilo que insiste en volver sobre ciertos asuntos, esto me lo han hecho notar personas generosas y he terminado creyéndolo, tal vez porque me conviene. Ese hilo a veces se enreda, se anuda o queda suelto, hasta que empata con otro pedazo del mismo cordel. Así lo veo. A veces puedo comprender mejor lo que he escrito que en otras ocasiones (fíjate que subrayo comprender, que no es para mí lo mismo que entender), aunque hay páginas mías que francamente detesto, las más pretenciosas o que se propusieron ‘experimentar’».
Para anotar seguidamente: «Algunos poemas se han defendido del tiempo de manera siempre sorprendente para mí, pues casi nunca son los que en su momento consideré mejores. Me alegra haber escrito algunos textos de amor, a esos les reprocho menos, quizás porque les exigí lo mínimo: apenas haber dicho la verdad».
–***–
Abel González Melo, dramaturgo, escritor, editor y profesor de teatro
Ha muerto un enorme poeta, un ser humano generoso y risueño, un gran investigador y promotor de la música cubana, un dibujante exquisito, un amigo entrañable. Sin su obra no podríamos explicar nuestra cultura y nuestra Isla. Las décadas recientes, ¿cómo entenderlas sin él? Llevo toda la mañana releyéndolo, junto a mi madre. Redescubriendo el patrimonio que es su escritura. Cada libro, una joya: fue un maestro en el arte de componer (algo tan difícil como) un libro de poesía. Con su tono coloquial, con la aparente sencillez de su sintaxis, con esos vínculos secretos y brillantes que solo la sutileza y el buen gusto crean, su obra nos abraza y nos sobrecoge.
Voy a recordarte siempre así, Sigfredo querido: hermoso, sonriente, lleno de luz. Con tus poemas crecí, con ellos supe de la belleza y la agonía del amor, de los rincones insospechados de la patria, de sus temores inconfesos. Tus versos me enseñaron el costado más íntimo de la gran gesta de la vida. También la dimensión salvadora de nuestra lengua. Demasiado pronto te vas, amigo. Tus palabras no dejarán de iluminarme nunca. Nos queda el recuerdo de tu mirada y la certeza de tu poesía, que te hacen eterno y nos bendicen.
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Alfonso Quiñones, poeta y periodista
La última vez que vi a Sigfredo Ariel tenía todavía el cabello negro. (…)
Sigfredo Ariel era en la vastedad semidesértica de la cultura cubana actual, una de las voces propias mas auténticas de la poesía.
(…)
Lejos de toda solemnidad, su poesía ejerce una energía protagónica gracias a la transparencia de un lenguaje, un aire y una narrativa, tomados de la vida real, pero limpio, como pasado por un tamiz donde cabían lo mismo modernismos que antiguas resonancias que le llegaban a través de la música. En su verso cabían siempre la ironía, la nostalgia y el dolor, pero también esas oscuras vicisitudes de la vida cotidiana que lo sentaron a medio camino de lo conversacional y lo intimista. Sigfredo fue, por tanto, uno de los primeros puentes de más firmes tocones, entre dos tendencias poéticas que en los 80 estaban encontradas, chocaban en cada esquina y que después, el tiempo y la realidad, ayudaron a convivir en estilos más llevaderos.
Sigfredo Ariel fue, es, uno de los grandes poetas cubanos. Y toda antología que se respete sobre la poesía cubana tiene que incluirlo a él que ahora pasa a la posteridad con el cabello medio canoso pero con esa carita de niño que nunca dejó de tener, detrás de la cual se parapetaba un ser humano lleno de defectos y virtudes, mortal como todos, pero buen poeta, que es decir, buen ser humano.
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Alfredo Prieto, periodista
Ahora que Sigfredo ha partido hacia esa otra luz, no se puede sino evocar su obra y su figura con aquella sobrecogedora sentencia de Miguel de Cervantes: «Fuego soy apartado y espada puesta lejos».
Estrenada a mediados de los años 80 con La Imprenta (1985) y luego con un Premio David (Algunos pocos conocidos, 1987), la poesía de Sigfredo Ariel logró entretejer en el tiempo un vasto universo de temas y relaciones donde no faltan problemas filosófico-existenciales y reflexiones muy profundas sobre la vida, la realidad y la cultura nacionales, siempre desde esa manera expresiva suya, marcada por un conversacionalismo renovado y decantado en el que, sin dudas, logró alcanzar verdadero magisterio.
Ese proceso de ascensión y madurez puede seguirse en los poemarios suyos salidos a la luz después de aquel David, entre los que sobresalen El enorme verano (1995), El cielo imaginario (1996), Las primeras itálicas (1997), Hotel Central (1998), Los peces & la vida tropical (2000), Manos de obra (2002), Escrito en Playa Amarilla (2004), Born in Santa Clara (2006), Cielo imaginario (2008) y Todos los hierros (2017).
i algo lo distinguió fue la lucidez. Sobre la música popular cubana. Sobre la literatura. Sobre su propia praxis poética, a la que eventualmente volvía para reflexionarla y decantarla. Por eso pudo escribir con su típico toque de ángel de la jiribilla: «En mi poesía hay un hilo que insiste en volver sobre ciertos asuntos, esto me lo han hecho notar personas generosas y he terminado creyéndolo, tal vez porque me conviene. Ese hilo a veces se enreda, se anuda o queda suelto, hasta que empata con otro pedazo del mismo cordel. Así lo veo. A veces puedo comprender mejor lo que he escrito que en otras ocasiones (fíjate que subrayo comprender, que no es para mí lo mismo que entender), aunque hay páginas mías que francamente detesto, las más pretenciosas o que se propusieron ‘experimentar’».
Para anotar seguidamente: «Algunos poemas se han defendido del tiempo de manera siempre sorprendente para mí, pues casi nunca son los que en su momento consideré mejores. Me alegra haber escrito algunos textos de amor, a esos les reprocho menos, quizás porque les exigí lo mínimo: apenas haber dicho la verdad».
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Arístides Vega Chapú, poeta, narrador y promotor cultural
En la madrugada de hoy falleció el poeta Sigfredo Ariel. No hay consuelo alguno, ni palabras justas para un momento como este. Pido paz y luz para quien fue tan creativo que no hubo nada de lo que hiciera que no tuviera real trascendencia; poesía, crónicas, acercamientos a la música y sus protagonistas, producción de discos, guiones para el cine, la televisión y la radio, cerámicas y dibujos. A su hermana y sobrinos, personas que quiero, a sus amigos y lectores mi más sentido pésame.
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Camilo Venegas Yero, escritor y periodista
No, Sigfredo, tú no. Si alguno de nosotros merecía llegar a viejo, a muy viejo, para contar de verdad quiénes fuimos, ése eras tú. Siempre pensé que no envejecías por eso. Primero la noticia no me cabía en la cabeza. Después, cuando ya no me quedó más remedio que aceptarla, la tristeza no me cupo en el cuerpo.
Anoche tuve que batirme con un enorme murciélago. Es la única vezFrancis que ha entrado uno a la cabaña desde que vivimos en la Loma de Thoreau. Nos habíamos acostado todavía de día (soy un guajiro irremediable). Estábamos viendo la balacera en el O.K. Corral cuando Diana dio un grito de horror.
Pensé que era por miedo a que esta vez mataran a Wyatt Earp, pero las enormes alas negras pasaron sobre nosotros y tuve que mentir: “Es una tatagua, Cucha, yo la saco”. Subí encendiendo luces y abrí la terraza. Fue todo el tiempo detrás de mí. Voló en dirección al bosque, es decir, a lo oscuro.
Diana siempre busca señales en todo y la visita del murciélago la dejó intrigada. Cuando despierte, le diré que era el de Bacardí. Vino a darnos una terrible noticia que Juan Carlos López Popa acaba de confirmarme. “Camilín, qué triste mi hermano”. Casi al mismo tiempo, se abrió la ventana de Aleisa Ribalta.
“Se nos ha muerto un pedazo de cada uno”, puso. Yo me siento incapaz de contabilizar todo lo que he perdido. Aún no había cumplido los veinte y ya tenía el privilegio de emborracharme con Sigfredo Ariel y Bladimir Zamora. Eran encuentros interminables donde no se paraba de oír música.
Solo comíamos si el panadero de los bajos de La Gaveta tenía la conmiseración de vendernos algo. Aquel Sigfredo me deslumbraba. A pesar de que solo era cinco años mayor que yo, su influencia me cambió por completo. Verlo hacer un programa de radio delante de mí es uno de los grandes lujos que me he dado.
En 2011, cuando volví a La Habana después de 10 años, una de las primeras cosas que hice fue abrazarme con Sigfredo y Bladimir. Ahora resulta que han amanecido juntos. Si la sobrevida es cierta, como tanto me insiste Diana, la cumbancha que esos dos deben tener armada no va a acabarse nunca.
Al murciélago que vino anoche lo guié con la luz, esa que tú convertiste en el verso más inolvidable de nuestra generación. “La rumba está formada ya con ellos allá arriba, no dejemos de encender luces por él hoy”, me puso Aleisa. Le haré caso. Así que ya sabes: ¡Ponle el cuño, orquesta Aragón!
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Damaris Calderón, poeta, narradora y ensayista
Mi amistad, mi hermandad con Sigfredo Ariel esta ligada con los viajes, los trenes de provincia, Gabriela Mistral, la poesía. Lo conocí en un encuentro nacional de Talleres literarios en Santa Clara, cuando yo tenía 15 años y él 19. Llevaba sus poemas espléndidos, llevaba una página impresa con sus dibujos, que imprimía el mismo y me regaló, y luego, cuando yo me iba en el tren de regreso a Jaguey me regalo un libro de una poeta, que, según el, creía que me podía gustar. La poeta era Gabriela Mistral, en una antología de Casa de las Américas, que devore en todo el camino, y cuando llegué a mi pueblo, llegué conversa y arrasada por aquella poesía. Quedamos así, enlazados, hermanados, en la niebla mistraliana, y en la neblina habanera. Electra y Orestico, en toque de clave, partida en dos, con humor. Luego nos seguimos escribiendo, manteníamos correspondencia, nos reencontramos después, llegando a La Habana, cada uno a su manera, en los años 80, en tanto cuarto de alquiler, en tanto tugurio, en tanta cama nomade. Y en el tiempo, el diálogo con mi hermano, Sigfredo, Orestico, ha sido prolongado, espaciado, nunca interrumpido. Cuando volví a La Habana, en 1998, me esperaba con una cerámica hecha por el, una carta del tarot, Los enamorados, y su mejor camisa blanca, me dijo. Sigfredo además de dibujar, hacía unos pueblos increíbles, en cerámica al horno, pueblos de cuentos, medievales, renacentistas, pueblos de las provincias de Cuba que él vio cósmicas y así las escribió en sus versos espléndidos. Con el volvió a resonar Orígenes, la poesía coloquial norteamericana, Eliot, la poesía española, Marti, Casal, la poesía coloquial cubana, la música, el habla de la calle, del bar, de los bares, la costra del país, el polvo, la pobreza, fueron escritos con arpón y mano de zurcudior y mano de orfebre y corazón de criatura que remonta el tiempo. Más allá de la hora violeta. Más allá de la caja torácica. Por ese vinculo con la música sus poemas están llenos de rimas internas, se parten, como una rama, por donde puedan sonar mejor, sus sonetos se pierden, cogen el trillo, no como quien se somete al corset de una forma, sino como quien camina. Con la poesía de Sigfredo, los cascarones del país, volvieron a ser frutos.
De Cuba llegó la noticia que se había muerto. Y al día siguiente, todos los obituarios daban una fecha de nacimiento y de término y escribían en pasado el intolerable «fue». Pero los poetas no se acaban nunca. Le desmontan a la muerte su sintaxis, su gramática. Sigfredo Ariel no «fue» , es, uno de los poetas más importantes e imprescindibles de la poesía cubana. Como el son , como el montuno, que diría Fina, como el mar, como diría Verlaine, que siempre recomienza, Sigfredo Ariel, siempre está llegando.
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Félix Luis Viera, poeta y narrador
Hoy, 26 de julio de 2020, nos llega la mala noticia: murió, a destiempo, y de improviso casi, allá, en La Habana, Sigfredo Ariel, Sigfredito, como lo llamaba la mayoría.
Siempre que muere un poeta, odio más a los tiranos. Y de nuevo busco hacia atrás en el tiempo, y no hallo, no hallo a un tirano que haya resultado un poeta al menos un poquito sobresaliente.
La poesía, la verdadera poesía es el antónimo de los dictadores, los oportunistas, los “revolucionarios de última hora”, los ultrapendejos.
En mi opinión, es con Las primeras itálicas (1997) que Sigfredo levanta el vuelo poético que lo convertiría en uno de los más destacados de su promoción.
Frank Abel Dopico (también fallecido a destiempo), Sigfredo Ariel, Arístides Vega Chapú (1964) y Norge Espinoza (1971) resultan un cuarteto de poetas de raza nacidos y criados —y criados, que esto es muy importante— allá, en la ya lejana quizás para siempre, ciudad de Santa Clara.
A continuación, un poema que escribí en 1989, que explica lo mucho que podría decir en esta nota, en cuya dedicatoria consta Sigfredo Ariel.
Oración por un joven poeta de provincia
A Arístides Vega Chapú
Heriberto Hernández Medina
Joaquín Cabeza de León.
Sigfredo Ariel
Madre Poesía, no permitas
que ese humo de estraza lo disloque,
esos hipocuervos miren por sus ojos,
esos festones de terciopelo
hagan sus colores.
No permitas
que esos loros clandestinos
digan sus palabras, ni dejes
que escuchen las suyas.
Ampáralo de los cancerberos y guardianes
que tienen la celda y las cadenas listas.
Líbralo de los moscardones que esculcan sus papeles.
Escóndelo, Madre, debajo del pétalo que Aquellos desconocen.
23 de julio de 1989
–***–
Francis Sánchez, poeta, narrador, ensayista y editor
Falleció el joven poeta cubano Sigfredo Ariel, a la edad de 58 años, este domingo 26 de julio, en La Habana.
La noticia me ha asaltado de un porrazo.
Acerca de su importancia literaria, más que evidente y reconocida, así como la diversidad de su talento (dibujante, musicólogo…), quizás haya poco que agregar.
Últimamente me falta tiempo para apuntar sobre temas incluso que me urgen, y que se me acumulan, pero creo que no debo dejar de zurcir ahora dos o tres palabras.
Tenía la cualidad de ser alguien que aportaba una juventud permanente a lo que hacía. Sabías que era un muchacho preparado para aguantar una bola de años a la espalda, o esmerarse en temas y acervos culturales añejos, del gusto por la nostalgia, y seguir encabezando la frescura de una generación poética que rompía, abría, dejaba pasar la luz hacia y desde el interior de la isla.
No fuimos amigos. Tal vez incluso estábamos condenados a nunca serlo por determinados fatalismos. Quedamos en esquinas opuestas tras alguna «crisis» que se formó en el solar de esa maldita circunstancia llamada Cuba.
Sin embargo, mi recuerdo es el de una persona siempre amable, presta al cariño, que te reclamaba y agradecía un gesto de dulzura en medio del espanto.
Con esa amabilidad, me recibió un día en su hogar en La Habana y accedió a ilustrar mi poemario nuez sobre nuez —así, en minúsculas— por la editorial Sed de Belleza, en su ciudad natal, Santa Clara, en 2004.
Sus figuraciones me acompañan desde estonces. Miniaturas, puntadas, alfilerazos sugerentes en forma de barcos y ramas trazando un puente desde la claridad del Egeo a la del trópico.
Luego, accedió más, cuando le pedí autorización para convertir el dibujo de la portada de aquel libro en el identificador de un proyecto que por entonces empezaba a tramar, la revista Árbol Invertido, fundada al año siguiente, la misma que aún me roba el tiempo y las ganas quince años después.
Me veía acuciado entre unos versos de Ileana Álvarez («volverme pies arriba, / ramas adentro, / raíz al cielo») y el símbolo de su arbolillo sacado de la propia entraña con la sencillez de un trovador medieval que enseñaba un zurrón o un truco de saltimbanquis en cualquier pueblo del camino.
Es lo que debo decir, antes de que acabe el día, con gratitud.
Hermano, asere, poeta, que la luz del camino te envuelva y te mantenga a salvo de todo otoño.
–***–
Joaquín Borges-Triana, periodista y crítico
(Fragmento)
Me parece que fue ayer cuando hace más de 35 años, Bladimir Zamora me presentó a Sigfre, como tiempo después comencé a llamarlo. Fue en una de las emisiones de un recital de poesía y trova organizado por el Blado bajo el nombre de “Ejercicios del corazón”. Hacía escaso tiempo que había arribado a La Habana procedente de Santa Clara, de donde había tenido que marcharse dado que en 1980 había sido “depurado” de la universidad villaclareña por los consabidos problemas ideológicos de siempre, en una de esas cíclicas y tristemente famosas asambleas de la moral comunista y la universidad solo para revolucionarios.
(…)
En La Habana Sigfredo se vinculó al grupo de creadores asociados a lo que se llamó “nueva poesía cubana”, de la cual en 1984 se publicó la recordada antología Usted es la culpable, armada por el ex caimanero Víctor Rodríguez Núñez y donde se incluyeron versos de Sigfredo, junto con nombres como los de Ramón Fernández Larrea, Osvaldo Sánchez, Raúl Hernández Novás, Bladimir Zamora, Reina María Rodríguez… A partir de entonces, la historia de Sigfredo resulta mucho más del dominio público.
En ese camino, no puedo obviar su etapa en Radio Ciudad Habana, durante el período en que un grupo de jóvenes creadores no solo cambió el perfil de esa emisora sino el de la radio en Cuba en un momento dado y del que ya no queda nada. Él fue el primero de todos nosotros en incorporarse a dicho proyecto y también fue el último en irse. Allí entró gracias a Albis Torres, que lo puso en contacto con el funcionario de turno en la Dirección Provincial de la Radio, si mal no recuerdo de apellido Toledo.
Fue así que este señor le propuso trabajar en el horario de madrugada, en un programa llamado “En directo”. Estuve en la cabina de transmisión del quinto piso del edificio ubicado en N 266 en varias emisiones de aquel espacio, al que los oyentes desvelados o que trabajaban como custodios llamaban para solicitar la peor música del mundo. No obstante, Sigfredo colaba entre aquella bazofia sonora uno que otro tema de valía, como por ejemplo, las primeras grabaciones hechas por figuras hoy muy populares como Carlos Varela o Polito Ibáñez, cuando este último aún se llamaba Carlos.
La feliz historia de lo que sucedió después en Radio Ciudad con Edelsa Palacios como directora de la emisora y José Hugo Fernández como jefe de programación es harto conocida. Empero, ya se sabe que el recreo dura poco y lo que era más que un eslogan, “Radio Ciudad: la diferencia”, murió y no precisamente de muerte natural. Por el amor a la radio, Sigfre se mantuvo allí hasta entrados los noventa, cuando el clima en el lugar se hizo irrespirable, por cosas como tonterías al corte de la mala interpretación que alguien con poder de decisión hiciese de una cuña promocional que se le ocurrió y que decía: “Radio Ciudad, tu casa en el aire”.
(…)
¡¿Y qué expresar de las maravillosas notas discográficas hechas por Sigfredo para diversas producciones fonográficas?! A ellas llegó por iniciativa de nuestro gran amigo Jorge Rodríguez, la persona que mejor conoce los archivos de la EGREM. Proyectos como el de Las voces del siglo llevan la rúbrica de Sigfredo, algo que fue una de sus mayores alegrías, incluso más que los numerosos Premios Cubadisco que obtuvo.
Cuando alguna vez le pregunté cuál sería la canción que desearía tener consigo en una Isla desierta, me sorprendió que su respuesta coincidía con mi propia elección: “Villa de París”, del desaparecido Raúl Ciro, otro de los hermanos que me ha concedido la vida, pero que en un instante no pudo resistir más y optó por el suicidio. Esa composición evoca momentos claves de la historia de este país, sobre todo los vinculados con la sempiterna crisis aquí vivida, pero no desde lo manido sino desde la perspectiva de reafirmación, no a la tierra o a la permanencia dentro de las fronteras nacionales, sino a partir de quién es uno como individuo y qué es lo que queremos. Al que no la haya escuchado, le recomiendo hacerlo en cuanto pueda para que aprecie una auténtica declaración generacional o documento colectivo, concebido no como un simple panfleto.
Ahora Sigfredo ya no está, no soñaremos con la publicación que ambos deseábamos hacer tras la experiencia que vivimos por un breve tiempo con la Revista de Música de la UNEAC, no podremos beber de lo lindo en el patio bar de la EGREM en compañía de Jorge Rodríguez, hablar de lo humano y lo divino, a veces hasta con cierta dosis de maledicencia, ¿por qué no decirlo?
Empero, su obra está ahí, en señal inequívoca de que nuestra generación (o degeneración, como afirma Eduardo del Llano) ha logrado ofrecer a la Cuba transnacional, plural, políglota y transterritorial por la que él y yo apostamos, una propuesta artística que algunos podrán odiar, pero que nadie, sin traicionarse a sí mismo, podrá desmentir, porque puede trascender el mero equilibrismo territorial, generacional, político ideológico, a sabiendas de que, como el propio Sigfre escribiese en un texto suyo incluido en el poemario Algunos pocos conocidos (Premio David, 1986): se borrarán los nombres y las fechas / y nuestros destinos / y quedará la luz, bróder, la luz / y no otra cosa.
–***–
Norge Espinosa, poeta, dramaturgo y crítico
(Fragmento)
Lo que podría yo decir del poeta Sigfredo Ariel, ante la noticia de su muerte, no puede desligarse de lo que pienso hoy sobre la persona que fue. Se dedicó, en esos poemarios sucesivos, a vernos y a verse con agudeza y buen oído, con esas rimas internas suyas tan características, con esa voluntad tan particular de entenderse en los rostros y los gestos y los deseos de los demás. El fantasma de Julián del Casal le permitía adivinarse en ese reflejo finisecular para deshacer las cuentas de su propio ir y venir de una ciudad o una casa a otra. La nieve que cae, vista desde la oficina del registro, era de algún modo una afirmación de lo por venir, presagiado en la luz que quedará, “y no otra cosa”. Rara vez sus textos se hacían extensos, como en “Menta”. Tenía el don de la metáfora, y un vocabulario amplio que se proveía de lecturas muy distintas, como demostró al regalar a Antón Arrufat un conjunto de poemas inspirados en el drama griego. Escribió mucho, y aún deben quedar inéditos. Su primer libro póstumo ha de ver la luz en Santa Clara, en la que ganó el premio Fundación de la Ciudad, y eso de modo irremediable hace pensar en un regreso a los orígenes. Figúrate se llama el volumen de testimonios sobre música popular cubana con el que obtuvo ese galardón. Pero lo cierto es que Sigfredo, a su modo, no dejaba de volver a su ciudad natal. En cuerpo y en espíritu, porque los escritores de esa plaza lo evocaban constantemente y con algunos mantuvo amistades que superaron décadas y muchos recelos. Su nombre aparece como impresor de Brotes, el boletín del taller literario Juan Oscar Alvarado en el que algunos de esos nombres, hoy muy respetados, vieron sus primeras obras en blanco y negro. Fue allí donde nos vimos por última vez, antes de imaginar, ante el parque Leoncio Vidal, que sus preguntas sobre la salud de mi madre se transformarían en interrogantes mías acerca de su propia salud, cruzadas a veces con Laidi Fernández de Juan. Fallecieron, mi madre y él, con apenas días de diferencia. Aprendo a sobrevivir la ausencia de ambos, y por cuestiones de pura fidelidad es que me levanto a evocarlos, bajo el cielo de Santa Clara.
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Odette Alonso Yodú, poeta y narradora
Lo bueno, Sigfre, es cómo vuelves a juntarnos alrededor de ti, del hermano que siempre has sido, del mejor poeta de la generación; lo malo es lo lejos que estamos todos, cada uno llorándote desde nuestras propias soledades.
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Raysa White Más, escritora, periodista y artista audiovisual
Se nos murió Sigfredo Ariel. Su cuerpo comenzó a ser parte del polvo tantas veces anunciado.
La poesía no ha muerto, sólo está de luto. Uno de los canarios, calló. Y así iremos callando tomeguines, gorriones. No habrá jaula para tanta soledad.
En puntitas de pie se va el cadáver. Pónganle la banda del Benny Moré. Póngansela bajito. Le desespera la estridencia.
Cuánto dolor no haberte visto en tantos años y sentirte por la humedad a flor de piel, querido Sigfredo, más que amigo, más que hermano, porque entre tú y yo habrá, en todo momento, un lugar más allá.
Eras mi confidente. Yo pienso que el de todos. El día que aprendimos a mentir lo hicimos juntos. En aquel cuchitril de mentirosos dos ángeles mirábamos el mundo desde el cielo y decíamos: ¿Te tiras? ¿Me tiro? Y apretados de la mano comenzamos a mentir. Primero fue un reproche y luego nos moríamos de la risa.
Tu verso se escondía bajo una oscura bestia disecada, caminando con cierto desparpajo, como que nada sucedía. La palabra escudriñaba a uno y otro lado, con ese miedo torpe a quedar descubierta. Entonces, se quitaba la camisa, la palabra, el pecho ralo se envalentonaba, soltaba diez o quince líneas, en perfecta elocuencia. Has logrado el poema, te decía. Buen poema, me decías. Nada nos importaba que ese mínimo triunfo. Agarrar el caballo por el cuello y someterlo a besos.
Podíamos escribir diez, quince libros, Dios nos había tocado.
Después vino la vida a joderlo todo.
¿Valía la pena vivir bajo los pies de tantos traficantes?
Aprendimos.
A mirar y hacer la vista al lado. No era difícil. Sólo mover los ojos. Y… camina… camina. ¿Por qué sentirnos miserables? Si a la segunda calle nos habían asaltado.
Aprendimos.
Que a veces ni una mano puedes pasar al compañero porque nace una intriga.
Los años comenzaron a correr sin darnos cuenta.
Y llegó el día en que, llenos de moretones, nos dimos un abrazo. No éramos nadie, pero triunfamos. Habíamos conseguido saltar sobre la masa de estiércol y abrazarnos de nuevo. Entre el chisme y el olvido, la vanidad y el odio. Las manos se apretaban, cómplices.
Hoy me quedo como todos que no saben cuándo les llegue el día, contemplando el paisaje que, ahora mismo, es sólo una pared. Y me viene a la mente aquella historia ¿Tú te acuerdas? Cuando nos convertimos en fieras para comprar el té en casa de los rusos.
Y sonrío porque, a pesar de todo, me cabe el privilegio de echar algunas lágrimas en la taza donde bebo el café.
Cuántos secretos, Poeta. Se nos quedan tantas cuentas por pagar.
Hoy los jóvenes aprenden pronto a ser perversos. Cambian rabia por lágrimas y versos por pistolas. No tienen respeto de la vida ni el tiempo. Hay modos de ofrecerse. Ya no se siente como un acto de osadía correr a casa de los rusos. Todo lo ven más simple. No hay discusión, no hay diálogo. El tesoro más grande es inmolarse. No hay té para el amor.
Publicado originalmente en: Akeru noticias
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Reinaldo Cedeño Pineda, periodista, poeta y crítico cubano
No recuerdo el día exacto, el año. Todo se difumina: el tiempo, la memoria, la fatiga. El instante sí, ese está detenido, está a salvo. Vuelvo a las escaleras, atravieso el pasillo casi en el aire. Toco. La Habana en ruinas y sin embargo… Sale aquel muchacho que ha descrito la vida en cinco versos: El primer sentido de la boca es menta/ Mejor, hoja húmeda de menta en la mano del niño/ Que la sorprenda al borde de una raya de agua/ y luego conozca otras de aroma, amargor/ y de acidez distintas.
Y aquel muchacho y yo hablamos. Más música que verso. Se hizo tarde, cantamos como Elena canta a Marta Valdés: Llora por los amores viejos/ que se quedaron lejos/ y que tal vez añoras. Reparé en aquel objeto, en su mínima aguja queriendo rozar un disco pequeñito. El premio Cubadisco. “Te lo regalaría, pero tú vas a tener uno”, me dijo sin más. Y pasó un águila, pasó todo lo que tenía que pasar. Ahora que veo la aguja diminuta sobre un libro, pienso en él, pienso mucho en él.
Los poetas son oráculos.
Cuando decidimos refundar la revista Caserón del Comité Provincial de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (Uneac), en Santiago de Cuba, le pedí un poema. Inédito, me atreví. El autor deHotel Central,Manos de obra, de Born in Santa Clara,nos acompañó en el parto. Era un caballero de múltiples locuras, como debe ser. Escribió con delirio, con rabia, con la memoria inconsolable, acerca de las grandes voces de la música cubana. Escribió guiones para radio, cine, televisión. Hizo las entrevistas del célebre ―inevitable y polémico― film de Win Wenders sobre el Buena Vista Social Club. Diseñó, pintó, resistió con lo que tenía a mano.
El poeta santaclareño ganó el Premio David en 1986. Aquellos 80 fueron pródigos. Ganó el Premio Uneac de poesía Julián del Casal. Ganó el Premio Nicolás Guillén. ¡Qué nombres junto al suyo! Uno podría impresionarse, pero la poesía no puede medirse por galardón alguno, la poesía es otra cosa. Nunca es el verso, nunca la palabra: es un soplo, un susto, un salto. Y él, Sigfredo Ariel, tenía de lo uno y de lo otro, a manos llenas.
Vuelvo, atravieso el pasillo casi en el aire. Toco. A lo lejos, al lado, niegan con la cabeza, me advierten que no está. Rezo bajito. Auxílienme, versales al inicio/ de este trozo de papel/ cruzado por azules paralelas, vegas/ de Robaina, carbonícenme, adjetivo/ y adverbio, enemigos míos, gerundio/ mal parqueado a sabiendas. Y es mentira, es mentira. Me abre el muchacho, tal vez menos muchacho, en dril, en caqui, en corduroy, blue jean. Y comenzamos a tristear, a cantar como Elena canta a Marta Valdés: Llora, por los amores viejos…
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Vicente Morín Aguado, periodista y profesor
Le llevo cinco años a Sigfredo; lo conocí en Nueva Gerona, Isla de Pinos -siempre fui reticente a llamarla Isla de la Juventud, porque amo la historia-. Yo andaba cerca de los treinta, nos reuníamos casi todas las noches en un pequeño salón perteneciente a Radio Caribe; apenas cabían seis máquinas de escribir sobre mesitas escolares, cada uno tenía su máquina preferida, o simplemente la que le tocara por orden de antigüedad, por herencia o por ocupación súbita al marcharse alguien.
Todos escribíamos para la emisora local; lo mío era Amanecer caribeño, música y breves notas sobre el Caribe; Camaraco, pura historia y costumbrismo de la Isla y algo de curiosidades de la ciencia y de la técnica. A Sigfredito le gustó mucho el atrevimiento que tuve al extender lo caribeño hasta el Brasil, desafiando los estrictos cánones de nuestros jefes de Redacción, eternos vigilantes de las ordenanzas.
Es que éramos irreverentes, y en eso Ariel iba a la cabeza. Una vez llegó hasta los golpes con otro escritor, poeta y amigo de ambos, Pedro López Cerviño, quien llegaría a director de la emisora, fallecido hace tres años. Pedro era de esos pocos comunistas que resisten una confrontación seria con los estatutos de su propio Partido, y decir esto es mucho decir, porque desde Lenin a Fidel Castro, casi ninguno soportaría enfrentarse a la conducta escrita que juraron cumplir.
Sigfredo de irreverente se pasaba, de caustico también, desbordando una fina ironía en sus continuas sátiras. Todos le queríamos, amén de admirar su talento. Nunca olvido sus ingeniosas alusiones a los pitusas, los blue jeans que, en aquella Cuba aislada del mundo, Isla de Pinos mucho más, eran artículos caros, a la vez semiclandestinos.
Las marcas comerciales se comentaban trastocadas por figuras de la literatura, así aparecían frases como vestir un “Guillén”, y alguien jaraneaba: qué va, si me vendes un “Lezama”, te pago el sueldo de este mes. La conversación podía llegar hasta un carísimo “Borges” o la ironía de preguntar: ¿Cuál Guillén? ¿El bueno o el malo? Porque el bueno aludía al español Jorge Guillén, y el malo, ya saben ustedes quien era.
Aunque yo tuviera un lustro de tiempo vivido mayor al de Ariel, él estaba mejor informado del mundo farandulero, de los avatares del quinquenio gris, y de muchas cosas sobre el complejo ambiente cubano en el terreno de la cultura artística-literaria. Yo había crecido en el cerrado universo de un becado, desde los 8 años en aquella Isla que Fidel Castro había declarado “primer territorio comunista de Cuba”.
Hubo discrepancias, ya que no era fácil abrir la mentalidad fuera de la estrechez conceptual que el Comandante había decretado en 1961: “¿Cuáles son los derechos de los escritores y de los artistas, revolucionarios o no revolucionarios? Dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, ningún derecho.”
Pero la irreverencia, el recurso de la duda, el cuestionamiento, nos unían en aquellas madrugadas de tecleo incesante. Allí nació no solo la primera poesía de Sigfredo, el pequeño grupo contaba con nombres posteriormente notorios por obra y gracia del Servicio Social obligatorio para los graduados, de los contingentes juveniles enviados a la recién bautizada Isla de la Juventud y hasta de las ventajas que ofrecía el quedarse si usted necesitaba un apartamento.
Junto a Cerviño recuerdo la poesía de Ramón Font (Monchi), Francisco Mir (Paco), Soleida Ríos, Manuel Guillén (Guillén de los buenos, aunque no alcanzara la fama) y olvidando otros nombres, cierro con los músicos-poetas Renael González y Alberto Tosca.
He citado una pléyade de premiados dentro y fuera de Cuba, todos cabían en Radio Caribe, porque el comunista Cerviño, aunque peleara sus conceptos, no aplicaba represalias institucionales contra los demás y hasta donde le alcanzó la mano, arriesgó su lugar por los derechos de cada cual, nunca bien entendidos, ni siquiera por él mismo.
Excepto Renael, todos viven en el parnaso. El brillante abogado Miguel Palencia, desde la Islita de Pinos de nuestra niñez escolar, a cada rato saca a relucir en Facebook un papel estrujado con la escritura descolorida de esos nombres, y de otros que vinieron después; piezas museográficas si un buen día se reconociera la valía de aquellos “ochentas” en la Isla de los muchos nombres: Camaraco, Evangelista, Isla del Tesoro, Siberia de Cuba, Isla Presidio, Primera región comunista de Cuba de Fidel Castro…
Soy un sobreviviente, aunque no un poeta. A donde quiera que vaya, me llevo los versos de Sigfredo Ariel, puesto que quiero contagiarme con la inmortalidad de los rapsodas.
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Wendy Guerra, poeta, novelista y actriz
Clausuro para siempre Jovellar 111. Ya no está «La Esposa del Murciélago» ni Omar Pérez o Victor Fowler Calzada, Antonio José Ponte, Carlos Augusto Alfonso, Vladimir Zamora, Ernesto el Perestroiko, Emilio García Montiel, Ramon Fernandez-Larrea, Armando Suárez Cobián,Atilio Caballero o Zayda Del Río, ya nadie me regañará por ir vestida como un «mamarracho», no me cocinarán arroz con almejas, ni se destapará el delirante vino rumano «la venganza de Ceaușescu» ni mojaré el pan caliente de «La Candial» en borra de café colado una y mil veces. Ya nadie, nunca, me hablará mal y bien del gobierno el mismo día, ni me dibujará estampas de los años 30 sobre la blusa del uniforme, no llegará Aristides Vega de Santa Clara, ni Odette Alonso traerá la revista cartelera para saber a dónde no iríamos ese fin de semana porque JOVELLAR 111 tenía una mejor programación con éxito de público y crítica. No tendré guiños de canciones en Radio Ciudad de La Habana, ni la risa de Alexis Nuñez Oliva y Joel Valdes, Dagoberto Pedraja,Camilo Egaña, Ernesto Fundora,descifrando el origen de las citas, no recibiremos las cajas de plátanos del «interior». Ya no me acostaré en el sofá «Goyúm» con los muelles por fuera a escuchar las placas que a René Espí Valero le dejó su padre, sonidos de La Orquesta Casino de la Playa, Maria Elena Escalona no vendrá esta noche a robarnos a Sigfredo Ariel para llevarlo a su cuartico de El Coppelia, ni dormiremos todos juntos en la Barbacoa para que mami termine de una vez y entregue con urgencia «Palabras Contra el Olvido». Como diría la gran Reina Maria Rodriguez, «YA NO», y por eso, Albis Torres Gómez de Cádiz Silva, como aquí ya no hay nadie y me han dejado hablando sola, hoy, día en que Sigfredo fue a buscarte, declaro cerrado para siempre Jovellar 111 entre Espada y Hospital.















