Ya cercano el décimo aniversario de su desaparición física, me resulta grato evocar [en mi columna de la Web OtroLunes, de mi apreciado colegamigo Amir Valle] al dramaturgo, guionista radial y televisivo, director, actor, declamador, presentador de programas, narrador y cantante Héctor Quintero, uno de los autores escénicos de la Isla de mayor calado, por no pocos rasgos peculiares que validan su creación, entre otros: la honda cubanía, el amplio dominio de las leyes escénicas, la agudeza sicológica de sus personajes y su relevante labor como comediógrafo, por la que devendría el mayor del siglo pasado.
Nace una estrella
Nacido en La Habana el 1º. de octubre de1942, fallecería el 6 de abril del 2011, y su ausencia todavía se siente entre los miles de fans de su teatro, no obstante dejar un vasto repertorio, en el que figuran dos de sus clásicas comedias: Contigo pan y cebolla (1962, Mención del Premio Casa de las Américas 1963 y estrenada en febrero de 1964 por el grupo Teatro Estudio). Desde entonces la icónica pieza se ha mantenido en las carteleras nacionales y se ha estrenado en numerosos países de América, incluido los Estados Unidos, en versión bilingüe, bajo el título de Rice and beans (Arroz y frijoles).
La otra es El premio flaco (1964, que no solo le merecería otra Mención en el Premio Casa, sino sobre todo el codiciado Grand Prix del Concurso Mundial de Obras Teatrales, auspiciado por el Instituto Internacional del Teatro de la UNESCO (ITI), en París, otorgado por un jurado del mayor prestigio, integrado por figuras internacionales, como el dramaturgo rumano-francés Eugène Ionesco y el dramaturgo y poeta británico Christopher Fry, entre otras.
Gracias a este significativo lauro, El premio flaco es traducida y distribuida en todo el mundo, por lo que ha merecido más de una docena de traducciones y ha sido publicada y representada en decenas de países de América y Europa, incluso en versiones de teatro musical para el teatro Massoviet, de Moscú, y la ópera de Plovdiv, Bulgaria.
En Miami: ¿La última puesta?
Por cierto, solo pocos años atrás, en Miami sería ¿la última puesta? de una de sus gustadas piezas: Si llueve te mojas como los demás, a cargo de la Compañía Havanafama y su director Juan Roca, cuya propuesta, extrapolada a nuestra ciudad, no convenció del todo, por las diferencias entre la paupérrima vida habanera y la de Miami, tal escribí a propósito en la especializada web teatroenmiami.com, del igualmente dramaturgo Ernesto García. En mi columna en esa web —que muchos extrañan por la actualización que mantenía entre especialistas, estudiantes y público—, escribí lo siguiente:
Los espectadores agradecieron la puesta, por los típicos mecanismos facilitadores de la risa, comunes en los variados títulos del experimentado Quintero. La «historia» de parejas vecinas de disímiles generaciones y sus respectivos problemas, constituyeron el pivote argumental de la obra original, como de la adaptación y puesta de Juan Roca, solo que el realizador hizo ligeros pero definitorios cambios en el ámbito donde se desarrolla la trama, como otros que veremos a continuación.
En consecuencia, si en la pieza original las acciones acontecían en La Habana de los ‘70, en esta adaptación suceden en el Miami actual. De hecho, se habla de tarjetas de crédito, IDs y (rebajas) especiales, entre otros aspectos no dables entre la mayoría de los cubanos, sin acceso a dólares.
A pesar del tradicional proverbio esgrimido por un personaje («no hay mejor hermano que el vecino más cercano»), son los propios vecinos quienes complican (y enriquecen) la rica línea argumental, y —tal ocurre en determinados barrios de países caribeños (v. g. Cuba), donde se vive puertas afuera, echando por la borda la requerida intimidad familiar— aportan a la pieza elementos «negativos», pero sustanciales porque dimensionan lo cómico en divertidos rasgos.
Así, resultan decisivos la envidia, el ruido vocinglero, el chisme y las discusiones entre parejas y vecinos, por solo mencionar algunos aspectos tipológicos, que posibilitan los enredos y situaciones, causantes de la continua risa del público.
Los personajes asumen tópicos característicos, y son encarnados con visos farsescos-grotescos, muy acordes con la poética quinteriana, que no poco le debe a la mejor escena vernácula nacional, como al teatro del absurdo. En tal sentido, cada una de las parejas se identifica con posibles personas reales, gracias a sus sicologías comprobables. Vale el ejemplo del anciano matrimonio a cargo del experimentado Jorge Ovies y Yanet Caraballo): él muere en la pieza original, mas no en la presente adaptación, pero se mantiene el tedio/rechazo u ¿odio? cotidianos entre ambos.
Otra pareja, asume (con logradas caracterizaciones de Julie de Grandy y Carlos Fontané) otros conflictos: él, cuando joven, era apuesto y anunciaba una marca de dentífrico; ahora, ya mayor, intenta ocultar su calva y la caída de sus dientes; no obstante, ella apoya a su marido y, por ello, se busca problemas por su bondad.
La pareja joven (asumida por Tamara Melián e Isaniel Rojas) acierta en sus sicologías: ella, superficial, es malcriada y tontuela; él, aunque la quiere, peca en su aparente amor exagerado. Otra pareja joven de recién casados (Myriam Amanda y Ernesto Jam) pesa menos en la trama por su menor complicación argumental, pero funciona y convence por sus hábiles desempeños.
Tres personajes «aleatorios» completan el amplio y bien provisto elenco actoral: el amigo de una de las parejas jóvenes, interpretado con acierto por la camaleónica Belkis Proenza (a quien disfrutamos trasvestida en su chaplinesco personaje); el inquieto/nervioso joven trabajador de Alejandro Gil, cuyo talento y vis cómica corroboran su calidad y —en la despedida musical— la breve pero atinada aparición de la veterana actriz, modelo y locutora Mireya Suárez, quien —en los inicios del canal de Gaspar Pumarejo, uno de los fundadores de la TV en Cuba— sería llamada por el popular presentador y locutor español para participar en su programa Escuela de Televisión S. A., y, además, actuaría en la mítica Sala Idal, del notable comediante Idalberto Delgado.
Varios índices resalté en la atinada realización, gracias a la pericia de sus responsables: la sencilla pero apropiada escenografía y ambientación de Alejandro Galindo y el propio Roca, el maquillaje de Adela Prado, las luces y el sonido del también actor Paut William, la coreografía de Belkis Proenza y la dirección musical de Julie de Grandy.
Momentos
Me place evocar mis años en la Enseñanza Artística como profesor de Historia del Teatro Cubano en la Escuela Nacional de Artes Dramáticas, de la Escuela Nacional de Arte (ENA), cuando disfruté mis clases sobre su obra, en las que exponía los múltiples valores de sus piezas representadas en los mejores escenarios capitalinos, como Teatro Estudio y, más tarde, Teatro Musical de La Habana, llenas a plenitud de espectadores, atraídos por sus piezas, entre las que recuerdo no solo las mencionadas, sino también Los muñecones (1967, con la que inicia su profusa labor como realizador), Los siete pecados capitales (1968); su exitosa versión de Los cuentos del Decamerón (1969, que superó las trescientas funciones); Mambrú se fue a la guerra (1970), Si llueve te mojas como los demás (1971); Paisaje blanco (1973, versiones teatrales de los cuentos rusos: «La dama de Pique», de Pushkin, «El abrigo», de Gogol, y «La obra de arte», de Chejov); el espectáculo satírico musical Algo muy serio (1976); la comedia sentimental La última carta de la baraja (1978) y la versión musical de la propia obra: El caballero de Pogollotti (1982), publicadas y representadas en Alemania. Su amplia producción de espectáculos musicales abarca desde la comedia hasta la revista e incluye memorables títulos como los ya apuntados, así como Esto no tiene nombre (1980) y Estoy aquí (1990).
Pero hay más, porque no puedo olvidar en el asombroso repertorio de obras —cuya amplitud evoca al «Fénix de los Ingenios», Lope de Vega— el monólogo Aquello está buenísimo (1986), Sábado corto (1986, Premio «Santiago Pita»); Te sigo esperando (1996) y El lugar ideal (1998).
Por la calidad de su producción (dominó todos los géneros) y popularidad, todas sus piezas han sido publicadas en Cuba y el extranjero en varias ediciones agotadas.
Fue sin duda el más popular de los dramaturgos cubanos (Algo muy serio alcanzó la cifra récord de cincuenta y dos mil espectadores en ciento doce representaciones), capaz de colas ante las taquillas por seis meses. Fue, además, el legítimo heredero de la escena vernácula y, a un tiempo, un comediante de un alto sentido musical y teatral, con una reconocida capacidad para transformar en hecho escénico cualquier detalle doméstico, por mencionar algunas de las virtudes de quien constituyó, a no dudarlo, un genuino fenómeno de la escena cubana desde los ‘60s hasta su fallecimiento.
El hecho de haber incursionado en la actuación desde la infancia, definiría su exitoso futuro como intérprete y dramaturgo. Talentoso actor, integraría los colectivos teatrales Milanés, Conjunto Dramático Nacional y, en particular, el decano Teatro Estudio, dirigido por Raquel y Vicente Revuelta, del que además sería uno de sus realizadores decisivos hasta su paso al Teatro Musical de La Habana, del que también sería director general y artístico.
En esta agrupación, asimismo, dejaría otro momento definitorio en esta peculiar manifestación nacida en la Europa decimonónica, pues hasta su presencia y ardua labor en el popular coliseo de las calles Consulado y Virtudes de Centro Habana (que fundó y lideró durante doce años), nunca hubo tal asistencia de espectadores como la lograda con sus producciones que hicieron historia en la escena cubana.
Ya desde Contigo pan y cebolla marcaría su quehacer con el inconfundible sello «Quintero», quien prestigiaría la escena nacional como presidente del Centro Cubano del Instituto Internacional de Teatro [ITI], de la UNESCO, pues se convirtió en el idóneo representante de la escena cubana. Años más tarde sería, además, reconocido con el Premio Nacional de Teatro 2004.
Se desempeñó durante tres años como vicepresidente de la Asociación de Artistas Escénicos de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) y dirigió el Centro de Teatro y Danza de La Habana por dos años.
En 1998, presentaría sus espectáculos bajo el rubro de la Compañía Teatral de Héctor Quintero, y al año siguiente sería nombrado director artístico del Complejo Turístico-Cultural Dos Gardenias. De su extenso reconocimiento internacional, selecciono sus seis viajes a los Estados Unidos, donde estrenara El lugar ideal y un espectáculo con fragmentos de varias de sus obras en el teatro Gala, de Washington D.C.
La última y exitosa entrega sería Monseñor Bola, espectáculo-homenaje por el centenario de Bola de Nieve, escrito y dirigido por él en la Sala Hubert de Blanck, donde estaría entre febrero y marzo del 2011, cuando el autor de esta breve y honesta evocación de Héctor Quintero, esperaba con su esposa ansiosamente la salida de la Isla Cárcel, por lo que no pudo asistir, pero según supo fue un valioso espectáculo, como todos los de nuestro apreciado amigo.
También al cine
Durante los últimos años, sus dos canónicas piezas han sido llevadas al cine por el talento singular del también cubano de Juan Carlos Cremata, quien, asimismo, director teatral, debió venir a Miami —donde reside desde pocos años atrás— tras ser censurado por el desgobierno cubano, que clausuró su espacio escénico.
Sí, tanto Contigo pan y cebolla como El Premio Flaco gozan de dos puestas a la pantalla grande, gracias al valioso Juan Carlos, quien corroboró su lucidez y pericia al llevar con éxito a la cinematografía tan valiosas obras concebidas para la escena.
Agudo director escénico, los valiosos equipos actorales en ambos filmes logran, bajo su honda percepción, personajes creíbles y comprobables en la Cuba profunda de hoy, pues el realizador, con su aguda pupila, vio y posvió (sic. Martí) más allá de la supuesta realidad en que se desenvuelven las tramas, al punto de lograr dos de los mejores filmes realizados en la paupérrima cinematografía cubana de ahora mismo, cuando el cine alternativo es el que mantiene la llama encendida de la filmografía nacional.
Héctor en nuestra memoria
Mi esposa, la ensayista y editora Mayra del Carmen Hernández, y yo, estudiamos en las noches la carrera de Licenciatura en Lengua y Literatura Hispanoamericanas con nuestro querido Héctor —tal siempre le llamamos—, quien, ya desde entonces, con su habitual bonhomía, nos brindó su amistad franca y fiera (sic. José Martí), lo que borra el falso criterio de algunos de sus colegas que envidiaban su talento y, por ello, no soportaban su causticidad solo presente cuando debía enfrentarse con tales autores ¿colegas? que no podían ni verlo.
Lo propio sucedía con ciertos «krítikos» (con K) teatrales, jamás genuinos creadores, quienes no soportaban su teatro popular, pues esos excretores preferían la llamada «metatranca»: cierta «krítica» solo leída y no entendida ni por quienes se devanaban los sesos intentando excretar (no escribir) tales cuartillas confusas, solo para iniciados, que tampoco entendían esos barruntos (barro, fango).
Héctor, sabedor de tales rencillas, se burlaba sotto voce de ellos y los llamaba «esos pobres muchachos» cuando se reunía con nosotros, a propósito de que Mayra del Carmen editaba sus piezas, algo que le satisfacía, por lo que la reconocía y llamaba: «Mi editora preferida».
Si bien durante mi labor como profesor de Historia del Teatro Cubano, disfruté explicando sus obras, también durante mi extensa e intensa tarea como crítico escénico, en varias ocasiones escribí sobre sus estrenos y reposiciones.
Ahora que evoco tales momentos, recuerdo en particular que, en ocasión de que se celebraba no recuerdo cuál aniversario de Contigo pan y cebolla, Héctor me invitó a los festejos que se efectuarían en la querida ciudad de Cienfuegos, justamente en el hermoso teatro Terry, uno de los más bellos de Cuba, y luego festejamos con el querido dramaturgo. Fue uno de esos instantes que siempre recordaré como crítico teatral.
Como asimismo rememoro otras ocasiones cuando éramos sus invitados al Complejo Turístico-Cultural «Dos Gardenias» (del que era el director artístico) y nos recogía en el ómnibus a su disposición. En tal sentido, recuerdo dos noches, cuando las figuras centrales eran dos grandes boleristas: Fernando Álvarez y Lino Borges, tras las cuales se creó una amistad con los inolvidables cantantes, y pude escribir y publicar sendas entrevistas en la hoy casi fenecida revista Bohemia, las que —tras exiliarnos en la Miami del 2011—, serían borradas de la publicación; pero yo las republicaría aquí en el blog Gaspar El Lugareño.
At last, but not least
Envidiado y temido, admirado y repudiado por esos que no le llegaban ni a sus zapatos, su talento le permitió escribir en todos los géneros con maestría impar, por lo que sería reconocido en Cuba y no pocos ámbitos europeos.
Por su ejemplo como honesto creador, su afilada percepción y su cubanía de aliento universal (hoy tan escasa en nuestra pisoteada patria), creí justo adelantarme al 10º Aniversario de su desaparición física el próximo 6 de abril del 2021.

