"Me considero sobre todas las cosas un poeta"

Entrevista con el escritor cubano Alberto Garrido

Por Alejandro Langape

 


En 1984 surge en Santiago de Cuba Seis del Ochenta, un grupo de jovenzuelos que en su acta fundacional se proponía una «búsqueda estilística» y «realizar un trabajo novedoso y arduo en temas hasta el momento vírgenes en nuestra literatura». Alberto Garrido, con apenas dieciocho años, fue uno de esos osados imberbes que se proponían renovar la literatura cubana. Hoy, en nuestro diálogo con este autor, trataremos de averiguar hasta qué punto cree haberlo conseguido y algunos otros detalles de su vida y obra.

 

Alberto, ¿quién era ese muchacho parte de Seis del Ochenta? ¿Cómo empieza tu relación con la literatura y el universo escritural?
La familia Garrido en pleno. De izquierda a derecha: Guido, Ramón, Marlene, Osvaldo, Garrido. Delante, al centro, la madre: Caridad.

La familia Garrido en pleno. De izquierda a derecha: Guido, Ramón, Marlene, Osvaldo, Garrido. Delante, al centro, la madre: Caridad.

Soy un tipo tímido. Hace poco, alguien me dijo que hay alguien arriba ayudándome, muy poderoso. Me hablaba de alguien terrenal, pero sólo recibo ayuda celestial, que es más que suficiente. Soy vago, casero. De pequeño me encantaba jugar descalzo en el patio de mi casa o con los muchachos del barrio. Pero disfruto estar solo. Creo que voy a morirme solo y que se enterarán a los muchos días. Y yo estaré gozándome en el cielo. También soy una criatura de hábitos. Me despierto y mientras preparo mi café, un Bustelo, oro, doy gracias por abrir nuevamente los ojos, por el regalo de la vida, del nuevo día. Luego hago lo habitual: trabajar, leer, escribir. Cuando era niño leía un libro al día, desde sexto grado más o menos. Me leí la colección completa de Enid Blyton, todo Salgari, Verne. Me curé de un tic nervioso del cuello leyendo El viejo y el mar, no me preguntes cómo, sólo lo recuerdo así. Leí El conde de Montecristo mientras estaba postrado en una cama durante seis meses por una descalcificación en las rodillas. Esos fueron los antecedentes. Los mejores libros que recuerdo de ese tiempo fueron Huck Finn, Miguel Strogoff, Los conquistadores del fuego y Robin Hood.

Mi hermano Guido trajo los libros de la universidad para la casa. Los fui escudriñando mientras estudiaba en la secundaria, de manera que cuando llegué a la universidad, ya los había leído todos. Escogí licenciatura en Educación en Literatura y Español por dos razones: para rehuir el servicio militar, que se estaba llevando a mis amigos a la absurda guerra de Angola, y porque ya había estudiado la carrera completa en casa. Un paseo, 4.76 de promedio, y no fui Diploma de Oro porque alguien sospechó con fúlgida pasión revolucionaria que yo no era integral.

Mi primer poema lo escribí a los nueve años. Sólo te lo diré si consigo amarrarte de una silla, para torturarte. Mi primer cuento serio lo escribí en 1981, contra la guerra. Fue el primer texto cubano contra la guerra de África. Se titula “Aldo” y fue publicado 14 años después en un libro que fue finalista del Casa de las Américas en 1989, El otro viento del cristal.

 

Permite que me detenga en uno de los autores que citas: Enid Blyton. En un post en Facebook has incluido a esta institutriz en tu «Dream Team» de autores ingleses, junto a Shakespeare. ¿Cómo influyeron en ti sus libros, que supongo conocieras en sus ediciones españolas? ¿No es un poco extraño que alguien que cita como referentes a Vallejo y Vargas Llosa, también recuerde a esta institutriz devenida eacritora?

La recuerdo como algunos de los escritores de la última generación recordarán a la autora de Harry Potter. Siempre aconsejo a mis alumnos que lean de todo. Hay escritores que te alimentaron el deseo, que te ayudaron a cultivar ese hábito, este vicio necesario. Para mí, uno de ellos fue Enid Blyton. Sé que no volvería a leerla, pero agradezco esa chispa.

 

¿Cómo llega aquel adolescente a la Universidad de Oriente y qué ambiente se vivía allí en el universo de las letras?

Nunca llegué a la Universidad de Oriente. No estudié Filología. Me fui al Instituto Superior Pedagógico Frank País, que no tenía a Daysi Cué ni a Lino Verdecia como profesores, ni a Odette Alonso o Amir Valle como talleristas, pero sí a Carmen, Rosa, Susana, Eliel y otros profesores excelentes. No había un taller literario en el Pedagógico, así que me seguí relacionando con el taller del preuniversitario Cuqui Bosch, que había pasado a la sección nocturna y que dirigía Gladys Horruitinier. Allí estuvimos León Estrada, Marcos González, Ricardo Hodelín, José Mariano Torralbas, Oscar Rojas y otros. En la Universidad de Oriente había un buen taller literario, pero solo estuve una vez en un encuentro.

 

¿Cómo se gesta Seis del Ochenta? ¿Tienen algún mentor, referentes?

Grupo Seis del 80: Garrido, Torralbas, Marcos y Amir.

Seis del Ochenta fue una idea de Amir Valle. No tuvimos como grupo ningún mentor, aunque Torralbas y Amir se carteaban con el chino Heras, y Amir visitaba descaradamente la casa del viejo Soler (el escritor José Soler Puig. Nota del Editor) y de Aida y Jorge Luis Hernández. También fue un grupo atípico: nunca fuimos seis. En realidad, nos reunimos siempre Amir Valle, José Mariano Torralbas, Marcos González y yo. Los otros dos pudieron ser tres: José Manuel Poveda, un poeta excelente que iba mucho menos; Radhis Curie, que nunca fue; y Ricardo Hodelín, que nunca se sintió interesado en el grupo, tal vez porque sus estudios de Medicina le tomaban demasiado tiempo. Leíamos y discutíamos, sobre todas las cosas, narrativa; nos prestábamos libros; nos hacíamos tiritas los textos. Jugábamos al beísbol, o más bien a la chapita en el patio de la casa de Torralbas, donde siempre nos reuníamos. Nos veíamos varias veces en la semana. Teníamos una fiebre por disentir y escribir. Queríamos tocar zonas que el periodismo, si es que lo hubo entonces en Cuba o lo hay ahora mismo, nunca expresaba: la guerra, la corrupción, el exilio. Temas que luego, cuando se rompió el techo de la censura, se convirtieron en gastados y repetitivos, pero que fueron la natural respuesta de quienes nunca pudieron hablar y que cuando se lo permiten, gritan. Esto era peligroso, porque podía condicionar el texto al panfleto de derechas. Pero lo sorteamos bien, porque había muchísimo talento creativo en el grupo.

 

¿De qué búsqueda estilísticas habla Seis del Ochenta? ¿Qué diferencias querían marcar respecto a la literatura anterior?

Comenzaba la década de los ochenta. La literatura de los años setenta en Cuba era vergonzosamente dócil, salvo algunas ilustres excepciones, como el viejo Soler, por ejemplo. Y algunos grandes autores del boom, como Vargas Llosa, Fuentes y Cabrera Infante estaban prohibidos. No sólo queríamos confrontar la literatura de color local, que había caído en el realismo socialista, en el indigente indigenismo, en la arenga, sino insertar todas las técnicas y esa visión desacralizadora de la Historia, contaminada por la multiplicidad de voces, por la polifonía estilística. Si algo grande y bueno tuvo Seis del Ochenta es que cada uno respetó enormemente las voces de los otros, cada uno experimentó diferentes caminos. No como algunos grupos o talleres de algunos lugares de cuyos nombres no quiero acordarme, cuyos autores se copian y repiten, como un alambique clandestino, una fabriquita de escritores.

 

¿Les interesaba únicamente la narrativa? ¿Se plantearon la interacción con otras manifestaciones artísticas? También se habla en su acta fundacional de renovación temática. ¿Qué aspectos de la realidad cubana de entonces les interesaban más?

Fue raro. Prácticamente sólo leíamos narrativa, aunque algunos escribíamos poesía. Creo que influyó el hecho de que Radhis y Poveda casi no fueran a nuestras reuniones, y a que realmente escribíamos muchísima narrativa. Creo que también escribíamos mejores textos narrativos. En mi caso, mis primeros textos serios de poesía salieron en el año 87, mucho después de formado el grupo, cuando me enamoré de una profesora de mi universidad.

 

¿Cuánto influyó en la formación del grupo el movimiento de Talleres Literarios?

Mucho. Nos conocimos porque todos estábamos en los talleres literarios, y todos fuimos a parar al taller Heredia, que coordinaba con sabiduría Aida Bahr. Pero el taller se reunía una sola vez a la semana y teníamos mucha sed de leer y de mejorar. Los talleres nos dieron a conocer muchas cosas buenas y algunas muy malas. Entre las buenas, propició ese carácter generacional, ese impulso vital renovador que marcaría a los llamados novísimos y nos ayudó a quemar etapas. Entre las malas, nos permitió conocer la censura, que muchas veces era también cesura.

 

¿Cuánto pesa en el interés por la renovación temática la aparición del libro de cuentos Los otros héroes, de un muy joven Carlos Calcines y que para muchos marca la llegada de los Novísimos a la literatura cubana?

No sé. Leí el libro tarde. Nuestra fiebre literaria pasaba por el boom latinoamericano y sus antecedentes más importantes, y por los rusos, los norteamericanos y los alemanes, definitivamente.

 

De izq.a dcha: De pie, Maritza Batista, Ramiro Duarte, Guillermo Vidal, Antonio Gutiérrez Rodríguez, Alberto Garrido, Frank Castell y Freddy Laffita. Agachados: Andrés Casanova, Adriano Galiano y Ana Rosa Díaz Naranjo.

De izq.a dcha: De pie, Maritza Batista, Ramiro Duarte, Guillermo Vidal, Antonio Gutiérrez Rodríguez, Alberto Garrido, Frank Castell y Freddy Laffita. Agachados: Andrés Casanova, Adriano Galiano y Ana Rosa Díaz Naranjo.

Vas a cumplir tu servicio social en Las Tunas. ¿Cuál es el panorama literario de esta provincia cuando llegas allí? ¿Nos hablas un poco de la editorial Sanlope y los textos que publicaste con este sello?

Llegué en 1989, por destierro profesional. Pasé tres años en una escuela en el campo, fornicando, bebiendo ron y dando clases, en ese orden, sin escribir una línea. Cuando cumplí los tres años de correccional educativo, me fui y trabajé en varios oficios: vendedor de talco industrial y de dientes postizos, vendedor de libros raros y de uso, corrector y editor.

La Sanlope tuvo varias etapas: una excelente, bajo la dirección de Lesbia de la Fe y Mirtha Beatón, y otras que fueron decayendo hasta lo que es hoy: un nido de víboras dirigido por una retirada de las FAR. En los buenos tiempos publiqué algunos libros que me son muy queridos: La leve gracia de los desnudos (en colaboración con Letras Cubanas), una novela que me ha dado muchas satisfacciones y muchos lectores inteligentes. También publiqué una parte de un proyecto de ensayos sobre grandes escritores cubanos, en el que está una mirada a Tres tristes tigres, a Hombres sin mujer y a los cuentos de Piñera. Y varios poemarios, entre los que destaco Sueños sobre la piedra, por su influencia en la nueva generación de poetas y decimistas cubanos.

 

Hablemos de tu primer libro édito, el poemario Siglos después de las fraguas de Vulcano, publicado por la Editorial Oriente en 1991. ¿Por qué sale en esa fecha, pese a estar concluido desde finales de los ochenta? ¿Por qué debutar con la poesía y no la narrativa?

En el momento en que salió Siglos después de las fraguas de Vulcano, también estaba escrito El otro viento del cristal, que es mi primer libro, comenzado en 1981 y terminado en 1986. Lo había enviado al Casa y por poco le da la patada a la lata al quedar entre los cinco finalistas en 1988. Luego pasó al plan editorial de Letras Cubanas y se estancó hasta 1994, en parte porque fue mirado con temor, casi con miedo, porque hablaba de la guerra de África desde una perspectiva muy crítica (el libro antecedió por años a Cañón de retrocarga, de Alejandro Álvarez Bernal y a Sur, latitud 13, de Ángel Santiesteban, considerados punteros en ese tema), y en parte porque empezaba el Periodo Especial y todo estaba más jodido que de costumbre. En ese contexto, en 1989, envié el poemario al premio José María Heredia y ganó. Publicar siempre ha sido difícil y una de las formas que posibilitaba la publicación de tu obra era ganarte un premio. De esa manera publiqué casi todo en Cuba. Pero me alegra, porque, definitivamente, me considero sobre todas las cosas un poeta.

 

Quiero seguir hablando del poemario, pero las vicisitudes de El otro viento del cristal en el complicado mundo editorial cubano a las que te acabas de referir merecen que nos detengamos en este libro que, al publicarse tu cuento «Desde el jardín» como parte de la antología Los últimos serán los primeros de Salvador Redonet en 1993, estaba en proceso de edición en Letras Cubanas. ¿Qué otras experiencias te aportó tanto como escritor, como en el plano personal?

Algunas de mis mejores experiencias literarias las tuve con El otro viento del cristal. Incluía cuentos que fueron censurados en eventos de talleres literarios y que, de pronto, muchos podían leer. Se presentó en 1994, junto con Matarile, de Guillermo Vidal, en el patio de la Casa del Joven Creador y, literalmente, ambos libros volaron. No quedó ningún ejemplar. Había cientos de jóvenes como yo, leyéndonos. Ese día firmé tantos libros que tuve que cambiar mi manera de firmar. Me encantaba escuchar que se lo habían robado de la biblioteca, aunque no me gustó tanto que alguien también me robara el único ejemplar que yo tenía en casa. Mariela Varona, que por entonces empezaba a escribir, me increpó  de tal modo sobre la muerte de un personaje, que parecía que hablara de un pariente cercano. Y, recientemente, una lectora me envió una foto del libro, claramente manoseado, que conserva como un tesoro  Esas pequeñas cosas que alimentan la vanidad y la breve vida feliz de un escritor.

 

Volvemos a Siglos después… ¿Qué vivencias y/o lecturas motivaron los versos de aquel primer poemario? Desde la distancia, ¿qué pervive en ti del joven Alberto que los escribió?

Vivencias y lecturas, hambres y rabias. El poemario está dividido en tres partes: la primera es más íntima, familiar, erótica, amorosa: expresa esa obsesión por mi padre, mi madre, mis hermanos, que se iban yendo a pedazos, erosionando todo, y por las mujeres de las que me fui alejando por otros exilios interiores. La segunda expresa mis asombros por una visita que hice a Moscú en 1989 (recuerdo que en ese grupo estábamos Manuel Vázquez Portal, Helena Tamargo, Alberto Serret y Chely Lima, entre otros, con quienes me perdí en el Metro de Moscú). Respirábamos los aires de la glasnot, las inscripciones de libertad en los muros de Arbat, que coincidieron con mis lecturas de Heberto Padilla. Así que fue un homenaje al gran poeta cubano de Fuera del juego, bajo la esperanza de un cambio que no llegó a la isla. La tercera parte recoge algunos poemas reflexivos, filosóficos, pluritemáticos.

 

Antes hice referencia a tu aparición en Los últimos serán los primeros. ¿Nos cuentas un poco de tu relación con Redonet y tus colegas novísimos?

Salvador Redonet Cook (La Habana, 1946 – La Habana, 1998).

El Redo arriesgó tanto por nosotros… Nos puso en la mirada de la crítica, dinamitó los espacios literarios hablando con una pasión desbordada de nosotros y nos dio a conocer entre sus jóvenes alumnos para mostrarles que había escritores jóvenes como ellos, rebeldes, iconoclastas, exquisitos y violentos.

Los novísimos, una palabra graciosa, fuimos ese grupo heterogéneo que comenzó a conocerse y a cruzar cartas, llamadas, textos, a partir de los talleres de invierno de principios de los 90. Creo que hubo enormes afinidades porque todos estábamos decepcionados de muchas cosas y teníamos las mismas hambres literarias de violentarlo todo desde la literatura. Ciertos personajes que nunca escribieron nada valioso en ese tiempo (incluso algunos hoy viven en el Monstruo y gritan más que un perico) nos acusan hoy de haber sido panfletarios de derecha, pero es falso. Siempre la voluntad de dinamitar las estructuras, de experimentar y de tocar las miserias más profundas del corazón del hombre estuvieron en los mejores autores. Aunque hubiéramos querido, no hubiésemos podido suplantar a un periodismo que nunca ha existido en Cuba: el de la crítica frontal a sus políticos corruptos, pero lo pareció porque tocamos temas que ponían el dedo en la llaga: la guerra, el exilio, la marginación gay, temas que luego se volvieron ganancia de pescadores en el río revuelto de las antologías, cuando se dieron cuenta de que hablar de ellos no tumbaba a nadie del poder. Sindo Pacheco, Amir Valle, Ángel Santiesteban, Arzola, Torralbas, Urías, Sergito (Cevedo), Guillermo Vidal (que siempre fue un escritor de nuestra generación, en todos los sentidos posibles), Ronaldo Menéndez, Curbelo, los otros Alberto G., empezamos a tener una amistad más allá de los eventos y de los libros. Y hemos tenido a grandes escritores. Y a grandes escritoras.

 

Ya que lo mencionas, formas parte del llamado Ciclo Alberto G del Premio de Cuento de La Gaceta. ¿Cuánto reafirma la vocación de un narrador obtener el más importante premio de cuento que se convoca en Cuba?

En 1993 había ganado en el mismo concurso la Beca de Creación Onelio Jorge Cardoso, con “En el vórtice” (según Félix Sánchez, uno de mis mejores cuentos). Ese año ganó un gran amigo, Francisco López Sacha, el premio de La Gaceta. En 1999 tenía listo el libro que ganaría ese año el Casa de las Américas y no sabía decidirme por cuál cuento enviar a La Gaceta. Me gustaba más el cuento “Relato de hombre al margen” (que se convirtió en la novela El círculo de los infieles, porque sentía, cada vez que lo leía, que había mucha agua en el pozo aún), pero me encantaban todos los entrecruzamientos lingüísticos, culturales y vitales de El muro de las lamentaciones. Así que puse en dos papeles los nombres de los cuentos y elegí un papel al azar. Salió el cuento y ganó el premio. El premio tenía, más que nada, un matiz de calidad literaria. Era un premio que respetábamos todos. Y yo, ese año, tenía al caballo ganador. Si hay tres Alberto G., uno debería ser el bueno, el otro el sucio y el otro el malo. Yo soy los tres: los demás son proyecciones holográficas que la literatura cubana se creyó jjjj. Entre los tres nos hemos ganado todos los premios del país.

 

Una de sus más elogiadas novelas, ganadora del Premio Nacional La llama doble, aquí en su más reciente edición.

Volvemos a Las Tunas, donde viviste por tantos años y repasemos los nombres de sus concursos de narrativa: La llama doble, premio de novela, un concurso de Cuentos de amor. ¿Por qué el erotismo como tema reiterado? ¿Cómo recuerdas tus años en esta provincia?

Creo que fue una estrategia mercadológica que la sabiduría de Lesbia de la Fe, directora del Centro del Libro por aquellos años, acogió y propició. Las Tunas, en mitad de la nada, sin turismo (fue conocido que una gran parte de las prostitutas que pelaban al rape en Varadero y devolvían a sus provincias eran muchachas tuneras), sin lluvias, aparentemente no tenía mucho que ofrecer. Sin embargo, había un movimiento en la pintura (el grupo La Campana) y en la literatura, de muchísima gente talentosa. Con estos concursos y el evento de narradores en la mítica Manatí, querido Manatí, y el premio de poesía Portus Patris, se creó una burbuja que nos defendía del aldeanismo, de la burocracia, de los chivatos e inquisidores, y que nos mantenía unidos en noches de amor, alcohol, poesía y música. Recuerdo a muchos, escritores o no (el gran Carlos Esquivel, Carlos Zamora, Carlos Téllez, María Liliana Celorrio, Frank Castell, Nuvia Estévez, Tony Borrego, Daniel Laguna, Lucy Araujo y Lucy Maestre, Andrés Machado Conte, Osmany Oduardo, Ray Faxas, Acyris Espinosa, Chachi, Ángel González, Lesbia, son muchos, muchos). Grandes amigos y grandes amigas. También viví momentos formidables con el taller La oveja negra, que organicé con gente talentosísima de las que ya casi nada sé. Y recuerdo sobre todo mi encuentro con Dios, tan sorprendente. Y mi trabajo en las misiones, en campos sin electricidad, pero con luz y gozo del cielo.

 

El Premio Casa de las Américas ha estado en la mira de los novísimos. ¿Por qué tanto interés en obtenerlo? ¿Nos cuentas la historia de El muro de las lamentaciones?

El Casa de las Américas es el Nobel de los pobres. Son 3000 dólares y una publicación hermosa, un premio muy prestigioso, a pesar de los oscuros poderes que maneja en las sombras. Para una persona que gana 20 dólares al mes significaría una vida de trabajo. Después se gastan en un suspiro, pero da esa impresión de haber salido de la miseria. Cuando lo gané vivía en un cuartico, acababa de tener a mi hijo Emanuel, y vino como un regalo de Dios. Para mejor suerte, tuvo dos ediciones, una cubana y otra colombiana, porque la última (que debió ser la única) se había retrasado y tenían que presentar el libro en enero de 2001. Así que mandaron a imprimir con urgencia y cuando ya estaba tirado, llegó la belleza de Colombia. Seis mil ejemplares. Si te encuentras alguno por ahí, guárdamelo.

El muro de las lamentaciones, como libro, es un viaje de lo carnavalesco a lo trágico, de la fiesta y la vida a la muerte. Es otro de los libros que me ha dado grandes satisfacciones como escritor, no porque esté en la Biblioteca del Congreso, sino por las opiniones de los lectores, por su influencia en los escritores de generaciones más jóvenes. Como cuento, es una autoficción: escoge lo que creas que pudo ocurrir en el mundo de los hechos reales. El pacto, como todo pacto de autoficción, es negociable.

 

Jurado en diversos certámenes, profesor en talleres y seminarios, ganador de la Distinción por la Cultura Nacional. Alberto Garrido parecía destinado a convertirse en figura del establishment cultural cubano pese a su vocación de lobo estepario.

Es interesante, porque siempre he sido un lobo estepario. Nunca pertenecí a ningún movimiento de masas, nunca hice una guardia cederista, nunca fui a las milicias. Pero creo que Abel Prieto tenía (del verbo ya no tener) una política de dejarse querer por los intelectuales a cambio de nuestra aprobación o de nuestra aquiescencia. Debo decir que me caía bien como persona y por eso me alejé de él. Siempre me he sentido a gusto a solas: se escuchan melodías nunca escuchadas, como decía Keats.

 

Libros de literatura cristiana publicados por Alberto Garrido.

Libros de literatura cristiana publicados por Alberto Garrido.

¿Qué pasa en la vida de este intelectual que de pronto desaparece como personalidad y emerge como hombre de fé?

Odiaba muchas cosas de mi país. De pronto, una tarde, sin estarlo buscando Dios me salió al encuentro. Se reveló a mí, hijo y nieto de ateos, y vi la belleza de Su Hijo; mostró mi necesidad, y fue tan real que pasé en un segundo de ser un escéptico nihilista a un creyente nacido de nuevo. No soy un santo ni mucho menos, soy un pecador salvado que agradece cada día el aire que respiro. Estoy a medio hacer, pero lo mejor viene en camino. Todo lo que hice y hago a partir de ese momento fue y es un acto de gratitud. Mi vacío existencial, mi rabia y mi dolor fueron sanados. Y me concentré en proclamar a Cristo en montes donde nadie me conocía como escritor y no me importaba, porque no iba a hablarles de mí.

 

En contra de muchos criterios, has dicho que la Literatura no salva. A modo de despedida, ¿puedes decirnos cuál, en tu criterio, sería la función, la razón última del hecho literario y sus creadores? En resumen, ¿para qué sirve la Literatura?

No sirve para hacerse rico, ni para hacerse famoso ni para alcanzar la gloria. Pero la Literatura es el espacio de libertad más asombroso; donde mueres mil vidas y vives mil muertes; donde rehaces todos los mundos posibles; donde, de este lado de la eternidad, eres definitivamente libre. Y eso es suficiente.