La tentación del desencanto

Sobre Un cielo sin salida, de Álvaro Salvador

Rafael Morales Barba


Un cielo sin salida
Álvaro Salvador
Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2020

 

Corren los años desde que Álvaro Salvador y Luis García Montero renovaran los modos de decir en la poesía española junto a Javier Egea, pero la precariedad y aventura de Tristia (1979-1981) empiezan a quedar lejos. No tanto una trayectoria artística bien conocida, reconocida y estudiada, o el lenguaje de la Otra Sentimentalidad por méritos propios. Poco resta de esa trayectoria y del ímpetu, ni sobrevuela el fervor antiguo, ni los colores animosos coloreando los gallardetes de vida o poesía.

Un cielo sin salida (2020) disuelve las viejas pinturas, se hace grisalla grabando en las paredes amarguras en la circunstancia lírica con que cierra Álvaro Salvador su trayectoria con explícito título. Al menos, provisionalmente. En efecto, nadie reconocería hoy al poeta de ayer, salvo en la claridad, pues son todo rutas conmovidas y avisadas, increpativas, frente al viejo entusiasmo de antaño. Otros dioses, los de la melancolía y amargura, reinan en el libro, tonos, con la misma fuerza en que por 1983 hablaba de “la fuerza del amor y de la vida”. Y a quienes se la toman en serio, se atienden, les brotan reivindicaciones propias, evolucionan desde ahí, pues su canto brota en su circunstancia, de ella, que es la misma vida. Ahora es la poesía de la edad quien llama a esa puerta. Han pasado cuatro décadas, más o menos desde entonces y era de esperar cambios. Los previsibles están, pero a veces sorprende el brusco exabrupto contra una realidad ficticia en la “Marca España”, si no quiere ir más allá. En un libro complejo cabe todo, y en este confluyen perspectivas desde la amargura, sarcasmos e ironías, incluidas las de retomar la intimidad reivindicándose frente a las poéticas comprometidas de ayer.  Esas que la transición democrática bajó del pedestal cuando los tiempos estaban cambiando y se reabren con presencia casi confesional. No todo va a ser acumulación de imágenes, logolalias, hermetismos o intimismo fragmentario.

Un cielo sin salida siente la tentación del desencanto, atenderse, de hacer alguna resistencia en el grito sofocado asomado al mirador, mitigado en el tono y explícito, para asumirse en el yo donde la intimidad se duele. El propio poema que da título al libro se cierra con las últimas estrofas atadas a esa decepción donde todo es pasado, aunque no sea cierto, contra el grito vacuo o, si prefieren ir más allá, contra la inocencia de quienes deseaban cambiar el mundo. Todo se torna reivindicación del legítimo propio dolor desde la desilusión agónica. Lo hemos dicho antes. Estamos ante un libro complejo donde Edgar Lee Masters resucita en “Aniversario” y los muertos parlantes junto a otro espléndido poema borgiano: “Guija”. Todo para reivindicar la inutilidad de todo, el ser un zombi en vida, un extraño de sí mismo, el extranjero atormentado que se duele con humor en el cierre en “Este verano tuyo tampoco será feliz”. Siempre junto a los espectros de los presentimientos, la propia ajenidad, las rememoraciones y las ausencias evocadas, esas que consuelan, acompañan y acunan, ficticias, con ternura. Sí. Elegía y complejidad, apelaciones sin pedantería, sin “tristezas del alcohol”, recorridos donde la écfrasis nos avisan de los mundos perdidos desde Ingres y las otras realidades. Ahí eros existe en su deseo, tanto como esa otra realidad que es fondo de cuadro frente a la rotunda presencia de los primeros planos, invitándonos a las lecturas complejas, sutiles. O ese desasosiego de la “sal negra” contra el que pugna y reclama fuerza “para perder la vida”. No esconde el desánimo Álvaro Salvador en esta elegía hija del oficio, verosimilitud, del saber de las formas, fórmulas de su tiempo y que ha propiciado. No decepciona en este sentido ahora, ni tampoco lo hizo entonces. Nada promete que después traicione, como las violetas de Luis Cernuda.

Y al hilo de esto reflexionaba por 1905, ya hace más de un siglo al respecto de la vinculación obra-título, Maragall en el Diario de Barcelona en un trabajo titulado “La obra y el título”. Cree el poeta catalán que el artista cuando ya tiene la obra en su mano pondrá ese título, y si es realmente “sincero el nombre que dé a esta realidad, el título de la obra no esclavizará nada, porque será una mera indicación de lo que se formó en libertad antes que él naciera, y a la cual debe él su nacimiento”.  En fin, Josep Besa Camprubí nos lo recuerda desde la implicación entre título y libro, poema.

Sin duda, en ninguna de sus tres partes escapa del todo Un cielo sin salida a cuanto hemos venido diciendo y propone la titulogía. Álvaro Salvador ha sido claro, incluso en los paraísos perdidos y salvadores: memoria y lugares míticos o “El día en que mataron a Sharon Tate”, estupendo, epílogo, colofón del poemario. Una época o el futuro perfecto donde acogerse, la anterioridad a todo esto, el entusiasmo y el pequeño mundo del hombre. El suyo y sin sospechas.