En la orfandad del silencio

Sobre Cartas a mi madre, de Luis Rafael Hernández

Jorge de Arco


Cartas a mi madre
Luis Rafael Hernández
Betania. Madrid, 2020

 

Con Cartas a mi madre, completa Luis Rafael Hernández (1974) la trilogía que iniciase con Cartas al padre (2000) y Cartas al hijo (2008). Este habanero nacido en 1974, también narrador, ensayista y director de la Editorial Verbum desde 2012, suma con éste su noveno poemario.

Las citas de Sófocles y Emerson sirven de pórtico a las dos partes en que se divide el volumen: “Los niños son las anclas de la vida de una madre” ; “Los hombres son lo que sus madres hicieron de ellos”. Al cabo, sentencias que principian la raíz temática de un viaje iniciático por esa huella -¿deuda?- que contraemos al par de nuestra llegada.

Luis Rafael Hernández rinde tributo a su madre y al destino al que se unió tras su nacimiento. Un destino hecho de pasiones, sorpresas, éxitos y pérdidas, y que ahora aventa a través de una acordanza elegíaca: “Nunca más/ -Escucharé tu voz/ : Llamándome/ Aunque/ Tu última palabra Haya sido/ Mi nombre Nunca más/ -Rezarás por mí/ -Te preocuparás por mí/ -Soñarás conmigo/ Nunca más/ -Sentiré tus manos/ :Tocándome/ : Abrazándome/ Abrigándome/  Nunca más/ Nunca más/ En la orfandad / Del silencio/ Y la muerte/ Me ciegan/ -Tus cenizas”.

La lógica mirada hacia la infancia, hacia ese territorio donde la caricia y la sonrisa maternas son marcas imborrables, se tornan también memoria perdurable. Los espacios comunes, los objetos compartidos, la casa del ayer…, sitúan al sujeto lírico en un tiempo que confronta presente y pasado con sus inevitables llamas y brumas: “Mi hada salvadora/ -Ahora que no estás/ Se terminó la magia/ No habrá luz/ Que detenga estas sombras/ – Y tengo miedo”.

Al hilo del aprendizaje que concede la ausencia, las deshoras van aliviando una parte del dolor y permitiendo que la materia tratada esculpa otros horizontes. Mediante un verso recto, reticente a cualquier colateralidad, Luis Rafael Hernández sabe cómo transmitir un mensaje inmediato, dador de un decir que ensambla hábilmente sentido y compromiso.

Un poemario, en suma, que respira el íntimo imaginario de un yo realista y anhelante, y que reescribe debajo de su piel la eterna melodía de la creación y  la destrucción humanas: “El tiempo/ :Enmascara y embosca/ La vida/ : Equivoca los días/ Cuando calienta el sol/ Días de punzante granizo/ ¿Quién ve más allá/ De las espinas/ Si no brilla la rosa?”.