La grabación y otros cuentos cortos

Enrique Jaramillo Levi


Enrique Jaramillo Levi (Colón, Panamá, 1944). Poeta, narrador, dramaturgo y ensayista. Considerado uno de los autores esenciales de la literatura panameña, ha publicado una copiosa obra, integrada por libros de cuentos, poesía, teatro y ensayo, siendo los más recientes: Visión de conjunto, Fondo de Cultura Económica, México, D.F.; Sigilosamente nocturnos, Foro/taller Sagitario Ediciones, Panamá; Algo está por ocurrir, Uruk Editores, San José, Costa Rica, y  Flashback, Letra Negra Editores, Guatemala, todos de 2013 en el género cuento; Todo el tiempo del mundo, Letra Negra Editores, Guatemala, 2010; Mirada interior. Editorial de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México, México, D.F., 2009 y Entrar saliendo. Fundación Cultural Signos, Panamá, 2006, en el género de poesía; y En resumidas cuentas, Universidad Tecnológica de Panamá, Panamá, 2012; Con calma y buena letraUniversidad Tecnológica de Panamá, Panamá, 2011, y Por obra y gracia (Hacia una poética del cuento), Universidad Tecnológica de Panamá, Panamá, 2008, en ensayo.

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La grabación

Cuando el Pentágono finalmente tomó la difícil decisión de hacer público lo que llevaba tiempo ocultando al país y al mundo como el más hermético de los secretos , miles de personas de alguna manera ya sabían de la existencia de los llamados extraterrestres, más allá de explicaciones baladíes y no pocas veces ridículas. Cómo no saberlo, si durante siglos, en muy diversos sitios y circunstancias, la humanidad había experimentado, en pequeños núcleos, toda suerte de avistamientos, reportes de encuentros furtivos y hasta abducciones, con o sin retorno, sobre los cuales escribían libros fantasiosos algunos de los supuestamente plagiados. Así, durante años prosperaron obras de ciencia ficción de todo tipo, que pocos lectores tomaban como sucesos reales, pero disfrutaban. Igual ocurría con numerosas películas de efectos especiales que cada tanto tiempo prosperaban. Siempre hubo personas impresionables dispuestas a creer o confirmar ancestrales creencias.

Hasta que ahora, en 2020, ante la innegable oleada de ovnis que aparecen cada tanto tiempo y se alinean, salidos de una inmensa nave nodriza que permanece en la retaguardia en los cielos de los Estados Unidos, Rusia, China y algunas naciones europeas, resulta imposible ya negar la realidad, aunque no se comprenda su naturaleza. Definitivamente no estamos solos en el universo, le anunció hoy el Pentágono al mundo antes de que lo hicieran otros países, sin entrar en detalles que sin duda ignoran, con lo cual no han hecho más que sembrar mayor ansiedad entre la gente.

Hizo una pausa en la grabación, y continuó:

Yo que llevo años trabajando con sus altos mandos, al igual que otros hermanos también lo hacen en varios países líderes, sé muy bien que los militares y estrategas del mundo no tienen idea de qué esté pasando, y mucho menos de cómo resolver esta invasión inaudita sin una guerra nuclear imposible de ganar. En realidad, están pasmados. Y sí, por supuesto, a eso hemos venido, a invadir este planeta. Han de saber que llevo muchísimos años infiltrado entre ustedes, conviviendo, pero aunque también somos humanos, habitamos cientos de pequeños planetas de otras galaxias y estamos mil veces más adelantados en todo sentido que ustedes.

Lamentablemente, por más que hemos desalinizado hasta el agotamiento nuestros escasos mares, nos hemos ido quedando sin agua. Solo queda en el universo conocido el agua que aún existe en este planeta hermano, el último en que nació la vida. Por eso hemos tenido que emigrar. Por eso estamos aquí, ahora de forma masiva, esta vez para quedarnos. Conociéndolos, y conociendo a los míos, les aseguro que la convivencia es imposible. Privara la ley del más fuerte. Habiendo trabajado en puestos de confianza primero en la CIA, luego en la NASA y ahora en el Pentágono, les garantizo que la mejor tecnología terrícola en nada se compara con la nuestra. Somos humanos, sí, y existimos en el vasto universo desde el inicio de los tiempos, pero nuestra evolución ha sido mucho más veloz y completa que la de ustedes. Dominamos la telepatía, la telequinesis y la teletransportación, entre otros fenómemos que en este planeta se consideran paranormales, y a veces hasta cosa de charlatanes. Además, somos longevos porque con el tiempo hemos logrado controlar, e incluso eliminar, algunas de las pincipales enfermedades terminales. Todo eso somos y seguiremos siendo una vez nos apropiemos de su agua.

Será fácil vencerlos si damos el primer paso. De inmedito le haré llegar la convenida señal a la nave nodriza principal …

No puede seguir: una bala furtiva destroza el amplio ventanal de su sala, y en seguida hace estallar su cerebro. 

Panamá, 3 de mayo de 2020

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Nepenthes

Las flores más exóticas y las más raras plantas, además de toda clase de gatos de cualquier edad y tamaño, siempre fueron sus mejores amigos. Desde pequeña Sofía los coleccionaba. Cuidó siempre de unas y otros más que de la niña de sus ojos. No importaba su especie en el primero de los casos ni lo particular de su raza en el segundo. Y ahora de grande, en la casa heredada de sus padres, las seguía podando, abonando y rociando con justo el agua necesaria, así como a los gatos los continuaba adoptando de la calle. Era inmensamente feliz pendiente de todos, viéndolos convivir entre las plantas en el patio de tierra mientras los alimentaba a diario con cariño de madre primeriza. Ya eran treintitrés, ninguno se le había muerto o enfermado en todo ese tiempo. Al más viejo, que llevaba añales con ella, prefirió no calcularle la edad y desde el principio lo llamó Fuz. Todos los días los contaba, llamándolos por su nombre, no fuera a perdérsele alguno. Menos mal que con las plantas no había ese peligro, sabían estarse quietas en un solo lugar.

Un día llegó a sus manos una realmente extraña. Color púrpura, sarmentosa, medía más de un metro en posición vertical, que es como quedó trasplantada en la parcela de buen tamaño que le dedicó junto a la parte de atrás de la cerca de madera rústica que rodeaba al patio. Jamás había visto nada semejante. Por su aspecto desmelenado y su gran tamaño apenas unos días más tarde, un buen día la llamó Leona, acaso para que los gatos no la percibieran tan exótica y como fuera de lugar, y así continuó llamándola cuando la atendía. Se la había traído un buen amigo de regreso de un viaje al Amazonas, cuidadosamente envuelta en una amplia cubierta de plástico resistente llena de diminutos agujeros por donde respiraba, la cual protegía por completo a la planta misma y al gran pote de barro en donde la habían trasplantado para su venta. Él tampoco sabía de qué especie se trataba; en realidad, nada sabía de ella, simplemente como era natural su curioso aspecto le llamó la atención y pensó en su amiga. «¿Cómo puedes ser tan distraído, Jorge, cómo no preguntaste?», quiso saber Sofía, pero él no era coleccionista ni científico y no le aclaró si es que no se le ocurrió hacerlo o no tuvo tiempo con los complicados ajetreos del regreso.

Una mañana Sofía se dio cuenta de que faltaba uno de los dos gatitos más pequeños, encontrados con hambre a la vuelta de la esquina la noche anterior. Roque y Lupe, los bautizó de inmediato, uno gris y el otro negrito pero parecían siameses. Hacía horas que no veía por ningún lado a Roque. Lo buscó por todas partes, incluso dentro de la casa, adonde nunca dejaba entrar a los felinos. Esa misma tarde, por casualidad de la vida, llegó su amigo y, mostrándole su celular, excitado le pidió ver lo que había descubierto en Google. Vieron numerosas fotos de plantas carnívoras brasileñas, entre ellas una idéntica a la que él le había regalado, de nombre Nepenthes que, según decía, tenía dieciocho variedades.

Al acercarse ambos a la planta, casi de puntillas, Sofía creyó ver que abría de par en par unas fauces que su amigo le aseguró no existían. Y juró escuchar un diluido maullido lastimero que según dijo provenía del interior, más abultado que de costumbre, de aquella horrenda criatura que ahora, titilando toda ella en su púrpura encendida, se mostraba satisfecha. Imaginó a Roque hecho trizas entre todo tipo de asquerosos residuos.

Sin pensarlo dos veces corrió a buscar las tijeras de podar y, enfurecida, fue haciendo pedazos, de arriba hacia abajo, a aquella vil asesina.

Panamá, 25 de mayo de 2020

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Aladino

Uno cree que no se puede saber y no saber a un mismo tiempo, pero yo les digo que es perfectamente posible. Raro, pero posible. He llegado al convencimiento de que hay áreas del cerebro y de la emotividad que a veces libran una silente batalla que ni ellos mismos perciben. Simplemente ocurre. Y cuando uno se da cuenta, resulta que comprende lo que le resultaba abstruso; o al revés, deja de entender de golpe lo que siempre tuvo clarísimo. Es un poco como aquello de amar y odiar a la vez. O de que la energía más vibrante de pronto sea un mar de inmensa pereza que nos desborda en cosa de segundos. Pero incluso hay situaciones concretas mucho más complejas e inexplicables que esas, en las que la simultaneidad es un híbrido de varias cabezas gritando y susurrando a la vez.

Una mañana salí de la oficina de correos en donde trabajo, con la intención de visitar en el hospital a un amigo enfermo. Recuerdo muy bien lo difícil que fue que mi jefe me diera permiso, a pesar de que soy un empleado fiel que cumplo 100% con mis horarios y deberes. LLevaba siete años como funcionario de confianza en la Dirección General de Correos. Pero en fin, tal vez por eso mismo me dio autorización por dos horas. No bien había llegado a la esquina en donde tomaría un taxi cuando me voy dando cuenta de que sigo sentado en mi escritorio embalando y sellando paquetes que irán al exterior. Seguro como estaba de haber salido, no tenía conciencia alguna de no haberme movido de mi puesto. Todo parecía muy normal en la oficina, e incluso algún compañero llegó a decirme «No trabajes tanto, intelectual». Así solían decirme porque leo mucho e hice tres años de Filosofía en la universidad, además de que dicen que tengo un vocabulario diferente; y yo me tomaba el apodo con buen talante. ¿Pero bueno, qué diablos hacía yo ahí si ya había salido? O me estaba volviendo loco o la realidad me jugaba una mala pasada. Total, ese día no fui a ninguna parte, salvo a mi casa a la hora de salida. No me atreví a preguntarle nada a mi jefe, no fuera a pensar que un hombre tan serio y respetuoso como yo había perdido la chaveta.

Y ayer otra vez, pasados dos meses, la certeza y la contradicción, haciendo de las suyas, me juegan una mala pasada. Es sábado en la tarde. Voy a la farmacia más cercana a mi casa a comprar una pomada para aliviar un fuerte dolor muscular en la espalda baja, con el cual amanecí tras el esfuerzo al cargar unas cajas desacostumbradamente pesadas en mi trabajo. A menudo me detengo ahí a comprar té de tilo o de manzanilla. O algún analgésico para el dolor de cabeza. Me conocen muy bien. Me recibe detrás de la caja una señora muy gorda a quien jamás había visto, y cuando empiezo a hacer el pedido se me queda mirando como a un bicho raro, y termina espetándome: «¡Señor, ¿usted está bien?! ¿Desde cuándo se ha visto que las cerrajerías vendan medicamentos?» Salgo de ahí avergonzado, y veo el letrero afuera que claramente anuncia como siempre Farmacia San Jorge. Vuelvo a entrar, y la misma señora, haciéndose la ciega y la sorda, se niega a atenderme. Confundido a más no poder, regreso a mi casa y malhumorado me duermo.

Pero hoy fue el colmo. Voy a una pequeña librería y me compro un libro de cuentos de un joven autor argentino que este año se ganó el Premio «Jorge Luis Borges» al mejor primer libro de ficción breve de un sudamericano. Un tal Humberto Aladino, obviamente un seudónimo. «Cuentos malabares«, se llama. Como suelo disfrutar leyendo a nuevos autores, y atraído tanto por el prestigio del premio como por la exótica portada en la cual un hombre extremadamente delgado se rasca la panza inmensa que lo antecede, lo compro y salgo feliz. En la cafetería de al lado pido un café y una empanada de queso, me siento en una mesita en un rincón, abro el libro y plácidamente me pongo a leer el primer cuento.

¿Dios del verbo! A medida que leo me va dando una sensación extrañísima en todo el cuerpo, que termina poniéndome la piel de gallina. Conozco perfectamente todo lo que se narra en sus cinco párrafos ceñidos porque lo he vivido al pie de la letra, aun lo estoy viviendo aquí sentado con la tasa de café en una mano y el libro abierto sostenido con la otra, temblando. ¡No es posible! ¡Ese hijoeputa de Aladino sin conocerme ha plagiado selectivamente parte de mi vida hasta llegar incluso a este punto: el personaje sin nombre soy yo!

Panamá, 27 de mayo de 2020.