Dos radiantes ojos en la noche

Sobre El don de la pobreza, de Pedro Flores

Silvia Rodríguez


El don de la pobreza
Pedro Flores
Diputación de Cáceres, 2020

 

El XXII premio de poesía “Flor de Jara” 2019, le fue otorgado al poeta canario Pedro Flores, por la obra titulada El don de la pobreza. La presidenta del jurado Aurora Luque  destacó “el aliento narrativo, el ritmo del lenguaje” y la capacidad de llegar a aunar características como “tierno, sarcástico y cruel”.

Pedro Flores empieza a publicar en los años 90 y, desde su primer poemario, Simple Condicional, su producción poética ha alcanzado la cifra de veinticinco libros de poesía. Ha obtenido entre otros premios literarios, “Antonio Oliver Belmás”, “Fray Luis de León”, “Ciudad de las Palmas”, “Ciudad de Tudela”, “Gil de Biedma y Alba”, “Pedro García Cabrera” o “Tomás Morales”. En 2016, la editorial sevillana Renacimiento publicó una antología del autor bajo el título Salir rana con prólogo y selección del poeta valenciano Vicente Gallego.  En 2017, se le concedió el premio de poesía “José Hierro”.

La trayectoria de Pedro Flores es deslumbrante y continua. Desde el lugar donde vive y nació en 1968, Las Palmas de Gran Canaria, destacar fuera del archipiélago es toda una hazaña quijotesca, donde se ha encontrado con grandes molinos exterminadores y áridas tierras que ha cabalgado con intuición y con el mayor de los impulsos, su creación personal, imparable, irreverente y a contracorriente. En el poema “La tienda de juguetes” del libro que nos ocupa ya escucha una voz que quiere acallarle cuando escribe: “Un día me atreví a entrar y aunque no toqué nada/ me dijeron, sacudiendo el polvo del abrigo de Stéphane,/ esto no es para ti, muchacho”.

En El don de la pobreza el poeta convierte el desconsuelo en liturgia, transmuta la memoria, el recuerdo, en una lírica arrebatadora donde es capaz de fabricar su poesía para traer ante nuestros ojos a Houdini chorreando con al redoble de un tambor o para exhumar y devorar los finísimos huesos de niña que entierra en el fondo de un verso.

El libro nos ofrece un álbum de imágenes desde la infancia, desde la muerte, desde la calamidad y cómo no, desde la pobreza. Nos muestra un microcosmos donde no era cuento la realidad, donde los sueños se confundían de niño y donde el poeta nos desmenuza su pan de cada día y nos hace testigos de lo que él veía: “rociando con agua tibia pantalones ajenos/ como una sacerdotisa bendiciendo/ las piernas de un ejército invisible”.

En el poema “Noche de Reyes” ya Flores nos cuenta cómo desde una pulsión confesa arranca su auténtica vocación: “Nunca hubo nada para mí/ hasta aquel día:/ un cuaderno y unos lápices”. /Mi primera máquina /de hacer elegías”. Y asimismo nos hace una declaración de intenciones en el último poema del libro “Poética” en donde para no gastar los colores de las puntas de los lápices el poeta se define: “Y tracé bosques calcinados/ por rayos que nadie veía/ sigilosas fieras a las que bastaba ser/  dos radiantes ojos en la noche”.

La poesía de Pedro Flores es así, un animal salvaje y misterioso que te retiene en la oscuridad, que te atrapa y te muerde, que te araña y te escupe en la cara. Y luego te toma en sus garras con una brizna de esperanza y te suelta en un mundo injusto, maligno y colmado de una belleza milenaria. Es por eso que en el poema “Encontrar el hilo” nos dice: “aquí están estos versos/ de uno llamado sólo a coser/ o ser cosido a puñaladas”. Y también es por esa concepción que el poeta tiene de su propio oficio que escribe: “De entre todas las palabras/ de este verrugoso idioma de trileros y de santos,/ una se te ha de parecer,/ una te hace justicia, poesía:/ devastación”.

En el libro muere su tía abuela Teresa y la muerte se la lleva sin cenar, el gotero de la bomba del dolor dosifica versos, cuenta que dormían cuatro en la cama de la casa de papá, convierte en binoculares el glaucoma  de la abuela, habla del abuelo que no pintaba nada en su castillo báltico con tres brujas y que le cortaban la luz o que era “de los que entran al dédalo de la administración como un búfalo herido a una pagoda”.

Y además está la abuela y sus cinco poemas con la eternidad, cinco profundas cartas de amor a su abuela Rosario. En la primera comienza: “¿Y si fuera el paraíso una enorme tienda de chinos? Y la abuela es “esa pálida novia que lo lleva todo prestado”.  En la segunda “¿Y si el paraíso fuera un campo minado? /Al final estaría Dios, o Tom Jones, como tú quieras,/ esperando al que llevara más suerte en los zapatos”.

La tercera eternidad sería un cónclave de poetas donde los versitos del nieto le arrancan la risa tonta y floja a la abuela, en la cuarta el más allá es un verso de Vallejo y en la quinta la eternidad sería un gran salón de baile donde la abuela bebería de una copa, a sorbitos muy pequeños, para que el más allá no se le suba a la cabeza.

Tampoco a Pedro Flores se le sube nada a la cabeza y por eso escribe con una melancolía visionaria que su memoria es un ratón blanco de laboratorio, para que él no olvide el aliento helado de una niña y “Para que un viejo diga de memoria/ ante una escasa y aburrida concurrencia/ este amargo, olvidable poema”.

Si las moscas al poeta sevillano Antonio Machado le evocan todas las cosas, y para el japonés ShinKichi Takahashi lo ilimitado es sutil y se dobla como las patas de la mosca, para Pedro Flores lo que pasaba con esas moscas que llenaban la casa en verano era que “Ellas casi se dejaban matar,/ demasiado cebadas de sangre fácil,/ ahítas de bovina mansedumbre”.

En El don de la pobreza Pedro Flores consigue su objetivo, construir un lugar que fuera nuestro con su poesía: “Porque ellos no tenían donde caerse muertos,/ con torpeza yo/ escribí estos versos”.