¿Dos potencias locales?
Pero, dentro de esa miríada de elementos que conforman este inmenso puzle, la obra estaría incompleta sin la mirada preferente y específica que el autor arroja sobre dos de los actores claves. China e India son, sin ninguna duda, las dos principales potencias locales que tratan de mediar y de medrar entre la conflictividad que “el espíritu benigno, producto del comercio y de otros contactos civilizadores” expandido por el islam medieval no fue capaz de conjurar.
Sesenta años después de que la, al mismo tiempo voraz y por momentos desalmada pero también en muchos casos fecunda, colonización europea tocara a su fin y mientras los estadounidenses, con un ojo en el Atlántico y otro en el Pacífico, redefinen su papel en este nuevo orden, asumiendo sus errores estratégicos en Afganistán o Irak, China, segunda economía mundial sólo de momento, está extendiendo a gran velocidad su influencia verticalmente, es decir, hacia las cálidas aguas índicas del sur, al tiempo que su gran rival en la región, la India, trata de hacer lo propio horizontalmente, esto es, a este y oeste, hasta las fronteras de la vieja colonia victoriana, siguiendo en paralelo el océano. El empuje terrestre de las dos naciones, dado que una y otra compiten por el poder y la influencia en la zona, hace que colisionen en Birmania, convertida así “en un silencioso y estratégico campo de batalla”. Pero, ni que decir tiene que la inestable y vital Myanmar es solo uno de los muchos escenarios en los que se está librando esta guerra silenciosa.
Mientras reivindica con toda la fastuosidad de la que es capaz la figura histórica de Zheng He, un eunuco musulmán de origen mogol que como almirante de la dinastía Ming surcó en el siglo XV los mares que le conducían a las Indias Orientales, Ceilán, el golfo Pérsico o el cuerno de África, el gigante despierto se ha marcado a medio y largo plazo el objetivo de proyectar su poder y de proteger su flota mercante y energética por su redescubierta zona natural de influencia. Sin casi hacer ruido, los chinos se han lanzado a construir puertos por todo el litoral índico, empezado al mismo tiempo a producir y adquirir submarinos a tal ritmo que en algún momento de la próxima década, la armada del Ejército Popular de Liberación poseerá más naves que la Marina estadounidense. Sin aspavientos, China se ha puesto a trabajar con diligencia en muchos frentes, principalmente el económico para, superando las trabas geográficas, especialmente aquellas que le entorpecen la salida al Pacífico, disputarle a Estados Unidos su hegemonía en los mares.
Pero si no hay duda de que China está llamada a desempeñar un papel estelar dentro de este nuevo orden en el extremo marítimo de Eurasia, que incluye tanto el océano Índico como el Pacífico Occidental, esta realidad está empujando a la India a actuar con determinación para no quedar reducida desde un punto de vista estratégico, lo que se aprecia, por ejemplo, en la intensificación del compromiso con el continente africano, con el que se intenta congraciar mediante “préstamos ventajosos, ayudas para el desarrollo y respaldo político para conseguir lucrativos proyectos petroleros”. África, con un crecimiento sostenido de un 6,5% anual en la última década, está recibiendo inversiones multimillonarias por parte de las dos grandes potencias índicas, lo cual si bien no obedece a motivos humanitarios sino a una necesidad acuciante de satisfacer las demandas energéticas en aumento de los dos gigantes (“A medida que África se vea arrastrada por la corriente comercial del Gran Océano Índico, la línea entre la inversión productiva y la explotación será muy fina”), está repercutiendo de manera muy positiva en su despegue económico, luego es de esperar también que lo haga sobre la vida de millones de personas cuya pobreza, no tanto por la ayuda exterior de Occidente, apunta el autor, sino a causa del comercio con las zonas más ricas del antiguo Tercer Mundo, podrá verse parcialmente mitigada.
Dado que “China está renovando sus vínculos históricos con las civilizaciones árabe y persa, y dado que la India nunca llegó a cortarlos realmente, el mundo índico –el punto de juntura universal del hemisferio oriental– “se precipita claramente hacia la unidad”. Así que, aunque tal vez sea pronto para afirmar que, apoyada en las inversiones de los dos nuevos colosos, ya está concluida esa “réplica de la cosmópolis comercial indo-musulmana y preportuguesa” a la que apunta el analista, no cabe duda de que este nuevo mundo índico que ignora las fronteras y en el que no cesan de insinuarse nuevas rutas comerciales entre países como India, Bangladés, Birmania o China, con unas ligaduras entre las grandes y las pequeñas potencias tan dinámicas como las propias tensiones, está sumando nodos a una red cada vez más rica e interconectada. Como las sinapsis celulares, estos contactos son procreadores y tendentes a una fértil autorregulación. Sólo faltaría ahora que el trabajo de los estadounidenses no fuese totalmente estéril y el océano quedase conectado a Asia Central –esta cuestión es abordada por Kaplan en otro libro de inminente publicación en español titulado Rumbo a Tartaria– por toda una serie de conductos energéticos, lo que certificaría el tránsito hacia un nuevo y dinámico orden mundial en el que, curiosamente, no los norteamericanos, sino particularmente las dos grandes potencias regionales, y en especial la administrada por la dictadura comunista, estaría preparada para sacar el mayor provecho.
El nuevo “Nuevo Orden Mundial”
No cabe duda de que si Monzón. Un viaje por el futuro del océano Índico resulta una lectura tan fascinante es también por su carácter de documentadísimo libro de viajes, de gran reportaje que da voz a decenas de personajes de la vida política y cultural de los países por los que de oeste a este va desfilando y en el que, a la vez que nos brinda una visión panorámica de la todavía para muchos apenas entrevista unidad del Índico, nos sumerge, evitando caer en el pintoresquismo y sirviéndose acertadamente del género de la crónica, en unos territorios de leyenda en los que conviven, a menudo violentamente, culturas, costumbres y ritos milenarios con pogromos sangrientos, barrios miserables, campos desolados.
La “sucesión de bahías susurrantes sacadas de un cuento de hadas” de Mascate, cuyos espigones se abren paso entre las aguas, que se tornan de un “hipnótico azul plateado al atardecer”; las ciudades bangladesíes, en donde la economía del rickshaw a pedal sostiene en la indigencia a miles de chóferes, muchos de ellos emigrantes procedentes de un campo propenso a las inundaciones; el paisaje asfixiado de vegetación de Bengala con “sus pilas de troncos por todas partes”; la obscena e invasiva realidad de Kolkata, con su pobreza “anodina, entumecida, desprovista de significado y monótona”; el templo de Embeka, donde detrás de un tapiz hindú se encuentra oculto un Buda; o de Lankatilaka, donde el Buda esta vez permanece rodeado por sus cuatro lados de los devalas, “mezcla de origen hindú, budista y persa”, dedicados a Upulvan, Saman, Vibhishana y Skanda; el santuario budista de Gadaladeniya, con sus grabados en piedra “basados en el estilo del imperio hindú de Vijayanagara”…, constituyen, de este modo, sólo algunos de los escenarios descritos por Kaplan y que contribuyen a que nos formemos una imagen más cercana de la realidad descrita, sobre la que se yergue esa poderosa representación que, ya tomada como fenómeno natural o como sistema cultural, actúa de motor móvil de la trama.
Sin embargo, ni siquiera la indómita exuberancia del monzón, especialmente en aquellos casos en que se metamorfosea en un “espectáculo espiritual y artístico” que aúlla y chasquea “contras las hojas como cortinas de bruma desplazándose a través del reino frondoso”, es capaz de limpiar de nuestro horizonte mental una de las grandes cuestiones que el libro deja entrever. En este sentido, a pesar de que la idea de que el declive de Occidente en el Asia marítima no sólo debe ser aceptada como un acontecimiento natural sino, “dado todo el trauma que siguió al viaje de De Gama”, como algo “positivo dentro del conjunto de la historia”, el viajero, ya sea el genuino o el lector que lo acompaña a través de este gran viaje, no puede evitar sentir un estremecimiento de inquietud al advertir que la pérdida de protagonismo de las naciones de origen europeo a favor del poder local no será “enteramente beneficiosa”.
Ya hace más de quince años Kaplan manifestó en su ensayo “Was Democracy Just a Moment?” su pesimista visión sobre la evolución de la democracia en el mundo en esa fase inicial de la globalización tal y como hoy la conocemos. “Sostengo que la democracia que estamos alentando en muchas sociedades pobres del mundo –escribió entonces el autor– es una parte integral de la transformación hacia nuevas formas de autoritarismo; que la democracia en Estados Unidos se halla en más peligro que nunca, debido a oscuras fuentes, y que muchos regímenes futuros y el nuestro en especial, pueden parecerse a las oligarquías de las antiguas Atenas y Esparta más que estas al actual gobierno de Washington”. A pesar de que pronósticos como estos fueron puestos en entredicho por intelectuales de la talla de Mario Vargas Llosa por “catastrofistas”, “pesimistas” y “apocalípticos”, no puede decirse que la realidad los haya tumbado por completo. Es más, el autor no hacía sino apoyar sus razonamientos en una hipótesis muy extendida dentro de la Ciencia Política que considera que a mayor estabilidad y a mayor riqueza, más fácilmente podrán los países emprender su transición hacia la democracia. Una ley que, de más está señalar, no es de hierro. En Monzón, aunque aquellas expresiones se encuentran más matizadas, vuelve a ponerse de manifiesto que el autor conoce demasiado bien el terreno que pisa como para no considerar la ingenuidad geopolítica como un lujo, de ahí que, a la hora de proyectar el futuro de la región y de analizar cuál debe ser el papel de Occidente de ahora en adelante, parta de la base de que la poliédrica realidad de los pueblos índicos difícilmente puede subsumirse bajo los parámetros con que acostumbramos a entender el desarrollo de una sociedad “normal” tal y como ha venido desarrollándose en Occidente durante los dos últimos siglos. Si esto supone darle una patada a la “cultura de la libertad” según la entiende el premio Nobel peruano es algo que podemos discutir. El caso es que Kaplan se encarga de recordarnos en esta obra, por ejemplo, cómo en países de Oriente Medio como Omán, “la democracia no es tanto un proceso oficial como un asunto de consultas informales entre el gobernante y los gobernados, cuyo objetivo último es alcanzar la justicia mediante la autoridad tribal y la autoridad religiosa, que se aúnan en la persona del sultán.” No parece querer justificar la ausencia de ciertos derechos individuales que para nosotros resultan sagrados, pero tampoco se permite aquí un atisbo de censura. Sobre todo cuando en otro momento aporta casos como el de Bangladés, un país en que se ha producido la extraordinaria circunstancia de que tengan que surgir ONG´s que se encargan de darle a conocer a la gente cómo es la constitución del país, pues la distancia entre la norma escrita y la realidad política es tan vasta que los gobernantes de esta democracia parlamentaria se avergüenzan de citarla y prefieren ocultarla a sus ciudadanos. “El tipo de gobierno que tenga un país –afirma de este modo el autor– no es tan importante como el grado hasta el cual ese país está gobernado; es decir, una democracia que no pueda controlar a su propia población puede ser peor para los derechos humanos que una dictadura que sí sea capaz de hacerlo.” Efectivamente, por si necesitáramos más pruebas ahí están Irak o, muchos nos tememos, algunos países árabes que acaban de protagonizar una serie de revoluciones cuyos resultados para el bienestar de la población aún supone una gran incógnita y de los que no podemos siquiera afirmar que estén en condiciones de consolidar, por recurrir a la célebre clasificación de Huntington, una “cuarta ola democratizadora” al menos a corto plazo.
Sin embargo, Kaplan, que, no lo olvidemos, ha sido miembro del Defense Policy Board, el principal consejo asesor del Departamento de Defensa norteamericano, a pesar de abonarse sin complejos a las tesis de la realpolitik –que le lleva a recomendar la utilización de una estratégica exploración a pie de campo de la realidad local que habrá de combinarse con las inversiones productivas y el poder blando de la capacidad naval–, no renuncia, dentro de su innegable plagmatismo, a un cierto idealismo con el que trata de conjurar toda tentación de caer en un posibilismo desalmado o en el relativismo moral. Así, no dudará en mostrar su enorme preocupación por el hecho de que el vacío dejado por “potencias misioneras motivadas por ideales (los del comunismo y los de la democracia liberal) mediante los cuales podrían ordenar el mundo”, caso de Estados Unidos y la URSS, lo esté ocupando una nación como China, a quien sólo le impele a salir al exterior la urgencia de obtener recursos naturales. Alguien podría querer atisbar en su planteamiento cierto aire de padre incapaz de aceptar la mayoría de edad de sus hijos, hasta el punto de tachar su mirada de “etnocentrista”, pero por mucho que el autor sea el resultado de la más genuinamente liberal y democrática cultura política occidental, tal percepción nos parecería equivocada, incluso injusta. Más difícil resulta despejar la duda de si en el fondo EE.UU y la URSS no buscaban también bajo la cháchara retórica justamente lo mismo que ahora el autor veladamente le reprocha al país asiático: los recursos, el dominio, duro o blando, el poder por el poder. La tentación de verlo así, después de Irak –por no irnos más atrás, de la doctrina del Destino manifiesto a Vietnam, pasando por la política del Big Stick larga y brutalmente aplicada en Latinoamérica– es demasiado grande pero Kaplan, que no tiene reparos en criticar la desastrosa invasión del país de Sadam, prefiere no cargar las tintas contra las sucesivas administraciones estadounidenses que han mancillado los altos ideales que decían defender. Sin embargo, a la luz de la actuación de una potencia, como el gigante comunista que, sin ser en ningún aspecto belicosa, representa, no obstante, para el autor, “la más sombría forma de realismo”, el analista –y resulta difícil no compartir esta visión sobre el papel– se alía de manera decidida entre las filas de aquellos que incluyen los derechos humanos en sus cálculos políticos, y de manera directa con sus mismos compatriotas, a quienes les lanza la siguiente admonición: actúen con cautela, recuerden que su “periodo de dominio no es eterno”.
En este sentido, la tentación de terminar estas líneas recordando unas palabras del recientemente fallecido Eric Hobsbawn es demasiado grande, especialmente cuando la extensión para una reseña que recomienda el decoro ha sido hace tiempo superada. Además, resulta doblemente pertinente. A Hobsbawn le gustaba contar cómo siendo apenas un bebé, cierto día, paseando con su niñera por las calles de Alejandría un pordiosero chino –qué prodigiosa coincidencia– se les acercó para intentar sacar alguna moneda. Tras negarse la mujer, el chino miró fijamente a la criatura y le dedicó una sibilina maldición de su país: “Ojalá te toquen vivir tiempos interesantes”. Cuando más de ochenta años después, el erudito profesor se sentó a escribir sus memorias, sabía que tenía el título. Y, precisamente, en Tiempos interesantes el historiador marxista británico, haciendo repaso de una vida que casi alcanzaría el siglo, escribiría unas palabras que no debieron sorprender en absoluto al autor de Monzón y cuya verosimilitud no hace sino afianzarse día tras día:
“He visto cómo se extinguían de la faz de la tierra todos los imperios coloniales europeos, incluido aquel que llegó a ser el más vasto y poderoso de ellos durante mis años de infancia. He visto grandes potencias mundiales relegadas a jugar en las ligas inferiores. He visto la irrupción y la caída de un estado alemán que esperaba durar mil años, y también el nacimiento y el final de un poder revolucionario que amenazaba extenderse al mundo entero. He visto un tiempo en que la palabra capitalismo contaba con tan pocos votos como la palabra comunismo en la actualidad. Dudo de que llegue a ver el fin del imperio americano, pero puedo asegurar que algunos lectores de este libro habrán de presenciarlo”.
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