NO TENGO OTRA MONEDA QUE EL RECUERDO,
otra constancia
que conversar a solas con mi ayer,
rellenar de adjetivos y cenizas
las suelas de mi asombro.
En las manos retengo un horizonte,
un cementerio
de inútiles sonrisas,
un océano seco de promesas,
la vela de una llama tiznada por el frío.
-Se hace voraz el alma cuando trata
del vívido dolor
y el aire es pesadumbre,
tiniebla el gozo-.
La lengua de la angustia
es mi semilla,
azar, supervivencia.
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Con Francesca
TU MANO IZQUIERDA PINTA
la noche, el laberinto
de nubes que te abriga y te desviste.
Cada trazo eres tú,
cada línea de fuego
serás de nuevo tú,
desnuda y libre como
un invierno entre llamas.
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MI VOZ ES LA CAMPANA
que rompe
el cristal de la tarde
abandonada.
De mis ropajes van cayendo
las tercas gaviotas del estío,
y el resol que se cuela en mi garganta
es un bordón repleto de vendimias,
de frutos y de rezos,
de palabras añiles y lunares.
Hacia el Sur se dirigen los vencejos,
los siglos más hermosos de mi infancia.
Rebusco en los andenes, las alcobas,
los puentes de mi piel,
y vuelve
el tacto ardiente y julio de la cal,
el mismo aroma a abuela y albahaca,
la calima febril de sus abrazos.
Un pueblo se despierta en mis adentros,
y en mis venas, sus calles;
voy diciendo su rubia melodía,
la luz caliente y sepia de mi ayer.
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ME ABRAZA AHORA TU NOMBRE,
que no la brisa.
Espigo tus vocales, rumio tus consonantes
y en las venas frutece
el sol de la memoria.
Doro en mi lengua
aquel acento a mar, a playerío,
a dos mitades
de un limón semiabierto.
La sal de tu desnudo:
inventario solemne
de una misma y fugaz melancolía.
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