Hoy renace o más bien cobra fuerza en el país, con todo esto de la diversidad cultural y etc., una literatura de tema localista y expresada en un castellano local o que, más bien, abusa de los localismos. En ella abunda o predomina de principio a fin el llamado color local tan del gusto de los románticos y folkloristas del S.XIX.
Ya se sabe que (hay en ello un claro consenso) para expresar lo universal hay que partir de lo particular, o que es éste el mejor modo y el más preciso y certero de hacerlo.
El ejemplo que siempre se aduce por ser uno de los más socorridos al respecto, es el del norteamericano Willian Faulkner, quien desde su hondo y singular espacio sureño y más específicamente desde su mítica creación (el estado de Yonapatawa), expresó, como Shakespeare, el hondo sentir, el profundo e íntimo pálpito de la naturaleza humana.
Me viene asimismo a las mientes en estos momentos, como ejemplo paradigmático de ascensión a lo universal a través de lo local, el soberbio y magistral relato de James Joyce, inserto en Dublinenses, “Los muertos”, que se nos presenta en principio como un sencillo y simple relato costumbristas y desde esa prefijada convención narrativa propia del realismo y el naturalismo decimonónicos va ascendiendo en prodigiosa metamorfosis –como sólo un gran talento artístico puede producirlo–, a lo más íntimo y doloroso del alma universal.
Pero lo hasta aquí descrito y ejemplificado es una cosa y otra muy distinta es quedarse empantanado en la temática aldeana y expresada en un idioma aldeano, en un castellano localista, que es lo que al parecer está ocurriendo en la literatura dominicana de hoy.
De modo que uno podría pensar, no sin cierta alarma, que como sigamos escribiendo así, al final nadie podrá entendernos, nadie nos leerá, y esto será así incluso entre nosotros mismos.
Así, ya hay obras circulando por ahí que vienen acompañadas al final de un “glosario de dominicanismos”. Una sin duda emblemática en este sentido es la novela de Janet Miller (autora merecedora del Premio Nacional de Literatura 2011 que otorga el ministerio de Cultura de la nación), La vida es otra cosa, publicada por Alfaguara (Santo Domingo, 2006) y Premio Internacional de Novela Casa de Teatro 2005, que incorpora al final un glosario de cuatro páginas de dominicanismos.
Ya lo dijo J L Borges en el pasado siglo con su habitual ironía, lucidez y agudeza: lo que quieren es vernos escribiendo y describiendo sobre los gauchos, lo que quieren y buscan en nosotros es lo folclórico, el color local, lo anecdótico, la estampa graciosa y fuerte y llena de vivacidad y de vida.
En una reciente entrevista concedida a Babelia, el escritor y periodista colombiano Santiago Gamboa (Bogotá, 1965) afirma sobre la literatura latinoamericana actual, que ésta ya no se limita a su territorio, sino que ahora tiene una mayor libertad para viajar (cosa que antes sólo estaba reservada a los escritores del primer mundo). Es decir, la literatura latinoamericana cuenta hoy historias de todo el orbe, de cualquier cultura y latitud.
El autor de Necrópolis (novela con la que obtuvo el Premio de Las dos orillas 2009, y cuya trama se desarrolla en el Jerusalén actual), da como ejemplos de esta tendencia al chileno Roberto Bolaño y al mexicano Jorge Volpi. Pero los casos podrían multiplicarse. Así, el argentino español Andrés Neuman, ganador del premio Alfaguara de Novela 2009 con El viajero del siglo, sitúa su obra en la Alemania del siglo XIX.
“Pero a pesar de esto –afirma Gamboa–, ciertos sectores de la cultura en Europa o Estados Unidos siguen privilegiando a los autores que ofrecen la imagen de América Latina que ellos tienen en sus estereotipos, quienes satisfacen sus clichés”. Tal como vimos que ya lo denunciara acertadamente en el pasado siglo Jorge Luis Borges.
Al filo de esta reflexión del joven escritor colombiano, sería bueno preguntarse, ¿en cuál corriente podemos incluir la literatura dominicana actual, en la corriente predominante hoy entre los jóvenes creadores del continente, que se abre al mundo, o a la que, por el contrario, buscando complacer los clichés del primer mundo, se queda dando vueltas y revueltas en torno a lo local, encerrada en sí misma y contemplándose de forma narcisista el propio ombligo, sin ascender jamás a los hondos entresijos del alma de la especie…?
En fin, todo hay que decirlo, cuando una literatura no remonta y no asciende, y se queda girando estéril, anodina, decorativa, anecdóticamente en el color local, no es sólo debido a razones de “complacencia con los lectores y críticos del primer mundo” (como siempre queremos presuponer); también debemos buscar causas más dolorosas y profundas del nefasto fenómeno, como son la incompetencia profesional, la débil formación, la dejadez, la falta de rigor, método y compromiso artístico con la obra bien concebida, elaborada y mejor ejecutada, y asimismo, la muy penosa falta de visión y conexión (escandaloso desconocimiento más bien) con las corrientes y tendencias en boga de la literatura universal y en con la del propio ámbito cultural en particular.
